La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 33
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Capítulo 33

Adele llegó al cuartel de los carabinieri de Pozzuoli a las cuatro y diez, sin bastón, sin guantes, con un zapato de cada color.

Riccardo la vio entrar desde el banco del pasillo, donde llevaba dos horas sentado con Nina dormida en el regazo.

La niña se había quedado dormida encima de él en el auto de los carabinieri, con la mano cerrada en su muñeca, y no lo había soltado desde entonces.

Él no se había movido para que no lo soltara.

Orso estaba echado en el suelo de baldosas, atravesado sobre sus pies.

Adele se detuvo en medio del pasillo. Miró a su nieta en el regazo de Riccardo. Al perro. Al final del pasillo, donde una puerta cerrada tenía a un carabinero de guardia y, detrás, a su hijo.

Un capitán de uniforme se le acercó y le habló bajo. Riccardo no oyó las palabras. Oyó el sonido que hizo Adele después.

No fue un grito. Fue peor. Un sonido pequeño, de adentro, como el de alguien que recibe un puñetazo en el estómago y no tiene aire para gritar. La vieja se dobló hacia adelante, con las dos manos en el pecho, del lado izquierdo, y las piernas no la sostuvieron.

Riccardo se levantó antes de pensarlo. Con Nina dormida en brazos y la mano de ella todavía en su muñeca. Llegó hasta Adele en tres pasos y le pasó el brazo libre por debajo del suyo antes de que tocara el suelo.

No pesaba nada. Una mujer de sesenta y ocho años que se había pasado catorce meses de pie por odio a él, y ahora no tenía nada que la mantuviera de pie.

—El corazón —dijo el capitán—. Llamen al médico.

—No. —Adele se aferró a la manga del abrigo de Riccardo—. No. Déjalo.

Él la llevó hasta el banco. La sentó a su lado, con la niña entre los dos, y ella se quedó ahí, con la respiración corta y la mano aferrada a su manga como si fuera lo único firme en ese cuartel.

—Firmé el poder —dijo ella, al suelo—. En la mesa de mi cocina. Me trajo el papel con el café. Lo firmé sin leerlo. Porque era Filippo. Porque era el único que todavía me visitaba.

Riccardo no dijo nada.

—Te llamé asesino en la puerta del cementerio. —La voz se le quebró—. Y el asesino se tomaba un café en mi cocina todos los domingos.

Nina se movió en su regazo. Abrió los ojos despacio. Miró a la abuela a su lado, con los zapatos cambiados, con la cara mojada. Después volvió a cerrar los ojos y apoyó la cabeza en el pecho de su tío.

Adele lo vio. Vio la mano de su nieta cerrada en la muñeca de él. Vio la cabeza en el pecho. Y se tapó la boca con la mano, como una mujer en la puerta de un hospital.

—Te eligió a ti —dijo, casi sin voz.

—Eligió no dejarme morir —dijo Riccardo—. Es distinto.

Adele se quedó mirando a su nieta un largo rato.

—No —dijo—. No lo es.

*

Chiara salió de la sala de declaraciones a las seis y media.

Él la vio al final del pasillo, de pie en la puerta, con la blusa sucia de sal y el pelo suelto, recogido de cualquier manera con un elástico que alguien le había dado. Lo miró a él. A Nina, que dormía. A Adele, que también se había quedado dormida, sentada, con la cabeza apoyada en la pared.

Ella vino hasta el banco. No se sentó.

Riccardo se levantó despacio, con la niña en brazos, y le pasó a Nina a Assunta, que había llegado hacía una hora con un abrigo y un termo.

La niña rezongó y buscó su muñeca en el aire.

Él se la dio. Ella la encontró. Después la soltó, despacio, sin despertarse, y se acurrucó en el hombro del ama de llaves.

—Afuera —dijo él, bajo.

*

El patio del cuartel estaba a oscuras, con un solo farol junto al portón y el olor del puerto de Pozzuoli llegando con el viento.

Se quedaron frente a frente. A un metro. Como en la terraza, al principio.

Él la miró. La boca, el cuello, la marca roja en su muñeca, donde Nina la había sujetado en el cobertizo hasta que llegaron los carabinieri.

Sintió la frase en la garganta. Y sintió, detrás de ella, la voz del teléfono, la del despacho, la que había dicho ya no hay trabajo para ti aquí. Sintió el dictamen descartado, la audiencia del viernes, todas las razones correctas para decir gracias y dejarla ir.

