La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 21 Los cuatro lados del infinito
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21 Los cuatro lados del infinito

LOS CUATRO LADOS DEL INFINITO

COMPLEJO HIPERISTA INFINITY, DEPENDENCIAS DE GLADIA EGEA

Gladia

Gladia estaba sola, sumida en la oscuridad. Algo no encajaba. No debería estar allí. Parpadeaba, con la mente lenta y turbia, después miraba a su alrededor. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Alguien la observaba desde la oscuridad.

Gladia giró la cabeza, primero hacia un lado, luego hacia el otro, intentando escrutar la penumbra. Dio unos pasos hacia delante, moviéndose con cautela.

—¿Hay alguien ahí? —gritó.

No hubo respuesta.

Avanzando con dificultad, Gladia entornó los ojos, tratando de encontrar el escondite.

Alguien se rio; una voz áspera, entrecortada y superficial. Una voz de mujer.

Gladia echó la cabeza hacia atrás bruscamente.

—¿Quién anda ahí?

—El Último Vértice del Hexaedro tiene miedo —dijo la voz con burla—. Un espectáculo patético de contemplar.

—¿Quién eres? —inquirió Gladia, avanzando a trompicones—. ¿Qué quieres?

—Cuatro miedos —siseó la voz—. Cuatro formas de esconderte de tu destino. Cuatro puertas que conducen a distintos finales. Déjame mostrártelos.

A Gladia se le heló la sangre. Era su propia voz, la que oía. ¿Cómo era posible?

—¡Quiero salir de aquí! —exclamó Gladia, trastabillando y tropezando con sus propios pies—. ¡Déjame salir!

—Primero, haz tu elección —respondió la voz.

—¿Qué elección?

—Una que cambiará para siempre la nación del Infinito Argénteo.

Una luz deslumbrante estalló ante sus ojos, obligándola a protegerse. Cuando la luz disminuyó, tardó un minuto en acostumbrarse al nuevo entorno.

La cámara oscura había desaparecido, y la había sustituido una habitación rectangular, iluminada por media docena de candelabros. Frente a ella se alzaban tres puertas rojas idénticas, todas cerradas. La cuarta puerta se encontraba a sus espaldas, pero estaba abierta.

Una habitación. Cuatro puertas.

No sabía por qué, pero algo le decía que la puerta tras ella representaba paz, tranquilidad y una vida libre de peligros. Una vida que anhelaba. Las otras tres significaban miedo y sacrificio.

Gladia tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta difícil de disipar.

El movimiento hiperista necesitaba valor y liderazgo para seguir adelante.

¿Se lo podía dar ella? Durante diez años, había sido la cara de HYPER, había supervisado la expansión del movimiento, pero nada podía ocultar que Gladia seguía siendo una científica corriente y con los pies en la tierra.

Dirigía HYPER solo porque el movimiento necesitaba a alguien que no fuera polémico.

No era por sus méritos, ni por algo que hubiera hecho.

Era popular porque no molestaba a nadie.

Su síndrome del impostor nunca había desaparecido del todo. Vale, se había vuelto experta en mostrar una confianza que no tenía, pero era incapaz de ocultarse sus emociones a sí misma. Tenía miedo y quería liberarse de tantas responsabilidades. Nunca estuvo destinada a ser líder.

No.

Algo hizo clic en un rincón de su conciencia, como una pequeña llama que se hacía más intensa.

Era otra parte de ella, una que no tenía miedo de dar un paso al frente y hacer lo que tenía que hacer.

La llamaban el Último Vértice del Hexaedro, Su Majestad Estelar, la figura política respetada por todos los hiperistas.

Esa líder reticente que jamás rehuía sus responsabilidades.

La llama se convirtió en un fuego ardiente, y otra voz, en lo más profundo de su ser, comenzó a cantar: Eres la estrella Polar en un cielo desprovisto de luces. Abraza tu naturaleza, hazla tu armadura, y úsala para reunir al Pueblo estelar. Elige ser lo que estabas destinada a ser.

Vacilante, al igual que si caminara sobre una fina capa de hielo, Gladia dio un paso hacia delante; y después otro, y otro, hasta que se encontró frente a la primera de las tres puertas. Cerró los ojos, levantó una mano temblorosa y empujó la superficie de madera.

Se encontró en un lugar distinto: un vasto espacio circular, iluminado por enormes candelabros de cristal que colgaban del techo a casi diez metros de altura. En las paredes había cuatro ventanas con mosaicos. Entre ellas había cuadros pintados a mano, escudos y esculturas griegas.

Gladia observó las ventanas. Cada una representaba un elemento natural distinto: agua, fuego, tierra y aire. El lugar le recordaba a una iglesia ortodoxa que había visto de niña.

Avanzó con dificultad, mientras sus pasos quedaban amortiguados por una alfombra mullida que terminaba frente a un trono dorado. Douglas Woodside estaba sentado en él, con sus ojos esmeralda siguiéndola. Su boca esbozó una sonrisa mientras la analizaba.

—¿Vas a quedarte ahí pasmada? —dijo Woodside, cruzando las manos—. Tienes que tomar una decisión, ¿recuerdas?

Gladia hizo todo lo posible por ignorar la sensación de vértigo en el estómago.

—Estás muerto —dijo, balanceando ligeramente los pies—. No puedes estar aquí.

Woodside sonrió.

