25 Designación incorrecta
DESIGNACIÓN INCORRECTA
DÜSSELDORF, SEDE DE AUTOMATRIX INC.
Ramor
Ramor cerró la puerta de un portazo al irrumpir en su despacho. Se llevó las manos sudorosas a las sienes y acto seguido dio un puñetazo en la pared.
—¡Idiota! —gritó a la habitación vacía. El dolor le recorrió la mano cuando dio un segundo puñetazo, esta vez con más fuerza. Maldijo y se alejó dos pasos de la pared, soltando un suspiro para calmarse.
Erik tramaba algo malo. Ramor lo sabía. Tenía que hacer algo.
Necesitaba una copa, algo fuerte. Se dirigió al minibar junto a su escritorio, pero se detuvo. No. Si quería ayudar a Erik necesitaba mantener la lucidez. Le había prometido a Sofía que cuidaría de él, y eso era exactamente lo que iba a hacer.
Caminó de un lado a otro, reflexionando sobre su precipitado intento de obtener información útil. Había sido un error. Debería haber planificado mejor su estrategia. Desgraciadamente, cuando se trataba de Erik, el sentido común se esfumaba.
Había algo extraño en ese dichoso eptanidus. Lo había notado nada más conocer al autotrón en el hospital, después del ataque a las Industrias. La última conversación fuera de la casa de Erik solo había aumentado sus sospechas.
Ramor se concentró en lo que había dicho On-Eni Quinto: «Si se puede escribir, se puede resolver».
Pensó en ello. ¿Por qué había dicho eso?
Abrió el cajón del escritorio, cogió un bolígrafo y un cuaderno de cuero, y se sentó en la silla, examinando la cubierta del cuaderno.
Tenía una frase grabada: «Si se puede escribir, se puede resolver».
Ramor sonrió a pesar de todo. Sofía le había regalado el cuaderno hacía años, para recordarle que plantear un problema sobre el papel, en lugar de en una pantalla, ayudaba a enfocarlo con una nueva perspectiva.
¿Por qué On-Eni Quinto había dicho esa frase? ¿Era algún tipo de mensaje? Si el eptanidus tenía algo que decir, ¿por qué no lo decía directamente?
—Vale —abrió el cuaderno—. Vamos por partes. ¿Qué es lo que sé seguro?
Sabía que Erik estaba creando autotrones en una fábrica subterránea, probablemente con la ayuda de Kurosawa.
Si su sobrino los había ocultado y había declarado en quiebra las Industrias Autómatas para centrarse en ese proyecto, estos autotrones debían de tener algo especial.
Escribió en el papel: «Fábrica subterránea», «Autotrones ilegales», «Quiebra» y «Desesperado».
Miró fijamente las palabras y se rascó la frente.
Quizá esto no se le daba bien. ¿Y si estaba planteando las preguntas equivocadas? Lo que más le inquietaba era la enigmática frase de On-Eni Quinto. El eptanidus había dicho algo sobre la importancia de una designación mientras se señalaba a sí mismo. ¿Por qué?
Una vez más, Ramor leyó la frase grabada en la cubierta del cuaderno y eligió una página en blanco donde escribir la designación del eptanidus.
On-Eni Quinto
Ramor observó detenidamente las palabras, examinando con cuidado cada letra en busca de pistas.
La última parte de la designación le chirriaba.
¿Por qué darle la designación «Quinto» a un eptanidus?
On-Eni Séptimo habría tenido más sentido.
¿Por qué «Quinto», y por qué el número estaba escrito con letras en vez de con números?
Ramor negó con la cabeza. ¿Estaba el eptanidus intentando despistarle, hacerle perder el tiempo con pistas que no llevaban a ninguna parte? ¿O realmente On-Eni Quinto estaba intentando decirle algo?
Se pasó la mano por el pelo. «Quinto» podría tener sentido si el autotrón hubiera sido un antiguo modelo pentanidus, la última serie de androides no sujetos a la Interdicción Trónica. Pero eso era imposible. Esa serie hacía años que había dejado de producirse.
¿Y si Erik había usado la palabra «Quinto» movido por la nostalgia para rendir homenaje a la última serie de autotrones libres de la Interdicción Trónica?
Ramor miró fijamente la hoja. ¿Cuál fue el primer modelo de autotrón que tuvo Erik? Si no recordaba mal, había sido un exanidus, con la designación EN-IN-50. Ramor escribió la designación debajo de On-Eni Quinto.
¿Qué más? Erik no había tenido ningún otro autotrón excepto esos dos. Mentira, eso no era cierto. Sofía le había regalado un prototipo de pentanidus una década antes, pero eso difícilmente era…
A Ramor le dio un vuelco el corazón.
—No puede ser —un escalofrío le recorrió la columna mientras un pensamiento aterrador calaba en él.
Miró fijamente la designación On-Eni Quinto mientras se frotaba repetidamente las palmas contra las perneras del pantalón.
Con la mano temblorosa, reemplazó la palabra «Quinto» por el correspondiente numeral arábigo y reorganizó las letras.
El bolígrafo se le cayó al suelo con un golpe seco al tiempo que se le revelaba la respuesta.
El número cinco, ahora al principio de la palabra, imprimió a la clasificación del autotrón un cariz de consecuencias monumentales.
5-O-N-N-I-E