Capítulo 34
Chiara esperó en el banco de la plaza frente al Centro Direzionale desde las ocho y media, lejos de la entrada, con las manos en el regazo y nada que sostener.
No debería estar ahí. La abogada había sido clara: ni en el edificio, ni en la acera.
Chiara se había pasado la semana entera dentro de la villa, sin contestar el teléfono, sin bajar al portón.
Había dormido seis noches en la cama de él, de sábado a jueves, y había salido por la mañana por el pasillo de la otra ala antes de que Nina se despertara.
De día, se quedaba cerca. Nina lo permitía.
Se sentaba a tres metros de ella en la terraza de los limoneros, con Orso en medio, y a veces la mano pequeña tocaba el collar del mismo lado que la suya.
Pero en seis días la niña no le había dicho una palabra a Chiara.
Ni una. Hablaba con su tío por la rendija de la puerta.
Hablaba con el perro. A Chiara, solo la miraba.
Pero no había podido quedarse en Posillipo, sentada en la cocina, mientras una niña de siete años entraba sola en una sala para decidir dónde iba a vivir. Había tomado el auto viejo a las siete, sin avisarle a nadie, y lo había estacionado a tres calles.
El jueves, un mensajero había entregado en la villa un sobre con el membrete del bufete de la abogada. La rescisión del contrato, con efecto a partir de ese día. Firmada. Sin ninguna sombra, había dicho la abogada. Chiara lo había leído dos veces y lo había doblado en cuatro.
A las nueve y cuarto, el auto de él se detuvo junto a la acera al otro lado de la plaza.
Assunta bajó primero, con Nina de la mano. La niña con vestido azul, el pelo suelto. Y, justo detrás, con la correa enganchada al collar nuevo, un golden retriever que miró alrededor, olfateó el aire de la plaza, y se detuvo.
Orso la vio antes que nadie. No sabía que ella había venido. Nadie lo sabía.
Chiara vio que las orejas se le levantaban de golpe. Vio que la cola empezaba a moverse, despacio, después no tan despacio. Vio a Assunta sujetar la correa con las dos manos y decirle algo, y al perro sentarse, contra su voluntad, con los ojos clavados en el banco.
Nina siguió la mirada del perro. Encontró a Chiara.
No corrió. Se quedó quieta en la acera, con la mano en la mano de Assunta, y miró. Y Chiara, desde el banco, no se movió, porque le había prometido a la abogada que nadie del juzgado la vería cerca de esa niña.
Assunta llevó a Nina adentro. Orso fue, girando la cabeza hacia atrás cada tres pasos.
Riccardo se quedó.
*
Cruzó la plaza solo, de traje oscuro. No el traje de entierro. Otro. Se detuvo delante del banco, de pie, con las manos en los bolsillos.
Ella no se levantó.
Estaban a medio metro. Él se había afeitado, tenía ojeras hondas bajo los ojos, y ella vio que el cuello se le movía al tragar. La cicatriz de la ceja. La boca.
Seis noches con esa boca en su cuello, y su cuerpo lo recordó todo de golpe, sin pedir permiso, en una plaza llena de abogados.
—El juez aceptó al perro —dijo él.
Ella sintió que el corazón le hacía algo raro.
—¿Lo aceptó?
—Hoy, a las ocho. La abogada llamó desde el auto. —Sacó las manos de los bolsillos—. Con una condición. Un perro de terapia solo entra en la sala con la guía certificada. La que firmó el certificado. La que trabaja con él desde hace cuatro años.
Chiara se quedó mirándolo.
—La abogada dijo que si el juez me veía en el edificio...
—La abogada dijo que la terapeuta no puede. El juez pidió a la guía. —Se agachó frente a ella, a la altura de sus ojos, como se agachaba ante la niña—. La guía sí puede. Se sienta en el rincón, sostiene la correa y no dice nada. El juez lo escribió en la providencia. Con esas palabras.
—¿Y tú quieres que yo...?
—No. —Respiró—. Te lo estoy pidiendo.
Chiara abrió la boca y no le salió nada.
En el patio del cuartel, él le había pedido que volviera a casa. Ahora le pedía otra cosa, delante de un juzgado, donde cualquiera podía verlo.
—Por ella —dijo Chiara, bajo.
