5 El Primer Observador
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EL PRIMER OBSERVADOR
GEODA, PUESTO DE AVANZADA DEL PROYECTO DEFENSIO
Ariul
—No todos saben de tu repentina aparición, Lena, pero la noticia se está extendiendo rápidamente.
Tiago y Lena caminaban por un pasillo vacío, pintado de un gris cemento. No tenía ventanas ni puertas, y olía ligeramente a acetona.
Lena miró al canciller.
—¿Y esto es… bueno… o malo?
—Depende.
Tiago giró a la izquierda y las paredes se volvieron blancas, con el suelo y el techo de color ocre. Aquí el aire olía a plástico, y de los aparatos de aire acondicionado llegaba un suave zumbido.
Lena aceleró el paso para no perder el ritmo del canciller.
—¿Depende de qué?
La pantalla del dispositivo portátil de Tiago comenzó a emitir pitidos.
—Un segundo —echó un vistazo a la pantalla y gruñó—. Esto servirá —volvió a guardarse la tableta en el bolsillo—. En cuanto a tu pregunta, querrán saber cómo abriste un Cuarzo desde el exterior.
Lena se quedó perpleja.
—¿Qué es un Cuarzo?
—Cualquiera de las puertas de acceso a instalaciones como Geoda —respondió Tiago, señalando a su alrededor—. Piensa en ellas como puertas blindadas. Solo puedes entrar enviando una señal directa desde el interior. Están diseñadas así.
Lena negó con la cabeza.
—¿Por qué?
—Es una medida de seguridad para evitar que personas no deseadas entren en cualquier base subterránea.
—Quieres decir… —Lena se interrumpió, escogiendo sus palabras—. ¿Estás diciendo que cada una de las esculturas de Saemangeum es una entrada al Proyecto Defensio? Pero debe de haber docenas por toda la ciudad.
—No todas están activas —explicó el canciller—. Solían estarlo, pero ya no.
Lena miró a su alrededor con inquietud.
—¿Por qué necesitáis tantas?
—Saemangeum es una ciudad enorme —dijo Tiago—, difícil de proteger si no tienes muchos puntos de salida desde los que desplegar tus activos.
—Activos —repitió ella—. Te refieres a soldados, ¿verdad? A los que llamáis coraceros.
—Sí, esa es la palabra que usamos para ellos.
El caso es, Lena, que lo que hiciste no tiene precedentes.
Nadie debería poder abrir un Cuarzo desde el exterior; ni siquiera los centuriones pueden hacerlo, los líderes de los escuadrones de coraceros.
Por eso, varios miembros de alto rango del Defensio quieren hacerte preguntas.
Convocaron la asamblea en el momento en que supieron de tu existencia.
Mañana, mucha gente querrá saber quién eres.
—Vale —dijo, asimilando la información—. ¿Debería preocuparme?
—No necesariamente —dijo Tiago, aunque había algo en su mirada que no la convenció.
—Pero eso no me aclara nada, ¿no? —miró al canciller de reojo—. ¿Quiénes son estas personas? ¿Qué tipo de preguntas me harán?
—Algunos cuestionarán tu papel como la Cornucopia. Pensarán que es una estratagema para llamar su atención.
Lena tomó aire antes de responder.
—¿Y por qué iban a pensar eso?
—Digamos que las altas esferas no me tienen mucho cariño —Tiago aceleró el paso, sus manos casi cerrándose en puños antes de volver a relajarse—. Hay gente que considera que mis ideas son peligrosas para el Proyecto Defensio.
—¿Por qué?
—Porque prefiero actuar en lugar de esconder la cabezaen la arena y esperar a que me maten a palos. Eso es lo que hemos estado haciendo todos estos años. Pero contigo, todo cambia.
Ella frunció el ceño.
—¿Ah sí?
—Por supuesto. ¿No lo entiendes? Estás aquí porque Wei te envió. Tu collar es la prueba. Ahora solo necesitamos averiguar por qué.
Entraron en otra sección vacía, más amplia y con aspecto de estar aún menos utilizada que las dos anteriores.
—¿Solo estamos nosotros aquí? —Lena miró a su alrededor con expresión aturdida—. Quiero decir, este lugar parece bastante grande, pero está desierto.
