Capítulo 36
La llave nueva estaba tibia de la mano de él cuando ella la tomó.
Chiara cerró los dedos alrededor del latón y se quedó así, de rodillas en el suelo, entre las cajas, con la libreta azul en el regazo y el hombre arrodillado frente a ella.
Después le tomó la muñeca izquierda con la otra mano.
La giró hacia arriba. Apretó los dedos sobre las venas, como en el vestíbulo, como una niña en un cuarto a oscuras.
Latía rápido. Muy rápido.
—Va corriendo —dijo ella.
—Va así desde la escalera.
Ella se quedó mirándose las manos. Una con la llave, la otra en la muñeca de él. Después levantó los ojos.
—Lo descubrí en la alfombra —dijo—. La noche del cobertizo. En el pasillo, en el lugar donde tú te sientas. A las nueve y cuarto. Estaba contando tus minutos, y me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo que ella. Y lo supe.
Él no se movió.
—Tú lo dijiste en el cuartel. Yo no dije nada. Te pedí que me llevaras a casa, y me llevaste, y me pasé una semana entera sin decirlo. —La voz le falló. Ella la dejó fallar—. Te amo, Riccardo. Desde la alfombra. Quizá desde antes. Desde el muro, con el arma. Desde la primera fila.
Él cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, no dijo nada. Le apartó la mano de su muñeca, despacio, y se llevó la palma de ella a la boca. Apoyó los labios en el centro de la mano, donde la llave de hierro había dejado la marca de la argolla durante toda la tarde. Se quedó así.
Abajo, en el segundo piso, una puerta se abrió dos dedos y volvió a cerrarse con dos vueltas.
Chiara se rio. Una risa húmeda, corta, que se le quebró a la mitad.
—La vecina —dijo.
—Lo sé. Me vio subir.
—Le va a contar a todo el edificio que un hombre de traje se arrodilló en el suelo del tercer piso.
—Que lo cuente.
Él se levantó, fue hasta la puerta abierta y la cerró. Dos vueltas a la llave de adentro. Volvió y se arrodilló otra vez entre las cajas.
Chiara abrió la mano y miró la llave nueva. Latón claro, dientes recién cortados, todavía con la limadura del cerrajero pegada en los bordes. Ninguna argolla de cuero. Ningún horario de cena al lado.
—Todavía está áspera —dijo ella.
—El hombre dijo que se suaviza con el uso. —Él le pasó el pulgar por los dientes de la llave, sobre la palma de ella—. Hay que girarla muchas veces.
Ella cerró los dedos alrededor de la llave y de los dedos de él a la vez.
Y entonces la besó.
*
No fue como ninguna de las otras veces.
No había rabia, como en la biblioteca. No había el hambre de la noche del cuartel, contra la puerta del armario. No había la sombra, la que ella llevaba detrás de los dientes desde la primera semana y que él había sentido todas las noches sin saber su nombre.
No había nada en medio.
Él la besó despacio, de rodillas en el suelo, entre las cajas, con las dos manos en su cara, y ella sintió que él besaba como quien lee. Una cosa a la vez. La boca, la comisura de la boca, la mejilla mojada.
Ella se inclinó hacia él y dejó que el cuerpo hiciera lo que quería hacer desde hacía cinco semanas, desde un portón de hierro y una frase sobre un perro en un auto.
Fue ella la que se levantó primero. Le tomó la mano y tiró de él.
*
El apartamento era demasiado pequeño para él. Chiara lo vio cuando él se puso de pie: el hombre que cruzaba una villa de tres pisos como quien recorre su propio cuerpo, quieto en medio de un cuarto con una cama individual, una cocina del tamaño de un armario y una ventana que daba a una pared.
Él miró la pared por la ventana.
—Dormiste aquí cinco noches —dijo.
—Cuatro. La primera no dormí.
Él se volvió hacia ella. Y ella le vio en los ojos algo que nunca había visto, ni en la terraza, ni en el muro, ni en el auto a ciento treinta que él le había descrito. No era deseo. El deseo estaba ahí, entero, ella lo veía.
