La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 10 Sueños rotos
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10 Sueños rotos

SUEÑOS ROTOS

GEODA, PUESTO DE AVANZADA DEL PROYECTO DEFENSIO

Ariul

Lena caminaba apoyada en Tiago mientras pasaban por la entrada de un pequeño dormitorio.

Spencer había ayudado a Tiago a sacarla de la sala del Masvieth, pero, tras ello, Lena se había sentido con fuerzas suficientes como para caminar por sí sola.

Tiago la había llevado a la planta inferior, donde la esperaba una habitación.

—En realidad no es gran cosa —dijo Tiago mientras entraban en el estudio—. Pero la cama es cómoda y el aire acondicionado funciona mejor que en otras habitaciones.

—Gracias —dijo Lena, inspeccionando el entorno. El diminuto estudio era austero: una cama, una silla y una mesita de noche. Había un par de toallas colocadas encima de la cama.

—Esa puerta lleva al baño —dijo Tiago mientras le indicaba una puerta al otro lado de la estancia—. ¿Cómo te encuentras?

—Mucho mejor, gracias —respondió, intentando sonreír. El mareo no había desaparecido, pero Tiago le había dado un par de pastillas que le habían disminuido el dolor de cabeza.

Tiago hizo un gesto hacia dos botellas de agua en la mesita de noche.

—He pedido que te preparen más líquido del bueno. Bébete una botella antes de mañana. Y te prometo que te sentirás mejor.

—Vale —dijo mientras se sentaba en la cama. El colchón estaba duro, pero no incómodamente duro.

—Y ahí tienes la cena —informó Tiago, señalando una bandeja en la mesa—. Espero que te gusten las patatas y el rosbif.

—Ahora mismo me comería hasta un mamut —dijo mientras se sentaba ante la bandeja cargada de comida y comenzaba a devorarla. Se metió las patatas a la boca sin masticar.

Tiago frunció el ceño.

—Recuerda masticar de vez en cuando.

—Claro —dijo con la boca llena—. Lo haré.

Él entrelazó las manos a la espalda.

—Bueno. Será mejor que te deje descansar. Que duermas bien. Mañana nos espera un día movidito.

—Vale —asintió, girándose hacia él—. Ah, Tiago.

—¿Sí? —respondió el canciller, devolviéndole la mirada.

—Gracias por contármelo todo —dijo mientras se limpiaba la boca con una servilleta, agachando la cabeza—. Tenías razón. Es mucho que digerir, pero es mejor que no saber nada.

Tiago sonrió.

—Me alegro de haber servido de ayuda. Te veo mañana —dijo mientras cerraba la puerta.

Lena terminó de comer y miró a su alrededor, aturdida.

Se tomó un momento para asimilar toda la información que había recibido.

Estaba dentro de una base subterránea secreta llamada Geoda, controlada por el Proyecto Defensio, una organización fundada por Wei Wang para prevenir una tendencia histórica que podría provocar un evento de extinción masiva.

A pesar de todo, se rio.

—Esto es algo que a Makoto le encantaría poner en su demencial Muro de Misterios —Echaba de menos al trío de estudiantes; sobre todo a Makoto. Él habría dado un ojo de la cara por saber lo que ella sabía ahora.

Lena tenía la mente espesa. Estaba agotada hasta los huesos, y nunca una cama le había parecido tan apetecible.

Se quitó la camisa y los zapatos, y dio un sorbo a una de las botellas que Tiago le había dado.

En cuanto se tumbó en la cama, el cansancio la invadió.

Se dio la vuelta para acurrucarse en la almohada, y entonces se dio cuenta de que algo le rozaba el cuello.

—Mierda —murmuró con los ojos cerrados mientras dejaba escapar un largo bostezo. Se había olvidado de quitarse el colgante de pelargonio, pero ese pensamiento no le duró mucho. En un instante, ya estaba sumergida en el mundo de los sueños.

∞∞∞

Lena veía planetas, estrellas, galaxias y… muebles.

