Capítulo 38
—Nina Celano.
El patio de las monjas se quedó en silencio, y esta vez era el silencio de antes de los otros niños. El de siempre. El de una fiesta escolar un sábado de septiembre, con treinta sillas de plástico en filas y una pancarta pintada a mano, ¡Bienvenidos, papás!, colgada entre dos columnas del claustro.
Riccardo estaba en la primera fila.
De traje oscuro. No el de entierro. Ese se lo había dado a Assunta para que lo llevara a la iglesia, en marzo, el día en que el juez firmó el último papel. Estaba sentado en el centro de la fila, con las manos en las rodillas y la espalda recta, y esta vez había gente a los dos lados.
A la derecha, Chiara. Con el pelo recogido de cualquier manera y la mano cerrada sobre la de él, en la rodilla, con demasiada fuerza, como quien sostiene algo que se puede escapar.
A la izquierda, Adele. Con vestido gris, perlas, guantes, y un bastón apoyado en la silla que juraba no necesitar. Había llegado media hora antes que todos. Nunca llegaba tarde.
En el suelo, a los pies de los tres, dos perros.
Uno viejo y dorado, con el hocico empezando a encanecer, echado con la cabeza sobre el zapato de Riccardo.
Y un cachorro de ocho meses, color miel, con las orejas demasiado grandes para la cabeza, que mordisqueaba el cordón del zapato de Adele con total dedicación y que Adele fingía no ver.
—Nina Celano —repitió la monja del micrófono, con una sonrisa.
Riccardo no se volvió. Siguió mirando el escenario, como el año anterior. Para que ella supiera que él estaba ahí. Y para que ella no sintiera que tenía que ir.
Oyó los pasos detrás de él.
No los de una niña que cruza un patio con la cara hundida en el pelaje de un perro. Otros. Rápidos, decididos, con zapatos de charol golpeando la piedra.
Una mano pequeña tomó la suya. No la muñeca. La mano.
—Ven —dijo Nina.
Riccardo la miró.
Ocho años. El pelo rubio recogido de un lado con un pasador de carey, torcido, encima de la oreja izquierda, con una margarita de esmalte desportillada en un pétalo. El uniforme nuevo. Los ojos claros, sin ningún miedo, que lo miraban desde arriba porque él estaba sentado y ella de pie.
—Nina...
—Ven, papá.
Después no recordó haberse levantado.
Recordó el escenario. Los tres escalones de madera. La mano de ella tirando de la suya con la fuerza de una niña de ocho años, que es mucha más fuerza de la que parece. Las treinta familias mirando, y dos padres de la tercera fila que cuchicheaban, y dejaron de cuchichear.
Nina se detuvo en medio del escenario, delante del micrófono, que estaba demasiado alto para ella. La monja lo bajó. Nina se puso de puntillas de todas formas.
—Este es mi papá —dijo, al micrófono, con la voz entera—. Se llama Riccardo. Es muy difícil de matar. Y es tonto.
Todo el patio se rio.
Riccardo no se rio. No pudo. Se quedó de pie en el escenario de una escuela de monjas, delante de treinta familias, con la mano atrapada en la mano de su hija, y sintió la cara mojada, y no hizo nada por esconderla.
En la primera fila, Chiara tenía las dos manos en la boca. Adele lloraba con los ojos abiertos, sin parpadear, como en el cuarto de costura. El cachorro había soltado el cordón y le ladraba al escenario, sin entender por qué.
Y Orso, el viejo Orso, había levantado la cabeza del zapato vacío y golpeaba con la cola el suelo de piedra. Dos veces. Despacio.
*
El papel se había firmado un martes de marzo.
Riccardo había leído la tercera página tres veces, en el despacho del juez, la misma frase de un año antes, ahora con un sello encima.
Para que conste, en todos los registros, como padre de la menor.
Había firmado en los cuatro lugares marcados con lápiz.
La mano no le tembló. Esta vez, supo por qué.
A Filippo lo habían condenado en febrero.
Doce años. A Salvatore Varriale y a tres de sus hombres, en mayo, después de que el acuerdo de Filippo llenara doscientas páginas de nombres y fechas.
Los hombres que le habían cerrado el paso al auto de Gennaro a cuatrocientos metros del portón verde estaban en Poggioreale, y se iban a quedar ahí.
Nadie de los Celano les había puesto una mano encima. Ciro se había pasado un año entero quejándose de eso, todas las semanas, en la cocina, con el café que Assunta le ponía en la mano sin preguntar. Y todas las semanas, antes de irse, le pasaba la mano por la cabeza a Orso.
Tonino había declarado. Con la misma voz de la pasarela. Riccardo le había pagado el abogado a su padre sin decírselo a nadie.
En abril, un domingo por la mañana, Riccardo había bajado a la perrera con un cincel y un martillo y había arrancado las argollas de la pared, una por una.
Nina lo había mirado desde el escalón de piedra, con el cachorro en el regazo.
No preguntó nada. Al final, él metió las argollas en un saco y las tiró al mar, desde la terraza de las columnas, y ella aplaudió.
El cachorro había llegado en enero. De una camada de una granja de Caserta, la misma carretera donde, veinte años antes, un muchacho de dieciséis había soltado a los perros de su padre. Nina había elegido al más pequeño, el que les mordía las orejas a sus hermanos.
Y había elegido el nombre.
Riccardo había cumplido la promesa. El primer día, en medio del jardín, delante de Assunta, de Ciro, de dos guardias y de Chiara, con el cachorro retorciéndose en sus brazos, había dicho el nombre en voz alta. Lo bastante alto para que lo oyera la casa entera.
