38 La llamada del destino
LA LLAMADA DEL DESTINO
MAR AMARILLO, AGUAMARINA
Ariul
Aguamarina no paraba de asombrar a Lena.
La base submarina era mucho más grande de lo que había imaginado.
Ahora caminaba junto a Tiago por lo que él había llamado la sección «abandonada» de los barracones.
Esta parte de Aguamarina era más oscura y parecía menos transitada que el resto de la base.
Además, estaba vacía. Salvo por el leve zumbido de la electricidad, el único sonido perceptible era el eco de sus propios pasos resonando por el pasillo tenuemente iluminado.
Aquel ambiente de catacumbas le ponía la piel de gallina.
Tiago le había dicho que conocía a alguien que podría ayudarles a rescatar a Makoto, y se había pasado el último día organizando la reunión en un lugar secreto.
Resultó que la información que el Supervisor había proporcionado era cierta.
Tanto la ubicación como la naturaleza del Agua Negra habían sido corroboradas por el contacto de Tiago.
Lena no sabía por qué el Supervisor les estaba ayudando, pero saber que existía una posibilidad de salvar a Makoto le había dado un propósito.
Nada le devolvería la vida a las ochenta y nueve personas asesinadas por los biomecas, pero salvar a Makoto al menos significaría algo. Tenía que creer que podía salvarlo.
Tiago había proporcionado pocos detalles sobre la persona con la que iban a reunirse, solo que era su mejor baza para rescatar a Makoto.
Siguieron caminando en silencio por el pasillo apenas iluminado.
De vez en cuando, Tiago se paraba, miraba alrededor y luego continuaba.
Cuanto más se adentraban, más bajaba la temperatura.
Tiago le había explicado que varias secciones contaban con un soporte vital mínimo para ahorrar energía.
Según él, cada vez más partes de la ciudad submarina dependían de una especie de sistema de soporte vital.
—Lo que le pasa al Proyecto Defensio también le está pasando a Aguamarina —le había dicho el canciller—. Los biomecas llevan años diezmándonos. Cada vez tenemos menos gente y menos recursos, lo que se traduce en menos opciones.
Había amargura en su voz, una rabia casi palpable.
Lena podía entender por qué. Tiago le había hablado de una lucha de poder entre las facciones del Proyecto Defensio, y era evidente que el canciller y la mujer llamada Cassandra estaban en desacuerdo.
Esto se había hecho aún más obvio cuando Cassandra había invitado a Lena a hablar con ella en privado, momentos después de que la Dra. Helena le diera el alta.
—No es una invitación —había puntualizado Tiago, torciendo el gesto, que desembocó en una sonrisa amarga—. Es más bien una orden disfrazada de amabilidad.
—¿Tengo que ir? —le había respondido Lena, frunciendo el ceño.
—No hacerlo podría levantar sospechas —había dicho él—. Y eso es lo último que queremos.
—¿Estás seguro de que no nos va a ayudar? ¿Incluso si podemos demostrar que nos han dado un chivatazo?
—Créeme. Si le hablas del Agua Negra, cualquier posibilidad de salvar a tu amigo se esfumará. No se arriesgará a perder gente.
—Así que tengo que ir.
—Sí. Ve, sonríe y sé educada. No le des ninguna información útil. Todo irá bien.
Lena tenía curiosidad por saber más sobre la regente, aunque había algo en la mirada de esa mujer que le resultaba inquietante.
—Hemos llegado —dijo, parándose en medio del pasillo.
—¿Aquí? —dijo, mirando alrededor y frunciendo el ceño. No había puertas ni ascensores cerca—. Aquí no hay nada.
—Puede que no —sonrió Tiago con suficiencia, mientras colocaba una mano en la pared metálica a su derecha—. O puede que solo tengas que saber lo que estás buscando.
La pared se dilató, y Lena retrocedió con un respingo. Apareció un pasadizo lo suficientemente grande como para que pasara una persona.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—La forma que tiene nuestro contacto de darnos la bienvenida —dijo Tiago, señalando con la barbilla el pasaje—. Vamos.
Al otro lado, se encontraron con una gran sala. La única diferencia con el pasillo era que este lugar era más cálido y el aire se sentía menos viciado.
Una docena de maniquíes negros había sido colocada en semicírculo abierto. A algunos les faltaba la cabeza; a otros, los brazos… Solo un par seguían intactos. Estaban cubiertos por una especie de placa metálica desconocida que parecía una armadura.
Lena miró a Tiago.
—¿Qué sitio es este?
—Solía ser una cámara de montaje Seien —respondió el canciller, acercándose a uno de los maniquíes y pasando un dedo por su superficie polvorienta.
Ella frunció el ceño.
—No sé qué es un Seien.
Tiago señaló una placa.
—Es una palabra japonesa. Significa «Muro de estrellas». Así es como los coraceros llaman a su armadura.
—Vale —dijo, rascándose la cabeza, con los ojos vagando por la sala—. Entonces… ¿estamos en el lugar correcto?
Los ojos de Tiago escudriñaron la zona.
—¿Samuel?
Lena parecía pensativa. Ese nombre le resultaba familiar. ¿Dónde lo había oído antes?
—Por aquí —dijo una voz masculina desde algún punto a su derecha, donde la habitación se perdía en sombras.
Se dirigieron con paso firme hacia el otro lado y encontraron a un hombre sentado junto a un maniquí negro, cubierto por una armadura azul cobalto. El casco, las hombreras, los brazales, el peto, las grebas y las botas brillaban con un tenue resplandor.
—Samuel —dijo Tiago, sonriendo mientras ambos se estrechaban la mano—. ¿Poniendo a punto tu armadura?
Los ojos marrón oscuro de Samuel se encontraron con los de Lena, y entonces lo reconoció. Era el centurión que la había defendido durante la asamblea.