Era otra cosa por encima. Ternura. La de un hombre que nunca había tenido permiso para ser tierno con nadie, salvo, a escondidas, con un cachorro de cane corso detrás de una reja.
Chiara le desabrochó la camisa. Un botón a la vez. Él la dejó.
Le apoyó la palma abierta en el pecho, en la cicatriz de la costilla, y sintió los bordes fruncidos bajo los dedos. Él puso la mano encima de la de ella, como en el garaje, con el corazón latiendo bajo las dos.
—Puedes decir que no —dijo él, bajo—. En cualquier momento.
—Lo sé. —Ella sonrió—. No lo voy a decir.
Él le soltó el elástico del pelo. El pelo le cayó sobre los hombros, y él hundió la mano ahí, en la nuca, como había hecho en la biblioteca, y esta vez no había estantería ni libros cayendo.
Solo la cama estrecha, que crujió cuando los dos se sentaron, y la luz amarilla de la única lámpara, y el ruido de Fuorigrotta afuera, lejos, una moto, un televisor, el perro de algún vecino.
Él la miró mucho tiempo antes de tocarla. Como quien memoriza. El cuello, la línea del hombro donde la sudadera se le había resbalado, la boca todavía roja del beso entre las cajas.
Ella sintió su mirada en la piel como si fuera la mano, y después vino la mano, abierta, caliente, en la curva de la cintura, por debajo de la tela, y ella contuvo la respiración.
—Una semana —dijo él, contra su boca—. Saliendo de madrugada por el pasillo de la otra ala.
—Se acabó.
—Se acabó.
Lo demás fue despacio.
Fue la boca de él en su garganta, despacio, en el lugar donde la voz le había temblado.
Después en la clavícula, donde su antebrazo la había sujetado contra un muro la primera semana.
Después más abajo, sin prisa, mientras sus manos le quitaban la sudadera, el pantalón, todo, prenda por prenda, y lo tiraban al suelo entre las cajas.
La acostó en la cama estrecha y se quedó mirándola. Ella lo dejó. No tiró de la sábana, no cruzó los brazos. Dejó que él mirara su cuerpo entero bajo la luz amarilla, sin nada escondido. Ni en la piel, ni detrás de los dientes.
Cuando él se puso encima, ella lo recibió con todo el cuerpo. Los brazos, las piernas, la boca. Le puso las manos en las caderas y lo hizo entrar en ella despacio, a su ritmo, y él la dejó. Por primera vez, la dejó llevar.
—Quédate —dijo ella, cuando lo tuvo entero dentro—. No te muevas. Solo quédate.
Él se quedó. La frente contra la de ella, inmóvil, los dos sin poder respirar bien. Ella sentía el corazón de él golpeándole el pecho y, más abajo, su cuerpo dentro del de ella, caliente, al mismo compás. Nunca había sentido a un hombre tan entero. Nunca había estado ella tan entera.
Después movió las caderas, una vez, y él gimió bajo contra su boca, y empezó.
La mano de ella abierta en su espalda, los músculos moviéndose bajo la palma. La cama demasiado estrecha, que los obligaba a estar pegados, sin espacio para nada más, ni siquiera para una sombra.
No había ninguna. Por primera vez, ninguna.
Ninguna libreta en el cajón. Ningún caramelo entre la tapa y la primera página. Ningún mañana. Solo él, entero, y ella, entera, y la certeza nueva, extraña, casi aterradora, de no estar escondiéndole nada a nadie.
En algún momento ella dijo te amo otra vez, contra su hombro, sin pensarlo. Él se detuvo. Levantó la cabeza para mirarla bajo la luz amarilla, como quien comprueba si ha oído bien.
Ella lo dijo otra vez, con los ojos en los de él. Para que estuviera seguro.
Ella llegó con el nombre de él en la boca y las piernas enlazadas a su alrededor, y él llegó justo después, con la boca en su pelo y el nombre de ella dicho hasta quedarse sin aire.
Después no dijeron nada durante mucho tiempo.
