9 Mautotrón
MAUTOTRÓN
DÜSSELDORF, SEDE CENTRAL DE INDUSTRIAS AUTOMATRIX
Ramor
El hombre asiático parecía sumido en una especie de trance.
Su pecho seguía un movimiento repetitivo, casi hipnótico, subiendo y bajando a cámara lenta mientras mantenía los brazos extendidos hacia fuera, como un pájaro a punto de emprender el vuelo.
Su mandíbula contraída sobresalía de sus mejillas hundidas, y llevaba su traje negro azabache tan ajustado que parecía una segunda piel.
Un aura azulada —que le daba un aspecto casi místico— envolvía su figura atlética de la cabeza a los pies.
Observando al hombre fijamente, Ramor Deringer temía haber cometido un tremendo error.
Tenía la boca torcida en una mueca, lo cual delataba su impaciencia.
Apenas prestaba atención a las miradas inquisitivas que Nayara Souza le lanzaba de vez en cuando.
Ramor intuía que la confianza de su asistente en el asunto también empezaba a flaquear.
El hombre asiático de traje oscuro mantenía su extraña pose, quieto como una estatua. Ramor se volvió hacia Nayara, tratando de contener su frustración, pero sin conseguirlo.
—¿Estás segura de esto? —preguntó entre dientes, sin molestarse en bajar la voz, ya que el otro hombre no entendía inglés—. Llevamos media hora aquí plantados, mirando a este… este… mmm… ¿cómo los llamáis?
—Sojushi, señor —dijo Nayara, con los ojos color avellana llenos de seriedad mientras observaba al hombre asiático—. Se llaman sojushi.
—¿Cuánto tiempo tenemos que esperar antes de que pase algo?
Su asistente respondió deliberadamente despacio, esbozando una sonrisa forzada.
—Director, Akira no nos habría llamado si no fuera importante. Lleva una semana siguiéndoles la pista.
—Sí, eso ya lo sé —dijo Ramor, hundiendo ligeramente la lengua en la mejilla y respirando profundamente—. ¿No te dijo nada más?
—Me dijo: «Ha llegado el momento».
Ramor la fulminó con la mirada.
—¿Y no se te ocurrió preguntarle nada más?
—Por supuesto que sí, señor —respondió Nayara cruzando los brazos—. Pero lo único que me dijo fue que le llamara a usted y esperara.
Ramor resopló.
—Bueno, me has llamado y aquí estoy, esperando. ¿A qué exactamente?
—Señor, usted le pagó para que hiciera un trabajo. Estoy convencida de que está a punto de cumplirlo.
Ramor se mordió la lengua para no soltar una respuesta envenenada.
Desvío la atención de sus ojos oscuros hacia el sojushi, que había cambiado de posición: ahora tenía la barbilla apoyada en el pecho y los brazos extendidos hacia delante, en lo que parecía una pose de kung-fu.
Los músculos alrededor de su boca sufrieron un espasmo, y sus párpados parpadearon varias veces antes de que se desplomara lentamente.
—Madre mía —exclamó, apretando las manos con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos—. ¿Estás segura de que este tipo no ha perdido el último tornillo que le quedaba? Es decir, ¡míralo, por el amor de Dios! Parece que está poseído por un puto demonio. ¡O colocado! ¡O ambas cosas!
Nayara miró a Ramor con severidad.
—Akira es uno de los mejores pilotos de mautotrón que el dinero puede comprar. Sabe lo que hace.
—Espero que tengas razón —sentenció, haciendo una pausa y girándose hacia Nayara—. Hay demasiado en juego. No me puedo permitir ningún error.
La postura rígida de Nayara se relajó un poco. Miró a su jefe con expresión más suave.
—Lo entiendo, señor. Estoy segura de que ha tomado la decisión correcta.
Ramor gruñó. Seguir a su sobrino le había parecido una idea genial unas semanas antes, cuando estaba desesperado por encontrar respuestas.
¿Qué mejor manera de recopilar información que contratar a uno de los mejores espías del mundo?
Por desgracia, no había tenido en cuenta los riesgos.
Algunos pilotos sojushi estaban considerados criminales por la AMCAA, la Agencia Mundial para el Control de Artefactos Autotrónicos.
La industria de los autómatas con control remoto —o mautotrones, como también se les llamaba— era uno de los sectores derivados de la tecnología autotrónica.
El término «mautotrón» derivaba de las palabras «merodeador» y «autotrón», que describían un dispositivo controlado remotamente y que se empleaba en las industrias de la construcción, la exploración submarina, la vigilancia militar, la fabricación orbital y una docena más de sectores. El espionaje era uno de ellos.
El sojushi que Nayara había contratado era de los que solo encuentras si estás dispuesto a escribir suficientes ceros en un cheque.
Cuando Ramor le encargó a Nayara que encontrara al mejor espía del mercado, su asistente le advirtió de que era un tema complicado y costoso.
Ramor respondió que «complicado» y «costoso» eran preferibles si con ello evitaban «catastrófico».
Detrás de la decisión de Ramor había una creciente preocupación por su sobrino.
Erik nunca dejaría que las Industrias Autómaton se fueran a pique sin una razón de peso. Ese chico no tramaba nada bueno.
—Toki wa kita.
Ramor se volvió hacia el sojushi.
—¿Qué ha dicho?
Nayara esbozó una sonrisa.
