La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 31
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Capítulo 31

Llegó.

Riccardo leyó la palabra en la alfombra del pasillo, a las doce y treinta y uno, y ya estaba de pie antes de terminar de leerla.

A las doce y treinta y ocho, llamó Ciro.

—Salió. —La voz venía de un auto en marcha—. El auto oscuro de Filippo. Con la niña en el asiento de atrás. Acaba de bajar la rampa, en dirección a la carretera del mar. La terapeuta va detrás de él, en el auto viejo, con el perro. Yo voy detrás de los dos.

—Bacoli.

—Bacoli.

Riccardo sacó la pistola del cajón del despacho y bajó la escalera de dos en dos. En el bolsillo interior del abrigo, doblado en cuatro, llevaba el papel del juez. La entrega la realizará el tutor, personalmente. Él la había entregado. Con sus propias manos.

Assunta estaba en la puerta de la cocina con un trapo en las manos.

—La abogada va a llamar —dijo él, con la llave del auto en la mano—. Cuando llame, dile que fui a buscar a mi hija.

Assunta abrió la boca. La cerró. Se persignó, y esta vez no fue rápido.

Riccardo no esperó. El portón se abrió solo, como siempre, y él cruzó el riel de hierro con el pie a fondo.

*

La carretera de Posillipo hasta el mar de Pozzuoli tenía treinta y cinco minutos un sábado. Él la hizo en veintidós.

El celular en el asiento del copiloto, con el altavoz encendido.

—Pasó Arco Felice. Está bajando hacia la costa. —Una pausa—. La terapeuta sigue detrás. No se detiene, Riccardo. Se le pegó.

El nombre de la abogada apareció en la pantalla, por encima de la voz de Ciro. Lo rechazó.

—Sabes lo que estás haciendo —dijo Ciro. No era una pregunta—. Si apareces allá, el juez te quita a la niña el viernes.

—Lo sé.

—Solo lo digo.

—Dile que se detenga.

—No tengo su número.

Riccardo sí lo tenía. Llamó. Sonó hasta cortarse.

Llamó otra vez. Nada.

A la tercera, el celular vibró antes de que él pulsara. Un mensaje.

Entró en el camino de tierra. El de la playa de los Montefusco. La está llevando allá.

Y, treinta segundos después, otro:

Voy a entrar. No puede quedarse sola ahí adentro otra vez.

—No —dijo Riccardo, en voz alta, al auto vacío—. No. Chiara. No.

Llamó. Sonó. Se cortó.

Se quedó con el celular apretado en una mano y el volante en la otra, en una curva sobre el mar, a ciento treinta. Y algo que venía empujando hacia el fondo desde el garaje, desde el muro, desde el portón del primer día, subió entero y le ocupó el pecho de una vez, sin pedir permiso.

La amaba.

No era deseo. El deseo lo conocía, sabía dónde guardarlo.

Era otra cosa, más honda, lo que hace que un hombre conduzca a ciento treinta con el nombre de una mujer en la boca, aun sabiendo que el juez le va a quitar a la hija que todavía no era suya, y no pueda pensar en nada más que en una puerta de madera encima del agua.

Había echado a esa mujer con la voz de los dedos rotos. La había dejado irse sin responder a la pregunta. ¿Esto es el juzgado echándome o eres tú?

Y ahora ella estaba entrando sola en el lugar donde una niña había estado encerrada treinta y una horas. Por esa niña. Por la suya.

No se lo había dicho. Había tenido una semana entera para decírselo, y la había usado para quedarse sentado en una alfombra, con los ojos en una camisa doblada.

—Riccardo. —La voz de Ciro—. Entró.

*

El camino de tierra bajaba entre los pinos hasta la punta de la propiedad, donde el terreno se volvía roca y la roca se volvía mar.

El auto de Ciro estaba detenido arriba, atravesado en el camino, con dos hombres apoyados en él. El auto oscuro de Filippo, más abajo, cerca del agua. Y el auto viejo de Chiara, con la puerta abierta, abandonado en medio del camino como el de alguien que salió corriendo.

Riccardo bajó antes de que se apagara el motor.

El primer disparo vino de los pinos.

Seco, corto, y el parabrisas del auto de Ciro estalló en una telaraña blanca a un metro de su cabeza. Riccardo ya estaba en el suelo, detrás de la rueda, con la pistola en la mano, antes de que el vidrio terminara de caer. Veinte años de cuerpo sabían eso.

