31 El sabueso del éter #2
Un torrente de luces brotó alrededor de la entrada del escenario, y un apuesto hombre de mediana edad, con el pelo corto y bien arreglado y ojos verde claro, avanzó hacia el escenario con los brazos levantados hacia el público.
Entre gritos y aplausos, varias personas corearon su nombre, y Milo sonrió a los espectadores.
Cantara había descrito a Milo como el metrosexual más ingenioso del mundo. Angélica aún recordaba las palabras exactas de su profesora: «Tiene un carisma arrollador y va siempre hecho un pincel; es tan sigiloso como una víbora recorriendo una alfombra».
Milo también era la persona más directamente involucrada en la regulación del tráfico etérico como director general del Pacto para la Protección Etérica, la segunda región más seguida, solo por detrás de la superpotencia DataMorph.
Como uno de los padres fundadores del orden etérico, era un firme defensor del statu quo y haría todo lo que estuviera en su mano para socavar el mensaje de Angélica.
El holístico era un ataque directo a toda la ciberinfraestructura que él representaba.
Cuando los aplausos se desvanecieron, Milo se colocó en el centro del escenario junto a Angélica. No hubo voz que decretara el inicio del debate ni sonido que marcara su comienzo, pero cuando la luz del escenario se atenuó, el desafío acababa de comenzar.
Milo tomó la iniciativa y Angélica se lo permitió.
Lucius y sus estrategas del escenario habían sugerido un enfoque defensivo, al menos al principio.
Todos estaban de acuerdo en que Angélica no era una oradora natural.
Un eterión con más experiencia habría pasado directamente al ataque, pero ese no era su estilo.
Necesitaba ir sobre seguro y estudiar la estrategia de Milo antes de trabajar para contrarrestarla.
—Gracias a todos por acompañarnos hoy —dijo Milo con tono firme y una sonrisa confiada. Se giró hacia Angélica—. Me han dicho que esta es tu primera aparición en un linchamiento público.
Varias personas del público se rieron. Milo dejó que el momento calara y luego siguió hablando.
—Así que, Dama de la Melodía —exageró al pronunciar cada sílaba para darle espectáculo—, ¿qué se siente en un día tan especial?
Angélica se colocó las manos en las caderas.
—Me siento de maravilla, papá —dijo, dedicándole una sonrisa infantil—. Gracias por preguntar.
Parte del público se rio con su respuesta.
Angélica mantuvo su fachada de confianza, pero no se hacía ilusiones. Milo estaba jugando con ella. Su pulla le había demostrado que podía recibir y causar daño, pero todavía se estaban tomando las medidas el uno al otro. El verdadero combate aún no había comenzado.
El Sabueso del Éter merodeaba a su alrededor, como un depredador en busca de sus puntos débiles.
—¿Sabes? Cantara solía hablar de ti. Te tenía mucho aprecio.
Angélica frunció el ceño. ¿De verdad le había hablado de ella Cantara? ¿Cuándo y en qué circunstancias? La sorpresa debió de notarse en su rostro, porque Milo asintió.
—Sí —dijo, estudiándola al detalle—. Me contó que era una de sus alumnas más brillantes: inteligente, franca, ingeniosa…
—hizo una pausa y luego se rascó la barbilla—.
Sin embargo, lamentaba tu inseguridad. Decía que no eras capaz de hablar frente a diez personas ni aunque te fuera la vida en ello.
Bueno, está claro que eso ya lo has superado —dijo señalando su elaborado vestido—.
La flor ha florecido. Estoy seguro de que hay una persona muy orgullosa de ti en este preciso momento.
Me refiero, porque estás aquí, frente al mundo entero —se volvió hacia el público, entornando los ojos, para dar espectáculo—.
¿Dónde está tu marido? ¿Mmm? Preguntémosle lo orgulloso que está. ¿Sebastian Anish? ¿Dónde está?
Angélica cruzó los brazos.
—No está aquí.
—¿No? —Milo se volvió para mirar a Angélica con expresión vacía—. ¿Por qué?
Obviamente no era una pregunta aleatoria. Milo debía de saber que Sebastian no aprobaba que Angélica asistiera al Eterverso.
—Tenía asuntos más urgentes que atender —dijo Angélica.
—¿Como qué? ¿Está en coma? —dijo Milo, soltando una risita a la que se unió el público—. Es la única razón que se me ocurre para no asistir al Eterverso.
Angélica dejó que la risa colectiva del público se disipara antes de responder.
—¿Por qué no dejamos de dar rodeos y vamos directamente al grano?
—Podríamos —dijo Milo, asintiendo con lentitud mientras mantenía las manos relajadas a la espalda—. O podríamos seguir indagando y descubrir algún cotilleo jugoso. ¿Qué opináis vosotros?
El público rugió, dándole su aprobación.
Milo señaló hacia los espectadores.
—El pueblo ha hablado —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Te importaría ponernos al día?
Angélica se encogió de hombros, a medias.
—Mi marido está ocupado salvando vidas. Hay una pandemia de proporciones catastróficas, por si no lo has oído.
—Ah, sí. Claro. Tu billete para el Salón de la Fama etérico —Milo negó con la cabeza, esbozando una sonrisa condescendiente—. Tus maravillosas noticias falsas.
Angélica clavó la mirada en su oponente.
—No son noticias falsas. Es un hecho contrastado.
—Bien —respondió Milo, juntando las manos—. Hablemos de eso. Tú y tus seguidores habéis sembrado el pánico en el ciberespacio con este… anuncio, por no decir otra cosa. Esta «malice asesina» no cuadra. Es cutre, artificial y un insulto para la comunidad etérica.
—¿Qué es lo que te molesta? Nuestros descubrimientos son públicos. Solo tienes que leerlos.
—Oh, los he leído, cariño. ¿Y sabes lo que me irrita? La ejecución. Suena forzada, desesperada.
—Es que tiene que sonar así —replicó Angélica—. A cada momento que perdemos discutiendo, se muere gente.
—¿Así que eres nuestra salvadora? ¿La elegida?