Capítulo 29
El viernes por la noche, Riccardo encendió la lámpara.
No pidió permiso. Abrió la puerta del cuarto, que no estaba cerrada con llave, cruzó la oscuridad hasta la mesita de noche y giró el interruptor.
La luna de vidrio se encendió, amarilla, débil, y apareció el cuarto entero: la cama intacta, la manta doblada encima de la almohada, la niña acostada en la alfombra, en el lugar del perro, con los ojos abiertos.
Ella miró la luz. Después lo miró a él.
Riccardo no dijo nada. No preguntó. Salió, dejó la puerta abierta dos palmos y se sentó en la alfombra del pasillo, afuera, de espaldas a la pared.
Esperó a que la luz se apagara. No se apagó.
Se quedó ahí toda la noche, con los ojos en la franja amarilla del suelo del pasillo, y pensó que era exactamente lo que ella le habría dicho que hiciera.
Enciéndela y siéntate afuera. No preguntes.
No sabía de dónde lo había sacado. Sí lo sabía.
Se había pasado cinco semanas viendo a una mujer hacer eso con un perro.
*
A las ocho de la mañana del sábado, Assunta preparó la mochila.
Dos mudas de ropa, el pijama, el cepillo de dientes, el abrigo por si hacía frío en Pozzuoli. Lo dobló todo con una rabia silenciosa, cada prenda apretada contra la otra como si estuviera castigando la maleta.
—No desayunó —dijo, sin volverse.
—Lo sé.
—Ni la leche.
—Lo sé, Assunta.
El ama de llaves subió el cierre de un solo tirón y se quedó con la mano encima de la mochila.
—La niña se va a casa de la abuela con hambre, con el pelo en la cara y sin el animal —dijo—. Y el señor la va a llevar hasta el portón con sus propias manos.
—Es lo que dice el papel.
—El papel. —Se persignó, rápido, y salió del cuarto sin mirarlo.
Riccardo se quedó solo con la niña.
Nina estaba sentada en el borde de la cama, por primera vez en cinco días, con vestido azul y zapatos negros. Alguien la había vestido. Ella se había dejado. El pelo suelto le caía sobre la cara, y ya no se lo apartaba. Lo dejaba caer.
Él sacó del bolsillo del abrigo la bolsita de plástico. Miró el pasador de carey con la margarita desportillada. La abogada le había dicho que no se lo mostrara a nadie.
Lo volvió a guardar. No por la abogada. Porque no sabía qué iba a recordar la niña junto con eso, y ella iba a pasar dos días lejos de todo lo que conocía.
En lugar de eso, se arrodilló frente a ella.
No le pidió nada. Levantó la mano despacio, muy despacio, como había entrado en el cuarto la noche de la pesadilla, y se detuvo con los dedos a un palmo de su cara. Ella no retrocedió. Tampoco se acercó.
Él tomó el mechón que le caía sobre el ojo y se lo puso detrás de la oreja.
Ella lo dejó.
Se quedó mirándolo, de cerca, con esos ojos claros de Andrea. No le comprobó la muñeca. No comprobó nada. Solo miró.
—El domingo a las seis —dijo él, bajo—. Voy a estar en el portón. En el mismo lugar.
Ella no respondió.
*
Tonino no se presentó al turno de las ocho.
Ciro se lo contó a las nueve y cuarto, en el patio, de pie junto al auto, con el celular en la mano y la cara seria.
—No contesta. No está en su casa. La madre dice que salió anoche y no volvió.
Riccardo lo oyó y no lo oyó. Tenía los ojos en el portón de hierro.
—Pon a otro en su lugar.
—Ya lo puse. —Ciro se guardó el celular—. Riccardo. Tonino, la niña no huía de él. De los nuevos, era el único que tenía acceso al jardín de noche, al pasillo de arriba de madrugada...
—Hoy no, Ciro.
Ciro lo miró un largo rato. Después asintió, despacio, y dejó el resto de la frase en el aire.
—La abogada volvió a llamar —dijo—. Nadie de los nuestros en el portón. Ningún hombre a la vista. Si el auto de los Montefusco llega y ve a uno de nosotros armado cerca de la niña, el chofer lo cuenta, y Bassi lo escribe.
—Lo sé.
—Entonces voy a sacar a todos del patio.
—Sácalos.
—Y voy a estar en Arco Felice. —Ciro se abotonó la chaqueta—. Dos autos, lejos del muro de la vieja. Solo mirando. El chofer de la vieja dijo que Filippo está en Roma hasta el lunes. Si vuelve antes, te llamo.
Riccardo asintió sin apartar los ojos del portón.
A las diez menos diez, el patio estaba vacío. Ningún hombre en los escalones, ninguno en la garita, ninguno en la terraza. Solo las cámaras, encima del muro, que giraban despacio.
El capo de los Celano estaba solo frente a su propia casa.
*
El auto llegó a las diez en punto.
Adele nunca había llegado tarde a ninguna parte. El chofer abrió la puerta de atrás, y ella bajó despacio, apoyada en un bastón que la otra vez no tenía. Vestido gris. Las perlas. Los guantes. Pero tenía la cara más delgada, y la boca no tenía la firmeza del juzgado.
No subió los escalones. Se quedó del lado de afuera del portón, en la acera, como mandaba el papel.
Riccardo bajó la rampa de piedra con la mochila en una mano y la niña al lado.
Nina caminaba sola. No le tomaba la mano. Nunca se la había tomado, salvo la muñeca, una vez, a oscuras. Caminaba a medio metro, con el vestido azul, con los zapatos negros hundiéndose en la grava, y los ojos en el suelo.
