La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 28 Consejo de guerra
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28 Consejo de guerra

CONSEJO DE GUERRA

NASHVILLE, INSTITUTO ARK DE ESTUDIOS ETÉRICOS AVANZADOS

James

Asha Innati apenas había cambiado desde la última vez que Angélica la había visto, hace once años.

La mujer, de pie frente a ella, irradiaba una confianza que rayaba en el desprecio.

Con su actitud descarada de «que os follen», acababa de proponer la estratagema publicitaria más colosal de la historia del éter.

Angélica miró a Sebastian, sentado a su lado. James, Ravi y Venus se encontraban al otro lado de la mesa ovalada. Desde que Asha había empezado a hablar, su marido parecía incómodo.

Sebastian levantó una mano.

—Una pregunta.

Asha se giró para mirarlo.

—Dispara.

James carraspeó

—Entiendo que quieras atraer la atención rápidamente, pero lo que estás sugiriendo es el equivalente, en redes sociales, a lanzar una bomba nuclear y ver cómo de rápido se extiende la noticia de la destrucción.

Los ojos de Asha rezumaban entusiasmo.

—Me gusta la idea.

—Es demencial.

Asha sonrió con suficiencia.

—Lo dices como si fuera algo malo.

Sebastian frunció el ceño.

—Mira, informar hay que informar a la gente, pero tu forma de hacerlo… es… bueno… —continuó, señalando el material de presentación de Asha con la mano abierta—. Va a hacer que la mitad de la población etérica muera de un infarto y que la otra mitad se indigne. ¿Qué solucionamos con eso?

James se ajustó las gafas.

—Necesitamos atraer la máxima atención con el mínimo esfuerzo, Sebastian. El factor sorpresa es la única ventaja que tenemos. Tenemos que aprovecharla. Nadie está intentando endulzar esto: es radical, pero es la nuestra mejor baza.

—James tiene razón —dijo Asha antes de que Sebastian pudiera replicar—. Estamos hablando del día D en la historia de la comunicación de masas. No se entra de puntillas. Se irrumpe con las armas en ristre.

—Estoy de acuerdo con ambos —intervino Ravi, con un brillo en los ojos que sugería que estaba disfrutando de la creciente tensión—. Tenemos que meterle el mensaje a la gente en la cabeza a la fuerza. No hay otra manera.

—Es una misión suicida.

Todos los presentes se volvieron hacia Angélica, que había pronunciado la última frase.

Asha juntó las manos al tiempo que entornaba los ojos.

—¿Te importaría argumentarlo?

Angélica hizo un gesto hacia la proyección.

—Toda esta estrategia necesita una figura carismática como base, alguien ya conocido por el público —dudó un segundo antes de añadir—, alguien como la Dama de la Melodía.

Sebastian abrió los ojos de par en par.

—¿Qué?

—Está clarísimo —Angélica se puso de pie y señaló el plan de Asha—. Necesitáis un chivo expiatorio, alguien con la credibilidad suficiente como para darle una oportunidad de éxito.

—Sí —James asintió—. Alguien con mucho capital social, un símbolo de la revolución.

—No —Angélica cruzó los brazos—. No necesitáis un símbolo, necesitáis un mártir, alguien dispuesto a recibir una bala en el pecho.

La sonrisa de Asha no vaciló.

—Claro. Podríamos llamarlo así. Sin una figura visible, todo el andamiaje se derrumba.

Sebastian observó su entorno.

—Esperad un momento. Si lo veis así, ¿dónde celebraríais el debate?

—¡Eeeeeeeeeterverso!

Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada, donde había aparecido un hombre gigantesco, de complexión fuerte y piel oscura.

—Lucius —James le hizo un gesto para que entrara en la habitación—, llegas tarde.

—¿Tarde? ¡Los animadores nunca llegan tarde, James el oscuro!

—exclamó Lucius, con una risa atronadora que sonaba igual que una cascada—.

