La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 14 Aguamarina
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14 Aguamarina

AGUAMARINA

GEODA, PUESTO DE AVANZADA DEL PROYECTO DEFENSIO

Ariul

Lena se despertó con el sonido de un despertador.

—Soy yo —dijo la voz de Tiago—. Siento despertarte.

Lena parpadeó y miró a su alrededor. La habitación estaba vacía. La voz de Tiago provenía del intercomunicador.

—No pasa nada —dijo, rascándose la cabeza—. Yo… mmm… estoy despierta. ¿Dónde estás?

—Terminando algunas cosas en mi despacho. Pasaré a recogerte en media hora. ¿Te parece bien?

Lena carraspeó.

—Sí, claro. Estaré lista.

—Bien. Nos vemos enseguida —dijo Tiago, cortando la comunicación.

Lena se frotó los ojos y bostezó, mientras su sueño regresaba en retazos: la habitación con los holopósteres, aquella inmensidad verde que se extendía en todas direcciones y los dos niños.

Recordó su conversación y el collar del infinito intercambiado entre palabras.

Sabía quiénes eran con la misma certeza con la que conocía su propio nombre. Eran Wei y Evangeline.

¿Por qué había soñado con ellos? ¿Quizá toda la emoción del día anterior se le había subido a la cabeza?

Nunca había experimentado un sueño tan vívido.

Todavía recordaba el brillo de las proyecciones holográficas, el olor de la hierba, el viento fresco que le agitaba el cabello.

Era como si hubiera estado allí de verdad.

Lena miró la hora y suspiró. Se levantó de la cama y se dio una ducha rápida; cuando estaba terminando de secarse el pelo, alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Tiago entró en la habitación con una bandeja tapada, que dejó sobre el escritorio.

—El desayuno.

—Gracias —dijo Lena, destapando la bandeja y empezando a comer.

Tiago la observó.

—¿Cómo te sientes hoy?

Lena consideró su respuesta mientras masticaba una salchicha. Todavía no se sentía al cien por cien, pero no lo dijo. En cambio, se encogió de hombros.

—Estoy bien. Unas horas de sueño era todo lo que necesitaba. Han hecho maravillas.

Tiago arqueó una ceja.

—¿De verdad?

—Claro.

El canciller esbozó una sonrisa burlona.

—Oye, si necesitas descansar un poco más, puedo…

—No me hace falta —afirmó, poniéndose de pie—. Estoy bien. Estoy aquí para obtener respuestas, no para hacer la vaga a tu costa. ¿A dónde vamos ahora?

Tiago la estudió por un momento y luego asintió.

—De acuerdo. Vamos a reunirnos con miembros del Proyecto Defensio, procedentes de todos nuestros puestos de avanzada. Te cuento más por el camino.

Caminaron por un pasillo que era muy similar a cualquiera que Lena hubiera visto dentro de Geoda: largo, sin adornos, silencioso.

—¿Tiago?

—¿Sí?

Lena se mordió el labio mientras lanzaba una mirada fugaz al canciller.

—¿Por qué la gente no confía en lo que dices y ya está? Sobre mí, ya sabes.

Tiago negó con la cabeza.

—El Proyecto Defensio está dividido, y hay tiburones al acecho. Cuando llegaste, olieron sangre. Hice lo que pude para mantenerlos a raya, pero ni siquiera yo puedo protegerte para siempre.

—¿Quiénes son? Los tiburones.

—Facciones con sus propios planes que buscan hacerse con el control de Defensio. Pero no son solo ellos. Tu llegada ha levantado muchas cejas. La gente quiere saber por qué estás aquí. Y lo entiendo. Ya es hora de que todos sepan quién eres realmente.

Lena se miró las manos.

—¿La Cornucopia? —dijo, pronunciando la palabra de forma titubeante, como si estuviera probando una comida exótica.

Justo cuando Tiago iba a responderle, se detuvo en seco. Miró al frente con la expresión de alguien que ha visto un fantasma.

Al final del pasillo había una escotilla circular donde les aguardaba un hombre calvo, con un chaleco con bordados de laurel.

—Canciller —dijo el hombre mientras hacía media reverencia—. Empezaba a pensar que te habías perdido en tu propia base. Llevo buscándote desde ayer.

—Truenos y cenizas —murmuró Tiago.

Lena lo miró.

—¿Quién es ese?

Tiago inhaló bruscamente.

—Un tiburón —susurró—. No digas nada. Yo me ocuparé de él.

El hombre acortó la distancia entre ellos, con la mano balanceándose a un lado.

—Marcius, no esperaba verte aquí —dijo Tiago, manteniendo una postura erguida—. Desde luego, no delante de una plataforma de lanzamiento. ¿Has decidido tenderme una emboscada?

La sonrisa de Marcius estaba llena de regocijo.

—Sabes que me gustan las sorpresas. Además, ha sido difícil encontrarte.

Tiago alzó las manos, mostrando las palmas vacías.

—He estado ocupado.

—Sí, ya lo veo —dijo Marcius mirando a Lena, antes de volver su vista de nuevo hacia Tiago—. Tu deus ex machina aparecida mágicamente, supongo.