Él la miró un largo rato. Los ojos le bajaron a la boca de ella, una vez, y volvieron.
—Hoy, por ella —dijo—. Solo hoy.
*
La sala tenía las paredes amarillas, una mesa baja, dos sillas pequeñas y una estantería con juguetes que ningún niño parecía haber tocado. Una ventana alta. Una cámara en una esquina del techo.
El juez era un hombre de sesenta años, con lentes, traje oscuro sin corbata, el pelo blanco, y una voz baja que claramente había aprendido a usar con los niños.
Se sentó en una de las sillas pequeñas, con las rodillas casi en la barbilla.
No parecía ridículo. Parecía alguien que llevaba mucho tiempo haciendo eso.
Chiara se sentó en una silla pegada a la pared, en el rincón más alejado de la mesa, con la correa de Orso enrollada en la muñeca. No miró a la niña. Miró el suelo, como había prometido.
Nina entró con la mano en el pelaje del perro.
Había pasado junto a Chiara en el pasillo, un minuto antes, de la mano de una funcionaria del juzgado. No se había detenido.
Pero, al pasar, había estirado dos dedos y le había tocado la mano a Chiara, apenas, como la mañana del cepillado, en el pelaje caliente del perro. Un segundo entero. Después la había retirado, despacio, como quien saca la mano de un agua que no sabe si está caliente o fría.
Chiara todavía sentía sus dedos.
Se detuvo en la puerta. Miró al juez. Las paredes amarillas. La cámara. Chiara vio que los hombros se le subían, duros, los hombros de quien espera un ruido.
Y entonces vio que la niña miraba hacia el rincón. Hacia ella.
Los hombros bajaron un centímetro.
Orso cruzó la sala sin prisa, como el primer día en la terraza de los limoneros, de lado, como quien solo está de paso, y se echó debajo de la mesa baja. Nina fue tras él. No se sentó en la silla pequeña. Se sentó en el suelo, junto al perro, con la espalda apoyada en él.
El juez no dijo nada de la silla. Bajó de la suya y se sentó en el suelo también, al otro lado de la mesa, con las piernas cruzadas y el traje oscuro arrugándose sobre la alfombra.
—¿Cómo se llama? —preguntó, bajo.
Nina se quedó callada. Chiara contuvo la respiración.
La niña acercó la boca a la oreja del perro.
—Orso —dijo. Al perro. Lo bastante alto.
—Orso. —El juez sonrió—. Es un buen nombre. Es un nombre de oso. ¿Es bravo?
Nina negó con la cabeza. Después, despacio, apartó la boca de la oreja del perro y miró al juez.
—Empujó al hombre —dijo.
Directamente a él. Sin pasar por el perro. Chiara sintió que la sala entera cambiaba de tamaño.
—¿Qué hombre, Nina?
La niña bajó los ojos al pelaje dorado. Se quedó así un rato. Cuando habló, fue bajo, pero no al perro.
—El tío Filippo. En el cuarto que se mece. —Los dedos se le cerraron en el pelaje—. Dijo que si lo contaba, el tío Riccardo se moría. Pero lo conté. Y el tío no se murió.
El juez no escribió nada. No tenía papel en la mano. Se quedó mirándola, sentado en el suelo, con una cara que Chiara conocía de los pasillos del hospital: la de un adulto que decide, en ese segundo, cargar con algo pesado para que una niña no tenga que cargarlo más.
—No se murió —dijo él—. Lo vi ahí afuera. Está muy vivo.
Nina asintió.
—Nina —dijo el juez—. Tengo que decidir una cosa importante, y quiero saber qué piensas tú. ¿Dónde quieres vivir?
La niña no lo pensó. Chiara vio que no le hacía falta.
—Con el tío.
El juez esperó. Nina miró al perro. Después al rincón de la sala, a la silla pegada a la pared, a la mujer sentada ahí con una correa enrollada en la muñeca y los ojos en el suelo.
—Y con Chiara —dijo—. Y con Orso.
Chiara no levantó los ojos. No podía. Lo había prometido.
—¿Chiara es la señorita del rincón? —preguntó el juez, sin volverse hacia ella.
Nina asintió.
—¿Y ella sabe que quieres que viva contigo?
La niña lo pensó. Después se encogió de hombros, pequeños, bajo el vestido azul.