—Ha dicho: «Ha llegado el momento».
Ramor inclinó la cabeza mientras mantenía el contacto visual.
—¿Otra vez?
Nayara levantó una mano para silenciarlo.
Akira movió los dedos como un mago antes de un truco de magia, se presionó las sienes con ambos índices y una reproducción tridimensional emanó de su cabeza. El vídeo se movía de forma constante en zigzag, cosa que le estaba provocando náuseas a Ramor mientras lo observaba.
—Live de tsunagatteru —dijo el sojushi.
Ramor se volvió hacia Nayara.
—Estamos viendo a través de los ojos del mautotrón —tradujo ella, señalando la transmisión de vídeo.
Ramor frunció el ceño.
—¿Por qué la resolución es tan mala?
Se podían distinguir las farolas y los coches aparcados en la acera, pero los detalles se veían borrosos.
Nayara dijo algo en japonés, y el sojushi emitió una breve respuesta.
—La imagen mejorará en breve —dijo la asistente.
La resolución de la imagen mejoró al cabo de un momento, y Ramor finalmente pudo distinguir a dos personas caminando por la acera. Bueno, solo una de ellas era una persona.
—Erik —dijo, resoplando—. Y su maldito eptanidus.
Nayara asintió.
—¿Cómo es de grande el mautotrón que está pilotando? —preguntó Ramor mientras dirigía una mirada nerviosa a Akira—. Quiero decir, se está acercando. ¿No lo verán?
Nayara transmitió la pregunta a Akira, quien respondió con una frase cortante.
—El mautotrón es como una mosca —dijo la asistente—. No lo notarán.
Ramor no le quitaba los ojos de encima a Erik.
—¿Estamos grabando esto?
—Sí, señor —respondió Nayara señalando su tableta—. Con copias de seguridad redundantes. Guardando el progreso cada tres segundos.
—Bien —dijo Ramor, desabrochándose el botón superior de la camisa—. ¿Podemos acercarnos más? Quiero oír lo que están diciendo.
Nayara repitió la pregunta al sojushi, luego tradujo.
—Está en ello.
Ramor comenzó a caminar de un lado a otro, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Señor, creo que debería considerar algo relacionado con el asunto en cuestión.
—¿Qué es?
Nayara le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Puede que haya sobrestimado la capacidad de su sobrino para causar problemas.
Él la miró fijamente.
—¿Sobrestimado?
—Puede, señor. Me dijo que es inteligente y todo eso, pero francamente, no creo que sea tan peligroso. Quiero decir, tiene recursos, voluntad y un ego desmesurado, pero…
—¿Peligroso? —Se burló—. Peligroso se queda corto. No tienes ni idea de lo que es capaz —afirmó, señalando con el dedo la proyección que mostraba a Erik y On-Eni Quinto—. Es uno de los mayores genios de la autotrónica del planeta.
Nayara cruzó los brazos y esbozó una fría sonrisa.
—Con todos mis respetos, señor, pero lo dudo. Tiene veinte años.
—Sí, y resulta que tiene un coeficiente intelectual de 190. Sin mencionar que lo educaron para ser el heredero de Sofía en todos los aspectos de su vida.
Nayara se aclaró la garganta.
—Señor, es un chico con recursos. Lo entiendo, pero no creo que eso justifique su paranoia.
—Mira —respondió Ramor, apretando los labios con fuerza—, déjame que te cuente algo sobre este «niño».
A los nueve años memorizó las vías autosinápticas de un tetranidus.
Nueve. Y esto solo es el principio. Lo vi ensamblar la circuitería linfática de un trinidus con una mano atada a la espalda, solo por diversión, para demostrar que podía hacerlo.
Es una bomba a punto de explotar, un genio de veinte años con el sentido común de un alcohólico con un pase ilimitado al Oktoberfest.
—Señor…
—¿Y lo peor de todo? Cree que tiene una misión. Dios sabe lo que puede hacer si se lo propone.
—¿Señor? Yo…
—Dejó que su empresa se hundiera por una razón. Créeme. Está tramando algo. Voy a averiguar qué es y salvarlo de sí mismo, aunque sea lo último que…
—¡Señor! Akira está hablando.
Ramor se volvió hacia el sojushi, que parecía molesto por tener que repetir sus palabras.
—Están pidiendo un taxi —tradujo Nayara.
El ritmo cardíaco de Ramor aumentó.
—Dudo que ese insecto pueda seguir a un coche —sentenció, rascándose el antebrazo y tragando saliva—. ¿Cuál es el plan? No podemos perderlos.
Nayara hizo la pregunta a Akira, que respondió inmediatamente. Después se hizo el silencio.
Ramor miró fijamente a su asistente.
—¿Y bien?
Nayara torció el gesto.
—No puede igualar la velocidad de un coche.
—De acuerdo. Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Akira intentará que el mautotrón iguale su ritmo.
—¿Qué? —exclamó Ramor mientras gotas de sudor le recorrían la frente—. Acabas de decir que esa cosa no puede igualar su velocidad.
—Lo sé —Nayara frunció el ceño—. No estoy segura de cuál es su plan.
—¡Pues pregúntale!
Nayara miró a su jefe a los ojos.
—Se está concentrando en la tarea, señor. ¿Quiere que me arriesgue a distraerlo?
Ramor hizo ademán de decir algo, pero se calló.