La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 9 Mautotrón #2
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9 Mautotrón #2

Durante los minutos siguientes, ambos observaron a Akira hacer su magia. El mautotrón se acercó progresivamente a Erik hasta que aterrizó en el hombro del chico justo antes de que entrara en el coche.

Ramor suspiró aliviado.

—Joder, por los pelos.

Akira dijo algo.

—Ha activado los receptores de audio externos —tradujo Nayara—. El entorno cerrado facilitará la escucha.

Ramor esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Excelente.

Se oyó un ruido estático por un momento, pero luego una voz familiar inundó la habitación.

—…suficiente para enviarlos a todos.

Ramor contenía el aliento, con todos sus sentidos en alerta.

Se inclinó sobre la proyección, como si así pudiera oír mejor lo que decía su sobrino.

El mautotrón de Akira mostró un primer plano de la cara de Erik.

A Ramor se le cortó la respiración. El chico había perdido al menos cinco kilos.

Unas ojeras profundas le asediaban la mirada y tenía las mejillas pálidas y hundidas.

—¿Crees que es prudente usar Waveresia Corp. para el transporte? —se oyó la voz de On-Eni Quinto.

—Es la forma más rápida —dijo Erik—. Dejaron claro que necesitaban el paquete lo antes posible. Si tienes una idea mejor, soy todo oídos.

El mautotrón giró la cámara para ofrecerles un mejor plano de On-Eni Quinto.

A Ramor se le cayó la mandíbula.

—Mierda. ¿Esa cosa nos está mirando?

Nayara parecía sorprendida.

—Creo que está mirando directamente a su sobrino, señor.

Ramor entornó los ojos.

—No lo sé. Parece que nos mira fijamente.

—No puede estar seguro, señor. Es…

La voz de Erik cortó la de Nayara.

—¿Qué estás mirando, On?

Ramor contuvo la respiración justo cuando On-Eni Quinto apartó la mirada.

—Solo pensaba en los preparativos del viaje aéreo.

—¿Ve? —dijo Nayara, mirando a Ramor—. Estamos a salvo.

Ramor se llevó las manos al estómago.

—Sí —dijo, mientras un sudor frío le recorría la espalda.

El taxi se detuvo y Erik salió del coche, acompañado de On-Eni Quinto.

Se dirigieron hacia un edificio bajo y ancho que en su día pudo haber sido negro o marrón oscuro, pero hoy se había desteñido hasta adquirir un tono gris irregular.

El edificio parecía abandonado. El mautotrón de Akira movió la cámara para recabar tantos detalles del edificio como fuera posible.

De repente, la transmisión de vídeo se volvió borrosa y distorsionada.

—¿Qué pasa? —Ramor miró al sojushi—. ¿Estamos perdiendo la señal?

Nayara tradujo la pregunta, y Akira respondió en tono conciso.

—Alguien o algo ha interceptado la señal.

—¿Interceptado? —Ramor pestañeó y miró a Akira—. ¿Por qué?

—No está seguro —Nayara se mordió el labio—. Algún tipo de campo electromagnético. Debe de estar dentro del edificio. Cuanto más nos acerquemos, peor será. Akira está intentando compensarlo, pero dice que no puede seguir detrás de ellos.

Ramor apretó la mandíbula.

—¿Por qué no?

—No quiere arriesgarse a perder el mautotrón.

Ramor se giró bruscamente hacia Nayara.

—Escucha. Quiero a ese bicho dentro del edificio. Si se jode, dile que le daré suficiente dinero como para comprar una flota entera de esas cosas. ¡Díselo!

Nayara repitió el mensaje. El sojushi lo consideró por un momento, después asintió rápidamente y volvió a su posición.

Ramor suspiró aliviado, con los ojos fijos en el vídeo distorsionado.

Cuando Erik y On-Eni Quinto atravesaron la entrada, la interferencia aumentaba constantemente. Cada vez era más difícil entender lo que decían. El vídeo también empeoraba, plagado de estática y ruido de fondo. Luego se congeló por completo.

Ramor se inclinó hacia delante, con un nudo de vacío en el estómago.

