6 La Directora Ejecutiva #2
—Los accionistas no están muy contentos con las crecientes tensiones entre las partes. Muchos piensan que a quien gane el Pentaproyecto no le quedará suficiente buena fe como para sostener una economía espacial emergente durante los próximos años.
Gladia bufó.
—¿Así que los contables de Wall Street están enfadados porque los geocéntricos y los ascendentes no son capaces de sonreír ante las cámaras? —resopló, haciendo un gesto amplio con la mano—. Increíble. Lo único que les importa es el próximo informe trimestral. ¿Qué más?
Charlotte se saltó algunas líneas y luego se centró en algo que había subrayado.
—Hay noticias sobre una supuesta enfermedad etérica. Parece que afecta a los eternautas de todo el mundo, cada vez con mayor frecuencia.
—¿Una enfermedad etérica? — Gladia se llevó una mano a los labios, con expresión de desconcierto —. ¿Te refieres a algo como la gripe o algo así?
—Eh… creo que es más grave, señora. Según algunas fuentes, está muriendo gente.
Gladia la miró fijamente.
—¿Qué?
—Aún no está claro lo que ocurre. Al parecer, algunas personas han mostrado síntomas de una disfunción psicofísica desconocida tras viajar a través del éter y luego han fallecido.
—¿Hablas en serio? —Gladia frunció el ceño—. ¿Puede ocurrir algo así? Quiero decir, joder… Y yo que pensaba que tener migrañas después de comprar en DataMorph era malo.
—El Pacto para la Protección Etérica aún está investigando —dijo Charlotte—. Se rumorea que podría ser un montaje organizado por empresas privadas para vender software y obtener beneficios. Los llaman auteras.
Gladia sacudió la cabeza.
—Dios, echo de menos el viejo y querido Internet —afirmó, girándose hacia su asistente—. ¿Tú te acuerdas de Internet, Charlotte?
—Mmm… no, señora.
Gladia se sorprendió.
—¿Qué edad tenías?
—Veintiséis.
—Claro —Gladia asintió—. Tiene sentido. Cuando tenías diez años, la World Wide Web ya era una nota a pie de página en los libros de historia.
Charlotte se sonrojó.
—Me temo que sí.
—En fin… —Gladia se encogió de hombros—. Era un mundo más sencillo. Qué pena que no hayas podido experimentarlo. Vale, vamos al grano. Dame lo más gordo del asunto.
—Sí, señora —Charlotte pasó a la siguiente noticia—. Un portavoz de LAND anunció hoy que han nombrado a Elijah Goldberg como consejero jefe del Consejo Terrista en lugar de Richard Donovan.
Gladia abrió la boca, con los ojos desorbitados.
—¿Elijah Goldberg?
—Sí, señora.
—Dame eso —Gladia hizo un gesto hacia el dispositivo, y Charlotte le entregó la tableta.
Gladia examinó el contenido de la noticia.
—Esto no es bueno.
Elijah Goldberg era uno de los terristas más extremistas del momento.
Incluso Woodside lo habría mantenido a raya y nunca le habría dado un asiento en el Consejo.
Que Yvonne Muchena hubiera elegido a Elijah como consejero jefe era la confirmación de que LAND estaba virando hacia el extremismo.
Gladia devolvió el dispositivo a Charlotte.
—Necesito alguna noticia positiva —dijo, cerrando los ojos y suspirando—. Aceptaré cualquier cosa. Aunque sea una.
—Bueno —dijo Charlotte lentamente, mirando su tableta—. Mmm… pues… acabo de recibir una respuesta de los apeirones respecto al Pentaproyecto.
Gladia se alisó la camisa con nerviosismo mientras se inclinaba hacia su asistente.
—¿Participarán?
—Mmm… su portavoz ha dicho que están dispuestos a enviar a Stargazer a seis administradores júnior de su Departamento de Relaciones Públicas.
—Seis administradores júnior —repitió Gladia torciendo el gesto—.
Se están burlando de nosotros sin ni siquiera tener la decencia de llamarlo por su nombre: un despropósito —sentenció, respirando profundamente y dejando caer los hombros—.
¡Da igual! Me vale. Mientras envíen a alguien que respire a Stargazer, es una victoria.
Cualquier cosa para que la prensa deje de restregarme la palabra «brecha» en la cara como si fuera un petardo en plena fiesta nacional. Envíales un…
Gladia se detuvo. Notó una sensación de hormigueo en las puntas de los dedos que se extendía a las manos y a los brazos. Empezó a sudar, con los músculos sacudiéndose bajo la piel.
Oh, no. Ahora no, por favor.
