Capítulo 35
La llave pesaba más de lo que debía.
Riccardo la tuvo en la mano toda la tarde.
En el auto, de vuelta del juzgado, con Nina dormida en el asiento de atrás apoyada en el perro.
En el almuerzo, con Adele sentada a la mesa larga por primera vez en catorce meses, con los guantes en el regazo, sin saber dónde poner las manos.
En el despacho, después, solo, con la pared de vidrio y el mar.
Hierro antiguo. La argolla de cuero gastado. La llave de la puerta de la cocina, la de los dos cerrojos, que Assunta le había puesto en la mano a una desconocida el primer día.
El contrato terminó ayer.
Esa mañana lo había ganado todo. La custodia. La adopción.
La niña le había dicho a un juez dónde quería vivir, con su propia voz, sin ningún perro de por medio. Tenía todo lo que les había pedido a Dios y a los abogados durante catorce meses.
Y estaba sentado en un despacho vacío, con una llave en la mano.
*
En el almuerzo, Adele había comido poco y mirado mucho.
A su nieta, con el perro echado a sus pies, que se comía la pasta entera. A Assunta, que servía y fingía no llorar. A la silla vacía del otro lado de la mesa, dos lugares más allá, donde nadie había puesto plato.
—La muchacha del rincón —dijo Adele, por fin, con el tenedor quieto—. La guía.
Riccardo levantó los ojos.
—Lloró durante toda la entrevista sin levantar la cabeza —siguió la vieja—. El juez me lo contó en el pasillo. Dijo que nunca había visto a una testigo llorar callada de esa manera.
—Había prometido no mirar.
Adele dejó el tenedor.
—Giulia tardó ocho meses en contarme que se iba a casar con tu hermano. Ocho meses. Me enteré por una vecina. —Se pasó la servilleta por los labios, despacio—. No dejes a esa muchacha esperando ocho meses, Riccardo. Espera demasiado bien. Eso es un defecto.
*
A las seis de la tarde, detuvo el auto en una calle estrecha de Chiaia, frente a una puertita con una llave pintada en el letrero.
El cerrajero era un viejo con delantal de cuero que lo reconoció antes de que abriera la boca y se puso pálido.
—Don Riccardo.
—Una copia —dijo Riccardo, y dejó sobre el mostrador la llave de la puerta principal de la villa, la suya, la que no había salido de su bolsillo en veinte años—. Solo una.
El viejo trabajó en silencio, con las manos temblándole un poco. La máquina chirrió. Cuando terminó, sopló el polvo de latón y le tendió la llave nueva en la palma, con cuidado, como quien entrega algo que puede explotar.
Riccardo pagó el doble. El viejo no entendió por qué, y él no se lo explicó.
*
A las ocho de la noche, subió al cuarto de Nina.
Ella estaba sentada en la cama, en pijama, con la lámpara de luna encendida y el perro echado de través a sus pies. No dormía. Miraba la puerta.
Él entró. Ella lo dejó. Se sentó en el borde de la cama, y ella también lo dejó.
Sacó del bolsillo de la chaqueta la bolsita de plástico. La abrió. Se puso en la palma el pasador de carey, con la margarita de esmalte blanco, desportillada en un pétalo.
Nina se quedó inmóvil.
Miró el pasador mucho tiempo. Después estiró la mano, despacio, y lo tomó. Lo giró bajo la luz amarilla de la lámpara. Pasó el dedo por el pétalo desportillado, una vez, como quien comprueba algo que conoce de memoria.
—Era de mamá —dijo.
—Sí.
Se lo puso en el pelo ella sola. Torcido, encima de la oreja, del lado izquierdo. No lo dejó ayudarla. Él no lo intentó.
Después lo miró con el pasador en el pelo y la cara de una niña de siete años que acababa de recuperar algo que había perdido en un lugar que se mecía.
—Tío. —Apretó el pelaje del perro—. ¿Dónde está Chiara?
—Fue a Fuorigrotta. A devolver el apartamento de la muchacha del hospital. —Él miró la llave en su propia mano—. Y me devolvió esto.
Nina lo pensó con el ceño fruncido.
—Por la cocina no vuelve —dijo, por fin. No era una pregunta.
Riccardo se quedó mirando a su sobrina.
—Ve a buscarla —dijo Nina. Bajo, directo, sin perro, sin nadie de por medio—. Tú no esperas.