Él contó los pasos. Cuarenta y dos, de la puerta al portón.
En el riel de hierro, se detuvo.
El portón se abrió solo, sin que nadie lo ordenara, como el primer día. El chirrido del hierro en el riel. Y del otro lado, a medio metro, la abuela.
—Buenos días, Riccardo —dijo Adele.
—¿Y Filippo?
La pregunta le salió antes que los buenos días. Adele frunció el ceño, sin entender.
—En Roma. Un cliente. Vuelve el lunes. —Miró a su nieta—. Somos solo nosotras dos. Y la cocinera.
Riccardo dejó la mochila en el suelo, del lado de afuera del riel.
Después se agachó frente a Nina, una última vez, a la altura de sus ojos. Estaban en el lugar exacto donde una terapeuta había bajado de un auto viejo y había dicho que sin el perro ella tampoco entraba.
Había ensayado toda la noche lo que iba a decir. En el pasillo, con la franja de luz amarilla en el suelo. Había elegido palabras y las había tirado, una por una, porque ninguna cabía en la boca de una niña que había pasado cinco meses callada para que él no se muriera.
No dijo ninguna.
Se echó hacia atrás el puño de la chaqueta. Giró la muñeca izquierda hacia arriba, entre los dos, con las venas a la vista, como la había llevado mientras conducía hasta la escuela la primera mañana.
Nina miró la muñeca.
Después levantó los ojos hacia él. Y se quedó.
Un largo rato. Él sintió esa mirada en el cuerpo entero, como había sentido la de ella en el retrovisor, camino de la escuela, y en la silla de la fiesta, y por encima del borde de la taza de leche. No era miedo. No era vigilancia. Era otra cosa, y él no supo el nombre, y tuvo miedo de saberlo.
La boca de ella se movió. Un milímetro.
Él no respiró.
La boca se cerró otra vez. Nina bajó los ojos, pasó junto a él, tomó la mochila del suelo con las dos manos y cruzó el riel del portón.
No se volvió.
Adele le puso la mano enguantada en el hombro a su nieta. Lo miró a él por encima de la cabeza de la niña, y por un segundo no hubo nada de juzgado en esa cara. Solo una mujer de sesenta y ocho años que había enterrado a una hija.
—Yo la cuido —dijo.
—No deje que nadie se la lleve de su casa.
—Nadie va a llevar a mi nieta a ninguna parte.
El chofer cerró la puerta. El auto dio la vuelta en la acera y bajó por la carretera de Posillipo. Riccardo lo siguió con la mirada hasta la curva, y después de la curva, hasta que no quedó nada que ver.
El portón se cerró solo detrás de él. El chirrido del hierro.
Él no se movió.
*
La casa estaba en silencio cuando subió.
No el silencio de antes, el de las once de la noche, lleno de cosas dormidas. Otro. El de una casa sin nadie adentro que necesite a alguien.
Subió al pasillo de arriba. La puerta de Nina estaba abierta. La lámpara de luna seguía encendida, en pleno día, porque nadie se había acordado de apagarla.
Riccardo se sentó en la alfombra. De espaldas a la pared. Con las piernas estiradas. Afuera de una puerta que no tenía a nadie del otro lado.
Se quedó ahí. No supo cuánto tiempo.
Pensó en Chiara. Pensó en ella sin querer, como el cuerpo piensa en el agua. En la mano de ella en su muñeca, en el vestíbulo. En su risa contra la boca de él, contra la puerta. En la camisa doblada en medio de la cama del fondo del pasillo, a veinte metros de ahí, que él no tenía valor de mover.
Ella habría sabido qué hacer con ese silencio. Ella habría sabido sentarse en un pasillo vacío y hacer que el vacío cupiera.
Y él la había echado.
El celular le vibró en el bolsillo a las diez y veintidós.
Miró la pantalla, y ahí estaba el nombre de ella.
Se quedó mirándolo hasta el tercer tono. Con miedo de contestar y oír su voz. Con más miedo de no contestar.
—Chiara.
Del otro lado, su respiración. Rápida, de quien ha subido corriendo una escalera, o de quien estaba a punto de llorar y no iba a hacerlo.
Cinco días sin esa voz. Cerró los ojos solo para oírla respirar, antes de que dijera algo que pudiera doler. Quería quedarse así. Solo la respiración. Solo saber que ella estaba del otro lado.
—El que firmó la solicitud fue Filippo —dijo ella—. No Adele. Bassi me lo contó ayer. No está en Roma, Riccardo. Nunca estuvo.
Riccardo ya estaba de pie. No recordaba haberse levantado.
—Ayer —dijo él—. Lo sabes desde ayer.
—Desde ayer a las diez de la mañana. —Ella no pidió perdón—. Me pasé el día detrás de la abogada. Dijo que sin pruebas no le pide nada a ningún juez. Y si te llamaba ayer, hoy no la entregabas. Desobedecías la orden. La perdías el lunes, delante del juez.
—Otra vez decidiste por mí.
—Sí. —La voz se le quebró en medio de la palabra y se recompuso—. Y puedes odiarme después. Por el resto de tu vida, si quieres. Pero ahora escúchame.
—No vayas —dijo ella. La voz le tembló, y no la dejó temblar más—. Si vas a esa casa, la pierdes para siempre. Eso es lo que él quiere. Para eso pidió que la entregaras en persona.
Él cerró la mano libre contra la pared. Las uñas en el yeso.
—Entonces dime qué hago.
Un segundo de silencio. Dos. Y él oyó, al fondo de la línea, el ladrido corto de un perro.
—Yo puedo entrar donde tú no puedes.