Llegan cuando es el momento de subir la apuesta.

Miraos. ¡Todos! —añadió, abarcando a los presentes con la mirada—.

Ahhh, estás aquí, Sebastian Anish, señor de los gráficos y los números, maestro de las estadísticas y solucionador de problemas imposibles.

Es un placer verte después de tanto tiempo.

—Lucius —dijo Sebastian, algo tenso, todavía sorprendido por la aparición de su antiguo compañero de clase.

Lucius se acercó a Ravi.

—Ravi, el zorro. ¡Tú, bromista de dos caras! Mira esos ojos. ¿Sigues intentando conquistar el mundo tú solo?

Ravi miró de reojo a James y luego le sonrió a Lucius.

—¿Qué te hace pensar que no lo he logrado ya?

Lucius se volvió hacia Venus; se llevó una mano al corazón mientras caía sobre una rodilla.

—Venus, la hechicera, seductora de almas. Tu belleza da alegría a mis ojos.

Venus se rio.

—Siempre fuiste un adulador, Lucius. Me alegro de verte.

Lucius se levantó y estaba a punto de dirigirse a Asha, pero la mujer levantó una mano.

—Ahórratelo. No necesito el amor fingido.

Lucius no pareció ofendido por su tono.

—Venenosa y directa al grano —sonrió—. Me alegra ver que no has cambiado.

—¿Qué hace él aquí? —preguntó Angélica.

Lucius se volvió hacia ella.

—¡Anda! —exclamó, ensanchando la sonrisa—. La Dama de la Melodía. Eres la destructora de tendencias, la esperanza etérica, la campeona de una causa valiente que puede salvar el mundo. ¿Quién habría pensado que la tímida e insegura Angélica Kam se convertiría un día en la joya del legado de Cantara?

Asha puso los ojos en blanco.

—¿Has terminado de babear? No tenemos todo el día. Ponles al corriente.

—Con mucho gusto.

Lucius activó un opticrón y acto seguido apareció la reproducción de un enorme espacio rectangular, rodeado de gradas.

—Bienvenidos al Eterverso, gente, donde los eteriones se despedazan entre sí por fama y gloria. Este es el escenario donde comenzará la revolución de lo holístico. Aquí es donde el mundo conocerá el cáncer y su cura.

Venus frunció el ceño.

—¿Quieres organizar un combate en el Eterverso?

—Así es —dijo Lucius con una sonrisa—. Es el mejor lugar para difundir nuestro mensaje. Ya tengo el evento apalabrado con los organizadores. Solo necesito la aprobación de la Dama de la Melodía y estaremos listos.

Sebastian frunció los labios.

—¿Te refieres a un debate en directo?

Los ojos de Lucius brillaron.

—Exactamente.

Sebastian parpadeó.

—¿Contra quién?

—Enhorabuena, Sebastian —Lucius hizo un gesto teatral—. Acabas de hacer la pregunta más importante del día.

Chasqueó los dedos y el opticrón mostró a un hombre atractivo, de unos cincuenta y tantos años, con el cabello y la barba blancos como la nieve, recortados a la perfección.

Ravi silbó.

—¿Es quien creo que es?

Angélica conocía la respuesta. Todos los presentes la conocían. Habían crecido estudiando a esa persona.

Lucius gesticuló con floritura en dirección a la reproducción, como un presentador que introduce a un luchador de fama mundial.

—¡Un fuerte aplauso para Milo Finnegar Jasper, el líder del Pacto Etérico y legendario Sabueso del Éter!

A Angélica se le cortó la respiración. Una rápida mirada a sus compañeros le confirmó que no era la única sorprendida.

—¿Hablas en serio? —Ravi se rio al tiempo que le lanzaba una mirada a Angélica—. Jasper la destrozará y le dará lo que sobre a los perros. No hay forma de que pueda enfrentarse a ese demonio. ¿Cuál es nuestro Plan B?

