36 Lección de humildad
LECCIÓN DE HUMILDAD
NASHVILLE, INSTITUTO ARK DE ESTUDIOS ETÉRICOS AVANZADOS
James
El aula era un espacio amplio y bien iluminado, desprovisto de adornos arquitectónicos u otros elementos que pudieran distraer la atención de los estudiantes. El mobiliario era elegante y moderno, y las paredes, junto con parte del techo, estaban revestidas de pantallas de cristal inteligente.
Tres filas de asientos dispuestas en distintos niveles daban al aula el aspecto de un pequeño auditorio. Una treintena de estudiantes, de poco más de veinte años, observaban a Angélica, sentada en un estrado en la parte delantera de la sala.
—Los buenos comunicadores saben cómo captar la atención —Angélica hizo un gesto con la mano y envió a la consola de cada estudiante la imagen de un político dirigiéndose a su público—.
Sin embargo, un comunicador excelente va más allá y consigue involucrar al público en la conversación —afirmó, volviéndose hacia una chica de piel oscura y pelo corto castaño, sentada en primera fila—. Sasha, ¿ser un eterión es diferente?
Sasha se puso de pie.
—Sí, Doña. Los eteriones son más que comunicadores. Son líderes.
—Correcto —dijo Angélica, entrelazando las manos a la espalda—.
Los eteriones usan las palabras para motivar a la gente a actuar.
Hoy, un poder como este puede salvar vidas.
Todos sabéis a lo que nos enfrentamos. El antiguo status quo etérico quiere silenciarnos.
Están haciendo todo lo posible por desacreditar lo holístico, pero vosotros sabéis la verdad: sabéis que millones de vidas dependen de su implementación.
Angélica se levantó de su escritorio y se paseó frente a sus alumnos.
—En esta clase se os ha enseñado cómo comunicar con eficacia, y se os han dado las herramientas para convertiros en eteriones competentes.
Habéis aprendido cómo moveros para proyectar confianza, cómo utilizar el silencio para ordenar vuestros pensamientos y cómo convertir un mensaje en un poderoso instrumento de cambio.
Estamos en las últimas semanas del curso, y ya es hora de poner vuestras habilidades a prueba —afirmó señalando a tres estudiantes, indicándoles el estrado—.
Carmen, Yoshi y Janet, venid aquí. Es vuestra oportunidad de brillar.
Los tres estudiantes se levantaron de sus asientos y se dirigieron hacia la plataforma elevada.
—ADAM —dijo Angélica—, activa la simulación «Éter contra holístico». Versión gamma 2.01.
—Cargando —respondió la IA.
En la plataforma apareció una reproducción multidimensional de tres podios equidistantes entre sí. Los estudiantes tomaron posición detrás de cada uno.
—Bienvenidos al debate de la década —anunció Angélica, levantando los brazos con amplitud—.
Vais a participar en un programa abiertamente contrario a lo holístico.
Es una excelente plataforma para difundir vuestro mensaje, pero tiene trampa.
La presentadora es una crítica mordaz que no se corta un pelo.
Su trabajo es haceros parecer unos bufones hambrientos de gloria.
En esta simulación, yo interpretaré a esa presentadora.
No cometáis ni un solo error. Estáis en un campo de minas, y aprovecharé cualquier oportunidad para humillaros. ADAM, empezamos.
—Entendido, Dama.
El proyector de la sala tejió intrincadas tramas de luz alrededor de los tres estudiantes, creando una réplica muy realista de un plató de televisión con público.
Angélica se alisó la camisa, hizo una leve reverencia ante el público imaginario y luego se giró para lanzar a sus estudiantes una mirada intensa. Su expresión y su actitud habían cambiado en un abrir y cerrar de ojos.
El espectáculo había comenzado.
—Dama Faraday —dijo Angélica, irguiéndose y dirigiéndose a Carmen—.
Usted afirma que el éter está infectado con una…
ehhh… —Se interrumpió, carraspeó y luego ofreció una sonrisa incómoda al público—.
Bueno, esto es un poco embarazoso. No sé cómo llamarlo.
¿Un virus? ¿Un ciberparásito? ¿Un error etérico?
¡Madre mía! La demencia tiene su propio matiz, ¿no? Vamos a llamarlo un…
—Es una malice asesina —interrumpió Carmen con voz firme—. Un trastorno inducido por el éter que…
—Disculpe, Dama —Angélica apretó los labios y clavó la mirada en Carmen durante unos largos segundos antes de continuar—. Estaba hablando. Es decir, los músculos de mi lengua se estaban moviendo y el aire pasaba por mis labios para producir sonidos. ¿No se ha dado cuenta?
—Bueno… —Carmen entornó los ojos, frunciendo el ceño—. Estaba intentando explicar…
—Estaba intentando interrumpirme, y lo ha conseguido, así que…
¡sí, buen trabajo! Ha dado en el clavo —Angélica aplaudió, haciendo que el público simulado estallara en carcajadas—.
Ahora bien, sé que a vosotros os pagan por palabra y queréis meter tantas como sea posible en una frase, pero ese es precisamente el problema, ¿no?
Vosotros, los holísticos. Por cierto, menudo nombre para un club de yoga.
Lleváis tiempo soltando una sarta de chorradas para colarnos este anuncio barato vuestro como si fuera real.
En serio, ¿cómo podéis tener la conciencia tranquila?
