19 Si se puede escribir, se puede resolver #3
Sofía toca la pantalla dos veces. Parece aburrida.
Ramor aprieta la mandíbula una y otra vez.
—Tenemos que emitir un comunicado oficial y hacerle saber a la gente que tenemos esto bajo control.
Kenta resopla.
—¿Y qué diría?
—Que estamos trabajando en la discrepancia y que sabemos cómo solucionarla.
Kenta le dedica una sonrisa amarga a Ramor y luego mira a Sofía.
—Esto no es más que una paranoia. Señora presidenta, discrepo. Necesitamos mantener la cabeza fría y no precipitarnos.
Ramor rechina los dientes.
—Lo que necesitas son otras gafas, porque está claro que no ves lo que yo. Estamos al borde de un precipicio, y solo nos falta un empujoncito para que nos destrocen más que a un coche en el desguace.
—Vale —Kenta lo mira de reojo—. ¿Esa es tu opinión profesional?
—¡Pues sí, imbécil de mierda! —exclama Ramor, levantando tres dedos mientras se acerca a su compañero—. Tres pentanidus se han vuelto locos de repente, ¿y tú quieres hacer la vista gorda y fingir que aquí no ha pasado nada?
Kenta agita una mano.
—Venga ya. Sé realista. Tienes miedo de que estos rumores perjudiquen el informe trimestral de Industrias.
Ramor parpadea.
—¿Qué?
—Dinero. Solo te preocupa tu bolsillo. Lo único que te importa es tranquilizar a los inversores para que nuestras acciones no se desplomen.
La adrenalina en el torrente sanguíneo de Ramor hace que el corazón le lata violentamente contra las costillas.
—¿De verdad crees que me preocupa el precio de nuestras acciones? ¡Esto es mucho más importante que eso! Esto podría acabar con Industrias para siempre. Has perdido la cabeza si…
Kenta le interrumpe.
—Tu ridículo alarmismo ni siquiera…
Ramor alza la voz.
—No me quedaré de brazos cruzados mientras dejas que esta empresa…
—¡Ya está bien!
Ambos se giran hacia Sofía.
—Separaos —ordena—. Ahora.
Ramor se aparta de Kenta, con los puños apretados.
—Mis disculpas, señora presidenta —Kenta se ajusta las gafas—. Me he dejado llevar.
Sofía mira a Ramor.
—¿Y tú, hermanito? ¿Algo que decir?
Ramor odia cuando le llama «hermanito». Ella solo tiene tres años más que él, pero nunca pierde la oportunidad de recordárselo.
—Sí, tengo algo que decir —responde, con un calor burbujeante en el estómago—. Podrías dejar de llamarme así.
—Por supuesto —dice Sofía—. En cuanto dejes de comportarte como uno —sentencia, girándose hacia Kenta—. ¿Qué noticias hay del Tribunal Planetario? ¿Cuál es la postura de los juriones sobre los autotrones a la deriva?
Kenta se rasca la cabeza.
—La Corte sigue investigando. No tienen nada sólido. Los negatrones pueden gritar todo lo que quieran, pero no llegarán a ninguna parte…
—Tonterías.
Kenta entorna los ojos, mirando a Ramor.
—Estaba hablando yo.
—No, estabas desperdiciando oxígeno —Ramor le lanza una mirada inexpresiva—.
DataMorph está convirtiendo las noticias en un vertedero en llamas, y los negatrones marchan al son.
¿Cómo no lo ves? —inquiere, girándose hacia su hermana—.
Buenos Aires, París, Londres, Washington, Pretoria, Sídney…
Esos chacales se están moviendo a escala planetaria.
Necesitamos formar un frente unido y asegurarle al público que tenemos esto controlado. Déjame encargarme. Te juro que…
—No —Sofía cruza los brazos—. Ya tienes bastante con la adquisición brasileña. Necesitamos ese contrato firmado y entregado antes de fin de mes. Deberías prestarle toda tu atención. Nunca tendremos otra oportunidad como esta.
—El contrato es pan comido —dice Ramor, descartando el asunto con un gesto—. Mi equipo puede encargarse de los detalles. Déjame hacerme cargo del caso CO-DEX. Puedo…
—No —se vuelve hacia Kenta—. Crea un grupo de trabajo para este caso. Quiero actualizaciones cada veinticuatro horas.
Kenta parpadea.
—Eh… ¿yo, señora presidenta?
—Sí, Kenta. Tú. Que Jillion y Garin, del departamento de relaciones públicas, te ayuden. Ellos harán un seguimiento de la situación dentro y fuera del éter. ¿Algún problema?
—Ninguno, señora. Yo me encargo.
—Bien.
—Sofía —Ramor mira a su hermana con la mirada encendida—. Estás cometiendo un error. He seguido este caso desde el principio. Yo te lo presenté.
—Y te lo agradezco —dice—. Pero ahora tienes otras prioridades.
Ramor tuerce el gesto.
—Sofía, no creo que tú…
Ella señala con un dedo la puerta de la oficina.
—¿Qué pone en esa puerta, hermanito?
Ramor parpadea.
—¿Qué?
—Date la vuelta y dime qué pone en esa puerta. Ahora mismo.
Ramor traga saliva. Observa la placa dorada incrustada en la puerta, con los dientes apretados.
Sofía golpea el escritorio con ambas manos.
—¡Dilo!
Ramor se pone rígido.
—Sofía Deringer —arrastra las palabras—. Presidenta y fundadora de Industrias Autómaton.
Sofía se apoya en el escritorio, con la mirada fría.
—Mientras ese nombre permanezca en la placa, espero que hagas lo que te digo. Si no estás de acuerdo conmigo, márchate y hazte otra puerta con tu nombre. ¿Está claro?
Ramor asiente con brusquedad.
—Claro.
—Excelente —Sofía se sienta y devuelve su atención a la tableta—. Tenéis tareas que cumplir, caballeros. Podéis retiraros.