4 El Domine
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EL DOMINE
NASHVILLE, INSTITUTO ARK DE ESTUDIOS ETÉRICOS AVANZADOS
James
James Ark se ajustó las gafas de sol mientras examinaba los datos que aparecían en la consola.
Apretó los labios con una ligera mueca, mientras la joven sentada en otro terminal le lanzaba una mirada nerviosa.
Ella se alisó el uniforme morado, impecablemente planchado, con franjas negras y plateadas que le recorrían desde el hombro hasta el cuello.
En el pecho lucía un broche metálico en forma de reloj de arena estilizado.
—¿Cómo… mmm… cómo desea que proceda, Domine? —preguntó ella con una sonrisa vacilante—. ¿Quiere que asimile los datos en el núcleo o que los deje en suspensión?
James escuchaba solo a medias. Su mente estaba concentrada en las implicaciones de lo que leía. Fracaso. El trigésimo séptimo fracaso hasta la fecha, y ninguno de ellos le acercaba más a marcar la diferencia.
—Mmm, ¿Domine? ¿Me… me… ha oído?
James se volvió hacia la chica, pestañeando.
—Perdona, Leah. Estaba en las nubes. Mantén los datos en suspensión y rechaza todas las proyecciones en sub-quotis. Ahora no nos sirven de nada. Tendremos que empezar de nuevo.
—Entendido, Domine —asintió Leah y comenzó a teclear—. Datos en suspensión. Proyecciones marginales rechazadas. Guardando la nueva configuración en el núcleo de datos.
—Asegúrate de que ADAM reciba el resultado.
—Lo haré, Domine.
La mente de James ya estaba pensando en otra opción para el trigésimo octavo intento, evaluando docenas de posibilidades, aunque tenía pocas esperanzas de que tuviera éxito.
El marco del modelo era defectuoso, y había poco que pudiera hacer para corregirlo.
Se le acababa el tiempo. Necesitaba nuevas ideas desesperadamente.
La puerta del laboratorio se abrió, y un hombre alto, de piel oscura y con un turbante morado, se dirigió hacia James.
—Ravi —James miró de reojo al recién llegado y luego volvió a centrarse en la consola—. Apareces inquietantemente rápido cuando hay malas noticias.
Ravi esbozó una sonrisa irónica.
—Qué gracioso —su rostro cuadrado y de ojos hundidos había cambiado poco desde sus años como estudiante de Cantara Handal, pero su sonrisa burlona se había vuelto más afilada.
—¿Qué quieres? —preguntó James.
Ravi abrió los brazos y ensanchó su sonrisa.
—Mirad, ha sido un buen intento —dijo mirando a Leah y luego a James—. Podría haber funcionado.
James se mordió el labio.
—Pero no funcionó. Estoy cansado de andar dando tumbos en la oscuridad. ¿Has venido a restregarme el fracaso?
—No, James —la sonrisa de Ravi se convirtió en una mueca burlona—. No diré «te lo dije», pero me alegra que estemos en la misma onda. No podemos quedarnos anclados en el pasado. Entonces, ¿reconoces que tus intentos fueron inútiles?
James asintió.
—Lo reconozco.
—Perfecto —dijo Ravi dando una palmada—. Entonces es hora de pasar a la siguiente fase. ¿Preparados? —exclamó, sacando una pequeña tableta de su bolsillo y acercándosela a Leah—. Introduce esta nueva combinación en el flujo principal de datos. Asegúrate de que no entre en conflicto con…
—No le hagas caso.
La sonrisa de Ravi flaqueó.
—¿Qué quieres decir? —inquirió, mirando fijamente a James—. Acabas de decir…
—He dicho que no podemos seguir dando palos de ciego. No que quisiera malgastar más tiempo y energía en otro esfuerzo inútil.
Ravi se irguió en toda su estatura.
—No sabes si es algo inútil. ¡Aún no lo hemos probado!
—No necesitamos hacerlo. Ya sabemos el resultado.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Nadie cruza el Pacífico a nado, Ravi, para demostrar que no se llega vivo al otro lado.
Ravi lo miró con furia.
—Te estás dejando llevar por tus sentimientos personales.
—Dejo mis sentimientos personales en la puerta cada vez que entro a trabajar —respondió James, señalando la entrada de la habitación—. Si no sabes eso a estas alturas, has estado trabajando en un proyecto totalmente diferente.
Ravi se humedeció el labio, apretando y aflojando los puños.
—Mira, lo has intentando a tu manera y has fracasado.
—El fracaso es solo un peldaño más hacia el éxito.
Ravi se rio con sarcasmo.
—Sí, claro —exclamó abriendo los brazos—.
Adelante, suéltame alguna basura motivacional mientras sigues con ello.
Nada cambia el hecho de que no hemos avanzado ni un milímetro desde que adoptaste el enfoque estocástico.
No ha funcionado, amigo mío. Nunca lo hará.
Se nos acaba el tiempo. Venus y Asha piensan igual que yo. Somos tres contra uno.
—¿Te crees que esto son las elecciones?
Ravi apretó la tableta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿O sea que vas a repetir los mismos errores y esperar que te sigamos?
—No —replicó James, mirando a la consola que mostraba su último fracaso—. Estoy de acuerdo en que mi línea de razonamiento no ha funcionado.
—Entonces, ¿por qué no probamos algo diferente?
—Es lo que vamos a hacer.
—Oh, claro —bufó Ravi, cruzándose de brazos y clavando en James una mirada intensa—. Por supuesto. Casi se me olvida. Tu jugada maestra, ¿no? Con el riesgo de que nos explote en la cara. ¿De verdad crees que tu maniobra desesperada va a funcionar?
—No es desesperada.
—¿No? Entonces, ¿qué es?
—Es una elección estratégica dictada por la necesidad.
Ravi soltó una carcajada seca.
—Claro… podrías llamarlo secuestro. Ya sabes, su nombre de verdad. Pero oye, si eso te ayuda a dormir mejor por las noches, ¿quién soy yo para discutir con el todopoderoso James Ark?
—Ella nos ayudará. Cambiará las cosas.
—Eso no lo sabes —replicó Ravi, encarando a James—. Nos jugamos el pellejo, tío. Se suponía que esto era un trabajo en equipo.
—Apártate de mi vista.
Ravi apretó y relajó los puños antes de retroceder unos pasos.
—Estás asumiendo un riesgo enorme —espetó, señalando a James con el dedo—. Y cuando fracases, porque lo harás, yo mismo haré la llamada.
Ravi le dio la espalda y salió hecho una furia de la habitación.
James tragó saliva, se quitó las gafas de sol y se frotó las sienes. Ravi no lo entendía. Siempre había sido un simple soldado raso, nunca un líder. Impulsivo, orgulloso, incapaz de ver las cosas en su conjunto. Ravi no era más que una herramienta, alguien que nunca marcaría la diferencia.
—La impaciencia es la madre de la estupidez —murmuró James.
De repente, la habitación pareció encogerse a su alrededor; le costaba respirar. Ravi tenía razón en una cosa: se les estaba acabando el tiempo.
—Leah, ¿qué hora es? —preguntó, volviéndose hacia la joven.
Leah carraspeó, intentando disimular el acalorado intercambio que acababa de presenciar.
—Son las 5:40, Domine.
—Bien —dijo James volviéndose a poner las gafas de sol—, es hora de averiguar quién es el payaso de este circo.