La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 7 La Dama
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7 La Dama

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LA DAMA

NASHVILLE, INSTITUTO ARK DE ESTUDIOS ETÉRICOS AVANZADOS

James

Angélica Kam estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados y los brazos extendidos a los lados. Murmuraba en sueños, pero era imposible entender lo que decía.

James acercó la silla a la cama, observando a la mujer dormida.

Sus ojos se detuvieron en sus labios carnosos en forma de corazón, que se movían mientras susurraba.

Desde la última vez que la había visto en persona, hacía once años, Angélica había cambiado bastante poco.

Seguía teniendo una belleza encantadora que atraía la mirada.

James se quitó el guante de cuero negro de la mano y acercó los dedos a su rostro dormido, sintiendo su cálido aliento. Tragó saliva, con la mano temblando ligeramente al rozar su mejilla. Se recreó en ese contacto, descubriéndose ansioso por mantenerlo.

Angélica movió bruscamente la cabeza hacia un lado, murmurando en sueños, y James retiró la mano con un respingo.

Viejos sentimientos comenzaron a aflorar, brasas de un fuego olvidado: el aroma a rosas que la acompañaba a todas partes, su sonrisa tímida cuando sus miradas se cruzaban, las miradas que James le lanzaba durante las clases cuando ella no lo veía.

Angélica había sido una de las mejores estudiantes de Cantara.

Su capacidad para improvisar, analizar variables y diseñar estrategias sólidas era extraordinaria.

Era la razón por la que la había traído hasta aquí.

Había sido un movimiento atrevido y peligroso, pero no tenía otra opción.

El secreto era de suma importancia si quería que el plan tuviera éxito sin arriesgarse a represalias.

Angélica Kam era la única persona que podía ayudarle a marcar la diferencia.

Su alter ego, la Dama de la Melodía, se convertiría en un activo invaluable si jugaba bien sus cartas.

Retrocedió, conteniendo sus impulsos. Centrarse en sus sentimientos no era la forma correcta de lograr su objetivo. Necesitaba recordar lo que importaba.

—Es… es peligroso. Todo el mundo corre peligro — balbuceaba Angélica de nuevo, mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos y gotas gruesas de sudor le resbalaban por la frente—. Ni siquiera Cloverfield… ni siquiera él… No podría… No. Déjame ir, por favor. ¡Déjame ir!

James la movió con suavidad.

—¿Angélica? Despierta.

Ella abrió los ojos de golpe. Jadeó, arañándose la boca con las manos, como si se quisiera quitar algo de la cara.

—Estás a salvo, Angélica —dijo James con voz tranquilizadora—. Nadie te hará daño.

Angélica se volvió lentamente hacia él.

James se retiró un poco. Se quitó las gafas de sol y forzó una leve sonrisa.

—Hola.

Angélica pestañeó, con la mirada perdida.

—¿Quién… quién eres? —dijo mirando a su alrededor, jadeando.

—Toma —James le dio las gafas.

Angélica, con dudas, las cogió y se las puso.

—Hace once años —dijo James—, Cantara Handal acogió bajo su tutela a siete jóvenes aspirantes a eteriones. Estás mirando al más joven de ellos.

Angélica se sorprendió, entornando los ojos.

—¿J…James? ¿James Ark? —intentó levantarse de la cama, pero solo logró incorporarse apoyándose en un codo, para después volver a desplomarse sobre la almohada—. Vaya —se tocó la cabeza—. ¿Por qué me da vueltas todo?

James volvió a ponerse las gafas de sol.

—Tu cuerpo necesitará unos minutos más para que desaparezcan los efectos de la oniricotina. Lo siento.

Angélica cerró los ojos un momento, luego volvió a centrarse en él.

—No… no entiendo. ¿Dónde estoy?

James se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas.

—Hace doce horas, un par de hombres te capturaron cerca de Atlanta. Ahora estás en Nashville, a una hora en ipersedán de donde te atraparon —respondió, señalando alrededor con las manos enguantadas—. Esta es una habitación de invitados en un edificio de mi propiedad.

Angélica lo miró fijamente. Hizo amago de hablar, pero se calló y frunció el ceño.

—Sí, es cierto —dijo, echando un vistazo alrededor en busca de una salida—. Lo recuerdo. Dos hombres, con la cara tapada. ¿Y tú cómo sabes…?

—Yo los contraté.

Angélica juntó las cejas, confundida.

—¿Qué tú qué?

—Necesitaba una forma rápida de traerte hasta aquí sin llamar mucho la atención.

Angélica ladeó la cabeza.

—¿Y no se te ocurrió otra cosa mejor que secuestrarme? ¿Por… por qué?

—Por necesidad —dijo James con una sonrisa vacilante—. Me estaba quedando sin tiempo y necesitaba tu ayuda.

—¿Quedándote sin…? —No terminó la frase. Cerró los ojos mientras negaba levemente con la cabeza—. Dios, si esto es un sueño, es de los raros.

—No es un sueño, Angélica —James le puso una mano en el hombro—. Estás en Nashville.

—¿Por qué?

James se pasó una mano por el pelo.

—Hay cosas que no sabes sobre la malice asesina. La situación es mucho más complicada de lo que crees.

La mirada de Angélica se nubló.

—¿Conoces la malice? ¿Cómo?

—No soy el único —dijo James—. Jason Cloverfield también lo sabía.

Angélica abrió la boca, pero no dijo nada.

—Es la verdad —dijo James—. Sé por qué acudiste a él en busca de ayuda. No te habría servido de nada.

Ella logró sentarse en la cama, apoyándose en la pared.

—¿Él lo sabía? ¿Cómo?

—Ayudó a propagar la malice a través de DataMorph. Ese es su origen.

Angélica se llevó las manos a la boca.

—No —exclamó, negando con la cabeza mientras se le nublaba la mirada—. No puede ser.

—Lo es. Tomó medidas para ocultar la malice al público. Eso le dio tiempo, le ayudó a propagarse aún más.

—Dios mío —respondió Angélica, echando la cabeza hacia atrás—. Por eso no parecía sorprendido. Ya lo sabía —miró a James—. Pero ¿cómo sabes…?

—¿Todo esto? —James sacó un opticrón de su bolsillo.

Angélica se quedó perpleja.

—Eso es mío.

—Sí —James dio un golpecito con el dedo sobre el opticrón—.

Todo el contenido de tu presentación está aquí, junto con los datos sobre la malice que Sebastian y tú encontrasteis.

Sé todo lo que crees que es verdad sobre ellos, pero te equivocas.

Hay más —añadió mientras lo encendía el opticrón, que mostraba una reproducción de los datos sobre la malice tal como Angélica la recordaba—.

Esto es lo que sabéis Sebastian, tú y el otro centro de investigación —dijo James mientras sacaba otro opticrón del bolsillo.

Una segunda proyección se superpuso a la primera, revelando un patrón más preciso, con más puntos rojos que mostraban nuevos casos de la malice.

Los ojos de Angélica se abrieron de par en par.

—No. Esto… esto no puede ser.

—Verás, esa no es toda la historia —afirmó James mientras apagaba los opticrones—.

La malice es solo la punta del iceberg, Angélica.

Hay un monstruo acechando bajo la superficie.

Te he traído hasta aquí porque necesitas saber la verdad oculta tras el telón.

Son buenas noticias, en realidad. Ya no tienes que librar esta batalla sola.