La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 20 Subsuelo
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SUBSUELO

MAR AMARILLO, AGUAMARINA

Ariul

—Es hora —dijo Tiago, levantándose del banco. Lena le siguió hasta la salida de la cámara. El canciller hizo una pausa justo antes de abrir la puerta presurizada—. Te debo una disculpa —añadió, con la voz ligeramente forzada.

Lena se quedó sorprendida.

—¿Por qué?

—No te di opción —dijo Tiago con una mueca de disgusto—. Traerte aquí era demasiado importante.

—Sí me diste opción —dijo ella, mirándolo atónita—. Ayer, después de despertarme, cuando me ofreciste tu mano. Quería saber más sobre el Omniólogo y por qué Wei me eligió. Quería respuestas.

Tiago negó con la cabeza.

—Incité tu interés apelando a tu curiosidad. No fue justo.

Ella lo estudió, mientras el canciller mostraba una expresión de culpabilidad.

—Bueno, no puedo aceptar una disculpa por algo que no has hecho.

—No me estoy disculpando por algo que haya hecho —afirmó Tiago, abriendo la pesada puerta circular y apartando la mirada de ella—, sino por algo que estoy a punto de hacer.

Unos ruidos agudos, como de pistones trabajando al unísono, anunciaron la apertura del pasadizo. Lena echó un vistazo al otro lado. Había personas esperando; cada una empuñaba un arma.

Dio un paso atrás.

—¿Quiénes son?

—No tengas miedo —dijo el canciller—. Son aliados. Solo quieren asegurarse de que no eres una amenaza. Déjales hacer su trabajo.

—¿Una amenaza? —dijo Lena, perpleja—. ¿Yo? Si son ellos quienes tienen las armas.

Cinco soldados entraron en la cámara, todos ellos al menos dos palmos más altos que ella, con hombros anchos y brazos fornidos. Llevaban monos negros unisex e insignias azul brillante en los hombros. El que lideraba el grupo llevaba distintivos rojos.

—Canciller —dijo el líder, con un acento que Lena no pudo identificar—. Soy el centurión Dunish. La asamblea me ha ordenado ocuparme del paquete.

Tiago asintió.

—Lena, este hombre se acercará y te explicará qué hace un inhibidor y por qué no debes tenerle miedo. ¿Estás de acuerdo?

Lena estudió al soldado.

—¿Tengo elección?

—Podría aturdirte —dijo el soldado, mostrando su arma—, pero preferiría que caminaras por tu propio pie.

Lena arqueó una ceja.

—¿Qué es un inhibidor?

El hombre corpulento avanzó y le mostró el objeto.

—Esto. Te mantendrá parcialmente sedada y cooperativa mientras nos movemos por la base. No te hará daño.

Lena pestañeó.

—Vale… bueno, puedo seguiros a donde queráis —respondió, encogiéndose de hombros—. Solo pedídmelo amablemente.

—No es tan fácil, querida —dijo Dunish, apretando los labios—. Esta cosa deja que tu cerebro se tome un descanso durante un rato. Te pone en un estado de sonambulismo mientras lo llevas puesto.

—Espera, ¿qué?

—Es una precaución para mantener dormidas las cosas peligrosas que podrías llevar dentro sin ser consciente de ello.

Lena soltó una risa forzada.

—¿En serio? ¿Creéis que soy una especie de huésped alienígena?

El centurión miró a Tiago con una expresión tensa.

—He terminado de darle el tour por el parque. Puede cooperar o ser noqueada. Para mí es lo mismo.

Tiago miró a Lena.

—Por favor.

Lena negó con la cabeza.

—Está bien, está bien. Confianza. Lo haré —afirmó, mirando al centurión—. ¿Qué quieres que haga?

El líder le indicó que se acercara.

—Barbilla arriba, cara al frente. Manos juntas delante del pecho. Mantén la mirada fija en mí.

Lena miró a Tiago, que asintió. Entonces siguió las instrucciones de Dunish.

—Perfecto —el centurión se acercó—. Ahora sentirás calor alrededor del pecho. No luches contra esa sensación. Desaparecerá poco a poco —le pasó el dispositivo alrededor del cuello y luego por las muñecas, juntas.