—Ella nunca pregunta —dijo—. Espera.
Pero sintió que las lágrimas le bajaban por la cara sin que hiciera nada para contenerlas, una detrás de otra, en silencio, hasta gotear sobre la correa enrollada en la muñeca. Y, debajo de la mesa baja, la cola de Orso golpeó dos veces la alfombra.
*
Chiara contó el sábado en cuatro minutos, de pie, delante del juez, sin mirar a Riccardo. El portón verde. El auto oscuro. El 112. La puerta del cobertizo. No habló de la libreta, ni de la menta, ni de nada que fuera de terapeuta. Solo de lo que había visto.
Cuando terminó, se sentó al fondo de la sala. Y fue entonces cuando Adele se levantó.
Sin bastón. De pie, sola, delante del juez, con las perlas y los guantes y la cara de quien ha pasado seis noches sin dormir. Su abogado, el más caro de Nápoles, estaba sentado a su lado, con el portafolios cerrado y la cara de quien no ha sido consultado.
—Su Señoría —dijo Adele—. Retiro la solicitud de custodia. Entera.
El juez la miró por encima de los lentes.
—¿Está segura, señora Montefusco?
—Nunca lo he estado tanto. —La voz no le tembló—. Ya no pido a mi nieta. Pido otra cosa. Pido volver a ser abuela. Los domingos, si el tutor lo permite. En su casa. Donde ella está a salvo.
Al otro lado de la sala, Riccardo levantó la cabeza. Chiara lo vio. Vio que su cara, de piedra desde la puerta del juzgado, se deshacía de golpe, y que él bajaba los ojos hacia sus propias manos.
El juez escribió. Después levantó los ojos hacia el otro lado de la sala.
—Señor Celano. El parte de Pozzuoli dice que hubo disparos en Bacoli el sábado. Que usted iba armado. Que usted disparó.
Riccardo se levantó. No miró a la abogada.
—Disparé, Su Señoría. Dos veces. Al motor de una lancha que iba a llevarse a mi sobrina mar adentro. —La voz no le cambió—. No le disparé a nadie. Había una niña de siete años del otro lado de una puerta de tablas.
El juez se quedó mirándolo un largo rato. Chiara contuvo la respiración al fondo de la sala.
—Siéntese —dijo el juez. Y se quitó los lentes.
—La custodia queda en manos del tutor. La solicitud de adopción plena, suspendida por resolución anterior, queda liberada para seguir su curso. —Miró a Riccardo—. Señor Celano. La niña me dijo dónde quiere vivir. No me decepcione.
*
Chiara salió antes que nadie.
Bajó los escalones del Centro Direzionale bajo el sol del mediodía, con las piernas flojas, y se detuvo en el último. Adentro, por la puerta de vidrio, vio a Nina correr por el pasillo hacia su tío, de la mano de Adele, con Orso adelante tirando de Assunta.
No esperó. La custodia estaba firmada, pero el abogado de Adele seguía en el pasillo, con el portafolios bajo el brazo y las once fotografías adentro. Nadie la iba a ver salir de ese edificio de la mano del tutor.
—Chiara.
Él había salido detrás de ella. Solo. Se detuvo dos escalones más arriba, y quedaron otra vez con los ojos a la misma altura, como en el vestíbulo.
Tenía la cara de quien iba a decir algo grande. Ella conocía esa cara. La había visto en un patio oscuro, bajo la luz de un farol, una semana antes.
No lo dejó hablar. Tenía algo que decir primero, y si no lo decía ahí, en los escalones, iba a seguir durmiendo en su cama como quien todavía trabaja en la casa.
Sacó una llave del bolsillo del abrigo. Pesada, de hierro antiguo, con una argolla de cuero gastado. La llave de la puerta de la cocina de la villa de Posillipo, que Assunta le había puesto en la mano el primer día, junto con el horario de la cena.
Se la puso en la palma. Le cerró los dedos encima, con los suyos, y dejó las manos ahí un segundo más de lo debido. La piel de él estaba caliente. Ella retiró las manos.
—Vine como guía —dijo—. Hoy, por ella. Tú me lo pediste. Pero esta llave es de empleada, Riccardo. Y ya no quiero entrar en tu casa por la puerta de la cocina.
—Chiara...
—El contrato terminó ayer.