Un auto gris, escondido entre los troncos, abajo, cerca del agua. Dos hombres. Y, amarrada al pilote del cobertizo, meciéndose con la marea, una lancha blanca con el motor fuera de borda apuntando al mar abierto.

Los hombres de Salvatore, que habían venido a recoger el encargo.

—¡Ciro! —Riccardo no levantó la cabeza—. La lancha.

Ciro entendió. Gritó dos nombres. Sus hombres se abrieron por la roca, uno hacia cada lado, rápidos y agachados, y el segundo disparo de los pinos dio en la carrocería sin herir a nadie.

El tercero fue de un hombre de Ciro, y uno de los dos del auto gris cayó de lado con la mano en el muslo y un grito en napolitano.

Riccardo se levantó.

No corrió hacia los pinos. Caminó hasta el borde de la roca, de cara al agua, sin agacharse, con el arma baja junto a la pierna.

El otro hombre del auto gris lo vio. Vio quién era.

Y se quedó quieto, con la pistola a medio levantar.

Hacía la misma cuenta que había hecho Gaetano en una silla del almacén.

Riccardo levantó el arma y disparó dos veces. No al hombre. Al motor de la lancha. El plástico de la tapa voló en pedazos, y de la hélice subió un hilo de humo negro.

Nadie iba a salir de esa playa por mar.

—Suéltala —le dijo Riccardo al hombre, sin alzar la voz.

El hombre la soltó.

El silencio que vino después tenía el ruido de la marea debajo de los pilotes y nada más.

Riccardo miró el cobertizo, abajo, y pensó en la niña del otro lado de esas tablas, que acababa de oír disparos por segunda vez en su vida.

Se guardó la pistola en la cintura antes de dar el primer paso hacia la pasarela.

No iba a entrar ahí con ella en la mano.

Abajo, el cobertizo. Tablas grises de sal sobre pilotes, con el agua golpeando debajo. Una pasarela de madera unía la roca con la puerta. La misma puerta que él había forzado el sábado por la noche, con la linterna de Ciro, y que ahora tenía una cerradura nueva.

Delante de ella, en la pasarela, había otro hombre. No había disparado. Se había quedado ahí todo el tiempo, quieto, con el arma apuntando a la roca.

Flaco. El pelo rapado a los lados. Una pistola en la mano, demasiado pesada para su cuerpo.

Riccardo se detuvo al principio de la pasarela.

El muchacho levantó el arma. La mano le temblaba tanto que el cañón dibujaba pequeños círculos en el aire.

—Señor —dijo Tonino.

Riccardo no se movió.

Pensó en un trozo de jamón envuelto en una servilleta. En casa teníamos uno igualito. En una chaqueta clara traída del banco de los limoneros por si llueve.

En un «buenos días, señor» dicho demasiado bajo, en la silla de la unión del pasillo, a las cinco y media de un lunes.

—Fuiste tú —dijo.

No era una pregunta. Tonino entendió que no lo era. La cara de niño se le deshizo.

—Él le pagaba el abogado a mi padre —dijo, y la voz se le quebró a la mitad—. Desde marzo. Dijo que sacaba a mi padre de Poggioreale. Solo necesitaba unas fotos. Nada más. De la casa. De cómo vivía la niña.

—¿Y el caramelo en su bolsillo?

Tonino cerró los ojos.

—Él me lo dio. Dijo que era un regalo. Que a la niña le iba a gustar.

—Y la carne en el seto.

El muchacho no respondió. El arma bajó dos centímetros.

—La iba a quitar —dijo, casi sin voz—. Se lo juro, señor. La iba a quitar antes de que se la comiera. Yo estaba ahí, estaba mirando. No lo iba a permitir. Yo lo quiero.

Riccardo dio un paso en la pasarela. La madera crujió.

—¿Y ella? —Miró la puerta detrás del muchacho—. La dejaste pasar.

—Él me lo mandó. —Tonino tragó saliva—. Dijo que, si venía la doctora, la dejara entrar. Que la quería ahí adentro.

—Le mostraste la tableta —dijo—. De rodillas, de madrugada, con el veneno en el bolsillo. La miraste a la cara y le mostraste que nadie había pasado por el portón.

—Señor...

—Te sentaste en la silla de mi pasillo y fotografiaste a la mujer que... —La voz se le detuvo. Volvió a empezar, más baja—. Y la niña no huía de ti. De todos los hombres de esa casa, eras el único del que no huía.