Limone.
Porque un limón le había caído en la cabeza a un perro, una vez, y una niña se había reído.
*
Adele venía los domingos.
Llegaba a las once en punto, con una tarta de ricota y los guantes en el regazo, y se sentaba a la mesa larga de la galería acristalada, a la derecha de Nina.
No hablaba del juzgado. No hablaba de Filippo.
Hablaba de Bacoli, de la casa de la playa que había vendido en noviembre sin decírselo a nadie, de Giulia de pequeña, de cómo la niña había nacido gritando y no había parado nunca.
A veces, al final de la tarde, Adele iba hasta la balaustrada de la terraza y se llevaba dos dedos a la boca.
La primera vez, en diciembre, Riccardo se había puesto de pie. Chiara lo había sujetado del brazo.
Dos notas. Bajas, largas, la segunda más grave que la primera. La llamada de una veranda de Bacoli, a la hora en que el sol bajaba y los niños seguían en el agua.
Y Nina, abajo, en el césped, se había detenido. Se había quedado inmóvil un segundo entero, con el cachorro a sus pies, y Riccardo había visto que los hombros se le subían.
Después los hombros habían bajado.
La niña se llevó dos dedos a la boca y silbó de vuelta. Agudo, de niña. Las mismas dos notas. Y subió los escalones corriendo, con los dos perros detrás, hasta su abuela.
Adele había llorado toda la tarde. Nina le había dicho, sin ningún perro de por medio:
—Era de mamá. Ahora es nuestro otra vez.
*
El sol bajaba detrás de Ischia cuando Nina le tiró de la manga de la camisa, en la terraza de los limoneros, a las siete de la tarde de aquel sábado.
—Ahora —dijo, bajo, con los ojos brillantes—. Ahora, papá.
Lo habían planeado hacía tres semanas. Los dos, escondidos en el despacho, con la puerta cerrada, mientras Chiara estaba en el hospital con Orso en el área de pediatría, donde había vuelto a trabajar en marzo, tres veces por semana.
Nina había elegido el anillo en una joyería de la via Toledo, señalándolo con el dedo en el vidrio.
Un aro fino, de oro, con una piedra pequeña y clara. Del color de sus ojos, había dicho.
Riccardo lo había pagado sin mirar el precio. Había sido lo más fácil que había hecho en su vida.
Chiara estaba sentada en el muro de los limoneros, en el lugar donde se sentaba una niña de siete años el primer día, con los pies colgando sobre las matas de romero y los ojos en el mar.
Descalza. El pelo suelto al viento. Miraba oscurecer la bahía, con las luces de Ischia encendiéndose una a una, y no los vio llegar.
Nina se llevó dos dedos a la boca y silbó.
Dos notas.
Orso llegó desde el seto de laurel, despacio, con la dignidad de un señor de siete años. El hocico blanco. El andar pesado. Y, en el collar, atado con una cinta de raso blanco que Nina había elegido y anudado tres veces, se balanceaba un anillo.
Chiara vio al perro. Vio la cinta. Vio el brillo pequeño en el collar, bajo la luz del final de la tarde.
Se quedó inmóvil en el muro.
Orso se detuvo frente a ella y se sentó, sin que nadie se lo ordenara. La miró, a la espera, con la lengua afuera y la cara más inofensiva de todo Posillipo.
Riccardo no dijo nada. Le había prometido a Nina que no iba a decir nada. Se quedó dos pasos detrás de su hija, con las manos en los bolsillos, donde podía quedarse, y la dejó.
Nina dio un paso adelante. Le puso la mano en el cuello a Orso. Miró a Chiara, de frente, sin perro de por medio, sin nadie de por medio, y llenó el pecho de aire, como lo había ensayado veinte veces en el despacho.
—Chiara —dijo, fuerte. Lo bastante fuerte para que Assunta la oyera desde la cocina, para que Ciro la oyera desde el portón, para que la oyera la casa entera—. ¿Quieres casarte con nosotros?
Chiara miró a la niña. Después el anillo en el collar. Después, por encima de la cabeza de Nina, a él.
Riccardo no respiró.
Ella bajó del muro. Se arrodilló en el césped, a la altura de la niña y del perro. Desató la cinta con las manos temblando, los tres nudos, uno por uno. Se puso el anillo ella sola. Le quedó bien. Nina le había medido el dedo con un cordel, dos semanas antes, mientras ella dormía en el sofá.
Después atrajo a Nina contra su pecho, con el perro viejo entre las dos, y el cachorro llegó corriendo desde el seto, y se lanzó encima de todos.
—Sí —dijo Chiara, en el pelo de la niña. Y después, con los ojos en él—: Sí.
Desde la ventana de la cocina, Assunta se persignó con la cuchara de madera todavía en la mano. En el portón, Ciro, que llevaba veinte minutos fingiendo revisar las cámaras, se volvió de espaldas a la casa y se quedó mirando la carretera mucho tiempo, con la mano en la cara.
Riccardo cruzó los dos pasos.
Se arrodilló en el césped con las dos. Con los dos perros. En la terraza de los limoneros, donde, un año antes, una niña que no hablaba había apoyado la frente en la cabeza de un perro, y un hombre en la ventana del segundo piso había creído que a ella no le gustaba nada.
Abajo, en la bahía, el ferry de las ocho a Ischia hizo sonar la sirena. Un sonido grave, largo, que cruzó el agua y subió por las piedras de la ladera hasta el jardín.
Nina no se tapó los oídos.
Levantó la cabeza del pecho de Chiara, miró el mar, y se rio.