La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 28
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Capítulo 28

El apartamento tenía una sola ventana, y daba a una pared.

Chiara había pasado la primera noche sentada en el suelo, de espaldas a la cama individual, con Orso echado de través sobre sus pies. No lloró. Creyó que iba a llorar y no lloró, y eso fue peor, porque el llanto habría sido algo que hacer.

Era de una enfermera de oncología pediátrica que estaba de vacaciones en Palermo y le había dejado la llave debajo del felpudo sin preguntar nada.

Un dormitorio, una cocina del tamaño de un armario, tercer piso sin ascensor, en Fuorigrotta.

A diez minutos a pie de la iglesia donde habían dejado a una niña de siete años con los ojos vendados, en abril.

Chiara no se dio cuenta hasta el martes por la mañana, en el paseo con el perro. Vio el campanario al final de la calle. Volvió a casa por el otro lado.

*

Orso no comía.

Ella le llenaba el cuenco a las siete y a las siete de la noche, como siempre, con el vaso medidor. Él lo olía, la miraba y se echaba al lado del cuenco lleno, con el hocico entre las patas, vuelto hacia la puerta.

Esperando.

Ella conocía esa espera. La había visto en su cara el primer día de cada niño al que le daban el alta. Él iba hasta la puerta de la habitación vacía, se sentaba y se quedaba. Los otros perros de terapia del hospital no hacían eso. Él sí. Por eso los niños hablaban con él.

—Ella está bien —dijo ella, arrodillada en el linóleo, con la mano en su cuello—. Él está con ella.

Orso no levantó la cabeza. No se lo creyó. Ella tampoco.

A las once de la noche, llevó al perro a la plaza.

Se sentaron en el banco de siempre, debajo del único árbol, y ella se quedó mirando la nada.

Pensando en las manos de él. En la voz del teléfono, que nunca había oído vuelta contra ella, y en el otro hombre que había visto por un segundo detrás de esa voz, el del garaje, el del pasillo.

Chiara, había dicho él en la puerta. Y nada más.

Ella había esperado un segundo. Dos. ¿Y si hubiera esperado tres?

*

El auto estaba en la esquina desde el martes.

Un Alfa oscuro, siempre en el mismo lugar, con un hombre de gorra adentro que leía el periódico por la mañana y el mismo periódico por la noche. El miércoles, a las seis, ella bajó con el perro, y el hombre levantó los ojos, vio que ella lo había visto, y los bajó otra vez.

Chiara cruzó la calle. Golpeó el vidrio.

El hombre bajó la ventanilla dos dedos. Cincuenta años, cara de sueño, una cicatriz en la barbilla.

—¿Quién lo mandó a usted?

Él la miró. Miró al perro. Pareció decidir que no valía la pena mentirle a una mujer con un golden retriever de treinta kilos a las seis de la mañana.

—Ciro, señora.

—¿Y quién mandó a Ciro?

El hombre no respondió. Subió la ventanilla despacio, hasta arriba.

Chiara volvió al otro lado de la calle con el corazón latiéndole en el cuello. Ciro no ponía a un hombre en una esquina por su cuenta. Ciro obedecía y anotaba la fecha en que había obedecido. Alguien lo había mandado. O alguien lo había permitido.

No sabía cuál de las dos cosas era peor. Un hombre que la echaba con la voz de los dedos rotos y después le pagaba a alguien para quedarse en su esquina, la noche entera, con el mismo periódico en el regazo.

Esa noche, le dio a Orso el queso que había guardado para el adiestramiento. Él se comió un pedazo. Solo uno.

A las once, bajó con dos cafés en vasos de papel y golpeó otra vez el vidrio del Alfa. El hombre de la gorra bajó dos dedos, miró el vaso y lo tomó.

—¿Él duerme? —preguntó Chiara.

El hombre lo pensó antes de responder.

—No sé, señora. —Sopló el café—. Pero Ciro dice que no.

*

Assunta llamó el miércoles, a las diez de la noche, a un número que Chiara no sabía que ella tenía.

—Apagó la lámpara —dijo el ama de llaves, sin saludar. Tenía la voz baja, de quien llama a escondidas desde la cocina—. Duerme en el suelo, en el lugar del animal. No come desde el lunes. No habla ni con la pared, señora. Ni con la pared.

Chiara se sentó en el borde de la cama.

—¿Y él?

Assunta se quedó callada un rato.

—No duerme en su cuarto. Nos prohibió entrar ahí. La cama está como la señora la dejó. —Una pausa—. Y la camisa. La que la señora dobló. Sigue en medio de su cama. Nadie la toca.

Chiara cerró los ojos.

—No puedo volver, Assunta.

—Ya sé que no puede. —El ama de llaves suspiró—. Mañana hay visita. Con el hombre del juzgado. Solo quería que la señora lo supiera. Antes que él.

Colgó.

Chiara se quedó sentada a oscuras con el celular en la mano. Abrió el nombre de él. Escribió Enciéndele la lámpara. No le preguntes nada. Solo enciéndela y siéntate afuera.

Se quedó mirando eso un largo rato. Era un consejo de terapeuta. Era lo único que sabía mandarle sin mandarle el resto.

No lo mandó.

Se acostó en la cama estrecha, de lado, vuelta hacia la pared, y el cuerpo recordó antes que la cabeza.

La mano de él abierta en su nuca. La boca de él en su muñeca, en el lugar exacto donde latía la sangre.

La cicatriz de la costilla bajo sus dedos, con los bordes fruncidos, y la voz de él diciendo su nombre dos veces, contra la puerta cerrada, como quien aprende una palabra.

No tenía nada de él ahí. Ni la camisa. Había dejado la camisa doblada en medio de una cama, a cuarenta minutos en auto, para que él la encontrara.