Tonino lloraba. Lloraba sin sonido, con el arma todavía levantada, el cañón apuntando al pecho de Riccardo, y la mano temblando.

Riccardo sabía exactamente cómo terminaba eso. Lo había hecho terminar así veinte veces. Un paso, la mano en la muñeca, el hueso. Un muchacho de veintidós años llorando en la pasarela de un cobertizo, y el capo de los Celano resolviendo la traición como su padre le había enseñado.

Se movió de otra manera.

Dio dos pasos por la pasarela, despacio, con las manos abiertas junto al cuerpo, hasta que el cañón le tocó el pecho. Tonino abrió mucho los ojos. El arma temblaba contra la camisa, justo encima del corazón.

—Mírame —dijo Riccardo, bajo. La voz del teléfono. La que no cambiaba.

El muchacho lo miró.

Riccardo cerró la mano alrededor del cañón y de la mano del muchacho al mismo tiempo, sin prisa, sin torcer, como quien le quita un cuchillo de cocina de la mano a un niño. Le quitó el arma. Tonino no se resistió. Los dedos se le abrieron solos.

Riccardo sacó el cargador con el pulgar, tiró el arma al agua de un lado de la pasarela y el cargador del otro.

No rompió nada. No le hizo falta. Del otro lado de esa puerta había una niña de siete años, y él se había prometido a sí mismo, sin palabras, en la puerta de un cuarto, que ella nunca iba a oír ese ruido salir de él.

Tonino cayó de rodillas sobre las tablas.

Ciro había venido por la roca y ya estaba detrás del muchacho. Le puso la mano grande en el hombro y lo mantuvo ahí, de rodillas. Miró a Riccardo por encima de la cabeza de Tonino. No dijo te lo dije. No hacía falta. Se lo había dicho en el patio, por la mañana, y Riccardo lo había mandado callar.

—Sujétalo —dijo Riccardo—. Que nadie lo toque. Va a contarle todo esto a un juez, con la misma voz.

Ciro asintió.

Riccardo pasó por encima del muchacho arrodillado y fue hasta la puerta.

*

Estaba entornada. La cerradura nueva, inútil, con la llave todavía colgando del lado de afuera.

Adentro, el suelo se movía.

Lo sintió antes de entrar, por la suela del zapato, el vaivén lento de la marea bajo las tablas. El olor a sal, a madera mojada, y por encima de todo, dulce, frío, el olor a menta.

Empujó la puerta con la mano abierta.

El cuarto era pequeño. La ventana clavada solo dejaba entrar una franja de luz entre las tablas, y la franja cortaba el suelo en diagonal. El colchón de playa en el rincón. Los envoltorios de caramelos, que nadie había recogido.

Y, al fondo, contra la pared de tablas, Orso.

De pie, con el cuerpo bajo y el pelo erizado, entre el rincón y el resto del cuarto, con un gruñido continuo que hacía vibrar las tablas. Detrás de él, encogida en el rincón, con las dos manos aferradas al collar, Nina.

En medio del cuarto, Chiara. De pie, con los brazos un poco abiertos, el cuerpo entre el perro y la puerta. Entre la niña y todo.

Y, a dos metros de ella, Filippo. De traje claro, con una pistola pequeña en la mano, el cañón apuntando al pecho de ella.

Ella vio entrar a Riccardo. Sus ojos encontraron los de él por encima del hombro de Filippo, y él vio en ellos algo que nunca había visto en nadie que estuviera del otro lado de un arma.

Alivio. No por ella. Porque él había llegado.

Y, por un segundo, en medio de todo eso, con el suelo moviéndose bajo los pies y un arma apuntándole a ella al pecho, Riccardo solo pudo pensar una cosa. Que estaba viva. Que el pelo se le había soltado entero. Que se lo iba a decir, aunque fuera lo último que hiciera.

Filippo no se volvió. Había oído la puerta. Sonrió, de espaldas a Riccardo, sin apartar de Chiara ni los ojos ni el arma.

—Riccardo. Llegaste rápido. —La voz era la misma de las visitas. Suave—. Quédate ahí en la puerta. Donde siempre te quedas.

Riccardo se quedó.

Filippo giró la cabeza, despacio, hacia el rincón. Hacia la niña aferrada al collar del perro, con los ojos abiertos, fijos en el tío de la puerta.

—Cuéntale, Nina —dijo—. Cuéntale lo que pasa si hablas.