—Ahora mismo, solo hay doce personas en Geoda —dijo Tiago—. Al principio, éramos más de cincuenta —añadió, mirando a su alrededor como si pudiera ver fantasmas pasar.
Ella notó cómo se le tensaba la mandíbula.
—¿Qué pasó?
—Perdimos a buenas personas y no tuvimos los recursos para reemplazarlas —su expresión reflejaba frustración—. El enemigo nos está asfixiando. Por eso quiero cambiar las cosas.
Otro pitido sonó en la pantalla del canciller, que maldijo por lo bajini.
—Deberíamos darnos prisa —aceleró el paso hasta casi echar a correr—. Necesito enseñarte algo rápido. No sé cuánto tiempo va a estar abierta esta ventana.
Lena tuvo que medio correr para mantener el ritmo de la zancada de Tiago.
—No has dicho adónde vamos.
—Necesito que entiendas un par de cosas antes de que comparezcas ante la Asamblea —dijo Tiago sin reducir la velocidad—. Ahora, ahorra fuerzas.
Durante los siguientes cinco minutos, avanzaron a toda prisa por el pasillo hasta que llegaron frente a una puerta ovalada, hecha de un metal rojizo que reflejaba la luz artificial.
—Este es el lugar —Tiago introdujo un código en el panel junto a la entrada y la puerta se deslizó, abriéndose—. Adelante.
Al principio, Lena pensó que habían entrado en una biblioteca.
Había varias estanterías dispuestas a ambos lados de la habitación cuadrada, llenas de libros de contabilidad de aspecto antiguo.
Sentado detrás de una mesa metálica, en el centro de la estancia, había un hombre de unos veintitantos años con una unidad de proyección.
Cuando entraron, se quitó el dispositivo de la cara con torpeza, se secó el sudor de la frente y se puso en pie de golpe, casi en posición militar.
—Canciller —saludó el hombre a Tiago con una rápida reverencia—. Lo siento. ¿Dejó un mensaje? No estaba al tanto de su…
—No, Spencer —interrumpió Tiago, con tono amable pero firme, como quien habla a un subordinado—. He decidido pasarme por aquí. Ha sido algo muy improvisado. Esta es Lena —le dio una palmada en el hombro—. Voy a enseñarle el Masvieth.
—Entendido —Spencer dirigió su atención hacia Lena, con sus ojos gris verdosos fijos en ella. Sacó un grueso manual de cuero tan antiguo como el mismo tiempo—. Por favor, facilítenme sus códigos bioxon para que pueda registrar la activación en el libro de registro.
Tiago negó con la cabeza.
—No hará falta.
Spencer entrecerró los ojos.
—¿Perdone?
—Quiero mantener esta visita fuera de los registros, si entiendes lo que quiero decir.
Spencer miró fijamente a Tiago.
—Me temo que no lo entiendo —se frotó la nuca y luego miró hacia la puerta—. Necesito sus códigos bioxon para iniciar la activación.
—No, no los necesitas —Tiago mostró una sonrisa afable—. Puedes usar el tuyo.
—¿El mío? —Spencer arqueó las cejas hasta casi juntarlas con el pelo—. ¿Con qué motivo?
—No lo sé —Tiago miró alrededor con cautela—. Quizá porque quieras echar un vistazo a la nueva lista de tokens de axioma en tu cuenta de DataMorph.
La expresión ligeramente molesta de Spencer se transformó en una sonrisa infantil.
—¿Qué?
—Has oído bien —dijo Tiago, con expresión radiante—. Ya están en tu cuenta. Firmados, sellados y entregados.
—¡No me lo creo! —exclamó Spencer, con los ojos haciéndole chiribitas—. Canciller, ¿usted juega a Rebelde del Inframundo?
—¿Y quién no? —Tiago esbozó una sonrisa juguetona—. Me enteré por Sira que llevas atascado en el nivel siete del Inframundo desde hace siglos.
—Sí, desde hace meses, Canciller —Spencer asintió vigorosamente, mientras su expresión se volvía amarga—. Le juro que saltar a través de los aros en el rescate de Eurídice me está volviendo loco. Tres meses llevo bloqueado. Tres meses. Estaba a punto de rendirme.