Orso se subió a la cama sin pedir permiso, algo que solo hacía en la cama de una niña, y se echó pegado a su espalda. Ella lo dejó.

*

El viernes por la mañana, esperó a Bassi en la puerta del Centro Direzionale, donde estaban los juzgados de familia, desde las ocho hasta las diez y cuarto.

Él llegó a pie, con el mismo portafolios de cuero, los mismos lentes, y se detuvo al verla. No pareció sorprendido. Pareció cansado.

—Doctora Marini. Usted no debería estar aquí.

—Cinco minutos.

Él miró el reloj. Después a Orso, sentado a su lado en la acera, flaco, con el pelo sin brillo.

—Cinco.

Se sentaron en una mesa de afuera del café de la esquina. Él pidió un café y no se lo tomó, como Riccardo hacía con el vino. Chiara no pidió nada.

—Usted vio a la niña ayer.

—La vi. —Se quitó los lentes y se frotó los ojos—. En el suelo. De uniforme. Con los ojos abiertos vueltos hacia la puerta. Hago esto desde hace veintidós años, doctora, y ayer me quedé diez minutos en el auto antes de poder conducir.

—Entonces usted sabe que ella no puede pasar el fin de semana en esa casa.

—¿La casa de la abuela?

—La casa donde su tío tiene llave.

Bassi volvió a ponerse los lentes, despacio.

—El tío —dijo. No era una pregunta—. ¿Qué pasa con el tío, doctora?

Ella se lo contó. No todo. Lo que se podía decir en una mesa de acera, con el perro apoyado en su pierna.

Que el hombre que se había llevado a la niña silbaba la llamada de la familia de la madre.

Que olía a caramelo de menta. Que la niña había huido del silbido y no de la abuela.

Que el tío materno había llamado al perro con esas dos notas en el vestíbulo de la casa del tutor, con un caramelo en la boca, y el perro le había gruñido.

Cuando terminó, Bassi se quedó callado.

—Doctora —dijo por fin, con una paciencia que dolía más que un grito—. ¿Se da cuenta de cómo suena eso?

—Me doy cuenta.

—Una terapeuta apartada del caso por acostarse con el tutor viene a decirme, a una semana de la audiencia, que el tío de la familia contraria es el secuestrador. Basándose en un silbido. En un olor. Y en la reacción de un perro.

Ella no respondió. No tenía ninguna respuesta que él fuera a aceptar.

—No puedo poner eso en un informe —dijo Bassi—. El juez lo rompe delante de mí. Y después rompe mi nombre.

—Entonces no lo ponga. —La voz se le quebró, y ella la dejó quebrarse—. Solo no deje que ella vaya allá sola. Nunca.

Él levantó la cabeza y se quedó mirándola.

—Usted no lo sabe —dijo, despacio.

—¿No sé qué?

Él se dio cuenta de que había empezado algo que ella no sabía. Ella lo vio en su cara. Vio la vacilación de un hombre honesto entre cerrar la boca y terminar la frase.

La terminó.

—La solicitud de convivencia para el fin de semana se presentó anoche. El juez decide hoy. —Bassi bajó los ojos al café frío—. Y lo más probable es que la conceda. Después de lo que escribí.

—¿Quién la pidió?

—La familia materna.

—¿Adele?

Él tardó.

—El poder es de la señora Montefusco. —Removió el café que no se iba a tomar—. Pero quien firmó la solicitud fue su hijo. El doctor Filippo. Como apoderado.

Chiara sintió que la sangre se le iba de la cara.

Filippo. No la abuela que escribía Sé esperar con pluma estilográfica. El hijo que tenía la llave y los caramelos en el bolsillo.

—¿Y dónde se va a quedar la niña?

—En la villa de la familia. En Arco Felice, en lo alto de Pozzuoli. —Se levantó, tomó el portafolios y dejó un billete sobre la mesa—. La entrega es mañana, a las diez, en el portón del tutor. Yo no le dije nada de esto, doctora.

Se fue sin mirar atrás.

*

Ella se quedó sentada en la mesa de la acera hasta que el camarero vino a recoger la taza.

Orso se había levantado y le había apoyado la cabeza en el regazo, como hacía con los niños en el pasillo de quimioterapia. Ella le puso la mano en el cuello y sintió su propio pulso en la palma, demasiado rápido.

Pensó en Riccardo. No en el capo. En él. En el hombre que había ido a Bacoli de madrugada y había vuelto con sal en las pestañas. Que iba a estar solo en el portón mañana a las diez para entregar a su sobrina con sus propias manos, por orden de un juez, a una casa donde Filippo tenía la llave.

Él no sabía quién había firmado. Si lo supiera, no habría ninguna entrega. Habría otra cosa.

Y pensó en Nina. En la mochila tirada en el césped mojado.

En la boca abierta sin sonido, en el retrovisor, mientras el auto se arrastraba por la rampa.

Chiara se había ido por esa rampa. Había dejado a la niña en lo alto de la escalera con una frase dicha a un perro, y la niña había corrido tras ella hasta el portón.

Mañana, la niña iba a salir por ese mismo portón. Y nadie iba a correr tras ella.

Tomó el celular. Le temblaban tanto las manos que se equivocó de contraseña dos veces, y la tercera casi tampoco la acertó.

Abrió el mapa. Escribió Arco Felice. Después, debajo, con el dedo que no se quedaba quieto, el nombre de la playa de Bacoli donde estaba la punta de la propiedad de los Montefusco. Donde había un cuarto de tablas encima del agua, que se movía con la marea.

La línea azul apareció en la pantalla, curva, pegada a la costa.

Veinte minutos en auto.