La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 30
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Capítulo 30

—Si no llamas en una hora —dijo Riccardo—, entro yo. Con juez o sin juez.

Chiara estaba en el auto viejo, detenida a cien metros del portón de los Montefusco, con el celular en la oreja y Orso de pie en el asiento de atrás, con el hocico pegado al vidrio.

Eran las once y diez. La carretera de Arco Felice subía entre muros altos y buganvilias, y abajo, entre los tejados, el mar de Pozzuoli brillaba como papel de aluminio.

—Una hora —repitió ella.

—Ni un minuto más.

Ella cerró los ojos. Él le había devuelto su frase. Del otro lado de la línea, en la voz de él, sonaba distinta. Sonaba como una mano en la nuca.

—Riccardo...

—Lo sé. —La voz de él bajó—. Después. Todo después. Ciro está en la calle de arriba, con dos autos. Ve.

Ella colgó antes de decir lo que no cabía en una llamada de treinta segundos.

*

El portón de la villa era de madera, pintado de verde oscuro, con un timbre de latón. Chiara lo tocó una vez. Orso se sentó a su lado en la acera, sin que ella se lo ordenara, con la cabeza erguida, las orejas levantadas. Flaco. El pelo sin brillo. Pero atento, por primera vez en cinco días.

Sabía dónde estaba. Ella no sabía cómo, pero lo sabía.

Fue Adele quien abrió. No la cocinera. Ella misma, con el bastón y las perlas, como si estuviera esperando a alguien y no supiera a quién.

Miró a Chiara. Después al perro. Y la mano enguantada apretó la empuñadura del bastón.

—La terapeuta —dijo.

—Chiara Marini.

—Sé cómo se llama, doctora. Está en el escrito de mi abogado. —Adele no se movió del umbral—. Con fotografías.

Chiara sintió el calor subirle por el cuello y no bajó los ojos.

—Entonces usted sabe que ya no trabajo para él.

—Lo sé. —Adele volvió a mirar al perro, largamente—. Y sé que mi nieta no come desde el lunes. No tocó el desayuno. Está sentada en el suelo del cuarto de costura desde las diez y media, mirando hacia la puerta.

Las dos se quedaron en silencio. Orso estiró el cuello hacia la casa y gimió, bajo, un sonido que Chiara solo le había oído en el pasillo de quimioterapia.

—Ella come cuando él está cerca —dijo Chiara—. Nada más. No vine por mí, señora Montefusco. Ni por él.

Adele se quedó mirándola un largo rato, como había mirado a Riccardo en la balaustrada, el primer día.

—Mi abogado diría que estoy loca.

—Su abogado nunca la vio en el suelo.

La vieja cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, dio un paso a un lado.

—Media hora —dijo—. Con la puerta abierta. Y yo en la habitación.

*

Nina oyó las uñas en el mármol antes de ver nada.

Chiara lo supo porque le vio cambiar la nuca.

La niña estaba sentada en la alfombra del cuarto de costura, con el vestido azul, la espalda contra un arcón de madera, los ojos en la puerta.

Y las uñas de Orso sonaron en el piso del pasillo, y la nuca entera se le irguió, como la de un animal que oye su propio nombre.

El perro no esperó la orden. Entró en el cuarto al trote, después en una carrera que derrapó en la alfombra, y Nina ya estaba de pie.

No corrió hacia él. Se le echó encima. Los dos brazos alrededor del cuello, la cara hundida en el pelaje, el cuerpo entero pegado al de él, y Orso se tumbó en el suelo con ella encima, la cola barriendo la alfombra de un lado a otro, sin parar, como un metrónomo enloquecido.

Chiara se quedó en la puerta. No entró.

Detrás de ella, el bastón de Adele golpeó el suelo y se detuvo.

La niña no lo soltaba. Temblaba entera, de una manera que no era miedo. Chiara conocía ese temblor. Era el de los niños que reciben una visita después de una cirugía larga. El cuerpo entero soltando algo que había aguantado durante días.

Y entonces, con la cara todavía en el pelaje, bajo, ronco, con la voz de alguien que no usaba la boca desde hacía cinco días:

—Volviste.

La mano de Adele se aferró al brazo de Chiara.

No para no perder el equilibrio. Chiara sintió que los dedos enguantados apretaban con una fuerza que una mujer de sesenta y ocho años con bastón no debería tener. La vieja miraba a su nieta, con la boca abierta, y los ojos se le llenaron despacio, sin que parpadeara.

—Habló —dijo Adele. Casi sin sonido.

—Con él —dijo Chiara—. Solo con él.

—Hace cinco meses. —Las lágrimas le bajaron por las mejillas delgadas sin que la vieja hiciera nada para detenerlas—. Hace cinco meses que no oigo la voz de mi nieta.

Chiara no dijo nada. Puso la mano sobre la mano enguantada que le apretaba el brazo y la dejó ahí.

*

Nina comió a las doce menos diez.

Adele mandó a la cocinera traer el almuerzo al cuarto de costura, en una bandeja, y la niña comió sentada en la alfombra, con la espalda apoyada en el costado de Orso.

La mitad de la pasta. Un pedazo de pan. Se llevaba un bocado a la boca y le ofrecía la mano abierta al perro, y él se la lamía, y ella se llevaba otro.

Chiara estaba sentada en una silla baja junto a la puerta. Adele, en el sillón del otro lado, con el bastón en el regazo, no le quitaba los ojos de encima a su nieta.

—Era la niña más ruidosa de Bacoli —dijo Adele, bajo, para nadie—. Giulia decía que había nacido gritando y no había parado nunca.

Se quedó callada un rato. Después giró la cabeza hacia Chiara, y los ojos le bajaron, sin prisa, de la cara de Chiara a sus manos, y volvieron a subir.

