La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 27
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Capítulo 27

La camisa estaba doblada en medio de la cama de ella, como un documento esperando una firma.

Riccardo la encontró el lunes por la noche. Había subido sin saber adónde iba y se detuvo en la puerta del cuarto del fondo del pasillo.

La cama hecha. El armario abierto y vacío. Y, justo en el centro de la colcha, la camisa azul que él le había puesto sobre los hombros una madrugada fría de miércoles, doblada en tres, con las mangas hacia adentro.

Tal como Assunta dejaba los papeles que él no quería leer.

Se sentó en el borde de la cama. Tomó la camisa. Olía a limón. Se quedó con ella en las manos, sin desdoblarla.

Había hecho lo correcto. La abogada había dicho sin sombras, y él había sacado la sombra de la casa antes del almuerzo.

Y estaba sentado en la cama vacía de una mujer, con la nariz en una camisa que era suya.

Volvió a dejar la camisa en su lugar. Doblada. En medio de la colcha. No tuvo valor para moverla.

*

Nina no comió el lunes.

Bajó a cenar porque Assunta subió y se quedó de pie en la puerta hasta que bajó. Se sentó en la silla de siempre, frente a él, y se quedó mirando el plato. No alineó la pasta en el borde, como hacía los primeros días. No hizo nada. Las manos se le quedaron en el regazo.

Riccardo lo intentó.

—No tienes que comértelo todo —dijo—. Solo un poco.

Ella no lo miró. No le miró la muñeca. Por primera vez en dos semanas, no comprobó nada.

A las nueve, la puerta de su cuarto se cerró. A las diez, él se sentó en la alfombra del pasillo, y la rendija de abajo estaba a oscuras. La lámpara de luna, apagada.

Ella no dormía a oscuras. Nunca, desde abril.

Apoyó la oreja en la madera. No había voz. No estaba el suspiro largo del perro. Solo había una respiración pequeña, demasiado cerca del suelo, al otro lado de la puerta.

Estaba acostada en la alfombra. En el lugar exacto donde Orso había dormido atravesado durante tres semanas. Con la cara vuelta hacia la rendija, a oscuras, esperando algo que no iba a volver.

Riccardo apoyó la frente en la puerta y se quedó ahí hasta que aclaró el día.

No volvió a su cuarto. La cama seguía deshecha desde el domingo, con la forma de la cabeza de ella en la almohada. No pudo acostarse ahí. Tampoco pudo mandar cambiar las sábanas.

*

Ciro apareció en el despacho el martes por la mañana, sin que lo llamaran, y se quedó de pie al otro lado del escritorio.

—Está en un apartamento en Fuorigrotta —dijo—. Un dormitorio, tercer piso, sin ascensor. Se lo prestó una enfermera del hospital.

—No te pedí eso.

—Ya sé que no me lo pediste. —Ciro se abotonó la chaqueta—. El perro no come. Ella lo saca a pasear a las seis de la mañana y a las once de la noche, y se queda sentada en el banco de la plaza mirando la nada. Una hora cada vez.

Riccardo no levantó los ojos de los papeles del puerto.

—Tengo a un hombre en la esquina —dijo Ciro, ya en la puerta—. Solo mirando. Nadie la toca. No hace falta que me lo agradezcas.

Él no se lo agradeció. Pero tampoco mandó quitar al hombre de la esquina.

—Y Salvatore mandó un recado —dijo Ciro, con la mano en el picaporte—. El hombre de Bacoli se despertó. Quiere verte.

Riccardo cerró la carpeta del puerto.

—Hoy.

*

El restaurante de los Varriale en Secondigliano tenía manteles a cuadros y seis hombres en las mesas junto a la puerta, ninguno de ellos con hambre.

Salvatore Varriale estaba en la mesa del fondo, de espaldas a la pared, con una servilleta metida en el cuello de la camisa y un plato de pulpo delante. Sesenta años, manos gruesas, un anillo de oro en el meñique. No se levantó.

Riccardo entró solo. Los seis hombres dejaron de masticar.

Cruzó el salón despacio y se sentó frente a Salvatore. Sin arma. Se había quitado el abrigo en la puerta y lo había colgado en el perchero, delante de todos, para que nadie ahí tuviera dudas.

—Entraste en un lugar que un hombre mío vigilaba —dijo Salvatore, con la boca llena—. Y lo dejaste atado en un auto, sin las llaves.

—Lo dejé vivo.

—Eso también lo supe. Supe que mandaste apagar doce motores cuando ya ibas a salir. —Salvatore se limpió la boca—. Todo el puerto lo supo. Dicen que el capo de los Celano se ablandó por una niñera.

Riccardo no respondió. Sacó el celular del bolsillo de la camisa, abrió una fotografía y lo dejó sobre el mantel a cuadros, vuelto hacia él.

Tres contenedores azules, en el muelle once. Con el precinto de aduanas.