*
Cinco semanas antes, una mujer había bajado de un auto viejo delante de su portón y había oído el perro se queda en el auto. Había respondido entonces yo también me quedo. Y se había quedado. En el muro, en la alfombra, en el pasillo, en el garaje, en el suelo de tablas de un cuarto que se mecía.
Él nunca había ido a buscar a nadie a ninguna parte. La gente venía hasta su portón.
La puerta del tercer piso estaba abierta.
Riccardo subió los escalones de piedra gastada a las diez y veinte, con el olor a salsa de tomate y a perro de algún vecino, y la encontró así: abierta de par en par, con la luz amarilla de una sola lámpara saliendo al rellano.
En el segundo piso, una vieja había abierto la puerta dos dedos para verlo pasar y la había cerrado con dos vueltas de llave.
Chiara estaba sentada en el suelo del cuarto, entre tres cajas de cartón, de espaldas a la cama individual, con un rollo de cinta adhesiva en el regazo. La ventana daba a una pared.
Levantó los ojos cuando él se detuvo en la puerta. No se levantó.
—La enfermera vuelve mañana —dijo—. Tenía que dejar la casa como la encontré.
—Lo sé. Assunta me lo contó.
—Y Nina te mandó.
—Con esas palabras. —Él no entró. Se quedó en el umbral, donde siempre se quedaba—. Ve a buscarla. Tú no esperas.
Chiara se rio, una risa corta que se le quebró a la mitad, y bajó los ojos hacia la cinta adhesiva.
Entonces él entró. Cruzó el cuarto, demasiado pequeño para él, entre las cajas, y se arrodilló en el suelo frente a ella, a la altura de sus ojos, como se arrodillaba ante la niña.
Sacó la llave del bolsillo. La de hierro antiguo, con la argolla de cuero.
—Tienes razón —dijo—. Esta es de empleada.
Dejó la llave en el suelo, entre los dos, encima del cartón.
Después sacó del bolsillo interior de la chaqueta la libreta azul. Gastada en las esquinas, con la tapa arrugada por una semana en un cajón cerrado con llave.
—Y esto es tuyo —dijo—. Nunca fue mío. Ni las fechas, ni las distancias.
Ella tomó la libreta con las dos manos y la apretó contra el pecho, como la había apretado en el muro, la primera semana, con un arma a un palmo.
Después él sacó otra del bolsillo. Más pequeña. Nueva, de latón, todavía brillante, con el corte limpio de algo recién salido de la máquina de un cerrajero de Chiaia a las seis de la tarde.
—Esta es de la puerta principal.
Chiara se quedó mirando la llave nueva en la palma de él. No la tomó.
—Te pedí que prepararas a la niña —dijo él—. Te pedí que te fueras de mi casa. Te pedí que entraras donde yo no podía, y esta mañana te pedí que te sentaras en un rincón y te quedaras callada. Todo por ella. —Respiró—. Nunca te pedí nada por mí.
Ella levantó los ojos.
—Así que te lo voy a pedir ahora. No como terapeuta.
No como guía. No por Nina, aunque ella me haya mandado aquí.
—La voz le bajó—. Vive conmigo, Chiara. En mi casa.
En mi cama, sin irte de madrugada por el pasillo de la otra ala.
En la mesa larga, en el lugar donde Assunta puso tu plato el primer día.
No por ocho semanas. No hasta la audiencia.
Silencio. En el edificio, alguien encendió un televisor. Una moto pasó por la calle.
—Leíste mi libreta a las cuatro de la mañana —dijo ella, despacio—. Sin preguntarme. Y la dejaste abierta sobre la cómoda, con el caramelo encima, para que me despertara sola. Ordenada. Como una prueba.
—Sí.
—Nunca te dije lo que me hizo eso.
—Entonces dímelo.
Ella se quedó callada un rato, con la cinta adhesiva quieta en las manos.
—Me desperté en tu cama y pensé que los había perdido a los dos. A ti y a ella. En la misma mañana. Por algo que hice para protegerlos a los dos.
—Perdóname —dijo él. No era una palabra que supiera decir. La dijo de todas formas, de rodillas en el suelo de una enfermera de vacaciones—. Por eso. Por haberlo dejado ordenado como una prueba, en vez de despertarte.
Ella lo miró mucho tiempo. Después miró la llave nueva, en la palma abierta de él, sobre las líneas de la mano.
Soltó la cinta adhesiva en el suelo.
Y tendió la mano.