Lena sintió una ligera presión en el cuello y las muñecas.

Al instante, algo parecido a un aura blanca apareció alrededor de sus manos, como una cuerda de niebla espesa.

Ya no podía mover los brazos, y sentía como si estuviera congelada de la cintura para arriba.

Era una sensación desagradable y, sin darse cuenta, comenzó a luchar contra esa fuerza desconocida.

—¿Lena? —Tiago agitó la mano para llamar su atención—. Mírame. No luches contra ello. Solo respira.

—Bien —Dunish miró al resto de soldados—. En marcha —dijo, analizando a Lena—. No te preocupes, preciosa. Te cuidaremos bien.

—No me llames preciosa —dijo Lena, con un tono seco—. Mi nombre es Lena.

—Me gusta —Dunish sonrió mientras la escrutaba con la mirada—. Tiene carácter. Al regente le encantará.

∞∞∞

Los soldados guiaron a Lena a paso rápido por un estrecho pasadizo que le recordó a un submarino viejo y abandonado que había visto en un documental.

No habría podido decir adónde se dirigían ni qué se decían los soldados entre sí.

De hecho, en ese momento, lo único de lo que estaba segura era del movimiento de sus piernas. Todo lo demás era turbio.

Finalmente, llegaron frente a una puerta de acero con paneles laminados.

—…y la sacó de ese estado —escuchó decir a Dunish—. Eh, preciosa, ¿cómo te encuentras?

Lena miró a su alrededor durante un momento, parpadeando como si acabara de emerger de una cueva. Alguien chasqueó los dedos y ella siguió el sonido hasta encontrarse con la mirada de Dunish.

El soldado sonrió.

—¿Estás con nosotros, preciosa?

Lena le lanzó una mirada fulminante.

—Te dije que no me llames preciosa, imbécil —su voz sonaba áspera—. ¿Dónde estamos?

—Bueno, definitivamente ha vuelto —dijo el centurión, asintiendo a los otros soldados—. Vamos a asegurarnos de que no eres un peligro para nadie. Vale, chicos. A terminar con esto.

Dunish debía de haber apagado el dispositivo porque ahora Lena podía pensar con claridad.

Entraron en una habitación espaciosa con varias literas. Un puñado de personas —algunas con yesos, otras con vendajes— descansaban leyendo tabletas o charlando entre sí. Lena supuso que debía de ser una enfermería.

—¡Eh, Capi!

Lena se giró hacia un hombre bajito con un vendaje.

—¿Qué, Paul? —gruñó Dunish mientras abría camino, con Lena a su lado y los demás soldados tras ellos.

—¿Es esta la weguckin de Geoda? —dijo de nuevo el hombre bajo.

—No puedo confirmar ni negar eso —dijo Dunish.

—¡Venga, va, Dun! Dime algo.

Dunish resopló con fuerza.

—Qué tal esto...: ¿por qué no cierras el pico y vuelves a fingir que estás enfermo? Tengo trabajo que hacer.

—Siempre tan encantador, ¿a que sí? —dijo Paul.

Dunish le dedicó una amplia sonrisa.

—¡Eh, Dun! —otro paciente llamó al centurión—. ¿Llevas a la chica a una ducha de purpurina? ¿Los mandamases temen que sea una muñeca rusa de una biomeca o algo así?

—NCND, Forrest —respondió Dunish—. No puedo hablar. Ya sabes cómo funciona.

—Lo sabía —Forrest se volvió hacia Paul con cara de suficiencia—. Espectáculo de purpurina.

—¿Qué es todo este jaleo? —dijo una mujer regordeta, de pelo rizado, mientras se dirigía furiosa hacia ellos—. Egon Dunish Adler, esto es una enfermería. ¡No puedes entrar así!

—Estoy aquí por asuntos de la regencia, doctora —Dunish señaló a Lena—. La chica necesita un hiranálisis. Órdenes de Cassandra.

La mujer no parecía impresionada.