Se había pasado la vida eligiendo las razones correctas.

—Fui yo —dijo—. El lunes por la mañana. No fue el juzgado. Lo del juzgado era verdad, pero no fue por eso. Te eché porque lo habías visto todo, y encontré una mentira en tu libreta y sentí alivio. Era la excusa para cerrar la puerta antes de que vieras el resto.

Chiara no se movió.

—Después leí la libreta entera. Las distancias. Anotaste cada metro que yo no cruzaba. —La voz le salió más baja—. Hoy lo crucé. A ciento treinta, en una curva sobre el mar, contigo entrando en ese cobertizo sin contestar el teléfono. Y lo supe.

—¿Qué supiste?

—Que te amo.

Lo dijo en el patio de un cuartel, bajo la luz de un farol, con un carabinero fumando en el portón. No había un lugar mejor. No iba a esperar a que lo hubiera.

Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos, y no hizo nada por esconderlo.

—Me echaste con la voz de los dedos rotos —dijo.

—Sí.

—No vuelvas a usarla conmigo nunca más.

—Nunca más.

Ella dio el paso que faltaba. Le puso las dos manos en el pecho, donde semanas antes había puesto una sola, en el garaje, y las dejó ahí.

—Llévame a casa, Riccardo.

*

Nina durmió en la cama esa noche. No en la alfombra. Con la lámpara de luna encendida y el perro atravesado a sus pies, del lado de adentro de una puerta que no cerró con llave.

Hacia las diez, la voz salió por la rendija, para el hombre sentado en el pasillo. Ronca, baja, sin prisa.

—Buenas noches, tío.

Él tardó un rato en poder responder.

—Buenas noches, Nina.

Esperó a que su respiración se volviera lenta. Después se levantó de la alfombra y cruzó el piso hasta la otra ala, donde la puerta de su cuarto estaba abierta dos palmos, con una luz amarilla adentro.

*

Ella estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con la blusa sucia de sal y los ojos en la bahía. Se había soltado el pelo.

Él cerró la puerta. Ella se volvió.

No hubo nada lento. Una semana de camisa doblada en medio de una cama, de alfombra, de Llegó y Saliendo y ni un minuto más, y él cruzó el cuarto en tres pasos y ella ya estaba a mitad de camino, con las manos en su cara, tirando de él.

La boca de ella sabía a sal y a café de cuartel. Él la levantó por la cintura y ella le rodeó el cuerpo con las piernas, y su espalda dio contra la madera del armario con un golpe que los dos ignoraron.

—La blusa —dijo ella, contra su boca—. Está llena de arena.

—Entonces quítatela.

Se la quitó. Él se arrancó la camisa, y un botón cayó al suelo, y ella se rio, y la risa se volvió otra cosa cuando la boca de él encontró su hombro, y después el cuello, y después la muñeca, donde la marca de la niña seguía roja.

No llegaron a la cama. Él le abrió el pantalón contra el armario, y ella se quitó los zapatos a patadas, y él entró en ella ahí mismo, de pie, con las piernas de ella alrededor de su cintura y la madera crujiendo a su espalda con cada movimiento.

Tanto tiempo sin ella, y no pudo ir despacio. Ella no se lo pidió. Le clavó las manos en la espalda y lo atrajo más hondo, con los talones, con la boca abierta en su cuello, sin ninguna palabra que no fuera el nombre de él.

Después cayeron en la cama, y fue otra vez, más despacio, con ella encima, las manos abiertas sobre el pecho de él y el pelo cayendo alrededor de los dos como una cortina.

Él no le quitó los ojos de encima ni cuando ella llegó, con la cabeza echada hacia atrás y un sonido ronco que él iba a recordar el resto de su vida.

Después, él se quedó mucho tiempo con la cara en su cuello, sin moverse, solo respirando su olor.

—Temblaste —dijo ella, bajo—. En la pasarela. Lo vi por la rendija de la puerta. Con el arma del muchacho contra el pecho.

—Temblé.

—El capo de los Celano.

—El capo de los Celano tenía miedo de llegar tarde. —Él levantó la cabeza—. No hay nada en el mundo que me dé más miedo.