—No hay Plan B —respondió James, juntando las manos en forma de pirámide—. Angélica es la única persona que los organizadores aceptarán para el Eterverso. Nadie más es capaz de atraer tanta atención al espectáculo.

Venus se mordió el labio.

—¿En serio estáis considerando que se enfrente a Jasper?

—Es nuestra única oportunidad de difundir el mensaje. Nada más se acerca al alcance de Eterverso. Ella es nuestra única esperanza.

—¡No! —exclamó Sebastian, levantándose de la silla—. Ni hablar.

Angélica levantó las manos.

—Sebastian…

—No, Angy. Esto es una locura. No voy a quedarme aquí escuchando cómo te tratan como a un peón.

—Todos somos peones —dijo James—, pero Angélica tiene una oportunidad real de hacerle jaque mate a nuestro enemigo.

—Es fácil decirlo. No eres tú quien se va a subir a ese escenario —respondió Sebastian señalando a Angélica—. Somos eterapeutas, no actores. Curamos a la gente.

—Cantara nos entrenó a todos de la misma manera, Sebastian —intervino Asha, con los puños en las caderas y los codos abiertos—. Para ser piezas clave, pastores de la opinión pública. ¿Se te ha olvidado?

—¡Eso fue hace una década! —espetó este—. No estamos preparados para esta guerra mediática, y no voy a permitir que dañéis la reputación y la salud mental de mi mujer. Punto.

—Sebastian, escucha —dijo Lucius, juntando las manos y mostrando una sonrisa comprensiva—. La Dama de la Melodía es la única capaz de promocionar nuestro producto como queremos. Pero, para anunciarlo, necesitamos una plataforma como el Eterverso y un oponente como el Sabueso para crear expectación.

—¿Ah, sí? —Sebastian temblaba de rabia—. ¿Y por qué no vas tú? ¿Eh? A ver cómo te va en esa picadora de carne.

—No soy la Dama de la Melodía —respondió Lucius con calma—. No tengo su capital social.

—¡Estás hablando de mi mujer, imitador de pacotilla! Quieres publicitar lo holístico sobre su cuerpo.

Lucius levantó la mano.

—Si me escucharas…

—Hemos hecho todo lo que hemos podido por ayudar —exclamó Sebastian, mirando con furia a sus antiguos compañeros de clase—. Hemos descubierto el problema sistémico; el resto depende de vosotros. Pensad en otra forma de difundir vuestro producto que no implique vender a mi mujer al mejor postor.

James se puso de pie.

—Sebastian, lo holístico nunca tendrá una oportunidad si no utilizamos a Angélica para…

—¡Entonces se quedará sin oportunidad!

Angélica apoyó una mano en el brazo de su marido y acto seguido Sebastian giró bruscamente la cabeza hacia ella.

—Vámonos de aquí —exclamó, recogiendo sus cosas y encarando la salida; se detuvo cuando se dio cuenta de que Angélica no le seguía—. ¿Angy?

Angélica se mordió el labio y miró a Lucius.

—¿Para cuándo está programado el debate?

—En dos semanas —respondió este—. Tendrás tiempo de sobra para prepararte.

—No tienes por qué hacer esto —intervino su marido, negando con la cabeza—. Te están utilizando. ¿No te das cuenta? Están desesperados y quieren arrastrarte a su locura…

—Sé lo que están haciendo —dijo Angélica mirando a James—. Pero también sé que no tienen otra opción.

Sebastian hizo amago de replicar, pero se calló. Se acercó a Angélica y susurró:

—Nunca quisiste la atención. Tú me lo dijiste.

—Tienes razón —respondió ella—. Nunca la quise, y sigo sin quererla. Pero no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que es correcto.

Sebastian apretó un puño contra el muslo.

—Angy, por el amor de Dios, no eres la Dama de la Melodía.

Angélica tragó saliva.

—Tienes razón, no lo soy. Eso significa que tendré que convertirme en ella rápidamente si no queremos que más personas sufran.