Tiago sonrió secamente.

—Eso lo decidirá la asamblea.

—Sí, lo hará —afirmó Marcius, girándose hacia Lena—. ¿Cómo te llamas, chica?

Lena no dijo nada.

Marcius soltó un ruidoso suspiro.

—Veo que ya la has entrenado. ¿Quieres saber mi opinión? Deberías haber pensado en alguien más… ah… teatral para personificar a la salvadora. Alguien que al menos pareciera adecuada de verdad para el papel. ¿Pero en cambio qué tenemos aquí? ¿Una estudiante recién salida del campus?

—Si nos disculpas, tenemos que coger un forwardón —dijo Tiago, pasando de largo—. Continuaremos esta conversación frente a la asamblea.

—Lo haremos, desde luego —Marcius no perdió de vista al canciller mientras avanzaba por el pasillo—. Ah, por cierto. Un escuadrón de coraceros está esperándote. Asegúrate de que tu mascota vaya con correa o habrá consecuencias —dijo, con los ojos oscuros brillando de malicia.

—Vámonos —Tiago caminó hacia la escotilla y, una vez frente al terminal, tecleó un código; la puerta de la escotilla se deslizó hacia un lado, revelando un paso.

—Cuidado con la cabeza —advirtió Tiago, señalando la parte superior de la entrada—. Estas aberturas son más bajas de lo que parecen y se han llevado más de una frente por delante. No me preguntes cómo lo sé.

Lena entró en lo que parecía una cabina, más larga que ancha, sumida en la penumbra.

El aire traía un olor agridulce, además de sentirse húmedo y viciado.

Mientras sus ojos se adaptaban a la escasa luz, notó una docena de asientos dispuestos en dos filas.

Tiago, a su derecha, estaba tecleando en un panel de visualización que había tenido días mejores.

Los bordes de la pantalla estaban desconchados y los botones parecían desgastados por el uso.

—Parece un pequeño autobús —dijo Lena, mirando alrededor.

Tiago asintió.

—Algo así. Lo llamamos forwardón y lo usamos para movernos entre bases. Este es un poco viejo, pero cumplirá su función perfectamente —accionó un interruptor y esperó.

Una suave luz amarillenta inundó el ambiente y Lena pudo apreciar que el espacio no era exactamente como el interior de un autobús, sino más bien como un vagón de tren.

El suelo era liso, hecho de un metal pulido que brillaba tenuemente bajo la luz artificial.

El techo, apenas unos centímetros más alto que la cabeza de Tiago, se curvaba ligeramente a ambos lados, haciendo que el espacio cerrado pareciera una cápsula.

No había cristales ni ventanas en la cabina, lo que a Lena le dio una sensación de claustrofobia.

Tiago se sentó en el asiento delantero y dio una palmada a su lado.

—Ven, siéntate aquí.

Lena obedeció y miró al canciller en busca de alguna guía.

—Agárrate al asa —dijo, señalando una de las de hierro fijadas a los lados de la cabina—. Los primeros diez segundos van a ser movidos. Los forwadones no son conocidos por su comodidad, pero nos llevará a Aguamarina rápidamente.

—¿Aguamarina? —preguntó, arrugando la frente—. ¿Dónde está eso?

—Más abajo —accionó otro interruptor—. Vale, abróchate el cinturón —dijo, señalando el cinturón de seguridad—. Salida en tres, dos, uno… ¡YA!

Lo que quiera que fuese el motor del vehículo emitió un gemido, y una sensación nauseabunda en el estómago de Lena le indicó que habían empezado a moverse.

El cinturón de seguridad se le clavaba en el hombro, y tenía el asa agarrada con tanta fuerza que los nudillos empezaban a quedársele entumecidos.

Tras el tirón inicial hacia delante, descendieron lentamente al principio, pero luego más rápido.

Lena tragó saliva, cerró los ojos e intentó pensar en algo que no fuera el enfermizo temblor del forwardón.

—¿Aguamarina es otra base? —preguntó por encima del ruido del motor, abriendo los ojos solo un momento para mirar a su acompañante.

—Es la base central —respondió Tiago, con las manos volando sobre el panel mientras el forwardón se precipitaba hacia abajo—. El núcleo.

Lena tragó saliva.

—¿Cuánto… a cuántos metros bajo tierra estamos ahora?

—¿Bajo tierra? —respondió, riéndose entre dientes—. Estamos más bien bajo el agua. Abre los ojos, te lo mostraré —dijo mientras pulsaba un botón y una proyección tridimensional aparecía frente a ellos—. Eso es el exterior.

Lena entornó los ojos y soltó un suspiro.

Agua. Agua por todas partes. No iban en un autobús o en un tren; estaban a bordo de un pequeño submarino.

Se inclinó hacia delante. Se acercaban a una estructura construida en el fondo del mar.

Parecía una espiral gigante, con muchos brazos sobresaliendo hacia fuera.

Tiago se volvió hacia ella y sonrió.

—Bienvenida a Aguamarina, Lena. La Ciudad del Agua bajo la Ciudad del Agua. Bienvenida al corazón del Proyecto Defensio.