—¿Los hemos perdido?

Akira y Nayara intercambiaron unas palabras rápidas, y luego la asistente dijo:

—Akira está preservando los sistemas principales del mautotrón: movilidad, sensores, núcleo de energía, todo. Intenta meter el mautotrón dentro del edificio, y cree que así durará más tiempo.

Ramor rechinó los dientes, luchando por controlar su ansiedad. Puede que se perdieran partes importantes de la conversación, pero preservar los sistemas del mautotrón durante más tiempo les permitiría ver qué se traían entre manos.

Tras varios segundos agónicos de silencio radiofónico, el vídeo volvió con un estallido de luces y formas, pero el audio no se escuchaba. Ni siquiera la estática de fondo.

Ramor se clavó las uñas en las palmas de las manos mientras se mordisqueaba el labio inferior. Esperaba que el bicho aguantara lo suficiente para darles respuestas. Estaban cerca de descubrir qué tramaba Erik. Podía sentirlo.

La imagen parpadeaba. Se veía a Erik caminando por un pasillo; luego la imagen se volvió negra y de nuevo volvió a aparecer, mostrando a su sobrino entrando en un ascensor.

El viaje duró demasiado tiempo, más de treinta segundos.

Para cuando las puertas del ascensor se abrieron, el vídeo se había reducido a una secuencia intermitente de imágenes pixeladas.

Su sobrino salió del ascensor y siguió caminando.

Entró en una habitación gigantesca, con tantos ledes que la zona parecía bañada por la luz del sol.

A ambos lados se alzaban máquinas enormes, y una cinta transportadora serpenteaba por el lado derecho del espacio subterráneo.

Ramor entornó los ojos. Estaban dentro de una fábrica. Tenía que ser ese lugar. Si pudieran mantener el maldito trasto encendido solo unos segundos más…

La imagen se volvió negra.

—Hemos perdido contacto con el mautotrón —dijo Nayara, traduciendo la última frase pronunciada por Akira—. Ya no responde.

Antes de que Ramor pudiera hablar, la señal volvió un par de segundos y el bicho escupió una última imagen borrosa de la fábrica subterránea. Esperaron cerca de un minuto, pero no ocurrió nada más.

Akira suspiró, se volvió hacia Nayara con una mirada atormentada y pronunció una frase.

—Hemos perdido al mautotrón —confirmó Nayara.

A Ramor le daba igual. Creía haber visto algo en esos últimos segundos. Se volvió hacia su asistente.

—Págale y que se largue de aquí. Tenemos trabajo que hacer.

—Sí, señor —Nayara envió el dinero. El sojushi miró su pantalla portátil, hizo una reverencia y abandonó la habitación.

Una vez solos, Ramor comenzó a teclear en un dispositivo.

—Control —dijo, mirando hacia arriba—, extrapola el fotograma 00.22.21 de la reproducción.

El control de la sala cumplió, pero la imagen que proporcionó no era lo que Ramor esperaba.

Nayara frunció el ceño.

—¿Señor? ¿Qué está buscando?

—He visto algo —Ramor siguió tecleando—. Solo necesito profundizar más.

—¿Qué vio?

Ramor no respondió. Sus ojos estaban fijos en el flujo de datos.

—Control, cancela la primera extrapolación.

Dame… ah… dame 00.22.11. Sí. ¡Eso es! Aplica un contraste del treinta por ciento.

Cuarenta. ¡Ahí! Ahora filtra y limpia la distorsión de la imagen.

Compensa la iluminación y amplía un veinte por ciento el cuadrante 3Z.

Elimina el resto de cuadrantes. Ahora gira la imagen noventa grados a la izquierda.

Sí, así —dijo Ramor guiñando los ojos; la imagen mostraba ahora formas humanoides perfectamente ordenadas en la cinta transportadora.

Nayara abrió los ojos de par en par.

—Parecen… parecen autotrones —dijo Nayara con voz débil y distante.

—¿Autotrones? —Ramor dio un paso atrás, con la cara ardiendo y cubierta de sudor frío—. No lo sé. Nunca he visto autotrones con ese aspecto.