La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 31 El sabueso del éter
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31 El sabueso del éter

EL SABUESO DEL ÉTER

LAS VEGAS, HOTEL MAVERICK'S MOMENTUM

James

—¡Al menos ten la decencia de decírmelo a la cara!

James ignoró el tono de confrontación de Ravi.

—Preferiría que te comportaras como un adulto e hicieras tu trabajo —respondió, al tiempo que limpiaba sus gafas de sol y se las volvía a poner.

Ravi dio un fuerte pisotón contra el suelo.

—¿Quieres que me juegue el cuello? ¿Yo? ¿Por qué yo, de entre todas las personas que podrían hacerlo?

—Necesito a alguien que se esté jugando algo para revisar esa información —dijo James con un tono uniforme—.

Tú sabes lo que hay que buscar: puntos débiles, transferencias sospechosas, cosas que no cuadran.

Nunca tendremos otra oportunidad como esta, y eres la mejor persona de la que dispongo para el trabajo.

—No, no lo soy —replicó Ravi, señalando a James—. Tú eres la mejor persona. ¿Por qué no lo haces tú?

James se ajustó las gafas.

—Porque no puedo estar en dos sitios a la vez.

—Vaya manera más fácil de escaquearse —exclamó Ravi mientras aguardaba, probablemente buscando una reacción más intensa por parte de James—. ¿Y si los hombres de Milo descubren que he estado olisqueando? ¿Eh? ¿Has pensado en eso?

James se encogió de hombros.

—Problema del mañana.

Ravi esbozó una mueca de desdén.

—Todo está muy claro en esa cabecita tuya, ¿no? Para ti todos somos carne de cañón que explotar en tu dichoso plan maestro.

—Mira, no tengo tiempo para esto —respondió James, cogiendo unas llaves de la mesa y distanciándose de Ravi—.

Lucius y Angélica me están esperando. ¿No quieres hacerlo?

Haré una llamada y conseguiré a otra persona.

Será más arriesgado, pero me las apañaré.

Solo te digo que podríamos poner en peligro toda la operación por tu culpa.

James percibió la indecisión de Ravi en el tenso silencio que siguió.

—Vale —dijo Ravi, casi en un siseo—. Lo haré.

James asintió brevemente.

—Avísame cuando esté hecho —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.

—¿Y Angélica?

James se detuvo y se giró hacia Ravi.

—¿Qué pasa con ella?

— Se te nota a leguas lo colado que estás —afirmó Ravi, cruzando los brazos, con una pequeña sonrisa en los labios—. Te podría acabar explotando en la cara.

A James se le aceleró el corazón.

—No sé a qué te refieres.

—Claro que lo sabes. He notado cómo la miras. Apuesto a que Sebastian también lo ha notado. Quizá por eso está tan en contra del Eterverso. Tal vez piensa que tu «plan maestro» solo es una excusa para pasar más tiempo con su mujer. Hablando de poner en peligro toda la operación…

James se puso tenso.

—Pero bueno, no llegues tarde por mí —añadió Ravi, ampliando su sonrisa—. No querrás hacer esperar a tu bella dama.

∞∞∞

Las Vegas

Estudio de Televisión Utopía

El equipo de maquillaje salió del camerino, dejando solos a Angélica, Lucius y James. Angélica se levantó de la silla, se quedó mirando el espejo de la pared y admiró el resultado final. Una completa desconocida le devolvía la mirada.

Lucius le había pedido que no se mirara al espejo hasta que el equipo de maquillaje hubiera terminado.

Su primera reacción fue de sorpresa. Casi miró por encima del hombro para asegurarse de que no hubiera otra mujer en la habitación.

Su segunda reacción fue de desapego. No lograba conectar con la extraña que tenía delante.

Había entrado en aquel camerino como Angélica Kam y saldría de él como la Dama de la Melodía.

Angélica se centró en su vestido. Había provocado una acalorada discusión entre los estilistas de Lucius.

Querían crear algo hermoso y sencillo, imponente pero no pretencioso.

Ella admiró los detalles, confeccionado en satén y gazar de seda, adornado con apliques de encaje.

Era un vestido creado para atraer las miradas y despertar los sentidos.

Su maquillaje, resistente al sudor, era sutil pero elegante, con una sombra de ojos llena de color y un pintalabios rojo púrpura que hacía que sus labios parecieran más carnosos.

—¿Qué opinas? —preguntó Angélica, mirando a James—. Es llamativo.

—Cariño —intervino Lucius, intentando disimular una sonrisa de forma poco convincente—, la palabra que buscas es «Glamuroso»; con G mayúscula, desde luego. Ven —dijo tendiéndole su mano enorme—. Caminemos juntos.

Angélica aceptó su mano y el gigante la condujo hacia delante, al igual que un padre orgulloso que acompaña a su hija al altar para entregarla al novio. Un halo rojo y naranja vibraba a su alrededor, como una imagen residual de su propia presencia. Sintió la mirada de James.

—¡Ajá! —exclamó Lucius, con la expresión triunfante de un escultor admirando su mejor obra—. ¡Esto es maravilloso! Nadie será capaz de apartar los ojos de ti.

Maravilloso. No era la primera palabra que a Angélica le venía a la cabeza cuando se miraba al espejo.

Nunca se había sentido tan consciente de su propia presencia.

