La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 37 La flecha en el infinito
73%

37 La flecha en el infinito

LA FLECHA EN EL INFINITO

COMPLEJO HIPERISTA INFINITY, SALA HEXAÉDRICA

Gladia

Ala Sala Hexaédrica la llamaban el Despacho Oval de HYPER.

Funcionaba como el espacio oficial de trabajo de la Directora Ejecutiva, pero también como sala de reuniones en la que se comunicaba con diplomáticos, jefes de Estado, dignatarios y directores ejecutivos de empresas.

Desde esta sala, Gladia Egea a menudo se dirigía al mundo a través de la televisión, la radio o el éter.

Era en este espacio donde trataba los asuntos del día, y también aquí donde recibía habitualmente las malas noticias.

Al entrar en la Sala Hexaédrica por una puerta trasera, algo le dijo que hoy iba a ser una excepción.

Se refrescó rápidamente en el baño, se alisó la chaqueta y se sentó tras su escritorio. Estaba agotada, había bebido demasiado café y se moría por darse una ducha fría, pero en ese momento lo que necesitaba era mirar a Tolomeo a los ojos y preguntarle dónde narices se había metido.

Gladia se miró las manos para asegurarse de que no le temblaban; luego, pulsó el botón del comunicador en el escritorio.

—Que pase.

—Sí, señora —respondió Charlotte.

La puerta se abrió y Tolomeo Almagest entró con paso firme, sonriendo como si le hubiera tocado la lotería.

—Sé que estás cabreada.

—¿Cabreada? —repitió Gladia con un bufido—. Estaba cabreada hace dos días. Ahora estoy que echo humo. ¿Tienes idea de toda la mierda que me he tenido que comer para evitar que los medios nos destrozaran?

—Estoy seguro de que no ha sido agradable —dijo Tolomeo, bajando el tono de voz—. Me siento fatal.

—No lo parece —respondió Gladia, indicándole la silla con un brusco gesto de cabeza—. Siéntate.

Tolomeo obedeció.

Gladia se inclinó hacia delante.

—¿Es que te han secuestrado?

—¿Qué? —Tolomeo se rio—. Qué va.

—¿Alguien ha amenazado a tu familia?

—Claro que no.

—Entonces te va a costar mucho explicarme por qué vienes aquí, después de dos días enteros con este desastre. Entras en mi despacho como si fuera tuyo.

—Gladia, yo…

—¡Cállate y empieza por el principio!

Tolomeo bajó la cabeza.

—Mira, sabía que ibas a querer respuestas claras sobre lo ocurrido con los militaristas. Simplemente necesitaba tiempo para encontrarlas.

Gladia lo fulminó con la mirada.

—¿Recibiste los fondos? Sí o no.

Él ladeó la cabeza.

—Bueno, sí y no, en realidad.

—Tolomeo, estoy a punto de perder los nervios. Explícate.

—Vale —respondió, levantando las manos con las palmas en dirección a Gladia—.

Sí, recibí los fondos a través de un consorcio de empresas privadas.

Pero fue solo después de que estallara este escándalo con los militaristas cuando descubrimos que el consorcio pertenecía a Juggernaut.

Te lo juro por Wei Wang. No sabía que los fondos venían de los Jingos.

El propósito de los catalabanes es la exploración científica y la extracción de recursos.

Nadie quiere empezar una guerra espacial.

—¿Se supone que debo creerte?

—No tienes por qué. He traído pruebas —respondió, mostrándole una tableta.

Gladia arqueó una ceja.

—¿Qué es esto?

—Aquí está la lista de transacciones financieras y todas las comunicaciones que intercambiamos con las empresas financiadoras —Tolomeo dio un toque a la tableta—. Te estoy dando acceso completo al historial financiero de los ascendentes. Nos tendieron una trampa, Gladia. No somos los malos.

Gladia entornó los ojos.

—¿Quieres decir que todo ha sido un montaje?

—Estoy diciendo que han hecho todo lo posible por inculparme —respondió, echando una mirada hacia la puerta y continuando en un tono más bajo—. Y tengo una idea bastante clara de quién puede haber sido.

Gladia parpadeó.

—¿Quién?

El Legatus se cruzó de brazos.

—Penélope o María están detrás de esto. Probablemente ambas.

Gladia abrió los ojos como platos y resopló.

—Venga ya. Te estás emparanoiando.

—Lo digo en serio —exclamó Tolomeo, alzando la voz con fuego en los ojos—.

No soportaron que ganara. Tú y yo sabemos que me odian.

Estoy seguro de que ahora mismo están como en casa, disfrutando del espectáculo, haciendo todo lo posible para que el mundo crea que esto es cosa mía.

Pero no lo es, y esta tableta lo demuestra.

Gladia miró fijamente la tableta.

—Joder, me conoces —dijo inclinándose hacia delante, apuntándose a sí mismo—.

En el fondo soy un hombre de negocios, sí.

Voy a por el beneficio. Y sí, asumo riesgos, pero calculados; no muerdo la mano que me da de comer.

Lo que está pasando aquí huele mal. Nunca se me habría ocurrido hacer algo tan estúpido.

