La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 21 Los cuatro lados del infinito #2
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21 Los cuatro lados del infinito #2

—Wei —dijo una voz femenina generada por ordenador, ligeramente forzada—. La entropía del sistema está alcanzando un punto crítico. El estado de equilibrio está remitiendo. No has logrado contrarrestar con éxito la condición de la singularidad. Esta simulación ha fracasado.

Wei se desplomó en el suelo, junto a una respiración profunda y entrecortada.

Gladia se acercó a él.

—¿Wei?

Él permanecía inmóvil, la mirada fija en el suelo.

—¿Wei? ¿Puedes oírme?

Wei tosió y luego murmuró algo.

Gladia parpadeó.

—¿Qué has dicho?

—Es imposible —dijo Wei con la voz ronca, escupiendo las palabras con esfuerzo.

A Gladia le dio un vuelco el corazón. ¿Imposible? Ese era un concepto anómalo para Wei Wang. Él nunca había creído en algo así.

Wei la miró con ojos atormentados.

—La Singularidad es inevitable.

Gladia tragó saliva.

—¿Qué?

—Nada puede detenerla —dijo Wei, con la mirada fija—. No es… no es… —el resto de sus palabras eran ininteligibles. Seguía moviendo los labios, pero no salía ningún sonido.

—No… no entiendo —dijo Gladia, acercándose más—. ¿Wei? No puedo oírte. No puedo…

De nuevo, Wei abrió la boca, pero esta vez un hilo de sangre se deslizó por su barbilla.

Gladia se tapó la boca y retrocedió tambaleándose, quedándose paralizada en mitad del movimiento.

La sangre brotaba también de los ojos de Wei, lágrimas rojas surcando su rostro pálido como la muerte. Gladia gritó mientras Wei y la habitación desaparecían en una explosión de humo negro.

Se despertó en su cama gritando, con las manos arañándose el cuello. Se incorporó, con la imagen residual de la sangre aún grabada en su retina.

Había algo importante que se le escapaba, un fragmento de la pesadilla que no conseguía recordar, al igual que una palabra en la punta de la lengua. ¿Qué era? ¿Y por qué no podía acordarse?

Se limpió la cara con el dorso del brazo mientras intentaba calmarse respirando profundamente. Miró fijamente su rostro en el espejo, situado al otro lado de la habitación. Una cara fantasmal, con los ojos hundidos, le devolvió la mirada. Era solo una pesadilla; otra maldita pesadilla.

Eran las cuatro de la mañana, pero no había manera de volver a dormirse. Apartó la manta a un lado y se fue tambaleando hacia la cocina.

—Control —dijo mientras añadía agua a la cafetera—. Muéstrame la agenda diaria.

∞∞∞

Gladia asentía sin prestar mucha atención, escuchando solo a medias el informe de Arthur. A pesar de sus intentos por olvidar la pesadilla, durante todo el día no había podido dejar de pensar en Wei.

Charlotte los acompañaba, tomando notas mientras Arthur citaba nombres. De repente, la habitación se quedó en silencio. Gladia se volvió hacia sus acompañantes. Ambos la miraban fijamente. El opticrón que había estado proyectando información ahora estaba en la mano de Arthur, apagado.

Gladia parecía sorprendida.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien? —preguntó Arthur con voz preocupada.

Gladia carraspeó.

—Lo siento —respondió mientras se alisaba la camisa—. Estaba en las nubes. ¿Qué… eh… qué estabais diciendo sobre la ceremonia de investidura?

—¿La ceremonia de investidura? —Arthur miró a Charlotte, que se encogió de hombros—. Gladia, dejamos de hablar de eso hace diez minutos.

Ella miró la pantalla de su tableta, pero sin leerla.

—Cierto. Lo siento. ¿De qué estabais hablando entonces?

Arthur se volvió hacia Charlotte.

—¿Podrías darnos un momento? —dijo, señalando la puerta con la cabeza.

—Claro —respondió Charlotte, lanzando una mirada rápida a Gladia antes de recoger sus cosas y salir de la habitación.

Cuando la asistente se fue, Arthur escrutó a Gladia en silencio.

—¿Qué? —espetó ella.

—Has estado ausente todo el día. ¿Qué te pasa?

—Bueno —Gladia se encogió de hombros—. Han sido un par de semanas difíciles. Mi mente no para. Pasa cuando trabajas demasiado. No es gran cosa.

Arthur negó con la cabeza.

—No es eso. Conozco esa cara. No estás durmiendo bien. Es la pesadilla, ¿verdad?

La mirada de Gladia revoloteó por la habitación, evitando los ojos inquisitivos de Arthur.

Arthur se acercó a ella.

—Déjame ayudarte —dijo, cogiéndole la mano—. Por favor.

Gladia pensó en apartarla, pero no lo hizo. Las cálidas manos de Arthur resultaban reconfortantes alrededor de sus dedos helados.

—Vale —dijo, frunciendo el ceño—. Hay algo que… nunca te he contado.

Arthur no la presionó. Esperó, dándole tiempo para procesar sus pensamientos.

—¿Crees…? —se interrumpió, en busca de las palabras adecuadas. Se toqueteó el pelo y luego se ajustó la ropa con más firmeza—. ¿De verdad ves factible que nos convirtamos en una civilización espacial?

—Bueno… —respondió Arthur carraspeando—. Ese es el principal objetivo del movimiento hiperista, ¿no? Convertirnos en una civilización multiplanetaria. Alcanzar las estrellas.

Gladia suspiró.

—Esa no es una respuesta. Te lo estoy preguntando a ti, Arthur Strutzenberg, no a un reclutador hiperista. ¿Qué piensas tú?

Arthur palideció ligeramente ante su tono airado.

—Sí —dijo en un tono más suave—. Creo que podemos convertirnos en una civilización espacial. Y, lo que es más importante, creo que tenemos que hacerlo si queremos sobrevivir como especie.

Gladia asintió, como si la respuesta de Arthur la tranquilizara.

—Vale —respondió, apretando los labios—. ¿Y si el propio Wei Wang te dijera que es imposible?

Arthur frunció el ceño.

—¿Qué es lo que es imposible?

Gladia lo miró rápidamente y acto seguido movió la cabeza.

—Convertirnos en una civilización espacial.

Arthur la observó fijamente.

—¿Estamos hablando del Wei Wang que fundó HYPER?

Gladia retiró la mano bruscamente y se alejó de él.

—¡Sí, claro que estamos hablando de él!

Arthur levantó las palmas en son de paz y se encogió de hombros.

—Lo siento, es que no lo entiendo. ¿Por qué diría Wei algo así? El objetivo principal de HYPER es…

—¡Sí, ya sé lo que significa HYPER! ¡Gracias!

Arthur volvió a levantar las manos.

—Entonces, ¿qué me intentas decir?

Gladia le dio la espalda, se dirigió hacia la silla del escritorio y se dejó caer.

—Es difícil de explicar —admitió, mordiéndose el interior del labio—. Es como… no sé. Es como describirle un arcoíris a alguien que nunca ha visto los colores. Tendrías que verlo por ti mismo para entenderlo.

Arthur seguía confundido.

—¿Ver qué? ¿Qué es lo que ocultas?

Gladia se balanceó ligeramente, con la mirada perdida.

—¿Puedes guardar un secreto?

Arthur abrió la boca, pero se contuvo. Dio un paso adelante y asintió solemnemente.

—Sí, puedo.

Ella permaneció en silencio un momento, inquieta. Después juntó las manos y las apoyó sobre el escritorio.

—Voy a contarte algo que suena a locura, Arthur, pero tienes que escucharme. El futuro de HYPER depende de ello.