Pero eso era precisamente lo que se pretendía, ¿no?

Convertirla en un gigantesco letrero de neón que atrajera todas las miradas.

Y, sin embargo, no podía quitarse la sensación de que su farsa sería desenmascarada y de que todo su esfuerzo acabaría por los suelos.

James debió de darse cuenta de su mirada llena de conflicto.

—Lucius —dijo, carraspeando —. ¿Te importa dejarnos un momento a solas?

El gigante miró a James, frunció el ceño y luego miró a Angélica.

—Por supuesto — Su sonrisa no tardó en aparecer, pero parecía falsa, un gesto prefabricado—. Estaré fuera si me necesitáis.

James esperó a que la puerta se cerrara antes de hablar.

—¿Qué te pasa?

Angélica apretó los dientes, intentando ignorar su propio reflejo en el espejo. Miró a James, abrió la boca y volvió a cerrarla.

James se quitó las gafas de sol, dejando al descubierto sus ojos negro azabache.

Las ojeras los asediaban, con arrugas profundas que los hacían parecer más hundidos.

Parecía mucho mayor de sus veintiséis años.

Las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa cargada de compasión.

Difería de la fabricada por Lucius al instante. Esta parecía real. Parecía personal.

—¿Tan mal está? —preguntó James.

Angélica se mordió el labio inferior mientras se agarraba al borde de la camisa.

—¿Qué ves cuando me miras? —preguntó, buscando la mirada de James.

Este dio un paso hacia ella.

—Veo a una guerrera.

—Una guerrera —bufó—. ¿Esa es la moto que queremos vender ahora?

—No es ninguna moto, es una historia. —James adoptó una postura firme. Respiró profundamente por la nariz y exhaló por la boca—. ¿Recuerdas lo que Cantara solía decir sobre las mentiras?

—Sí —Angélica sintió cómo se le secaba la garganta. Pensar en su antigua profesora siempre le provocaba un cosquilleo en el estómago —: «Una mentira es una buena historia contada por la razón equivocada. Depende de nosotros hacer que valga la pena».

—¿Y tú te lo crees?

Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—No sé qué creer.

James se acercó a su espacio personal, mirándola fijamente.

—¿Quién eres tú?

Angélica parpadeó.

—¿Perdona?

—He dicho que quién eres tú.

—No te entiendo…

—Eres una eterapeuta —dijo él—. Curas a la gente. Eso es lo que haces.

Ella negó con la cabeza.

—Esto no tiene nada que ver con…

—Dijiste que no sabías qué creer —respondió, señalando con el dedo índice hacia la puerta—. Cree esto: hay un paciente ahí fuera, y se está muriendo de una enfermedad horrible. Te necesita para sobrevivir a un evento de aniquilación como el mundo nunca ha visto. Ese paciente se llama «humanidad».

Angélica abrió los ojos como platos. Ahora se sentía avergonzada de su inseguridad. Entendió lo que James intentaba transmitirle.

—Siempre se te han dado bien las palabras.

—No —dijo James, negando con la cabeza—. Solo se me da bien tomarlas prestadas.

Angélica asintió.

—Gracias —respondió, apretándole la mano—. Por todo. Y esto incluye secuestrarme.

James carraspeó.

—Para lo que quieras.

Angélica miró el reloj de pared.

—Será mejor que me vaya. Ya casi es la hora.

—Cierto —dijo James, apartándose a un lado—. Buena suerte ahí fuera.

Esperó a que los pasos de Angélica se perdieran a lo lejos y entonces se puso las gafas. Contó hasta diez antes de activar su interenlace.

—Te toca —dijo—. Solo tenemos una oportunidad. Aprovéchala.

James apagó la conexión y se dirigió a la salida.

Mientras caminaba, un reflejo en el espejo llamó su atención.

Se detuvo y se giró para observarse. Un hombre delgado, de tez pálida y hombros arqueados, le devolvía la mirada tras unas gafas de sol.

Una persona frágil, pequeña y débil, que no transmitía ni confianza ni fuerza; alguien lejos de la luz, aguardando su momento. Una araña esperando en la sombra.

∞∞∞

Las Vegas

Eterverso

—¡Pilares del éter, demos la bienvenida al escenario a la única e inigualable Dama de la Melodía!

Angélica entró en el inmenso auditorio recibida con una lluvia de aplausos y una ovación unánime, mientras su vestido hacía que cientos de cabezas se giraran en su dirección.

Angélica saludó al público con las manos, compuesto por algunos de los influencers más conocidos del ciberespacio. Todo dependía de que consiguiera convencerlos de que la amenaza de la malice era real, y de que la única salida era el éter holístico.

Lucius y sus estrategas de escenario se habían pasado semanas planificando su discurso, probándolo en plataformas de IA de puntuación de rendimiento hasta dar con la estrategia correcta para enfrentarse a Milos Jasper.

La forma en la que Angélica se movía y hablaba había sido cuidadosamente estudiada, perfeccionada hasta el más mínimo detalle.

No había sido fácil. Había tenido que aprender a apagar a Angélica Kam y sustituirla por la grandiosa Dama de la Melodía, heredera de Cantara Handal.

—¡Reservad vuestra energía, amigos! —la voz incorpórea del presentador resonó en el enorme auditorio—. ¡Un fuerte aplauso para el Sabueso del Éter!