—No necesito que me enseñes una placa, Egon. Sé lo que quiere Cassandra —respondió mientras se volvía hacia Lena, con expresión más amable—. Ven, cariño. Sígueme.

Dunish y sus hombres les siguieron a corta distancia.

—Me llamo Helena Isaac —dijo la doctora, presentándose a Lena—. ¿Cómo te llamas?

—Lena.

—¿Alguna vez te has hecho un TAC, Lena?

—Mmm… sí.

Entraron en una habitación con dos escritorios y una gran estantería. La mayor parte del espacio estaba ocupada por una máquina que Lena habría descrito como un sarcófago de alta tecnología.

—Egon, dile a tus gorilas que esperen fuera —dijo Helena, asintiendo bruscamente hacia los soldados—. No puedo tener a media docena de personas de pie mientras trabajo. ¿O también tienes que pedir permiso al regente primero?

—Esperad fuera —dijo el centurión mientras fulminaba con la mirada a la doctora.

—Muy bien, Lena —Helena volvió a adoptar un tono amable—. ¿Sufres claustrofobia?

Lena negó con la cabeza.

—No creo, doctora.

—Llámame Helena. Vale, pues esto va a ser muy fácil. Acuéstate aquí —dijo, señalando el sarcófago—. Tu cabeza va en este lado. Eso es.

Lena siguió las instrucciones de la doctora y se metió dentro de la máquina.

—Esto es un IC, querida —dijo Helena, tecleando en una pantalla de control—.

Funciona como un TAC. Intenta quedarte quieta cuando parpadee la luz.

Puede que sientas una sensación cálida en la base del estómago.

No te preocupes, es normal. El procedimiento no durará más de tres minutos. Respira con normalidad, ¿de acuerdo?

Helena cerró la maquinaria tipo sarcófago, y Lena permaneció inmóvil mientras el dispositivo comenzaba a zumbar.

Tres minutos después, el ruido cesó y Helena levantó la tapa.

Lena parpadeó y acto seguido bajó torpemente de la máquina. Notó que Helena le entregaba un papel a Dunish.

—Aquí tienes, Egon —dijo la doctora, secamente—. He enviado los resultados a los miembros de la asamblea. Esta chica tiene tanto hiperoganin en su cuerpo como la propia Cassandra.

El centurión levantó sus pobladas cejas.

—No tiene gracia, doctora.

—No pretendía tenerla —respondió Helena, cruzándose de brazos—. Ya la había examinado el personal de Geoda. ¿Esperaba Cassandra que el resultado fuera distinto?

—Doctora, no me corresponde discutir…

—¿Órdenes estúpidas? —le interrumpió Helena—.

No, supongo que tienes razón. Tú solo las cumples.

Bueno, ya tienes lo que has venido a buscar.

Ahora tengo trabajo de verdad que hacer.

Ahí está la puerta —se volvió hacia Lena—.

Un placer conocerte, cariño. Espero que podamos hablar pronto. Buena suerte.

—Gracias, Helena.

Dunish sacó el inhibidor de su bolsillo.

Helena le lanzó una mirada asesina.

—¿Qué estás haciendo, Egon?

El centurión se encogió de hombros.

—Cumplir órdenes.

—¿Estás sordo? —Helena clavó un dedo en el pecho del soldado—. Está limpia. Acabo de decírtelo.

—Podría seguir siendo una espía de los biomecas.

Helena estuvo a punto de responder, pero Lena se adelantó.

—Está bien —dijo Lena—. No me importa.

La doctora frunció el ceño.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

Helena se apartó de Dunish y suspiró mientras apretaba el hombro de Lena.

—Bueno, cariño, tienes una alta tolerancia a la estupidez. No es mi caso —Se volvió hacia el soldado—. Fuera de mi enfermería.

El centurión miró a Lena.

—¿Necesitas usar el servicio?

—No —Lena ofreció sus manos—. En realidad, estoy deseando conocer a esa Cassandra.

Algo parecido a la diversión brilló en el rostro de Dunish. Encendió el inhibidor y luego se volvió a los soldados fuera de la habitación.

—Muy bien, chicos. En marcha.