Cuando la respiración de los dos volvió a la normalidad, la cama estrecha crujió fuerte, de una manera ridícula, y un pie de él golpeó la pared.
Él se rio.
Una risa de verdad, baja, contra el pelo de ella, que le sacudió el pecho bajo la cara de ella.
Nunca lo había oído reír así, entero, fuerte.
En cinco semanas, nunca. El hombre que mandaba romper dedos por teléfono se estaba riendo de un pie que golpeaba la pared de un cuarto prestado en Fuorigrotta, y el sonido era más nuevo que él.
Ella se quedó quieta, con la oreja pegada a él, solo para oír cuánto duraba.
*
Más tarde, él estaba acostado de espaldas en la cama estrecha, con los pies fuera del colchón, y ella estaba acostada encima de él, porque no había otra manera de que cupieran los dos. La cabeza en su pecho. La oreja sobre el corazón.
Ya latía despacio.
—Va más lento —dijo ella.
—Sí. —La mano de él le recorría el pelo, de arriba abajo, despacio—. Hace cinco meses que no sé lo que es esto.
Ella sonrió contra su piel.
—Sabes lo que es esa casa —dijo él, después de un rato. No era una pregunta—. Los hombres. Ciro. El puerto. El teléfono que suena de madrugada. No me voy a convertir en otra cosa, Chiara. Solo voy a dejar de hacer algunas.
—Sé lo que es esa casa. —Ella levantó la cabeza—. Las argollas de la perrera. Los doce hombres. La voz del teléfono. Y la alfombra del pasillo, y la mano abierta en el portón verde de la escuela.
Él esperó.
—Elijo las dos cosas —dijo ella—. Ya las elegí una vez, en tu cama, sin saberlo todo. Ahora lo sé todo. Y las vuelvo a elegir.
La ventana daba a la pared, pero por encima de la pared, en un pedazo de cielo del tamaño de una mano, se veía una estrella. Una sola. Ella nunca se había fijado en esa estrella en las cuatro noches que había dormido ahí.
—Nina me mandó venir —dijo él—. Lo sabes.
—Me lo dijiste en la puerta.
Ella se quedó escuchando su corazón. Lento. Firme.
—Orso se va a hacer viejo —dijo él, de la nada, con los ojos en la estrella—. Tiene seis años.
—Siete en marzo.
—Entonces conseguimos otro. Un cachorro. —Hizo una pausa—. Y yo le pongo el nombre. El primer día. En voz alta, delante de todo el mundo, en medio del jardín.
Chiara se quedó muy quieta encima de él. Pensó en un niño de ocho años, en una reja, en un nombre dicho solo cuando no había nadie cerca.
—¿Qué nombre? —preguntó, bajo.
—Todavía no lo sé. —La mano de él volvió a recorrerle el pelo—. Nina lo elige. Yo solo lo digo en voz alta.
Chiara levantó la cabeza de su pecho y apoyó la barbilla en las manos, para mirarlo.
—Me fui —dijo—. Ella corrió detrás del auto, por el césped, sin hacer ningún ruido. La vi por el retrovisor. Y no me detuve.
Él no dijo nada. La dejó terminar.
—¿Y si no quiere, Riccardo? ¿Y si mañana entro en ese cuarto y ella vuelve la cara hacia la pared, como hacía contigo?
Él la miró bajo la luz amarilla, con la mano quieta en su pelo, y ella vio que él sabía algo que ella todavía no sabía.
—Me mandó venir aquí. Con esas palabras. Sin ningún perro de por medio.
—Lo sé. Pero necesito preguntárselo. Necesito oírla decir que...
Riccardo sonrió. No la casi sonrisa del pasillo. No la primera sonrisa entera del vestíbulo, que parecía una puerta que nadie abría desde hacía mucho tiempo. Otra. Una que ella todavía no conocía, y que iba a pasarse el resto de la vida aprendiendo.
Le pasó el pulgar despacio por la mejilla.
—No le preguntes nada —dijo—. Deja que ella te lo cuente.