Capítulo 37
El portón se abrió solo, como el primer día.
Eran las siete menos diez de un sábado. El cielo sobre el Vesubio se estaba volviendo rosa, y la bahía, abajo, todavía tenía encendidas las luces de la noche, que se apagaban una a una.
Riccardo subía despacio por la rampa de piedra, con una mano en el volante y la otra en la mano de ella, sobre la palanca de cambios, desde Fuorigrotta.
Casi no habían dormido. Ella lo sentía en el cuerpo entero, y no le importaba.
Él detuvo el auto en el patio. Apagó el motor. Se quedaron un segundo sentados, los dos, con los ojos en la fachada. En la ventana del segundo piso, donde una luz amarilla, débil, seguía encendida.
—Dejó la lámpara —dijo Chiara.
—La deja todas las noches. Desde que yo la encendí.
Ella se volvió hacia él. Tenía otra vez la barba sin afeitar, los ojos cansados, la camisa de la víspera arrugada por una cama demasiado estrecha. Ella le puso la mano en la cara, y él apoyó la cara en su mano y cerró los ojos, como ella había hecho una vez en la terraza de las columnas.
—Ve —dijo él, bajo—. Yo me quedo aquí abajo.
—¿No vienes?
—Es de ella. —Abrió los ojos—. Deja que ella te lo cuente.
*
Assunta estaba en la puerta de la cocina con el delantal atado y una cuchara de madera en la mano. Vio a Chiara cruzar el vestíbulo. No dijo nada. Se persignó, despacio, esta vez de alegría, y volvió a los fogones.
Olía a pan dulce de domingo en un sábado.
Chiara subió la escalera sin prisa, porque la prisa asustaba.
El pasillo de arriba estaba como siempre. La alfombra. La pared fría. El lugar exacto donde un hombre se había sentado todas las noches durante cinco meses, y donde ella se había sentado una sola noche, y lo había descubierto.
La puerta de Nina estaba abierta dos palmos.
Chiara se detuvo en la rendija. No entró.
La niña estaba sentada en la alfombra, en medio del cuarto, en pijama, con la espalda apoyada en la cama.
Orso estaba echado entero en su regazo, o intentándolo, treinta kilos de perro dorado desparramados encima de una niña de siete años, con la cabeza en su hombro y las patas traseras fuera de la alfombra.
Nina tenía los dos brazos alrededor de su cuello.
La lámpara de luna seguía encendida, cada vez más débil contra la luz de la mañana que entraba por la ventana.
Y, en el pelo rubio, torcido, encima de la oreja izquierda, un pasador de carey con una margarita desportillada.
Nina levantó los ojos.
Vio a Chiara en la puerta.
No corrió. No se escondió. No miró al perro para ver qué hacer. Se quedó mirándola, de frente, con esos ojos claros, un largo rato.
Chiara no se movió. Había pasado cinco semanas esperando en la puerta de las cosas. Sabía esperar.
—Chiara.
Una palabra. Su nombre. Dicho directamente a ella, con la voz ronca y pequeña de una niña que había vuelto a aprender, hacía poco, cuánto espacio ocupa una palabra en la boca.
Sin pasar por el perro.
Chiara se agarró del marco de la puerta.
Las lágrimas llegaron y se quedaron en los ojos, sin caer. Ella se quedó muy quieta, con la mano en la madera, como se había quedado pegada a un muro de piedra la primera noche, detrás de una portezuela, escuchando una voz que creía que era el viento.
Cinco semanas. De la portezuela de la perrera hasta esa puerta. De la voz en la oscuridad, dicha a un perro, a su nombre, dicho a ella.
—Hola, Nina —dijo. Bajo. Como se le habla a un animal asustado que ha decidido no huir.
La niña dio un golpecito con la mano en la alfombra, a su lado. Uno. Una invitación.
Chiara entró. Despacio. Cruzó el cuarto como Orso había cruzado la terraza de los limoneros el primer día, de lado, como quien solo está de paso. Se sentó en la alfombra, junto a la niña, con la espalda también apoyada en la cama. No la tocó. Dejó un palmo entre las dos.
Orso levantó la cabeza del hombro de Nina, miró a Chiara, golpeó el suelo dos veces con la cola, y volvió a echarse, satisfecho, como si todo estuviera por fin en su lugar.
Se quedaron las tres ahí un rato. La mujer, la niña, el perro. La luz de la mañana subiendo por la alfombra.
—El tío fue a buscarte —dijo Nina.
No era una pregunta.
—Sí.
—Yo lo mandé.
—Lo sé. Me lo contó.
Nina lo pensó, con el ceño fruncido, los dedos hundidos en el pelaje del perro.
—Te vas a quedar —dijo.
Tampoco era una pregunta. Chiara entendió, de pronto, con algo caliente subiéndole por el pecho, lo que él había querido decir.
Deja que ella te lo cuente. La niña no le estaba preguntando si se iba a quedar.
Se lo estaba contando. Le estaba diciendo cómo iban a ser las cosas, con su propia voz, en su propia casa.
—Sí —dijo Chiara.
Nina asintió, una vez, como quien confirma algo que estaba decidido desde hacía mucho tiempo.
Después se quedó callada. Miró al perro. Miró la ventana, donde el sol empezaba a dar en los limoneros, abajo. Se miró las manos en el pelaje dorado.
Y entonces se volvió hacia Chiara. Entera. El cuerpo, los ojos, la boca. Sin el perro de por medio.
—Yo le contaba todo a Orso —dijo—. Todo. El cuarto que se mecía. El barco. El hombre. Se lo contaba de noche, al oído, porque él no se lo cuenta a nadie.
—Lo sé —dijo Chiara, bajo.
—Tú escuchabas.
Chiara no mintió. No iba a mentir nunca más, a ninguno de los dos.
—Escuchaba.
Nina se quedó mirándola. No había rabia en su cara. Había algo que Chiara conocía de los pasillos del hospital, de los niños que deciden, un día, sin avisar, que un adulto es seguro.
La niña sacó una mano del pelaje del perro. La puso en la alfombra, en el palmo que Chiara había dejado entre las dos. Después, despacio, la empujó hasta tocar la de ella. Los dedos fríos. No se apartó.
—Ya no necesito contárselo a Orso —dijo Nina.
La voz le tembló un poco. No la dejó temblar más.
—¿Te lo puedo contar a ti?
Chiara giró la mano hacia arriba, por debajo de la de ella, hasta que las palmas se encontraron.
—Puedes.