La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 40 Familia
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FAMILIA

DÜSSELDORF, INSTITUTO HEATHER RAINBOW

Ramor

—He de advertirle —dijo el Dr. Airling, midiendo sus palabras—. Notará cambios considerables en el comportamiento de su hermana.

—¿En qué sentido? —respondió Ramor, clavándole la mirada al doctor sin disimular el tono cortante de su voz.

Aquel hombre había sido un verdadero incordio desde que volvió de viaje, poniendo trabas cada vez que solicitaba hablar con Sofía.

Le había costado casi una semana —y mucha presión— conseguir que el doctor aceptara sus condiciones.

Este evitó la mirada de Ramor.

—Bueno, la forma en que su hermana se relacionará con usted será diferente, más parecida a como se comportaba cuando estaba sana, antes del… eh… —se interrumpió y lo miró antes de continuar— antes de la violencia que sufrió. Téngalo en cuenta.

—Vale —dijo Ramor cruzando los brazos—. ¿Qué quiere que haga?

—No mencione acontecimientos que hayan pasado después de su secuestro.

Estamos entrando en terreno desconocido, y aún estoy pensando en nuestro siguiente movimiento.

Asegúrese de recordar que esta Sofía Deringer es la misma persona que usted conoce, con los mismos recuerdos, pero…

bueno, sin conocimiento del mundo actual.

Su mente sigue siendo la de hace siete años, antes de que el comando GSG9 matara al fobarón y la rescatara.

Ramor se frotó la nuca.

—¿Y si me pide que la saque de aquí? Eso es lo que yo pediría si estuviera en su lugar.

El Dr. Airling negó con la cabeza.

—Hemos eliminado esa necesidad de su núcleo de reacción.

Ramor arqueó las cejas.

—¿Qué narices quiere decir eso?

—Como le he explicado en el documento que le envié, este es un método muy avanzado de hipnosis inducida médicamente. Ella no hará preguntas que la saquen de su estado de realidad construida, pero usted tiene que asegurarse de mantenerla anclada en el presente. No la lleve donde no debe ir.

—No sé… —dijo Ramor, apretando la mandíbula—. Suena a un pacto con el diablo.

—No lo es —dijo el Dr. Airling, sonando ligeramente molesto por el tono de Ramor—. Es ciencia.

—Claro — resopló Ramor— ¿Y cuándo ha causado eso algún problema?

—. Antes de que el doctor pudiera responder, Ramor levantó una mano para detenerlo—.

Vale, lo pillo, lo pillo: no ser insistente, no hacer preguntas comprometedoras y dejar que ella lleve la iniciativa.

Me las apañaré a partir de aquí, gracias.

—Pero no le he explicado…

—Teníamos un acuerdo —interrumpió Ramor, señalando hacia la puerta—. Diez minutos a solas con mi hermana. Sin preguntas.

El Dr. Airling dudó por un segundo, pero luego asintió.

—Estaremos fuera si nos necesita —respondió, alejándose y cerrando la puerta.

Ramor inspiró profundamente mientras recorría un pasillo flanqueado por estanterías, al final del cual se encontraba Sofía, con su bata de laboratorio, trabajando con piezas de repuesto.

Se la veía feliz, como una niña en un parque.

Ramor no pudo evitar sonreír. Era, sin duda, la Sofía que recordaba.

—¡Anda, estás aquí, campeón! —exclamó Sofía mientras tecleaba en una tableta—. ¿Podrías hacerme el favor de pasarme el secuenciador Kelferin? Está ahí mismo —dijo señalando a un objeto largo y estrecho, al otro lado de la mesa, más cerca de Ramor que de ella.

—Claro —Ramor cogió el objeto, rodeó la mesa y se lo entregó a su hermana, que lo cogió sin mediar palabra mientras terminaba de teclear.

Ramor observaba, fascinado, cómo las pequeñas manos de su hermana reparaban una tibia de carbono y vidrio con articulaciones de servomecanismo. Tras un par de minutos, colocó el objeto recién ensamblado sobre la mesa, con un suspiro de satisfacción

—Listo —afirmó, limpiándose el sudor de la frente mientras evaluaba el resultado.

—Tiene buena pinta —dijo Ramor.

—Sí, pero me ha costado trabajo —respondió Sofía, dejando caer el objeto en una caja que tenía un pósit con la palabra «reparado»—.

No tengo ni idea de quién diantres produjo esta basura —dijo mientras señalaba la caja llena de piezas de autotrón de segunda mano—.

Han usado gerinonita en lugar de aleación de salvina para conectar las articulaciones. ¿Te lo puedes creer? Vaya carniceros.

—Sí —dijo Ramor con la mirada ausente—. Merecen ir a la cárcel.

Sofía entornó los ojos mientras escrutaba a su hermano.

—¿Qué te pasa, chico? Estás más pálido que un fantasma.

Ramor se enderezó la chaqueta.

—Mmm… quería hablarte de algo.

—Vale —respondió encogiéndose de hombros—. ¿De qué se trata?

Ramor carraspeó.

—Hay un tema que me está quitando el sueño —dijo deliberadamente despacio, mientras miraba a su hermana—. Algo que no sé muy bien cómo gestionar. He pensado que quizá podrías ayudarme.

Sofía se limpió las manos grasientas con una toalla húmeda; luego señaló una silla, al otro lado de la mesa.

—Siéntate.

Ramor obedeció. Se hizo un silencio incómodo hasta que Sofía eructó.

Su hermano la miró fijamente.

