La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 19 Si se puede escribir, se puede resolver
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19 Si se puede escribir, se puede resolver

SI SE PUEDE ESCRIBIR, SE PUEDE RESOLVER

DÜSSELDORF, RESIDENCIA DE ERIK DERINGER

Ramor

Erik apagó el opticrón y los datos que había estado estudiando durante las últimas cinco horas desaparecieron.

Se dejó caer en la silla con un suspiro, cerró los ojos y se pasó una mano por el pelo despeinado.

Debería afeitarse, y probablemente darse una ducha, pero el solo hecho de pensar en tener que hacer el esfuerzo le provocaba dolor de cabeza.

Erik se sentía vacío, como si un agujero negro lo estuviera succionando desde dentro.

—Se te está yendo, tío —se dijo—. Si sigues así, te meterán en una habitación como a tu madre.

En cuanto pronunció esas palabras, torció el gesto. No debería haber dicho eso. Pensar en su madre era lo último que necesitaba.

Erik intentó despejarse la cabeza. Su mirada se detuvo en la taza de café que permanecía en la mesa de trabajo.

Extendió el brazo y la alcanzó, pero cuando se la llevó a la boca, notó que estaba vacía.

—Un clásico —resopló, y acto seguido miró hacia la puerta entreabierta—.

¿Dónde coño está ese puto trasto cuando lo necesito?

Volvió a dejar la taza de café sobre el escritorio con un golpe seco y se giró hacia la puerta.

—¡Eh, On! —gritó—. Mueve ese culo y tráeme un café. Aspirinas también. Tengo una emergencia de código uno: dolor de cabeza inminente. ¿Me captas?

Erik esperó, pero no obtuvo respuesta.

—¿On?

—Estaré ahí en un momento.

Erik oyó al autotrón trajinando en la cocina. Su asistente estaba usando el microondas y la batidora.

—¿On? —Erik golpeó el suelo con el pie—. Solo necesito un puto café y una pastilla. ¿Qué estás haciendo…?

On-Eni Quinto entró en la habitación con una taza cuyo contenido no olía a café.

Erik abrió los ojos como platos al mismo tiempo que arrugaba la nariz. Una sustancia verde guisante, con la consistencia de salsa de tomate, reposaba en el fondo del tazón.

—On —dijo, echando la cabeza hacia atrás—. ¿Qué cojones ha muerto dentro de esta taza?

El autotrón inclinó la cabeza hacia un lado.

—Es una mezcla de aguacate, ajo en polvo, pasta de brócoli y pimientos verdes, con un toque de mentolitosina.

—Vale… —dijo Erik, mirando fijamente al autotrón y luego encogiéndose de hombros—. ¿Y qué se supone que hago con esto?

—Es un remedio excelente para el dolor de cabeza —respondió On mientras acercaba la sustancia maloliente a la nariz de Erik—. Encontré la receta en la región vegana.

Erik la apartó con un gesto.

—¿Y qué pasa con el café?

—Tu ingesta diaria de cafeína ya está cerca de los novecientos miligramos. No necesitas más.

Erik se rio secamente.

—Déjame que eso lo juzgue yo.

On miró fijamente a su dueño.

—Se ha informado de que ingestas extremadamente altas de cafeína a diario provocan nerviosismo, inquietud y síntomas similares. Los efectos a largo plazo pueden incluir ansiedad constante, insomnio crónico y depresión. También pueden causar hipertensión arterial y…

—Bla, bla, bla. No me importan tus historias.

—No son historias, son…

—¡Quiero mi café!

On se le quedó mirando.

—Ahora estaría bien —dijo Erik, esta vez con un deje en la voz. No le gustaba la forma en que el autotrón lo estaba mirando.

On puso la taza sobre la mesa.

—¿Puedo hacer una sugerencia?

Erik se cruzó de brazos.

—No.

—Ya que tienes dolor de cabeza —dijo On de todos modos—, es muy probable que tu mente esté aletargada y embotada. Deberías confiar en mí. Velo por lo que es mejor para ti con el corazón.