—No son chorradas —dijo Yoshi—. Es un problema real, que se está cobrando vidas mientras hablamos.
Angélica ofreció una tensa sonrisa mientras se giraba hacia él.
—Acabando con vidas. Vale. Claro. ¿Le importaría argumentar eso, Domine?
Yoshi mantuvo la cabeza alta.
—Es fácil criticar un curso de acción constructivo; siempre es más difícil que proponer alternativas. Dígame algo: ¿cómo explicaría usted el asombroso número de personas que han muerto por un problema claramente correlacionado con sus viajes etéricos?
—Disculpe, ¿me está preguntando a mí, Domine? —replicó Angélica, fulminándolo con la mirada al tiempo que señalaba su silla—. ¿Quiere que intercambiemos los papeles?
Yoshi lanzó una mirada fugaz a sus compañeros, visiblemente tenso.
—¿Hola? —exclamó Angélica, agitando una mano—. Estoy aquí.
Yoshi pestañeó rápidamente y abrió los ojos como platos.
—No entiendo la pregunta.
—¿No la entiende? —resopló Angélica con una sonrisa irónica—.
Permítame que se lo explique más despacio —dijo, señalándolo—.
¿Por qué no se sienta en mi sitio? Veamos cómo se desenvuelve como presentador.
Ya sabe, puesto que es usted quien hace preguntas y espera que yo responda. Adelante. Todo suyo.
Yoshi frunció el ceño y agachó la mirada.
—¿Podemos volver al tema que nos ocupa? —dijo con voz tensa, apenas audible.
—No sé —respondió Angélica—. ¿Ha terminado de intentar hacer mi trabajo?
Yoshi apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
—Bien —Angélica se recostó en su silla con un suspiro de satisfacción—. ¿Por dónde íbamos?
Alguien del público simulado gritó:
—¡El bicho etérico! —y le siguió una ronda de risas.
—¡Cierto! —Angélica se sumó a las risas—. Gracias. El bicho etérico —se volvió hacia Yoshi, que estaba sudando visiblemente—. Entonces, Domine Jovan, ¿puede explicarnos con palabras sencillas qué es exactamente esa «cosa» que tanto les asusta?
Yoshi evitó su mirada.
—Creo que hablo en nombre de todas las personas interesadas en el impacto de la malice asesina cuando digo…
—Bueno, tengo que pararle ahí mismo, Domine, porque usted no habla por mí.
Otra carcajada estalló entre el público.
Yoshi hizo ademán de responder, pero Angélica lo cortó con un gesto de la mano y se volvió hacia la única estudiante que aún no había intervenido.
—Dama Janet Hulma —dijo—. Dado que sus compañeros han hecho todo lo posible por ganarse el título al invitado menos convincente del año, usted todavía no ha tenido ocasión de intervenir.
Tengo la esperanza de que su cerebro sirva para algo más que para comer papilla.
¿Le importaría aportar su granito de arena?
—Por supuesto —dijo esta—. ¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que viajó al éter?
—Diez minutos antes de que me invitaran a esta reunión de Alcohólicos Anónimos —respondió Angélica, señalando a Carmen y Yoshi. Más risas del público.
Janet alzó la barbilla.
—¿Y si le dijera que la próxima vez podría ser la última?
—No sé —respondió Angélica mostrando su alianza matrimonial—. ¿Y si yo le dijera que este anillo mantiene alejados a los yetis?
—¿Yetis? —gruñó Janet, frunciendo el ceño—. ¿Se refiere al… eh… monstruo?
—Sí —Angélica asintió—. Alto, muy peludo. Con pies grandes.
Janet se frotó la frente.
—¿Qué tiene que ver esto con lo que estamos discutiendo?
Angélica hizo un gesto con la mano, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
—¿Ve algún yeti por aquí? Que algo esté pasando no te da automáticamente la razón sobre el porqué, por mucho que te empeñes.
Janet tragó saliva.
—Lo que quería decir…
—Perdón, ¿estaba intentando argumentar algo? —interrumpió Angélica, llevándose una mano al pecho, aparentando sorpresa—. Pensaba que solo estábamos gastando oxígeno para ver si salía algo gracioso.
Janet entornó los ojos, mostrando la ira creciente en su rostro.
—¿Puedo terminar?
—No —respondió Angélica secamente, haciendo una mueca; luego se cubrió la cara con la mano mientras negaba con la cabeza—. Hemos terminado. ADAM, detén la simulación.
—Como desee, Dama.
El resto de la clase reapareció al tiempo que el público simulado desaparecía, junto con la reproducción de los tres podios. Carmen, Yoshi y Janet parecían compungidos.
—¡Diez minutos! —rugió la voz de Angélica, quebrando el silencio—.
Me ha llevado diez minutos acabar con vosotros —giró la cabeza hacia Yoshi—.
Yoshi, estabas perdido. Tienes que mirar a la gente a los ojos cuando hablas con ellos, sobre todo en un debate en directo.
¿Qué ha sido eso? Se suponía que debías convencer al público de que sabías de lo que estabas hablando. Ha sido denigrante.
El mencionado tragó saliva.
—Dama. Estaba intentando…
—¿Qué? ¿Parecer tonto? Bueno, pues buen trabajo, sí señor. Misión cumplida.
Angélica apartó la mirada y miró fijamente a la chica a su izquierda.