La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 17 Un ejercicio de confianza
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17 Un ejercicio de confianza

UN EJERCICIO DE CONFIANZA

MAR AMARILLO, A BORDO DEL FORWARDÓN

Ariul

Lena contemplaba perpleja la estructura sumergida en el fondo del mar. De todas las cosas imposibles de Ciudad Saemangeum, esta se llevaba la palma. Parecía sacada de una novela de Julio Verne. De pronto, una silueta alargada pasó fugazmente frente a la estructura.

Lena la señaló.

—¿Qué es eso? —pero antes de que Tiago pudiera responder, apareció otra forma, y luego otra. Lena entornó los ojos—. Espera. ¿Son forwadones?

—Sí —respondió Tiago, mirando el panel de control—.

Nos estamos acercando al perímetro de Aguamarina.

Atracaremos en menos de cinco minutos —dijo, señalando una especie de tentáculo que nacía del cuerpo central.

Lena entonces vio cómo media docena de forwadones se acercaban a la base desde diferentes direcciones.

—Quiero que me escuches.

Lena se giró hacia Tiago, que parecía preocupado.

—¿Qué pasa?

Tiago apretó los puños con fuerza contra los muslos.

—Tendrás que tener cuidado.

Lena parpadeó.

—¿Qué quieres decir?

—Estás en una situación delicada —advirtió el canciller, cruzando los brazos mientras miraba la base que se acercaba—. Cuando respondas a las preguntas de la asamblea, diles lo mismo que me has contado a mí. No les ocultes nada.

Lena se quedó mirándolo.

—Ahora me estás preocupando. ¿Qué es lo que te preocupa?

—Muchos no lo entenderán —afirmó frunciendo el ceño—. Querrán pruebas; e incluso respondiendo a sus preguntas, temo que no sea suficiente. La duda se abrirá camino.

—¿Qué quieres decir?

El canciller se giró hacia ella.

—Eres una leyenda, Lena. La Cornucopia es una palabra que se susurra en tiempos de incertidumbre, un símbolo de esperanza al que muchos nos aferramos cuando parece que todo se derrumba.

Algunos pensarán que no eres más que un deseo, una fantasía.

Tendremos que convencerlos de lo contrario.

No podemos arriesgarnos a perder el salvavidas que Wei nos dejó —sentenció, apretando los dientes y mirándola a los ojos—.

Hay una persona en Aguamarina que no confía en ti.

Cree que he preparado tu llegada para sacar ventaja.

Lena se quedó boquiabierta.

—¿Quién es?

—Se llama Cassandra. Es la regente de Aguamarina.

—¿La regente?

—La directora del Proyecto Defensio —dijo Tiago, con los ojos recorriendo la consola—.

Ella y yo… Bueno, digamos que tenemos historia.

Tenemos ideas diferentes sobre cómo cumplir la misión de Wei; por eso, Cassandra podría verte como una amenaza, una estratagema que ideé para hacerme con el control de Defensio.

Por eso te quieren en Aguamarina: quieren asegurarse de que no eres una amenaza.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Así que esta asamblea… no son solo personas haciendo preguntas. Me estás llevando a un juicio. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Habría supuesto alguna diferencia?

Lena reflexionó.

—No —dijo—. Probablemente no.

El panel de la consola comenzó a emitir pitidos.

—Agárrate al asidero. El estacionamiento es tan brusco como la salida. Menos de diez segundos para el atraque. ¡Prepárate para el impacto!

Lena se agarró el asidero con ambas manos.

El forwardón disminuyó su velocidad y se detuvo abruptamente, como un coche en marcha que se detiene al impactar contra un bloque de hormigón.

—Sí —dijo Tiago, soplando para apartar el pelo de su nariz—. Suave como la seda, tal como recordaba. Espero que hayas disfrutado de la montaña rusa. ¿Lena?

Lena tragó saliva.

—Creo… creo que voy a vomitar.

—Toma —dijo, ofreciéndole una bolsa de papel que sacó de debajo de su asiento—.

Conozco la sensación. Al estacionamiento de un forwardón se le llama «parada de vómito» por algo.

Se te pasará —tecleó en la consola y la escotilla del forwardón se abrió para revelar un pasillo que conducía a un área circular.

Lena se levantó con las piernas temblorosas.

—¿Estás bien?

—Estoy bien—dijo, carraspeando.

Tiago la sostuvo del brazo mientras salían del forwardón. Tras unos pasos, Lena se encontró dentro de una habitación con un par de bancos metálicos frente a frente. Había un pestazo a carne quemada.

—Siéntate aquí —dijo Tiago mientras la ayudaba a sentarse en el banco—. EVA va a hacer su magia.

Lena ni le preguntó a qué se refería. Estaba ocupada tratando de no devolver el desayuno. Un zumbido suave, seguido de un silbido, resonó en la habitación. El aire se volvió más frío.

—No tardará mucho en igualar la presión —dijo Tiago—. Nos dará tiempo para hablar.

—¿Sobre qué?

—Los rumores tienden a cobrar vida propia. ¿Recuerdas el desafortunado accidente que ocurrió fuera de Geoda?

—¿Te refieres a cuando uno de los coraceros me disparó? —dijo, tocándose el brazo—. Difícil de olvidar.

—Esa acción fue el resultado del miedo.

Miró fijamente a Tiago.

—¿Miedo?

—Sí. El miedo es un poderoso catalizador, y alimenta el odio. Muchas personas en Defensio tienen miedo.

Ella negó ligeramente con la cabeza.

—No lo entiendo. ¿Miedo de qué?

—Miedo de ti —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Algunos piensan que podrías ser un arma enviada por nuestros enemigos para destruirnos. Otros, como he dicho, te ven como una maniobra política para dividirnos. Necesito que la gente te vea por lo que eres de verdad.

—Sí, eso ya me lo has dicho. La Cornucopia, ¿verdad? Es que no puedo evitar encontrar todo esto… mmm… muy poco probable.

—Sé cómo suena, pero tú eres la Cornucopia. La última oportunidad que tenemos para salvar a la humanidad.

—Ya —respiró hondo—. Ahí es donde me pierdes.

—Mira, no te digo esto para alarmarte. Solo quiero que estés preparada. Las próximas horas van a ser intensas. Estarás bajo escrutinio y, posiblemente, en peligro. Algunas personas querrán silenciarte porque temen que te conviertas en un símbolo que no puedan controlar.

Ella abrió la boca para hablar, ordenó sus pensamientos y luego dijo:

—¿Y cómo me van a silenciar?

—Haciendo que parezcas algo que no eres.

Se mordió el labio.

—Entonces, ¿qué esperas que haga?

Tiago se inclinó hacia delante.

—¿Confías en mí?

Lena abrió la boca, pero esta vez no salieron palabras.

¿Confiaba en él? Apenas conocía a esta persona que decía que era una especie de salvadora enviada por Wei Wang.

Tiago había respondido a muchas de sus preguntas, claro, pero también había creado otras tantas.

No lo conocía, pero tenía que confiar en alguien.

—Confío en ti —dijo.

—Perfecto —respondió Tiago, señalando la puerta a su derecha—. Necesitaré esa confianza cuando esa puerta se abra.