—Eso es exactamente lo que me preocupa —dijo Erik, señalando con un dedo la cara de On—. La última vez que velaste por lo que era mejor para mí, perdí cinco kilos.

—¿Te refieres a tu exitosa dieta?

—Me refiero a tu intento de matarme de hambre —sentenció Erik, levantando la barbilla—. Noticia de última hora: se acabó que decidas qué entra en mi estómago.

On miró el maloliente brebaje.

—De verdad, está riquísimo —afirmó, con las comisuras de sus labios de silicona formando una sonrisa—. Deberías probarlo.

Erik resopló.

—No te pongas en plan colegueo conmigo. ¡He dicho que no! Asúmelo.

On se encogió ligeramente.

—Tú mismo —dijo, cogiendo la taza y encaminándose hacia la salida.

—Ya que estás aquí, podrías ayudarme a resolver algo.

On se volvió hacia él.

—¿De qué se trata?

—¿Sabes qué pasó con el informe semanal de Kenta sobre la fábrica? —dijo, señalando su estación de control—. No lo he recibido.

On parpadeó.

—Te envié el informe por interenlace hace tres horas y quince minutos. Revisa tu bandeja de entrada.

Erik maldijo.

—Cierto —había estado tan concentrado en cumplir con el último pedido que se había olvidado por completo de su bandeja de entrada—.

Culpa mía —admitió, encendiendo el opticrón y abriendo el archivo.

Después de terminar de leerlo, suspiró—.

Supongo que era demasiado pedir recibir buenas noticias, ¿verdad?

—El informe omitió algunas cosas.

Erik entrecerró los ojos.

—¿Como cuáles?

—El microsoldador yodato necesita una batería nueva. También andamos cortos de Aperonin para el soldador fásico, y necesitamos urgentemente cable ketralh para la cámara de reciclaje.

—¡Vale, estamos jodidos! ¡Lo pillo! —exclamó Erik. dando un golpe en la mesa—. ¿Hay algo que funcione?

On lo pensó y dijo:

—El aire acondicionado parece funcionar bien.

Erik miró fijamente a su asistente.

—¿En serio? ¿Un chiste malo? ¿Tienes una solución o solo te vas a dedicar a cabrearme?

On se cruzó de brazos.

—Casualmente, tengo una solución.

Erik se irguió, con la mirada expectante.

—Vale. ¿Y a qué esperas?

On se inclinó hacia él.

—Ramor Deringer.

Erik puso los ojos en blanco y luego apartó la mirada.

—No te rindes, ¿verdad? ¡Ya te lo dije! Mi tío no se acercará ni a un kilómetro de este proyecto. Y punto.

—Me prometiste a mí y a Kenta que lo pensarías.

—Y lo hice. No me gusta la idea, ¿vale? Gracias, pero no gracias.

—Creo que deberías reconsiderarlo. Tu tío es… —On se detuvo a mitad de frase y miró hacia la puerta.

Erik lo observó.

—¿Qué pasa?

On se volvió hacia él.

—Es Ramor Deringer. Está…

—Ya he dicho que no quiero tener nada que ver con…

—No es eso —le interrumpió On—. La cámara muestra un Jaguar Toriosa aparcado al otro lado de la calle. Con la matrícula del coche de tu tío.

Erik se quedó boquiabierto.

—Espera. ¿Qué?

—La cámara muestra un Jaguar Toriosa aparcado al otro lado de…

—Sí, eso ya lo he pillado. ¡Pero no puede ser! ¿Cómo cojones nos ha encontrado?

—No lo sé. Todo lo que…

Llamaron a la puerta.

—Es él —dijo On—. Ramor Deringer está fuera.

Los golpes continuaron.

Erik se mordió el labio, con los ojos fijos en la puerta.

—Déjalo ahí. No abras. Se irá si piensa que no hay nadie.

