3 Las lunas crecientes
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LAS LUNAS CRECIENTES
FILADELFIA, ACADEMIA HIPERISTA EXCELSIOR
Gladia
Gladia Egea cruzó los brazos y ensayó el discurso en su mente. Apenas prestaba atención a María Castellari —la mujer que la presentaba desde el estrado—; estaba más concentrada en los quinientos estudiantes frente al escenario, todos de pie y expectantes.
Analizó sus rostros. Eran jóvenes, algunos apenas adolescentes, pero su actitud y expresión denotaban una madurez impropia de su edad.
Aquellos cadetes eran el alma del Movimiento Hiperista y el pilar de la Infinito Argénteo.
Ellos impulsarían el sueño de Wei de construir una civilización espacial.
Y, lo más importante, eran herramientas poderosas a su disposición.
Un músculo le tembló en la cara. Tragó saliva, avergonzada de sus propios pensamientos.
¿Cuándo había sido la última vez que había aceptado a alguien, a cualquier persona, sin buscar segundas intenciones?
Quizá cuando Wei aún vivía, hacía más de una década.
Pero ahora todo había cambiado. El fin siempre justificaba los medios.
¿Cómo había llegado a esto?
Le costaba creer que hubo un tiempo en el que se consideraba a sí misma ingeniera, con objetivos relativamente modestos, como eliminar la basura espacial de la órbita baja terrestre o convencer a una junta directiva de aprobar un presupuesto.
Aquellos eran buenos tiempos. Ahora, para encajar en su nuevo papel, se había convertido en una política: siempre bajo los focos, siempre requerida en algún lugar, estrechando manos y tomando decisiones que influirían en el destino de millones de personas.
Liderazgo. La palabra sonaba mucho mejor cuando no eras tú quien tenía que decidir.
Para aquellos jóvenes hiperistas, ella representaba el único vínculo con el legado de Wei Wang.
Era, después de todo, el último vértice del Hexaedro, la única superviviente del grupo original que construyó el ascensor espacial Polaris.
Se sentía obligada a sacrificarlo todo para garantizar la supervivencia del grupo.
La incertidumbre era un lujo que no podía permitirse.
Gladia ignoró el cansancio y volvió a centrarse en los adolescentes que permanecían firmes en el pasillo, con sus uniformes plateados brillando como gemas.
Los chicos llevaban el pelo rapado, con los laterales degradados; las chicas, recogido en un apretado moño.
Los uniformes estaban impecables, planchados con una precisión milimétrica.
Cada uno llevaba un broche plateado colgado en el pecho: dos lunas crecientes entrelazadas formaban un infinito, el símbolo de los selenianos, el tercer partido hiperista más poderoso del mundo.
Los selenianos defendían que la colonización de la Luna y la explotación de sus recursos debían ser la prioridad número uno de HYPER.
Para ellos no tenía sentido centrarse en lugares tan lejanos como Marte o el cinturón de asteroides cuando la humanidad aún no tenía una presencia firme a las puertas de su propio mundo.
Eran firmes defensores de la colonización cislunar y del desarrollo de infraestructuras, y abogaban por una presencia permanente en la Luna.
Gladia desvió la mirada hacia María Castellari, que todavía se dirigía a los estudiantes. A pesar de su baja estatura y su complexión delgada, la líder de mediana edad de los selenianos rebosaba determinación por cada poro.
Gladia dirigió su mirada a la bandera de los selenianos y torció el gesto.
Un sudor frío le recorrió la frente mientras el discurso de María se convertía en un débil ruido de fondo.
Pese a todos sus esfuerzos, no podía contener el miedo al que todo líder debe enfrentarse cuando se aproxima un punto de inflexión.
El objetivo principal de Gladia siempre había sido mostrar un HYPER cohesionado, un movimiento unido bajo la bandera del Infinito Argénteo.
En cierto modo, había tenido éxito, ya que la mayoría creía que los hiperistas actuaban como un solo partido.
Pero la realidad era muy distinta. HYPER era más bien una familia disfuncional, en constante disputa sobre su próximo curso de acción.
El Plan Quinquenal de HYPER —también llamado Pentaproyecto por los analistas mediáticos— provocaría enemistades entre selenianos, geocéntricos, ascendentes y apeirones: cuatro partidos hiperistas formados en torno a diferentes ideas sobre el desarrollo espacial.
Cuatro. A Wei siempre le había gustado ese número.
En pocos días, los dos grupos más poderosos se enfrentarían por el liderazgo del movimiento.
Durante diez años, Gladia —Directora Ejecutiva de HYPER, presidenta de la Asamblea Estelar y Último vértice del Hexaedro— había sido el pegamento que evitaba que aquellas fuerzas centrífugas destrozaran el sueño de Wei.
Tenía que mantener el movimiento unido bajo una misma bandera para que este tuviera una oportunidad de sobrevivir.
Este era el verdadero motivo por el que Gladia había decidido asistir a la ceremonia de los selenianos: recordarles a aquellos jóvenes estudiantes que el Infinito Argénteo era más fuerte con todos los partidos unidos y trabajando en conjunto.