Gladia sabía que Tolomeo no estaba mintiendo, al menos en eso. Desde el principio, la situación había carecido de sentido, y al considerar la teoría de la conspiración que sugería, muchas piezas empezaban a encajar. Cogió la tableta con las dos manos.

—Estudiaré estos datos y los cotejaré con el departamento de seguridad.

Tolomeo asintió.

—Tú misma.

—Mientras tanto, suspendo todos los fondos y activos que has recibido del Pentaproyecto.

Tolomeo la miró fijamente.

—¿Qué?

Gladia se sentía mareada; un efecto secundario de las pastillas que tomaba para evitar que le temblaran las manos. Se esforzó por mantener la voz firme.

—El Consejo Ejecutivo no puede apoyar un proyecto financiado por militaristas, aunque tú no estés involucrado.

—Eh, eh, no tan rápido. Acabo de decirte que no estaba al tanto…

—Da igual —interrumpió Gladia negando con la cabeza—. Los catalabanes recibieron fondos de Juggernaut. Tú mismo lo has dicho.

—Los catalabanes ganaron el Pentaproyecto por sus propios méritos.

—Mira, tengo a toda la prensa encima. Con los terristas echando leña al fuego, tendremos suerte si el Tribunal Planetario no saca alguna regulación inventada para limitar el tráfico espacial en la órbita terrestre baja y el espacio cislunar, solo para asegurarse de que allá arriba no pase nada raro.

No nos podemos permitir eso. Necesitamos pasar desapercibidos hasta que sepamos exactamente a qué nos enfrentamos.

Tolomeo sonrió y negó con la cabeza.

—¿Así que me metes en la nevera porque necesitas quedar bien con la opinión pública?

—No se trata de ti o de mí. Se trata de todo el movimiento —afirmó ella, mirando fijamente a los ojos de su compañero—. Ambos sabemos que esta tormenta no se disipará por sí sola. Necesito tomar medidas para asegurarle a la Corte que nunca permitiríamos algo como la militarización espacial.

—¿Y tu solución es congelar mis fondos?

Gladia inspiró bruscamente.

—Y retirarte del Consejo. Por el momento.

Tolomeo se rio.

—Estás de broma.

—Es lo más inteligente que podemos hacer —dijo, inclinándose hacia él—. Tú estate tranquilo. Déjame investigar un poco. Lo manejaré con la mayor discreción posible. Si tienes razón, en nada volverás a estar en activo.

—Pero no recuperaré los fondos.

Ella negó con la cabeza.

—Me temo que eso no. Lo siento.

Tolomeo se echó hacia atrás, casi sin respirar, con los ojos fijos en Gladia.

—No.

Gladia retrajo la cabeza.

—¿No?

—No voy a hacer eso —dijo, torciendo el gesto con una mueca de desprecio—. Me niego a ser la cabeza de turco.

Gladia cruzó los brazos sobre el estómago.

—Te voy a dejar en el dique seco. De verdad.

Tolomeo la miró fijamente.

—No puedes.

Ella soltó una risa forzada.

—¿Perdona?

—Se leer la letra pequeña —respondió, juntando las manos en forma de v—. La Asamblea Estelar es quien suspende a los miembros del Consejo y congela activos, no tú. He hablado con la mayoría de sus miembros y no comparten tu punto de vista.

Gladia se quedó perpleja.

—¿Que tú qué?

—Están de acuerdo conmigo. Me han tendido una trampa. No me merezco el castigo.

Gladia no daba crédito. Por supuesto. Ahora todo tenía sentido.

Tolomeo podría haberse presentado diez minutos después de que estallara el escándalo.

Pero en cambio había optado por la opción inteligente: ganarse el apoyo de suficientes miembros de la Asamblea Estelar para que no pudieran apartarlo.

Y todo a espaldas de Gladia. Si Tolomeo no estaba fanfarroneando —y Gladia no creía que lo estuviera, con tanto en juego— entonces ya tenía un plan de contingencia.

No había venido a suplicarle clemencia. Estaba pisando terreno firme, y el muy cabrón lo sabía.

—¿Me estás desafiando? —Gladia odió que sus palabras sonaran como una pregunta temerosa en lugar de una amenaza en firme. La hacía parecer débil.

—Haré lo que tenga que hacer para proteger los intereses de mi gente.

—¿Tu gente? Todos somos hiperistas.

—Hay muchos tonos de gris —Tolomeo golpeó con los nudillos la superficie dura de la mesa—.

Es una pena que nunca hayas prestado atención.

Lo único que me importa son los ascendentes, mis electores, aquellos que acompañan el símbolo del infinito con una flecha—respondió, tocándose el broche del pecho y la flecha dorada incrustada en el Infinito Argénteo.

El sudor se acumulaba en las manos de Gladia.

—Mira. Entiendo que estés enfadado ahora mismo, pero no necesitamos estas disputas. HYPER debe permanecer unido.

—¿Y lo dice la persona que quería despedirme hace cinco minutos?

—Escucha…

—He terminado de escuchar. Haz lo que tengas que hacer. Pero que sepas que no me quedaré de brazos cruzados —sentenció Tolomeo, dando un portazo al salir.