—La has traído —La mirada de Samuel tenía tal intensidad que a Lena le ponía los pelos de punta. Vertió el contenido de un frasco pequeño sobre un paño húmedo y lo frotó sobre el peto, haciendo que la armadura brillara.
—Por supuesto —dijo Tiago, entrelazando las manos—. ¿Has visto los datos?
—Sí. Todo encaja. El Agua Negra está donde indica el dispositivo de proximidad —los ojos del centurión escrutaron los del canciller—. ¿Cómo conseguiste esta información?
Tiago miró a Lena.
—Un contacto externo nos dio el soplo.
Samuel entornó sus ojos almendrados, ladeó el cuerpo y se alejó de Tiago.
—Voy a necesitar que me digas más, canciller.
Tiago echó la cabeza hacia atrás y miró al techo.
—Fue el Supervisor de Ariul.
Samuel echó una mirada a Lena.
—¿El hombre misterioso que ni siquiera ella ha visto?
Tiago esbozó una sonrisa tensa. Samuel volvió a mirar a Lena.
—¿Y tú confías en esta persona?
Lena se cruzó de brazos y miró a Tiago, que asintió.
—No lo sé —dijo con franqueza.
Samuel arqueó una ceja.
—¿No lo sabes?
—No sé si confío en él —afirmó, frotándose los brazos y desviando la mirada—. Se aseguró de que descubriera el Proyecto Defensio, pero… no conozco sus verdaderas intenciones.
Samuel la escrutó en silencio.
—Así que podríamos estar caminando hacia una trampa.
—No —respondió Lena, negando enérgicamente con la cabeza—.
No tendría sentido después de todo lo que dijo.
Mira, él quería que yo formara parte de todo esto —dijo haciendo un gesto claro a su alrededor—.
Dijo que Wei tenía un plan para mí. Lo que quiso decir con eso es difícil de adivinar, pero no creo que esté intentando engañarnos.
Después de lo que pasó en la academia, yo…
yo creo… —Se detuvo y luego se obligó a mirar a Samuel—.
Creo que Makoto está en ese barco, y que podemos ayudarle.
Samuel fijó la mirada en Tiago.
—¿Crees que el Supervisor quiere salvar a su amigo?
—Vamos, ya has visto los datos. Nos ha puesto en bandeja una manera de inutilizar su embarcación en menos de diez minutos, abordarla y rescatar a Makoto. Si todo sale según lo previsto, les haríamos un daño considerable. ¿No estaría bien, para variar?
Samuel tenía el rostro tenso, con un escepticismo evidente.
—Las cosas nunca salen según lo previsto, canciller. Me estás pidiendo que arriesgue a mi gente por poco más que una superstición.
Tiago dio un paso al frente.
—Te estoy pidiendo que confíes en tu instinto y hagas lo correcto.
Samuel señaló a Lena.
—Quiero hablar con ella. A solas.
Tiago se quedó perplejo, y luego se volvió lentamente hacia Lena, con las cejas levantadas.
—Está bien —dijo ella—. No me importa.
Tiago asintió.
—Esperaré fuera —se dio la vuelta y salió de la habitación.
Samuel pasó el paño húmedo por el casco, limpiando cuidadosamente cada centímetro de su superficie.
El casco tenía una forma curiosa. En lugar de la boca y la nariz, había una protuberancia puntiaguda, y la superficie estaba adornada con lo que parecían plumas metálicas.
El conjunto se asemejaba a la cabeza de un águila.
—Nos hemos visto antes —dijo Samuel—. ¿Lo recuerdas?
Lena carraspeó.
—Sí —dijo—. En la asamblea. Hablaste allí.
—Antes de eso —dijo, clavando sus ojos oscuros en ella; el corazón de Lena dio un vuelco—. En la entrada de Geoda. Cuando te dispararon. Estaba allí con mi equipo.
Ella inclinó la cabeza, mientras la sorpresa la invadía.
—¡Tienes razón! ¡Eres tú! Me empujaste a un lado cuando disparó aquel coracero. Me salvaste la vida.
Samuel apretó la mandíbula.
—¿Crees en el destino?
Ella frunció el ceño.
—¿Destino?
—El destino. ¿Crees que existe?
Ella tragó saliva.
—No. No creo en el destino.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta la idea de que una fuerza desconocida dirija mi vida.
Él reflexionó unos instantes.
—No, claro que no. A nadie con un mínimo de amor propio le gusta esa idea. Entonces, si crees en el libre albedrío, ¿por qué estás aquí?
Ella pestañeó.
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué estás en Aguamarina?
Lena se lo pensó un momento.
—Supongo… que quería respuestas.
—Creía que eras la Cornucopia —la estudió—. ¿No estás aquí para ganar una guerra?
Ella se encogió de hombros.
—No sé qué quería Wei de mí. Lo único que sé es que un amigo está en peligro, y es mi culpa. Quiero ayudarle. Tiago me dijo que tú podrías ayudarnos. Por favor. Haría cualquier cosa para salvar a mi amigo.
—¿Cualquier cosa? —inquirió, frunciendo el ceño—. Ten cuidado antes de ofrecer lo que no sabes si puedes dar. Podría haber un precio.
—Mira, no sé cuánto tiempo le queda a Makoto. ¿Vas a ayudarnos o no?
El centurión colocó el frasco en el suelo, contemplando su armadura pulida.
—El canciller tiene razón. Sería un buen cambio de aires darle al enemigo donde más le duele —respondió, mirándola fijamente—. Bueno, supongo que pronto descubriremos si la leyenda es cierta.
Lena se quedó perpleja.
—¿Qué… qué significa eso?
—Significa que sí —Samuel se irguió completamente—. Dile al canciller que los Grifos de Song se alzarán.