De repente, el tono de Castellari cambió, y Gladia sintió cómo una infinidad de miradas se posaban sobre ella. Apenas tuvo tiempo de salir de su ensimismamiento antes de que María terminara de presentarla.
—…y ha sacado tiempo de su apretada agenda para hablar con nosotros hoy. Por favor, demos una cálida bienvenida a Gladia Egea, Último vértice del Hexaedro y Guardiana del Infinito Argénteo por la gracia del Fundador. Que su alma baile con las estrellas.
—Que el Fundador vele por nosotros —respondieron quinientos cadetes al unísono.
María se apartó del atril mientras Gladia se levantaba de su asiento. Las dos mujeres se estrecharon la mano; después, Gladia colocó sus notas sobre el atril y asintió al tiempo que María ocupaba el asiento que había quedado vacío.
—Gracias, María, por tu cálida bienvenida y por invitarme al Hogar de las Lunas Crecientes —Gladia recorrió al público con la mirada—.
Hace ocho años, María Castellari fundó esta academia con ingenio e iniciativa.
Su objetivo era formar a jóvenes como vosotros, capaces de hacer realidad el sueño del Fundador, de crear una civilización espacial.
En este mismo momento, estudiantes geocéntricos, ascendentes y de Apeirón se están formando en escuelas y academias de todo el mundo, igual que esta.
Todos ellos forman parte de la familia hiperista.
Hizo una pausa para que sus palabras calaran y después se dirigió a la primera fila de cadetes, esbozando una sonrisa.
—El Plan Quinquenal de Desarrollo Sideral está a la vuelta de la esquina.
En solo unos días, en Stargazer, comenzará un nuevo capítulo para el Movimiento Hiperista.
Es en momentos como este cuando se pone a prueba nuestro compromiso, cuando debemos anteponer la unidad a nuestras diferencias.
Wei Wang creía que la diversidad de opiniones era esencial para el progreso.
Unidos dominaremos; divididos caeremos. ¡Del polvo de estrellas al polvo de estrellas!
—¡Del polvo de estrellas al polvo de estrellas! —respondieron quinientas voces.
Los aplausos acompañaron las palabras de Gladia mientras ella continuaba con su discurso de unidad y respeto mutuo. Sin embargo, no pudo evitar percibir la leve mueca de María Castellari. Con una expresión amarga enmascarada tras una sonrisa forzada, no parecía compartir el entusiasmo general.
∞∞∞
Los cadetes salieron del enorme salón siguiendo un orden escrupuloso, dejando a Gladia y María solas en el escenario.
—Un discurso excelente—dijo, sonriendo educadamente mientras se alisaba la parte delantera de su camisa—. Gracias por sacar tiempo para venir.
—No hay de qué —respondió Gladia mientras guardaba sus notas en el maletín—. Estos chicos son el futuro de HYPER. Estás haciendo un trabajazo con ellos.
—Gracias —María le dedicó un gesto amable, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. Debes de tener la agenda a tope con el Pentaproyecto en el horizonte.
—Ya sabes —dijo Gladia encogiéndose de hombros—, mi asistente es un genio metiendo citas de última hora con calzador en mi agenda. Arthur se asegura de que nadie me pegue un tiro cuando asisto a ellas. Otro día más en la oficina, supongo.
—Ya, me lo imaginaba —respondió María, jugueteando con su pelo rizado—. Mira, voy a dejarme de rodeos y preguntarte directamente.
Gladia frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
María se cruzó de brazos.
—¿Crees que el trepa puede ganar?
—Madre mía, María —exclamó Gladia echando la cabeza hacia atrás y frunciendo aún más el ceño—. Más directa no has podido ser. Quiero decir, podrías haber sido un poco más sutil.
Esta esbozó una sonrisa radiante.
—Es difícil serlo cuando eres tan escurridiza como una anguila y no respondes a mis llamadas.
—¿Así que de esto iba la cosa? —inquirió Gladia, haciendo un gesto hacia el entorno—. ¿De usar a estos chicos como excusa para llegar a mí?
María se llevó la mano al pecho, de manera teatral.
—Dicho así suena a desesperado.
—Lo es. Y ya sabes mi respuesta.
María alzó las palmas de las manos en un gesto de rendición.
—Venga, hazme el favor.
Gladia suspiró.
—Sin comentarios. Esa es mi respuesta.
—Anda, venga ya… —María puso los ojos en blanco—. No me vengas con esas. Seguro que tienes una idea.
— Ni siquiera sé por qué estamos teniendo esta conversación. Soy una figura imparcial, no tengo una postura pública sobre Tolomeo ni sobre ningún otro líder de partido, de la misma manera que no tengo una opinión sobre qué flores quedan mejor en un ramo.
—Pero sí que tienes una —María colocó las manos en sus caderas—. Y tiene mucho peso.
Había un deje de hostilidad en su tono que molestó a Gladia.
—¿A dónde quieres llegar?
—A lo siguiente: acariciar a una serpiente venenosa no es lo más inteligente si quieres llegar a vieja.
Gladia apretujó sus últimos apuntes en el maletín.
—¿Estás comparando a Tolomeo con una serpiente?