Ella le puso la mano en la cara y no dijo nada. Se durmió primero, con la cabeza en su pecho. Él se quedó despierto mucho tiempo, contando los latidos bajo la oreja de ella, y por primera vez en una semana no contó nada más.

*

Filippo habló toda la noche.

Ciro lo contó el domingo por la mañana, en la cocina de la villa, de pie, con una taza de café que Assunta le puso en la mano sin preguntar, por primera vez en una semana.

—Nombres. Fechas. El cobrador que pagó la deuda con los billetes del rescate.

Los dos autos que le cerraron el paso al de Gennaro.

Quién disparó. —Ciro tomó un sorbo—. Filippo lo planeó, los hombres de Salvatore lo hicieron, y Salvatore se quedó con dos tercios de los tres millones.

Su abogado quiere un acuerdo. Está entregando a Salvatore entero para no morirse en Poggioreale.

Riccardo se quedó callado.

Los hombres que habían matado a Gennaro. Con nombre, dirección, la hora a la que salían de su casa por la mañana. Ciro sabía todo eso. Ciro se había pasado cinco meses esperando para saber todo eso.

—Es nuestro —dijo Ciro, bajo—. Una palabra, Riccardo. Una.

Riccardo miró por la ventana de la cocina. En la terraza de los limoneros, Nina estaba sentada en el muro, todavía en pijama, con Orso echado a sus pies. Comiéndose un pan dulce de domingo que Assunta había hecho a las cinco de la mañana. Ya se había comido la mitad.

—Es de los carabinieri —dijo.

Ciro lo miró mucho tiempo. Después dejó la taza en el mostrador y se abotonó la chaqueta.

—Tu padre no te reconocería.

—Lo sé. —Riccardo no apartó los ojos de la niña—. Esa es la idea.

*

La abogada llamó a las once. Rápida otra vez. La prisa le había vuelto a la voz.

La violación de la orden iba a pesar, pero pesaba menos que un secuestro frustrado con parte de los carabinieri y un tío materno detenido.

—Y los disparos, señor Celano. —Bajó la voz—. El abogado de Adele va a leer ese parte línea por línea. Un hombre herido en el muslo por uno de los suyos. Usted con un arma en la mano, en una playa, a seis días de la audiencia.

—Ellos dispararon primero.

—Lo sé. Está en el parte. Los hombres de Salvatore abrieron fuego en medio de un secuestro en curso, y los carabinieri encontraron la escena exactamente como estaba: el parabrisas, los casquillos en los pinos, la lancha.

Usted le dio a un motor, no a una persona.

—Una pausa—. Se puede defender. Pero va a costar.

El juez va a preguntar, y usted va a responder de pie, mirándolo a los ojos, sin ningún abogado en su lugar.

—Responderé.

—Sé que responderá. Eso es lo que me preocupa.

La solicitud del fin de semana había caído con Filippo. La solicitud de custodia de Adele seguía en el expediente; la señora Montefusco todavía no había retirado nada, y su abogado no contestaba el teléfono.

—¿Y la audiencia?

—Sigue en pie. El viernes, a las diez. —Papel que pasaba—. El juez mantuvo la entrevista a la niña en una sala aparte. Quiere oírla a ella, señor Celano. No a usted. No a la abuela. A ella.

—¿Y lo del perro?

—Presentado. Sin respuesta.

—¿Y el dictamen?

La abogada tardó.

—Descartado. Sigue descartado. Nada de lo que pasó ayer cambia lo que está en las fotografías. —Una pausa breve—. Y dígame una cosa, señor Celano. ¿Dónde durmió anoche la doctora Marini?

Riccardo miró por la puerta de la cocina. En la terraza de los limoneros, Chiara estaba sentada en el césped, descalza, con una camisa de él, a tres metros de Nina y del perro, y no hablaba con ninguno de los dos. Solo estaba ahí.

—En mi casa.

Del otro lado, la abogada cerró algo con fuerza. Una carpeta. Un cajón.

—Entonces escúcheme bien, porque no se lo voy a repetir.

El abogado de Adele tiene once fotografías de ella saliendo de su cuarto.

Si se entera de que volvió, las usa. Hasta el viernes, ella no sale de esta casa, no contesta el teléfono, no habla con nadie del juzgado.

—Bajó la voz—. Y el viernes, a las diez, no pone un pie en el Centro Direzionale.

Ni en la acera. Si el juez la ve en el edificio, no respondo por la custodia.