—Usted lo quiere —dijo. No era una pregunta.

Chiara pensó en mentir. Ya no mintió. Lo había decidido en un despacho, de pie, con una libreta apretada contra el pecho.

—Sí.

Adele asintió, despacio, como si eso confirmara algo que ya estaba escrito en alguna parte.

—Mi hija también se enamoró de un Celano —dijo—. Le dije que iba a morir por eso. Se lo dije en la boda, delante de todo el mundo. —La voz se le hizo más baja—. Murió. Pero fue feliz ocho años. Nunca se lo he dicho a nadie, doctora. Ni a mi abogado.

Chiara no respondió. Miró a la niña en la alfombra, con la espalda en el perro, y pensó en Riccardo.

En lo que él daría por estar ahí, en la puerta, y ver eso.

A su sobrina comiendo. La mano abierta tendida al perro.

Pensó que él se quedaría en la puerta, sin entrar, y que ese sería exactamente el lugar correcto.

Chiara tomó el celular. Le mandó un solo mensaje.

Comió. La mitad del plato.

La respuesta llegó en diez segundos.

Gracias.

Solo eso. Ella se quedó mirando la palabra como si fuera algo que él le hubiera puesto en las manos.

Fue entonces cuando Orso levantó la cabeza.

Las orejas se le fueron hacia atrás. No hacia adelante, como se le ponían cuando oía llamar a un niño. Hacia atrás. Chiara lo había visto una sola vez, en el vestíbulo de la villa de Posillipo, un viernes por la tarde.

Un auto en la grava, afuera. Una puerta. Pasos en el pasillo, ligeros, de zapatos caros.

—¿Mamma? Llegué antes.

Nina se quedó con el tenedor en el aire.

*

Filippo se detuvo en la puerta del cuarto de costura, de traje claro, con la maleta de viaje todavía en la mano. Miró a su madre. A la niña. Al perro.

Y, por último, a Chiara.

La cara se le quedó vacía un segundo, como en el vestíbulo. Después llegó la sonrisa.

—Doctora Marini. —Dejó la maleta en el suelo—. Qué sorpresa. Mamma, no me dijo que tenía visita.

—Tú dijiste que volvías el lunes —dijo Adele.

—Roma fue rápida. —Se agachó a tres metros de su sobrina, como en las visitas, con los codos en las rodillas—. Hola, Nina. Mira quién vino a verte.

Nina no se movió. El tenedor seguía en el aire. Chiara vio que la mano pequeña se le ponía blanca alrededor del mango.

Tomó el celular por debajo de la mesa de costura y escribió una palabra, con el pulgar tembloroso.

Llegó.

Filippo se levantó y se sacudió las rodillas del pantalón.

—¿Sabe lo que pensé en el auto? —le dijo a su madre, con la voz suave de siempre—. Hace un día precioso. El mar está liso. La niña lleva encerrada en este cuarto desde la mañana. La voy a llevar a pasear en barco. El barco de papá, allá en Bacoli. Una hora, y vuelvo.

Adele se quedó inmóvil en el sillón.

—En barco.

—Le encantaba. Usted se acuerda.

—Tú odias los barcos desde los doce años. —La vieja habló despacio—. No vas a Bacoli desde hace diez años. Me dijiste en Navidad que habías vendido el barco de tu padre.

Filippo sonrió más.

—Cambié de idea, mamma. La gente cambia.

Chiara se levantó.

—Yo voy con ustedes.

Filippo giró la cabeza hacia ella. Sin prisa.

—No, doctora. —La voz no cambió. Seguía suave—. El juez le dio este fin de semana a la familia de la niña. Usted no es de la familia. Usted ya ni siquiera es su terapeuta. Es la mujer que se acuesta con el tutor. Si le pone la mano encima a mi sobrina, llamo a la policía desde este cuarto.

Le tendió la mano abierta a Nina.

No se acercó. No le hizo falta. Se quedó ahí, a tres metros, con la mano en el aire, y se inclinó un poco. Dijo algo bajo, que Chiara no oyó, y que la niña sí oyó.

Nina soltó el tenedor.

Se levantó despacio. Soltó el pelaje del perro dedo por dedo, como quien suelta el borde de una piscina. Y fue hacia su tío. Sin mirar atrás. Con la misma cara del portón de la villa, por la mañana, y de la piedra, y de abril.

Orso se levantó de un salto y ladró.

No el ladrido corto de la noche de la pesadilla. Otro. Grave, continuo, de pecho, que llenó el cuarto de costura y el pasillo y la casa entera, y Chiara tuvo que agarrarlo del collar con las dos manos para que no fuera tras ellos.

Filippo tomó a la niña de la mano y salió por el pasillo. No corrió. Caminó. La puerta principal se abrió, los pasos en la grava, la puerta de un auto.

Chiara arrastró al perro hasta el vestíbulo y llegó a la puerta a tiempo de ver el auto oscuro de Filippo bajar la rampa y girar en el portón verde, en dirección a la carretera del mar. En dirección a Bacoli.

En algún lugar de esa calle, lejos del muro, había dos autos de Ciro. Solo mirando. Rezó para que estuvieran mirando en ese minuto.

Corrió hasta el auto viejo, con Orso tirando de la correa delante de ella, sin dejar de ladrar.

Detrás de ella, una ventana se abrió de golpe.

Adele estaba en la ventana del primer piso, con las dos manos apoyadas en el alféizar, sin el bastón. Tenía la cara blanca. Tenía, por primera vez, la cara de quien hace una cuenta que no quiere hacer y la acierta.

Miró la carretera. Después a Chiara, abajo, con la llave del auto en la mano.

—Sígalo.