—¿Señora? —Charlotte se había detenido, junto con su escolta. Todos la estaban observando. Gladia no se había dado cuenta de que se había quedado inmóvil en medio del pasillo.
—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó uno de sus guardaespaldas.
Gladia tragó saliva.
—S… sí, estoy bien. Solo necesito… tengo que ir al baño —dijo, carraspeando—. Es urgente.
El guardaespaldas asintió.
—Sí, señora —respondió, tocándose el auricular—. Comodoro, cambio de planes. Vamos a hacer un desvío hacia el aseo de señoras de la segunda planta.
Cuando llegaron al baño, uno de los guardaespaldas comprobó el interior y luego permitió que Gladia entrara.
La hiperista cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Mientras el corazón casi se le salía del pecho, avanzó con paso titubeante hacia los lavabos y contempló su imagen en el espejo.
Estaba pálida y sudorosa, con unas ojeras de un morado oscuro que le asediaban los ojos.
—Respira, mujer —siseó entre dientes, agarrándose al mármol del lavabo—. Solo respira. Todo saldrá bien. En cualquier momento… se pasará. Respira. Inspira y espira. Solo respira.
Abrió el grifo y puso las muñecas bajo el chorro de agua helada.
Contó mentalmente hasta llegar a treinta y volvió a evaluar su reflejo en el espejo.
Unas largas líneas horizontales le dibujaban arrugas en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos.
El maquillaje era inútil para devolverle el brillo a sus ojos apagados.
Gladia cerró el grifo y se apoyó en el lavabo. Sus manos seguían temblando mientras se quitaba un mechón rubio con canas de la oreja.
—¡Mierda! —exclamó, dándole un puñetazo al mármol—. ¡Mierda, mierda y mierda! —gritó, observando sus manos temblorosas, como si su ira pudiera obligarlas a detenerse. No lo consiguió.
Gladia ahogó sus sollozos abriendo el grifo al máximo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y desembocaban en la chaqueta mientras la invadía una oleada de náuseas que le provocó arcadas.
Rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño recipiente metálico. Dentro había media docena de pastillas naranjas, con una línea negra que las dividía en dos mitades. Sacó una y se la tragó con un poco de agua.
Pasó un minuto antes de que el temblor remitiera hasta desaparecer. Mientras recuperaba el control de su respiración, Gladia se echó agua en la cara.
—Todo saldrá bien —dijo, con la mirada fija en sus oscuras ojeras—. Solo un día más. Arthur volverá esta noche. No tienes de qué preocuparte.
—¿Señora? —dijo Charlotte desde fuera—. ¿Va todo bien?
Gladia cerró el grifo.
—Sí —respondió con la voz quebrada—. Salgo en un segundo.
Se enderezó, se miró al espejo y luego salió para enfrentarse a Charlotte y a los dos guardaespaldas.
—Muy bien —dijo, forzando una sonrisa—. ¿Por dónde íbamos?
∞∞∞
Miami
Hotel Clearwater, suite del ático
Gladia entró a trompicones en el baño; apenas le dio tiempo de llegar al váter para vomitar la cena.
Había sufrido otro ataque de pánico hacía veinte minutos, al notar que le temblaba la mano con la que sostenía el tenedor.
Gladia tiró de la cadena, se limpió la boca con una toalla y se sentó con la espalda apoyada contra la pared del baño, esperando a que su respiración se calmara.
Tras cinco minutos, se levantó despacio y llegó a duras penas hasta el lavabo, donde se lavó las manos y la cara.
Se desvistió, tiró la ropa al suelo, que apestaba a sudor y vómito, y salió del baño en ropa interior.
Miró a su alrededor, contemplando la suite del ático por primera vez. Su maleta —que el personal del hotel había subido por la mañana— la habían dejado junto a la puerta de entrada. Gladia la abrió.
—¿Control? —dijo, mientras rebuscaba entre su ropa.
—¿Sí, Directora ejecutiva? —respondió una voz masculina generada por ordenador.
—Reproduce el Canal Terrista en el proyector de la suite.
—Recibido. Iniciando transmisión.
Una proyección de vídeo tridimensional apareció en el centro de la habitación.
El símbolo terrista parpadeó un segundo sobre un fondo verde brillante antes de ser sustituido por la imagen de una mujer alta y de piel oscura, de pie sobre un escenario.
Estaba rodeada por una multitud entusiasmada de miles de personas, que vitoreaba su nombre.
—¡Yvonne! ¡Yvonne! ¡YVONNE!
Mientras la voz del comentarista sonaba de fondo, Gladia apartó un par de vestidos.