8 Masvieth #2
Eso era una media verdad. Su dolor de cabeza cada vez iba a peor, y su humor con él. Pero no quería que Tiago dejara de hablar ahora que estaba obteniendo respuestas.
El canciller la miró fijamente.
—¿Seguro que estás bien? Podemos parar si…
—Estoy bien —le cortó—. Has dicho que Wei Wang usó al Omniólogo para evitar la extinción de la humanidad. ¿Cómo?
Tiago miró al Masvieth.
—Desarrolló una tecnología que le ayudaba a analizar un conjunto de variables y sus ramificaciones en el futuro.
Lena miró a Tiago con la boca entreabierta.
—¿Puedes traducírmelo al cristiano?
—Perdona —dijo Tiago, asintiendo—. Podía hacer proyecciones y simular la posibilidad de que ocurriera un evento histórico.
—Espera —Lena levantó una mano—. ¿Estás diciendo que podía predecir el futuro?
—No —respondió Tiago, enfáticamente—. Nadie puede predecir el futuro.
Él podía calcular varios escenarios diferentes, promediarlos y obtener un resultado razonablemente cierto.
Según la proyección de Wei, la humanidad, en algún momento del futuro cercano, se fusionará con el ciberespacio a nivel colectivo.
Se convertirá en lo que llamamos una singularidad retrógrada.
—Vale —dijo Lena, tratando de leer la expresión de Tiago—. ¿Y eso es… malo?
—Terrible —respondió Tiago, mirando al Masvieth—. Según las proyecciones de Wei, esta fusión será nuestra extinción.
Lena se miró las manos.
—Todo esto son conjeturas, ¿verdad?
—No exactamente —dijo Tiago—. Estamos hablando de estocástica multidinámica, una disciplina de proyección avanzada inventada por Wei.
—Pero dijiste que nadie puede predecir el futuro, ¿correcto?
—Correcto.
—Entonces, ¿qué importa todo esto? Este escenario de extinción… sea lo que sea… puede que nunca ocurra. Es solo un escenario potencial.
—La extinción es una tendencia histórica —dijo él—.
Es la única constante que se mantuvo en todas las simulaciones.
No era solo una variable, era lo que Wei llamaba el «resultado histórico».
Mira, sé que es mucho que asimilar, pero déjame hacerte una pregunta.
¿Alguna vez has lanzado una moneda para ver qué lado cae hacia arriba?
Lena frunció el ceño.
—Sí. ¿Y qué?
—¿Alguna vez ha caído de canto?
—¿Qué? —resopló ella—. No, claro que no. Es imposible.
—No es imposible. Solo improbable. Esa es la probabilidad de que la humanidad sobreviva a la singularidad.
Lena giró su cuerpo, apartándose de Tiago.
—¿Cómo?
—Si sale cara, la humanidad se extingue a causa de la singularidad.
Si sale cruz, la humanidad desaparece también por la singularidad, pero más rápido, debido a la intervención de una variable que Wei llamó «el catalizador».
El Proyecto Defensio es la moneda cuando cae de canto.
La posibilidad infinitesimal por la que Wei lo apostó todo.
Así es como intenta evitar nuestra extinción.
—Vale —Lena lo miró fijamente mientras hablaba con voz baja y firme—. Supongamos que esto del fin del mundo ocurre realmente. ¿Qué puede hacer el Proyecto Defensio?
—Puede detenerlo, combatiendo la causa principal de esa tendencia histórica.
Lena negó con la cabeza.
—¿Causa principal?
—Los biomecas —Tiago señaló al Masvieth—. Son la variable que acelerará nuestra extinción.
Lena abrió los ojos como platos.
—¿Me estás diciendo que los biomecas quieren que nos extingamos todos?
—No es tan simple.
—Ah, perfecto —Lena soltó un ruidoso suspiro—. Por un momento había pensado que querías simplificar las cosas.
—Escucha. Los biomecas buscan una sincronía de voluntades a nivel mundial. Es decir, quieren forjar una singularidad. Y para conseguirlo, necesitan lograr el control a escala planetaria, lo que pueden hacer conquistando el ciberespacio.
—¿Qué quieres decir con «conquistar el ciberespacio»?
—El propósito de los biomecas es promover la centralización del éter.
Si esto ocurre, y el éter se convierte en una unidad cohesiva, allanará el camino para la creación de una singularidad.
Por eso mi propósito, y el propósito de todos los omnibuses del Proyecto Defensio, es parcelar el éter tanto como sea posible.
Necesitamos mantenerlo balcanizado para que la singularidad no pueda ocurrir fácilmente.
Los biomecas saben lo que estamos haciendo y nos atacan esperando acceder a uno de nuestros núcleos de datos y obstaculizar nuestros esfuerzos.
Por desgracia, estamos perdiendo lentamente esta guerra.
—¿Cómo que estáis perdiendo?
Tiago señaló la esfera.
—Mira. El éter nunca ha sido tan homogéneo.
Hace diez años había cientos de regiones en el ciberespacio.
Hoy en día solo quedan unas pocas decenas.
Los omnibuses llamamos a esta tendencia histórica «Umbral de Tolerancia»: cuanto más se acerca el Umbral de Tolerancia a su saturación, mayor es el nivel de centralización en el éter.
El umbral está cada vez más saturado, y nada de lo que hemos hecho ha detenido esa tendencia.
El éter se está convirtiendo en un puñado de megaregiones que luchan entre sí por el control del ciberespacio.
Llegará un momento en el que solo quedará una.
«Dominio» es como llaman los eteriones a esta concentración de poder etérico.
Lena pestañeó para quitarse una gota de sudor. Se sentía mareada, sin poder concentrarse. Tiago seguía hablando sobre los objetivos de los biomecas, cómo llevaban a cabo sus misiones, pero a ella le resultaba difícil mantener la atención.
—¿Lena? —La voz de Tiago sonaba distante, como el eco de un mismo eco—. ¿Estás bien?
Lena se tambaleó, y después sus piernas cedieron.
Tiago la atrapó un segundo antes de que cayera al suelo.
—Te tengo —dijo él—. Eh, no te me vayas.
La dejó suavemente en el suelo. Su cabeza tocó algo blando, y cuando miró, se dio cuenta de que Tiago había puesto su camisa detrás de ella, a modo de almohada improvisada.
Debía de haber perdido el conocimiento durante unos minutos, porque cuando abrió los ojos de nuevo encontró a Spencer mirándola.
—…¿seguro que estará bien? —estaba diciendo el joven.
—Aquí tienes —Tiago le dio una botella de agua—. Bébete esto. Te sentirás mejor.
Lena aceptó la botella y bebió.
—Lo siento —dijo después de un par de sorbos, llevándose la palma de la mano a la sien—. Debería haberte dicho que el dolor de cabeza estaba empeorando.
—Fue culpa mía —dijo Tiago con una voz que sonaba distante, a pesar de estar a solo un par de pasos—. No debería haber forzado nuestra suerte.
—No —dijo Lena, negando con la cabeza—. Es culpa mía. Yo… solo quería saber más.
—Necesitas descansar —afirmó, tocándole el hombro—. ¿Crees que puedes moverte?
—Creo… creo que sí.
—Spencer, ¿puedes ayudarme a llevarla fuera?
—Claro.
—Ven —dijo Tiago mientras la ayudaba a levantarse, al igual que Spencer—. Tengo una habitación preparada y algo para comer. Por aquí.