La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 13 Hielo y fuego
24%

13 Hielo y fuego

HIELO Y FUEGO

COMPLEJO HIPERISTA STARGAZER, PUERTO ESPACIAL

Gladia

Gladia se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja mientras escrutaba el cielo del atardecer.

Desde fuera, el Último Vértice del Hexaedro era la viva imagen de la calma y la compostura; los drones que revoloteaban alrededor de ella y de la delegación hiperista transmitían al público la imagen de una mujer sensata y decidida. Se había vuelto muy buena fingiendo.

Gladia había pasado tantos años bajo los focos que ya no prestaba atención a la presencia de los medios. Pero no se sentía tranquila ni en control.

Charlotte, a su izquierda, miraba la pantalla con la obsesión maníaca de una chica que teme llegar tarde al baile de graduación.

Cerca de la asistente de Gladia, un guardia ceremonial permanecía firme frente a una escultura que representaba un infinito.

Arthur, a su derecha, le lanzaba miradas preocupadas, fingiendo evaluar el entorno.

Los dos habían tenido una acalorada discusión sobre su seguridad.

Solo de pensarlo, a Gladia le daban ganas de darle un puñetazo a algo.

—¿Hablas en serio, Arthur? —le había dicho cuando este mencionó su intención—. ¿Cuarenta starlaukers para mi guardia de honor? ¿Tienes miedo de que me caiga un meteorito encima?

Los starlaukers eran un cuerpo militar de élite, responsable de proteger al liderazgo hiperista; una unidad especial establecida por el Consejo Ejecutivo tras el trágico ataque al Centro Infinity que se cobró la vida de Wei.

También conocidos como los «marines hiperistas», el propósito principal de este cuerpo de élite era prevenir un «segundo infinito».

A Gladia no le gustaban. Para ella, los starlaukers no eran más que espantapájaros sobrevalorados.

Nunca habían sido útiles en ningún sentido práctico, al menos en ninguno que ella pudiera medir.

Por supuesto, Arthur sostenía que eran un elemento disuasorio que había funcionado tan bien durante años que nunca habían tenido que disparar ni una sola vez, pero Gladia no se lo compraba.

Los consideraba un pozo sin fondo, y no estaba dispuesta a tolerar semejante sarta de sandeces. Hoy no.

Al final salió ganando. Arthur tuvo que reducir el número de starlaukers a tres. Aun así, tres eran demasiados para su gusto, pero podía aceptar ese compromiso.

Gladia reprimió un suspiro mientras recorría con la mirada la plataforma de aterrizaje al final de la cual esperaba su delegación. Docenas de banderas alrededor del área mostraban el símbolo de HYPER. Se giró hacia Charlotte.

—¿Cuánto falta?

—El aeromóvil de la consejera Juno acaba de entrar en el espacio aéreo de Stargazer, señora —dijo su asistente—. Los geocéntricos serán los primeros en llegar. La torre de control dice que faltan tres minutos.

Gladia miró a los tres starlaukers situados detrás de ella, cada uno de dos metros de altura, con sus trajes mecánicos negros y plateados cubriéndoles el cuerpo de pies a cabeza. Torció el gesto y se volvió hacia Charlotte.

—¿Y Tolomeo?

—La delegación de los ascendentes llegará en quince minutos.

Gladia asintió, con la mandíbula tensa. Sentía la mirada de Arthur sobre ella, pero hizo todo lo posible por ignorarlo.

Un estruendo distante resonó en el silencio.

—Directora ejecutiva —Charlotte señaló al cielo—, los geocéntricos han llegado.

Gladia giró ligeramente la cabeza para seguir el dedo de su asistente.

Una aeronave se acercaba, tardando menos de treinta segundos en detenerse en el aire e iniciar su lento descenso.

Era un viejo Jupiter Juray TX6 con estabilizadores laterales mejorados.

Esa clase de aeronave tenía más de quince años, y cualquier piloto joven la habría considerado un fósil, pero para la primera generación de hiperistas tenía un claro valor simbólico.

Era la misma clase de vehículo que Wei usaba para sus viajes.

Gladia se miró las manos y respiró aliviada. Los temblores hoy la dejarían tranquila. Con la cantidad de medicación que se había tomado, sus manos estarían tan firmes como las de un cirujano.

El vehículo aterrizó en el área designada con un suave golpe.

Quince personas emergieron de la aeronave, todas con impermeables largos de cuero, guantes color arena y botas de caña alta.

Al frente de la delegación geocéntrica iba la abanderada: una chica imponente, de hombros anchos y pelirroja, con el pelo rapado al ras.

Portaba su bandera con orgullo; por su expresión de autosuficiencia, cualquiera diría que se encontraba sosteniendo los cimientos del planeta mismo.

La bandera mostraba un infinito inscrito dentro de un círculo, que simbolizaba la Tierra. Debajo del infinito estaba el lema de los geocéntricos: «Somos la base». La delegación, que marchaba como si fuera un regimiento militar, reflejaba la personalidad de Penélope: pulcra y eficiente.

Penélope caminaba junto a la abanderada, moviéndose como una emperatriz que se abre paso en una tierra bárbara.

Gladia la respetaba; la líder geocéntrica había hecho un trabajo encomiable en los últimos cinco años supervisando la expansión de la economía espacial.