Recorrió con la mirada su entorno, estudiándolo. Estaba en una habitación amplia, tenuemente iluminada mediante reproducciones tridimensionales de cometas que cruzaban el aire como si fueran de papel.

—Venga, di algo gracioso.

Lena se quedó perpleja y se giró hacia la voz. Había un chico sentado en un taburete junto a una cama. Este miraba a una chica acostada en la cama: pálida y demacrada, con los ojos entornados. Un pañuelo colorido le cubría la cabeza.

El chico se removió en el taburete.

—¿Como qué? —dijo, cruzándose de brazos.

—No sé —dijo la chica encogiéndose de hombros—. Eres un niño listo. Invéntate algo.

—¡No soy un niño!

—¿Ves? —dijo, sonriendo—. ¡Eso ha sido gracioso!

Un cometa se cruzó en su campo de visión y, por un instante, Lena no vio más que un azul centelleante.

Tuvo que apartar la mirada y cerrar los ojos para no quedarse ciega.

Cuando volvió a abrirlos, la habitación había desaparecido, y con ella el resto de objetos celestes.

Ahora se encontraba en medio de una inmensidad verde, con los dedos fríos del viento alborotándole el pelo.

Había hierba por todas partes y una larga hilera de árboles en la distancia.

El lugar olía a corteza, almizcle y flores.

Cuando Lena miró hacia arriba, las estrellas eran una sucesión ininterrumpida de luces brillantes incrustadas en el cielo nocturno.

—Tengo algo para ti.

Se giró bruscamente hacia donde estaba la chica, sentada sobre la hierba y sin su pañuelo.

Esta vez se la veía más sana, con las mejillas sonrosadas.

Su melena larga y exuberante era una cascada de oro contra el verde del prado.

A su lado, sentado con rigidez, estaba el chico que Lena había visto en la habitación, aunque aquí parecía más joven.

La chica sostenía un colgante de plata con forma de ocho. Se lo dio al chico, que lo estudió con detenimiento.

—¿El símbolo del infinito? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—Es un amuleto de buena suerte. Lo necesitarás.

—No creo en la suerte.

—Por eso te lo estoy dando, tonto —dijo la chica, soltando una risita.

Lena dio un paso hacia ellos.

—¿Hola? —dijo—. ¿Quiénes sois vosotros?

Ninguno de los dos se giró hacia Lena.

—¡Eh —dijo Lena, alzando la voz—. ¡Os estoy hablando! ¿Qué es esto…?

El suelo comenzó a temblar y las piernas le fallaron, haciéndola caer.

Un estruendo estalló a lo lejos, como un trueno que desgarrara el mundo.

Lena miró a su alrededor, buscando el origen de aquel ruido ensordecedor, pero no pudo encontrarlo.

Miró hacia atrás, pero el chico y la chica habían desaparecido.

Todo se había ido. La hierba, los árboles, las estrellas. Solo quedaban el frío y la oscuridad.

A Lena se le cortó la respiración.

—¿Qué está pasando?

Un abismo se abrió bajo sus pies y cayó. El mundo se convirtió en una sucesión de imágenes, rostros y sensaciones. Una descarga de adrenalina se apoderó de ella al igual que una punzada en el estómago.

Las imágenes se sucedían ante sus ojos. Una chica con la sonrisa más hermosa, una inmensa columna de humo elevándose más allá de las nubes, un Infinito Argénteo grabado en una puerta, y una fila de personas esperando para hacer sus preguntas.

La visión se aceleró. Un Masvieth. Un hombre mirando fijamente, con los ojos entornados.

Una mujer de piel oscura con un juguete…

la entrada a un restaurante… un cubo de Rubik…

un opticrón… sangre… estrellas. Entonces, las imágenes se superpusieron para mostrarlo todo a la vez, ya indistinguibles, provocando una sensación de pérdida.

Una vez que todo se desvaneció, apareció el rostro de una mujer, con dos intensos ojos azules que la fulminaban con furia. Esperando.