— Voy a ponértelo muy fácil —afirmó, haciendo un gesto hacia su derecha donde, de la nada, había aparecido una puerta—. Cruza esa puerta y termina con tu sufrimiento. Nunca estuviste hecha para liderar, Gladia. Ambos lo sabemos. Hazte un favor y abandona mientras aún estás a tiempo.

Gladia miró en su dirección y tragó saliva. ¿Tenía razón Woodside? Estaba tan cansada…

No. De nuevo, resonó la voz dentro de ella. Rendirse es la elección más fácil. La elección del cobarde.

—¿Y bien? —dijo Woodside, juntando las manos en forma de pirámide.

Gladia negó con la cabeza.

—No lo haré.

—¿No? —Woodside frunció el ceño—. ¿Por qué cargar con este peso? Estoy intentando ayudarte. ¿No te das cuenta?

—No —repitió Gladia—. Puedo hacerlo. Puedo liderar.

Douglas la miró con desprecio.

—No te falta modestia. Nada ha dependido nunca de ti, Gladia.

Nada. Si crees lo contrario, estás equivocada.

¿Quieres la verdad? Aquí la tienes. La mitad del movimiento hiperista te ve como una debilucha; la otra mitad, como un vestigio del pasado.

Los líderes hiperistas te toleran porque no ofreces resistencia a sus planes.

Y créeme, tienen planes. ¿Crees que los apeirones son los únicos a los que has perdido?

No me hagas reír. Tanto los geocéntricos como los selenianos y los ascendentes se han ido alejando del Infinito Argénteo y, tras el fiasco de Verha Wardem, las cosas se han puesto aún más feas.

Perder Collision te ha costado caro. La poca autoridad que te quedaba se esfumó cuando Yvonne aniquiló a tu campeón.

—Encontraré… encontraré una solución —respondió Gladia, luchando por contener su desesperación. Woodside tenía razón. Fracasaría de nuevo.

El terrista pareció percibir su determinación vacilante.

—¿Una solución? ¿A cuál de tus problemas?

¿Mmm? ¿A la división de HYPER? ¿A tu caída?

¿Al ascenso de una nueva líder terrista a la que has subestimado durante demasiado tiempo?

Sí, hablemos de lo que nadie se atreve a decir, ¿vale?

Yvonne es una fuerza de la naturaleza. Puede oler la debilidad a kilómetros.

Solo es cuestión de tiempo que consiga el apoyo suficiente para aplastarte.

Las cosas ya están en marcha. No puedes frenar lo que se te viene encima.

Gladia apretó y aflojó los puños.

—¡Te equivocas! Lo conseguiré.

Woodside se rio.

—No, no lo harás. Ya has perdido —su risa se convirtió en un rugido ensordecedor mientras la habitación empezaba a girar como un tiovivo. Gladia sintió un vuelco en el estómago y una oleada de náuseas la invadió. Cayó desplomada al suelo, cerró los ojos y se preparó para lo que venía.

Pero no ocurrió nada.

Cuando los volvió a abrir, se encontró tumbada boca arriba en la habitación de las cuatro puertas.

Levantarse le resultó difícil, pero factible.

Gladia pensó en su encuentro con Woodside y comprendió lo que había sucedido.

Se había enfrentado a su miedo de no ser capaz de liderar HYPER, pero había decidido no rendirse y había superado la primera prueba.

Miró en dirección a la segunda puerta. ¿Qué le esperaba detrás? Solo había una forma de averiguarlo.

Gladia giró el pomo de la puerta y se encontró en un espacio vacío, sin nada más que un pedestal en el centro.

En lo alto del mismo había un Infinito Argénteo.

Cogió el símbolo con las manos temblorosas.

Era hermoso, y tenía una superficie lisa y brillante.

Le transmitía seguridad. Había dedicado su vida a proteger la idea que representaba aquel símbolo. Y moriría por protegerla.

Gladia se inclinó para devolver el objeto al pedestal, pero, en el último momento, se le escurrió de las manos y cayó al suelo, rompiéndose en cuatro fragmentos separados y reconocibles.

—¡No! —exclamó mientras se agachaba para evaluar el daño.

El Infinito Argénteo se había dividido en los símbolos de los cuatro partidos hiperistas.

Estaba el infinito compuesto por dos lunas crecientes, el emblema de los selenianos; el infinito con una flecha dorada, venerado por los ascendentes; el inscrito en una esfera, de los geocéntricos; y los dos infinitos convergiendo en el centro y formando una cruz, el símbolo de los apeirones.

Este era otro de sus mayores miedos: ver a HYPER dividida, rota en pedazos, minada. ¿Sería capaz de mantener vivo el legado de Wei o estaba contemplando el futuro de HYPER?

Un grito la sacó de su ensimismamiento. Pestañeó y giró bruscamente la cabeza en dirección al sonido; se dio cuenta de que estaba de vuelta en la habitación de las cuatro puertas.

Gladia tragó saliva al reparar en que el grito venía de la última puerta.

Se le heló la sangre y sintió ganas de dar media vuelta, cruzar la salida y no volver jamás.

Pero no podía. Tenía una responsabilidad que cumplir, así que avanzó hacia la tercera puerta, la abrió y se encontró en una sala ovalada, con una plataforma en el centro.

Wei Wang se puso de pie, jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor. Parecía a punto de desmayarse.