Durante el último Pentaproyecto, los geocéntricos habían construido un número considerable de siderales, expandido la presencia humana en la órbita terrestre, mejorado Polaris para que pudiera transportar cargas más pesadas en menos tiempo, e inaugurado una importante estación de enlace en el espacio cislunar.

El PXB de la economía espacial se había multiplicado por diez durante su mandato.

Cuando la delegación geocéntrica se encontró con el grupo de bienvenida de Gladia, la abanderada pelirroja le entregó la bandera.

—Su Majestad Estelar —dijo la alta mujer, usando el título ceremonial de Gladia—. La Gran Consejera Juno deposita en sus manos el honor de los geocéntricos.

Gladia asintió solemnemente.

—Stargazer recibe el honor y ofrece refugio a los geocéntricos. Del polvo estelar al polvo estelar.

—Del polvo estelar al polvo estelar —corearon todos los presentes.

Gladia se volvió y entregó la bandera a su guardia ceremonial, que insertó el asta en una de las dos ranuras en el centro de la escultura con forma de infinito.

Penélope avanzaba para encontrarse con Gladia, pero más que caminar parecía que nadara en el aire. Fina y punzante como un clavo, la Gran Consejera parecía una piraña lista para atacar.

—Directora ejecutiva —Penélope inclinó la cabeza—. Cuánto tiempo.

Gladia la recibió con una amplia sonrisa.

—Penélope, bienvenida a Stargazer. Que la Gracia del Fundador bendiga tu viaje.

—Que la misma gracia te acompañe siempre —Penélope desvió su mirada hacia los tres starlaukers, luego hacia Arthur—.

Comisario —le dedicó un brusco asentimiento—, veo que se preocupa por la seguridad de nuestra líder, bien —afirmó mirando al cielo con el ceño fruncido, como si esperara una lluvia de meteoritos—.

Tengo entendido que Almagest está a punto de llegar.

No me apetece quedarme ciega con los fuegos artificiales, así que si pudiera indicarme dónde está la sala de prensa, se lo agradecería.

—Por supuesto —Gladia señaló hacia un joven que esperaba a su lado—. Nuestro asistente le mostrará el camino.

La Gran Consejera siguió al guía y desapareció dentro de Stargazer.

Arthur resopló por la nariz.

—Bueno, la daga parece más afilada que nunca, ¿no?

Gladia soltó un suspiro profundo y cargado.

—Mucho más.

Charlotte interrumpió su conversación.

—Señora, los ascendentes han entrado en el espacio aéreo de Stargazer. Llegarán en cualquier momento.

Gladia miró al cielo. Una aeronave blanca nacarada, dos veces más grande que el aeromóvil de Penélope, se acercaba desde el oeste.

Aterrizó en una franja de hormigón nivelada que formaba el centro de la zona de aterrizaje.

Cuando la pasarela de la nave tocó el suelo, una delegación de cuarenta personas salió de la embarcación.

A diferencia de los geocéntricos, que se habían movido en formación y se habían dirigido directamente hacia el Comité de Bienvenida de Gladia, los ascendentes se detenían con frecuencia para saludar a los drones-cámara que les seguían.

Al frente del disperso grupo iba Tolomeo Almagest, vestido con un traje plateado y ondeando la bandera de los ascendentes con entusiasmo.

Sonreía como un niño en su fiesta de cumpleaños.

El lema de los ascendentes, «Más allá», se mostraba en una plataforma móvil que proyectaba una gigantesca reproducción de una flecha dorada superpuesta sobre un infinito.

Cuando Tolomeo llegó frente a Gladia, exultante y con la cara enrojecida de tanto saludar, su sonrisa era contagiosa. No podría ser más diferente de Penélope. Si la líder de los geocéntricos era un bloque de hielo, Tolomeo era una llama ardiente.

—Gladia —exclamó Tolomeo, abriendo los brazos y envolviéndola en un abrazo—. Me alegro de verte.

Gladia le devolvió la sonrisa.

—Igualmente, Tolomeo. Bienvenido a Stargazer.

El Legatus entregó la bandera a la guardia de honor, que la colocó junto a la de los geocéntricos.

Tolomeo dirigió su mirada hacia Arthur y le tendió la mano.

—Arthur, confío en que está haciendo todo lo posible para mantener a nuestra líder a salvo.

Arthur lanzó una mirada rápida a Gladia.

—Hago lo que puedo con los instrumentos que me dan.

Gladia lo ignoró.

—Tolomeo, la prensa está esperando. Penélope ya está dentro. Todo está listo para la conferencia.

Tolomeo soltó un gruñido irónico mientras se inclinaba hacia delante.

—Por supuesto. No sería un combate de boxeo de verdad si no volcamos alguna mesa, nos enfadamos y nos encaramos unos a otros. Gladia, Arthur. Nos vemos al otro lado.

Gladia hizo un gesto para que el Comité de Bienvenida siguiera a la delegación ascendente hacia Stargazer, pero ella se quedó atrás.

—Todo esto me da mala espina —dijo, conteniendo la respiración y luego soltándola.

Arthur permanecía a su lado.

—Va a ser un día duro, pero lo superaremos. Eso es lo que hacemos —le apretó la mano durante un segundo y le guiñó un ojo.

Gladia le sonrió, con la mano aún cálida por su contacto.

—Espero que tengas razón, Arthur. Estoy deseando que termine esta pesadilla.