La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 30 A la sombra del autotrón
59%

30 A la sombra del autotrón

A LA SOMbrA DEL AUTOTRÓN

DÜSSELDORF, INSTITUTO HEATHER RAINBOW

Ramor

La asistente del doctor abrió la puerta y dejó pasar a Ramor. Después de dar unos pasos, este se paró en seco. Miró alrededor y su primer pensamiento fue que se encontraban en el lugar equivocado. Se volvió hacia la asistente.

—¿Este es el lugar correcto?

La mujer asintió mientras cerraba la puerta.

Ramor frunció el ceño. Parecía un almacén abandonado, con centenares de objetos dispersos por todas partes.

Las paredes eran de hormigón macizo, pero nadie se había molestado en revestirlas o ni siquiera en pintarlas.

El techo era muy alto y dejaba a la vista vigas de madera oscura y tuberías de agua oxidadas; por otro lado, el suelo consistía en una única losa de piedra gris oscuro.

Había esparcidos papeles tirados al nivel de sus pies.

Recogió uno. Tenía un montón de diagramas hechos a mano y ecuaciones anotadas en los márgenes.

Ramor contuvo el aliento al tiempo que dejaba el papel en una estantería vacía.

El aire era fresco y olía dulce. Le recordaba al olor del refrigerante que se escapa del motor de un coche.

Grandes cajas abarrotaban la mayor parte del lado izquierdo de la habitación, mientras que a la derecha había objetos que parecían baterías del tamaño de un puño.

Miró a la asistente. ¿Cómo se llamaba? ¿Selma? ¿Sonia? No, su nombre era Sandra. La había visto algunas veces junto al Dr. Airling, el psiquiatra que cuidaba de Sofía. El doctor estaba en una conferencia en Hong Kong, así que Sandra tenía que ocuparse de todo y enseñarle en su lugar el sitio a él.

—¿Dónde está mi hermana? —La pregunta de Ramor sonó más brusca de lo que él pretendía. Carraspeó y continúo más suavemente—. Pensaba que esto era su nuevo… eh… ¿cómo lo llamasteis?

—Entorno de recuperación externa —respondió Sandra de manera servicial.

—Eso —exclamó Ramor, haciendo un gesto a su alrededor—. No es el tipo de sitio que me vino a la mente cuando me hablasteis de recuperación. Esto parece más bien un almacén abandonado.

—Nos dimos cuenta de que era lo que mejor le venía —respondió Sandra, señalando hacia un montón de cajas—. Y, respondiendo a su primera pregunta, su hermana está allí.

Ramor entornó los ojos y vio una mesa repleta de piezas autotrónicas de la colección más extravagante que había visto nunca.

Detrás de la mesa estaba su hermana mayor, Sofía Deringer, vestida con una bata de laboratorio.

Parpadeó, sin apenas creerse lo que veían sus ojos.

El aspecto de Sofía había cambiado drásticamente desde su última visita.

Estaba bien arreglada, con el pelo limpio y peinado, recogido en una elegante coleta.

Su mirada resplandecía y parecía centrada.

No estaba preparado en absoluto para ver aquello. Casi había perdido la esperanza de volver a ver a su hermana como antes. Dio dos pasos vacilantes hacia ella, pero se detuvo. Una fuerza invisible lo empujó hacia atrás, impidiéndole dar otro paso más. Los ojos de Ramor se abrieron de par en par.

—Se trata de un inhibidor ambiental, director Deringer —dijo Sandra, respondiendo a su mirada inquisitiva—. Recordará por nuestra reunión informativa que no es aconsejable hablar con ella, debido a la delicada fase en la que se encuentra. El éxito del nuevo tratamiento depende de ello.

Recordó el mensaje que le había enviado el Dr. Airling sobre el nuevo fármaco experimental que estaba probando con Sofía.

El médico había sido muy impreciso en los detalles, y Ramor no había entendido la mayor parte.

No era la primera vez que Airling probaba un nuevo tratamiento.

Para eso le pagaba Ramor: para que ideara nuevas formas de hacer que su hermana se sintiera mejor.

—¿Así que básicamente no puedo hablar con ella? —dijo Ramor, apretando la mandíbula.

—Ahora mismo no —respondió Sandra, sonriendo a modo de disculpa—.

El Dr. Airling cree que este tratamiento requiere una fase inicial de semiaislamiento.

Piensa que un entorno adaptado a sus necesidades podría ayudarla a recuperar su integridad mental.