—Bueno, ya no tienes que hacerlo —respondió Tiago, con los brazos formando una «v» de «victoria»—. Esos benditos tokens te ayudarán a descifrar el código. Quizá incluso te den un pequeño impulso para llegar a los Campos Elíseos.
Spencer se sujetó la cabeza en un gesto de «no me lo puedo creer».
—¿Y están en mi cuenta?
—Compruébalo tú mismo.
—¿Ahora mismo?
—¿Por qué no?
A Spencer casi se le cae la unidad de proyección de la emoción. Dos veces.
—¡Guau! —su boca se abrió en una sonrisa—. ¡Esto es increíble! Canciller, no sé qué decir.
—Di que utilizarás bien los tokens.
Spencer se rio.
—¿Cómo los ha conseguido? Quiero decir, son casi imposibles de encontrar en cualquier nivel.
—Tengo mis métodos —Tiago dio una palmada—. Entonces, ¿qué dices? ¿Tenemos un trato?
—¿Qué? —Spencer seguía sonriendo, con las manos aferradas a su auricular.
—El Masvieth —dijo Tiago en tono firme—. ¿Podemos usar tu código?
—Bueno… —dijo Spencer titubeando por un momento; miró hacia la puerta antes de continuar, en un tono ligeramente más bajo—. Supongo que no pasaría nada por usar mi código —hizo una pausa y sus ojos se desviaron de nuevo hacia la puerta—. Pero si la regente se entera…
—No lo hará —afirmó Tiago, como si fuera un hecho—. Porque nosotros no hemos estado aquí mientras tú estabas a lo tuyo, ¿verdad? —sugirió, haciendo un gesto hacia su unidad y guiñándole un ojo—. ¿Lo entiendes ahora?
Spencer acercó la silla a la mesa, con los ojos brillantes.
—Lo entiendo —respondió, activando la pantalla de la mesa con un movimiento de la mano y luego introduciendo un código—. La cámara está lista, Canciller.
—Gracias. Te dejaremos tranquilo, Spencer. —Tiago empujó suavemente a Lena hacia adelante.
Lena esperó a que Spencer no pudiera oírlos antes de hablar.
—¿De qué iba todo eso?
Tiago hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Evitar papeleo.
—¿Evitar papeleo? ¿Qué quieres decir con eso?
—Bueno… pues… en teoría no deberíamos estar aquí, pero no hay otra forma de enseñarte lo que necesito, así que… supongo que lo que quiero decir es que el fin justifica los medios, y todo eso.
—¿Así que has sobornado a ese hombre?
—Creo que la palabra correcta es «incentivado» —Tiago esbozó una sonrisa afable—. De nada, por cierto. Estoy a punto de darte las respuestas que te prometí. El Masvieth es la pieza más importante del rompecabezas. Te ayudará a entender muchas cosas.
Tiago abrió una puerta al final del estrecho pasaje.
—Por aquí.
Lena lo siguió.
—¿Qué es un Masvieth?
—Masvieth es una palabra compuesta —explicó Tiago—.
Significa «mapa de desarrollo etérico». Es un objeto que puede variar desde el tamaño de un globo medicinal hasta el de un pequeño globo aerostático.
A través del Masvieth, los eteriones pueden planificar acciones que afectan a la configuración geocrática del ciberespacio.
—Vale —dijo Lena, frunciendo más el ceño—. En cristiano, por favor.
—Al usar un Masvieth, los eteriones pueden influir en el desarrollo del ciberespacio y en las interacciones entre las distintas partes que lo componen.
Lena estudió a Tiago con atención.
—¿Cómo sabes todas estas cosas sobre el éter?
Tiago se encogió de hombros mientras avanzaba.
—Es mi trabajo como Primer Observador saberlo.
Lena inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Primer Observador?
—Significa que soy el líder eterión del Proyecto Defensio —respondió Tiago, con amargura en la voz y apretando la mandíbula, como si acabara de admitir un crimen despreciable—. Pero últimamente no he utilizado mis poderes para hacer el bien. Eso va a cambiar desde hoy.