—No lo creo —dijo On—. Parece que tu tío está manipulando el panel de control con algún tipo de dispositivo externo.

Erik lo miró fijamente.

—¿Hablas en serio?

—¿Por qué? —On parpadeó—. ¿Es buen momento para bromas?

—¡Cállate, On!

Este inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Qué quieres hacer?

Erik miró frenéticamente a su alrededor, abrazándose el pecho.

—No lo sé. ¡Estoy pensando! ¡Déjame!

On parpadeó.

—Tu tío ha desactivado con éxito el cierre de seguridad.

La puerta se abrió y Ramor Deringer irrumpió en la casa.

∞∞∞

Ramor avanzó hacia Erik, que retrocedió.

—Lo intenté por las buenas, chico —dijo Ramor con un gruñido bajo, avanzando como un tanque—, pero no me has dejado otra opción.

Erik tardó un segundo en reunir el aliento suficiente para responder.

—¿Cómo… cómo has sabido dónde estaba…?

—Da igual —respondió Ramor, clavándole el dedo en el pecho a su sobrino—. Tenemos que hablar.

—¿Hablar? —dijo Erik, mirando la puerta forzada mientras parecía recuperar parte de su compostura—. Tío, ¿qué cojones? Acabas de entrar por la fuerza en mi casa. Lárgate o llamaré a la policía.

—Estupendo —respondió Ramor, sonriendo con desdén—. Que vengan. Puede que quieran echarle un vistazo a esto. Me gustaría saber qué piensan —añadió, arrojando un puñado de fotos sobre la mesa—. ¿Ves algo que te resulte familiar?

Erik revisó las fotos y tragó saliva.

—Exactamente —dijo Ramor, apretando los dientes—. Sé lo de tus autotrones, los que estás escondiendo en esa fábrica subterránea.

Erik lo miró fijamente.

—¿Nos… nos has estado espiando?

—¿En serio? ¿Esa es tu respuesta? —Ramor resopló—. ¿Tienes idea de lo que haría el Tribunal Planetario si descubriera esto?

Erik apretó la mandíbula.

—¿Cuál es el problema? Solo es una fábrica.

—¿Construida bajo tierra y protegida por un campo EMP Mark II? —exclamó su tío, dando un paso hacia él—. No me jodas.

Erik se humedeció los labios.

—No… no puedes ir por ahí espiando a la gente. Hay leyes, tío. Me vienen a la cabeza cosas como la privacidad y... y el allanamiento de morada.

—Ahórrame tus amenazas, chico, y dime qué cojones estás construyendo. ¿Qué es tan importante como para decidir llevar a la bancarrota a Industrias Autómaton?

Erik se encogió de hombros.

—Estás exagerando. Kurosawa y yo hemos estado trabajando en un nuevo prototipo. Eso es todo. Se suponía que debía seguir siendo confidencial, ya que todavía estamos en fase de pruebas, pero por supuesto, tú tenías que asustarte y encontrar la manera de…

—Y una mierda —cortó Ramor, acercando la cara a centímetros de la de Erik—. Estoy harto de tus mentiras. ¿Me tomas por tonto? Sea lo que sea lo que estés construyendo debe de ser bastante importante. Y ahora, mírame a los ojos. ¿Qué tipo de autotrones estás construyendo?

—Mete tu asquerosa nariz en tus putos asuntos.

—¿Acaso oyes sirenas de policía? ¿O es que hay agentes derribando tu puerta con una orden de registro? No he venido hasta aquí para delatarte. He venido a ayudar. Si me dejaras…

—¿Quieres ayudar? Entonces déjame en paz —sentenció Erik, girándose hacia su autotrón—. ¿On? Hemos terminado. Muéstrale la puerta y asegúrate de que no vuelva…

Ramor agarró a su sobrino por los hombros y lo estampó contra la pared.

—Escúchame bien, mocoso. No voy a permitir que desperdicies tu vida en la cárcel. No sé qué estás haciendo ahí abajo, pero me juego el cuello a que no es legal.