—¿Qué? —respondió ella encogiéndose de hombros—. Me comí un kebab antes —dijo, excusándose mientras se llevaba las manos al vientre—. Se pasaron un poco con la cebolla.

Ramor sonrió. Sí, esta era definitivamente Sofía Deringer.

—Bueno —intervino, haciéndole un gesto con la mano—. Es tu problema.

Ramor se removió en la silla.

—Alguien a quien conozco necesita ayuda —cruzó las manos sobre la mesa y las mantuvo ahí—.

Es un… amigo mío que quiere montar una empresa autotrónica —confesó, mordiéndose el labio y evitando la mirada de Sofía—.

Yo… bueno, creo que se está metiendo en problemas innecesarios.

Es muy temerario, ¿sabes? ¿Cómo lo puedo convencer de que la está liando y que necesita mi ayuda?

Sofía lo observó durante un instante y luego se rio.

Él frunció el ceño.

—¿Y esa risa a qué viene?

—Eres gracioso —dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja—. Erik te está preocupando, pero quieres encubrirlo. Es solo que… bueno… no se te da muy bien.

—¿Cómo? —Ramor sintió que se le secaba la garganta—. Sofía, yo no he dicho…

—Venga, Ramor. Eres malísimo mintiendo. Deja de hablar en clave. ¿Qué ha hecho Erik?

Él abrió los ojos como platos. Su hermana le había calado al instante. Fuera lo que fuese lo que el doctor estaba haciendo... estaba funcionando.

—¿Hola? —intervino Sofía chasqueando los dedos—. ¿Hay alguien ahí?

—Vale —dijo Ramor, desabrochándose el botón superior de la camisa—. Creo… creo que se ha metido en un buen lío, pero es demasiado cabezón para pedir ayuda.

Ella asintió.

—Continúa.

Ramor se frotaba las manos contra las perneras del pantalón.

—¿Qué harías tú para ayudarle sin cabrearlo? Porque ya lo he intentado. Joder si lo he intentado. ¡Pero es que no me escucha! —dijo, casi gritando la última palabra. Cerró los ojos y respiró hondo para calmarse.

Sofía cruzó los brazos y lo miró directamente a los ojos.

—Mira. Eres mi hermano y te quiero, pero siempre has sido demasiado directo con la familia. Y eso es lo peor que puedes hacer si quieres persuadir a Erik para que haga algo.

Ramor se irguió en la silla, subiéndose las mangas.

—No lo entiendo.

—Tratas a Erik como si fuera hierro forjado al que hay que martillear para dar forma —respondió ella, negando con la cabeza—.

Esa no es forma de lidiar con él. Él es más como el mercurio.

No puedes darle forma a golpes. Tienes que idear una manera de guiarlo, construir un camino por el que pueda fluir sin esfuerzo.

Si haces cualquier otra cosa, luchará con uñas y dientes.

Ramor sonrió con ironía, a pesar de su estado de ánimo. Resultaba extrañamente apropiado que Sofía pensara en su hijo en términos de metales.

—¿Lo has pillado, campeón?

Se inclinó hacia delante, asintiendo para dejar claro que sí.

—Entonces, ¿tú qué harías?

Sofía tamborileó las uñas sobre la mesa, con la mirada perdida en la distancia.

—Dile a Erik que no puede respirar bajo el agua, y será capaz de ahogarse con tal de demostrarte que te equivocas. Sin embargo, si le traes una bombona de oxígeno y le dices que nadie ha conseguido hacerla funcionar, la convertirá en un submarino. Le encantan los retos.

—Vale —asintió él, apretando la mandíbula—. El problema es… ¿cómo consigo una bombona de oxígeno?

Sofía lo estudió un instante antes de responder.

—Ya encontrarás la manera —dijo, apretándole el brazo—. Eres un Deringer, ¿no? Encontrar soluciones es lo que se nos da bien. Ahora me toca a mí pedirte un favor.

Ramor levantó la cabeza de golpe, alerta.

—Dispara.

Ella se mordió el labio inferior.

—Erik es parece demasiado a mí; es orgulloso y terco.

No es capaz de ver más allá de sus objetivos.

Necesita un guía, y yo no puedo ser esa guía.

Estoy demasiado implicada, demasiado centrada en mis propios objetivos.

Tú eres buena persona y tienes un gran corazón.

Necesito que alguien como tú cuide de él, que sea el padre que nunca tuvo, para que vea cosas que yo no puedo ver.

Ese chico tiene un futuro difícil por delante.

Erik tiene un futuro difícil y necesita a alguien con quien compartir esa carga. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí —respondió, enderezando los hombros—. Lo entiendo.

—¿Me ayudarás a cuidar de él?

—Te lo prometo —dijo asintiendo con solemnidad.

Sofía le abrazó y una gran carga desapareció de sus hombros. Eran y habían sido un equipo trabajando por el mismo objetivo, antes de que el fantasma del odio le robara a su hermana.

Durante aquel abrazo, Ramor contempló el rostro de Sofía, fijándose en las cicatrices blancas de sus mejillas, cuello y frente; restos de un sombrío recuerdo que ojalá pudiese borrar.

* * *

7 años antes

Industrias Autómaton, despacho del profesor Kurosawa

Ramor mira al hombre que tiene delante con una sonrisa congelada.

—¿El ochenta por ciento de la Corte Planetaria? Madre mía —exclamó, elevando las cejas casi hasta la línea del cabello—. No consiguieron esa mayoría ni para el Caso Dreyfus.

Kenta Kurosawa se frota las manos en la bata de laboratorio antes de responder, evitando la mirada de Ramor.