Interludio IV
Mañana a las diez, el propio juzgado le iba a entregar la niña a él.
No a él. A la mamma. Estaba escrito así, con sello, a la familia materna. Pero quien había firmado la solicitud era él, con el bolígrafo de siempre, en la mesa de la cocina de la mamma, mientras ella se tomaba la medicina del corazón y decía que solo quería ver comer a su nieta.
Nunca había estado en Roma. Había pasado el jueves en un cuarto de hotel en Pozzuoli, mirando la bahía y esperando que el informe del hombre del juzgado se convirtiera en papel.
Se convirtió.
Repasó la cuenta, despacio, como hacía todas las noches desde abril. Por primera vez, la cuenta cuadraba.
La terapeuta estaba fuera de la casa. Las fotografías habían hecho el trabajo en una mañana.
Sin ella, el perro también se había ido, y sin el perro la niña había vuelto al silencio de abril.
Entero. Más hondo que antes. Lo había oído de boca de la propia mamma, por teléfono, llorando: no se levantó del suelo.
El silencio estaba otra vez en pie.
Mañana, un paseo en barco. A la mamma no le iba a extrañar; el barco era de la familia, la niña era de la familia, y él era el tío que contaba historias de pulpos. Por la tarde, alguien iba a llamar al capo. Él no. Uno de los hombres de Salvatore, con la educación de siempre.
A Salvatore le había gustado la idea más de lo que él esperaba. Desde el martes, desde que había tres contenedores parados en el muelle, Salvatore ya no quería solo el dinero. Quería al capo de rodillas.
Alguien había forzado el cobertizo un sábado por la noche. Él había puesto otra cerradura y había pasado tres noches sin dormir, hasta entenderlo: el capo había entrado, había visto, y no podía usar nada. Una prueba obtenida por allanamiento no vale nada en un juzgado.
Tres millones la otra vez. Esta vez, el doble. El capo pagaría sin negociar, como la otra vez. Pagaría más rápido, porque esta vez sabía lo que era esperar treinta y una horas.
Y, si no pagaba, vendría. Vendría armado, con sus hombres, contra una orden del juez, a seis días de la audiencia. Y la custodia pasaría a la mamma al día siguiente, y la herencia del cuñado con ella.
Cualquiera de los dos caminos pagaba la deuda. Los dos juntos pagaban el resto de su vida.
No pensaba en la niña como sobrina. Hacía mucho tiempo que ella era otra cosa en la cuenta. Una firma en un testamento. Una cláusula. La única pieza de la mesa que todavía valía algo.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche a las doce menos veinte. Un mensaje de un número sin nombre, corto, como todos los demás desde el principio.
Lo leyó dos veces, y por primera vez en cinco meses se durmió antes de la una.
El muchacho de adentro lo había confirmado: el capo iba a estar solo en el portón.