El doctor lo llama «automedicación empática» —explicó, haciendo un gesto en dirección a Sofía, que no se daba cuenta de la presencia de ambos—.

Como puede ver, está funcionando. Su hermana está más sana que nunca.

Ramor cruzó los brazos.

—Es decir, ¿estáis probando un fármaco no testado en mi hermana sin su conocimiento ni consentimiento?

—Director, usted firmó su consentimiento para tratamientos experimentales. Como su tutor legal, tenía esa opción. Además, la investigación sobre traumas es más efectiva si se lleva a cabo mediante un estudio ciego. Así es como funciona la ciencia.

—Claro, es fácil decirlo cuando estás al otro lado de la habitación, ¿verdad?

Sandra se inclinó hacia él.

—Director, si quiere discutir los detalles…

—Da igual —la interrumpió—. Sea cual sea la “ilusión” que estáis fabricando, no va a funcionar cuando salga de aquí, ¿a que no?

Es decir, ¿cuál es el plan? ¿Qué pasará cuando tenga que volver a su habitación, con una autoenfermera vigilándola las veinticuatro horas?

¿Eh? Suena a que, en el mejor de los casos, todo depende de lanzar una moneda al aire.

—Su hermana está pasando por un período de adaptación —explicó ella—.

Lo que llamamos un «limbo inducido por la situación».

Cuando entra en esta habitación, su subconsciente la clasifica como un espacio seguro donde puede funcionar como su yo pasado.

Su mente omite la violencia que sufrió durante y después de su secuestro.

Más tarde, cuando tiene que salir de la habitación, entra en lo que llamamos una «ventana de equilibrio», durante la cual coopera con el personal médico, realiza las pruebas y toma la medicación prescrita.

Dicho de otro modo, esta habitación y las actividades que realiza dentro estabilizan su condición.

Se trata de una mejora importante respecto a todo lo que habíamos intentado hasta ahora.

—Por ahora —gruñó Ramor—. ¿Cuándo se supone que el Dr. Airling estará de vuelta?

Sandra consultó su agenda.

—El próximo viernes por la mañana.

—Bien —dijo este, respirando profundamente—. Asegúrate de que tenga la agenda libre por la tarde. Vamos a tener una conversación, él y yo. Necesito aclarar algunas cosas.

Sandra le dedicó una sonrisa condescendiente.

—Director, me temo que el Dr. Airling tiene compromisos urgentes durante toda la semana después de su regreso. Está demasiado ocupado para…

—¿Crees que te estoy pidiendo cita? —respondió Ramor con una carcajada—. Qué adorable —Se acercó a ella—. Permíteme ser absolutamente claro. El doctor puede verme el viernes por la tarde, o puede verme con mis abogados la mañana del mismo día, en el aeropuerto. Él decide.

Sandra frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ya me has oído, cariño. Quiero que me vea a primera hora de la tarde. Cualquier impedimento es inaceptable.

—Director, me temo que no comprende cómo funcionan las cosas…

—Cariño, te sugiero que me escuches con atención —dijo, levantando una mano para impedir que Sandra siguiera hablando—.

No le estoy pagando al doctor un cheque de cinco cifras cada mes para que su asistente me ponga trabas.

Ahora bien, esto es lo que vamos a hacer.

Cuando salga de esta habitación, le vas a enviar un mensaje al Dr. Airling informándole de que su agenda del viernes se ha despejado para una reunión conmigo por la tarde.

Si eso no ocurre, habrá consecuencias graves. ¿Comprendes?

Sandra abrió la boca, con la cara pálida.

—¿Está amenazándole?

Ramor le señaló con el dedo.

—Mi hermana es la persona que más me importa en el mundo. Si tuviera que prenderos fuego a ti y a tu doctor para asegurarme de que está bien, lo haría sin pensármelo dos veces. ¿Queda claro ahora?

Ella tragó saliva.

—Co… como el agua.

—Me alegro de que nos hayamos entendido al final. Dale recuerdos al doctor.

Ramor miró una última vez hacia su hermana y acto seguido salió de la habitación.

No sabía si esta terapia funcionaría o si acabaría fracasando como todo lo demás que habían intentado, pero su instinto le decía que esta vez sería diferente.

Era la primera vez que veía a Sofía siendo ella misma de nuevo.

Quizá, si las cosas salían bien, podría haber encontrado una solución a un problema que parecía no tener ninguna.