—Joder, sí —María apretó los labios—. Ese cabrón rastrero no es uno de los nuestros. Nunca lo será.
—¡Ya está bien!
María titubeó, con las mejillas y el cuello sonrojados.
—Escúchame —Gladia cerró el maletín con un clic seco—, Tolomeo es un creyente en la causa. Es alguien que nunca me ha acorralado para echar mierda de otros hiperistas. Ni una sola vez.
María apartó la mirada, como si estuviera avergonzada.
—Mira, lo siento. Solo digo que… me preocupan sus intenciones…
respecto a HYPER —pronunció la última palabra un poco tarde, sonando como si no la tomara en serio—.
Tolomeo es astuto. Nadie sabe cómo consiguió que los Ascendentes lo eligieran.
No es uno de los nuestros. Cualquier hiperista que se precie sabría…
—Tonterías —sentenció Gladia con un tono que no admitía discusión—.
Tolomeo ha dirigido el infinito durante una década.
No es menos hiperista que yo. Ha demostrado su lealtad, nos ha ayudado a recuperar media docena de países de los terristas.
Si quieres darme una lección sobre su pasado, estás perdiendo el tiempo.
No comparto la opinión que Penélope y tú tenéis. Fin de la historia.
María hizo ademán de responder, pero se calló. Parecía debatirse internamente. Gladia sabía por qué: los selenianos habían apoyado públicamente a los geocéntricos para contrarrestar a los ascendentes de Tolomeo. María había puesto su reputación en juego y evaluaba si le saldría bien la apuesta.
—¿De verdad crees que ese hombre está al servicio del Movimiento Hiperista? —María sonaba genuinamente ansiosa por conocer la respuesta.
Gladia resopló.
—Mira, ¿que si tiene sus propios intereses?
Claro que sí, como cualquier persona ambiciosa.
¿Debería hacérselas pasar canutas solo porque hace diez años era el mejor amigo de Woodside?
Así no es como funcionamos. Creemos en las segundas oportunidades.
Dicho esto, no me corresponde a mí tomar partido.
Yo soy la balanza, María. No decido cuánto peso se pone en mis platos; me limito a sostenerlos.
María la miró fijamente, sin pestañear.
—¿Incluso si el peso parte la balanza en dos?
A Gladia se le dilataron las fosas nasales. Entornó los ojos y dio un paso hacia la otra mujer.
—¿Eso ha sido una amenaza?
Al retroceder, María se clavó el codo en el costado.
—No —respondió bajando la mirada, con la cara pálida como la cera—. Por supuesto que no. Solo… estaba preguntando. Eso es todo. No pretendía faltarte al respeto.
Gladia hizo un breve gesto de asentimiento.
—Déjame darte un consejo. Puedo ser amable, puedo ser indulgente, pero dame una razón para pensar que estás socavando mi autoridad, y te juro que Tolomeo será el menor de tus problemas. ¿Está claro?
La postura de María se tensó, pero asintió.
—Entendido.
—Bien —Gladia cogió su maletín y se dispuso a marcharse.
—¿Puedo hacerte una pregunta técnica?
Gladia se detuvo y se volvió hacia María.
—¿De qué se trata?
—Esta… eh… flota espacial que Tolomeo tiene en mente… estos catalabáns.
—¿Qué pasa con ellos?
—Bueno, suenan a tonterías de ciencia ficción muy rebuscadas. No tenemos la tecnología ni la infraestructura para construir un mercado rentable de minería de asteroides, y mucho menos una economía espacial. Aún no hemos llegado a ese punto.
—No me corresponde a mí decidir eso —respondió Gladia, tamborileando un dedo sobre el maletín—. Para eso está la Clave.
—Vale, lo entiendo. Pero, ¿qué piensa usted?
—Creo que es un plan osado, pero también lo era Polaris cuando Wei lo propuso. Dos años después, teníamos un ascensor espacial funcionando a la perfección. Ya sabes lo que él solía decir sobre las cosas imposibles. ¿O lo has olvidado?
María asintió.
—¿Entonces crees que las naves de Tolomeo podrían funcionar?
—No importa lo que yo crea. Importa lo que sé.
María arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—El Consejo Ejecutivo ha evaluado el proyecto de Tolomeo, y el Comité le ha dado luz verde. Eso es todo lo que necesito saber.
—¿Y qué hay de las preguntas sobre la financiación que pasó por alto? —preguntó María, mordiéndose el labio—. Eso huele peor que una alcantarilla.
—Mira, María. Se decidirá mediante votación si los catalabáns de Tolomeo o el ascensor espacial de Penélope ganan el Pentaproyecto. Dejemos que la historia siga su curso.
—Pero…
Gladia pasó de largo.
—Nos vemos en Stargazer.
Mientras abandonaba airadamente el edificio, un escalofrío le recorrió la espalda.
Si necesitaba alguna prueba de que la lucha de poder había comenzado, el discurso de María lo era.
El Movimiento Hiperista estaba pasando por momentos difíciles, siendo zarandeado y exprimido desde varias direcciones, y Gladia era la única capaz de mantenerlo unido.
No podía permitirse bajar la guardia ni un instante.