26 El precio a pagar
EL PRECIO A PAGAR
MAR AMARILLO, AGUAMARINA
Ariul
Lena se secaba las lágrimas mientras leía la información en la tablet. Ya se sabía de memoria el contenido del informe, pero no podía dejar de leerlo.
Tiago había intentado que comiera durante los últimos dos días, pero ella no quería. Era su culpa que tantas personas hubieran muerto. Merecía sufrir.
—Ni se te ocurra culparte —le había dicho Tiago la última vez que la visitó en la enfermería. Ella se había desmayado en el centro de control, después de que los biomecas destruyeran la academia y capturaran a Makoto. La doctora Helena había declarado que Lena estaba en estado de shock.
Desde entonces, esta había permanecido en una de las habitaciones de la enfermería, aislada del mundo exterior.
Los intentos del canciller por consolarla habían sido inútiles.
Ochenta y nueve personas habían muerto por su culpa.
Nada cambiaría eso. Su instinto ya le había advertido de que llevarse a Makoto con ella era una idea terrible, pero había ignorado esos sentimientos y ahora estaba pagando las consecuencias.
Lena desplazó la pantalla por la lista de nombres y se detuvo cuando llegó a «Lena Maruishi», seguido de «Makoto Shimao». Ambos figuraban como desaparecidos, junto con otra docena de estudiantes que los rescatistas no habían podido recuperar de entre los escombros.
Cerró los ojos, incapaz de contener las lágrimas. La imagen de cuerpos cubiertos de sangre, con ojos sin vida, relampagueó en la oscuridad. Los biomecas habían incendiado todo su mundo en cuestión de minutos, y ella les había dado la gasolina.
Lena desplazó la lista y se detuvo cuando llegó a los dos últimos nombres en la primera columna. Extendió una mano y tocó la pantalla con dedos temblorosos: Cassidy Memphis y Netardas Galanis. Cada vez que pasaba, esperaba que esos nombres no estuvieran.
Su cerebro se negaba a creer que nunca más escucharía las bromas despreocupadas de Cassidy, que nunca más vería la mirada brillante de Net cuando hablaba de alguna curiosidad que solo él conocía.
Apagó la tableta y la dejó en el suelo mientras se acurrucaba en un rincón de la habitación. Sentía que se le cerraba la garganta al tiempo que su diafragma se contraía. Incapaz de contenerse, le vino una arcada y se tapó la boca con las manos.
Un bip señaló que alguien se encontraba al otro lado de la puerta, esperando su permiso para entrar. Lena tragó con dificultad.
—Vete —dijo con un susurro ronco.
Hubo silencio durante un minuto, después una voz familiar llegó amortiguada a través de la puerta.
—Soy yo, Tiago.
No respondió. Permaneció acurrucada en el suelo, abrazando sus piernas, esperando que el canciller se marchara.
—No puedes quedarte ahí para siempre. Necesitas comer algo. Han pasado dos días.
Las palabras de Tiago eran poco más que un zumbido en su cabeza. Comer parecía algo tan trivial después de lo sucedido… No estaba bien que Tiago se centrara en su hambre cuando decenas de personas habían sido asesinadas.
Inspiró superficialmente.
—Por favor, vete.
—No fue tu culpa.
Ella cerró los ojos y golpeó el suelo con la mano.
—¡Vete!
Tiago no se daba por vencido.
—Tu amigo podría seguir vivo. No es demasiado tarde.
Odiaba a Tiago por sugerir que Makoto podría seguir con vida. Era peor incluso imaginarlo. ¿Qué le estaría pasando? Era exactamente lo contrario de lo que Sebastos Max Lewis le había dicho cuando ella le pidió que rescataran a Makoto, que le ayudaran.
—Tu amigo está fuera de nuestro alcance, chica —le había dicho el coracero, evitando su mirada—. Si no está muerto ya, lo estará pronto. Lo siento.
Muerto. Otra muerte de la que ella era responsable.
—Tienes que escucharme —dijo Tiago, con voz tensa—. Los biomecas puede que se deshagan de Makoto, pero solo tras obtener la información que necesitan. Hasta entonces, tenemos opciones. Podemos…
—¡HE DICHO QUE TE VAYAS!
Pasó otro minuto antes de que sus pasos se alejaran.
Se le hizo un nudo en la garganta. Era mejor así.
Sola, no podía hacer daño a nadie. Nadie más moriría por su culpa.
Las lágrimas comenzaron a empañarle los bordes de la visión.
Antes de darse cuenta, toda la culpa y la rabia brotaron como un río embravecido, imposible de detener.
Después de lo que pareció un siglo, exhausta y mareada, se desplomó en el suelo helado y cerró los ojos.
Algo se le clavaba en la clavícula. Todavía llevaba puesto el dichoso colgante. Debería haberlo tirado hacía mucho tiempo. No quería saber nada de Wei Wang, del Proyecto Defensio ni de los biomecas.
Ese fue su último pensamiento antes de hundirse en un sueño intranquilo.
∞∞∞
Un joven de ojos ámbar le sonreía.
Estaba sentado en un banco de madera, en medio de un claro, con una ardilla posada sobre su hombro, observándola fijamente con sus pequeños ojos marrones. Un perro ladraba a lo lejos; el olor a tierra húmeda y a hierba impregnaba el aire.
Aquel lugar parecía un parque, y aquel hombre le resultaba extrañamente familiar. ¡Claro! Era Wei, pero más mayor que la última vez que lo había visto. Ya no era un niño, sino un adulto.
—Lena.
Lena lo miró fijamente.
—¿Wei Wang? —dijo, tragando saliva—. ¿Me estás… me estás hablando?
—Así es —dijo Wei, con voz juguetona—. Hay algo que necesitas saber —afirmó mientras le daba una nuez a la ardilla y el pequeño animal la partía con los dientes.
Ella se acercó.
—¿El qué?
Wei la miró fijamente.
—No puedes entender a una persona sin comprender sus motivos, de la misma manera que no puedes entender a los biomecas sin comprender a Pandora.
Lena parpadeó.
—¿Qué?
La sonrisa de Wei se ensanchó.
—Deja que te lo muestre.
Un viento gélido se levantó, y el suelo se desplazó bajo sus pies. El mundo comenzó a girar, y una serie de imágenes estallaron ante sus ojos. Cayó, pero no hacia su final, sino hacia algún lugar donde, por fin, comprendería.