—Retenidos desde las siete de la mañana. El inspector va a abrir uno por semana, con mucho cuidado. —Una pausa—. Hasta Navidad, si es cuidadoso.

Salvatore dejó de masticar.

—No tienes pruebas de nada.

—No necesito pruebas. Necesito el muelle. Y el muelle es mío.

—La deuda de Filippo Montefusco no es problema mío —dijo Riccardo, bajo—. Cóbrale lo que quieras, como quieras. Pero si el jueves, o cualquier otro día, un hombre tuyo se acerca a cien metros de mi sobrina, no cierro tres contenedores. Cierro el puerto. Para ti y para todos los que te compran.

Salvatore se quedó mucho tiempo callado. Después se sacó la servilleta del cuello y la dobló sobre el plato.

—Yo no puse ninguna foto en tu auto, Celano. —No era miedo. Era cálculo—. Busca dentro de tu casa.

Riccardo se levantó, tomó el abrigo del perchero y salió sin mirar atrás.

En el auto, Ciro arrancó el motor.

—Se va a vengar.

—Lo sé.

Riccardo apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.

Había usado la voz del teléfono entera, de principio a fin, y había funcionado, como funcionaba siempre.

Por primera vez en su vida, no sintió nada después.

Solo la falta de una mujer que habría sabido exactamente qué voz era esa, y que se había ido por culpa de ella.

*

El martes, ella no desayunó. El miércoles, no almorzó. Assunta empezó a subir con bandejas cada dos horas, y a bajarlas intactas, y en cada bajada la boca se le apretaba más.

—La niña se apagó —dijo el miércoles por la tarde, en la cocina, sin mirarlo. Amasaba el pan como quien le pega a alguien—. No habla con la muñeca. No habla con la pared. Antes, yo la oía de noche, por la puerta. Hablando con el animal. Ahora no oigo nada.

—Lo sé.

—El señor lo sabe. —La mano se le detuvo dentro de la masa—. El señor echó a la única persona que ella dejaba acercarse. Y al perro con ella.

—Alguien en esta casa le puso veneno a ese perro, Assunta.

—Y alguien en esta casa está matando de hambre a esa niña, y no es con veneno.

Él no respondió. Nadie en esa casa le hablaba de esa manera. Assunta les había cambiado los pañales a él y a su hermano. Era la única que podía.

Ella se limpió las manos en el delantal, despacio, y solo entonces lo miró.

—La muchacha dobló su camisa antes de irse, señor Riccardo. Yo lo vi. —Bajó la voz—. Una mujer que le dobla la camisa a un hombre antes de irse no se fue porque quiso.

*

El miércoles por la noche, él abrió la libreta.

Estaba en el cajón de abajo del escritorio del despacho, el de la llave, junto con el sobre MARINI, C., donde la había encerrado el lunes por la mañana sin leer nada más.

Esta vez lo leyó todo. Desde el principio.

Y después Nina. Página por página. Cada minuto contado. Bajó en 22 min. Bajó en 12. Bajó en 9. La risa. El cepillado. Contacto de manos tolerado. La presencia del tío a treinta metros. La frase dicha al perro lo bastante alto como para que el tío la oyera. Él no se acercó.

Ella había anotado sus distancias. Todas. Como si cada metro que él no cruzaba fuera algo que merecía quedar escrito.

En la última página, la más reciente, del domingo, había una sola línea, sin hora, con una letra que temblaba un poco:

Fue a la ventana cuando salió el auto. No debajo de la cama. A la ventana.

Era sobre la noche en que él fue al cobertizo. Ella estaba en la alfombra del pasillo, contando sus minutos. Y había escrito eso.

No sobre Filippo. No sobre el cobertizo. Sobre la niña que comprobaba si él estaba vivo.

Riccardo cerró la libreta y se quedó con las dos manos sobre la tapa.

Ella le había mentido tres veces. Estaba ahí, con fecha. Y cada una de las páginas entre las mentiras era una prueba de que se había pasado tres semanas cuidando a las dos personas de esa casa que no sabían dejarse cuidar.

Tomó el celular. Abrió el nombre de ella.

Escribió Apagó la lámpara. Lo borró.

Escribió Vuelve. Se quedó mirando la palabra un largo rato.

La borró también.

Subió. La rendija bajo la puerta de Nina estaba otra vez a oscuras. Abrió la puerta, que no estaba cerrada con llave, y entró.

Ella estaba en la alfombra, de lado, con los ojos abiertos en la oscuridad. No se encogió cuando él entró. No hizo nada. Eso era peor que encogerse.

Riccardo no encendió la lámpara. Se acostó en el suelo, al otro lado de la alfombra, a un brazo de distancia, de espaldas sobre el piso de madera, con los ojos en el techo. Se quedó ahí.

—Yo también los extraño —dijo, al techo. Bajo—. A los dos.

La niña no respondió. Pero, después de mucho tiempo, la mano de ella salió de debajo de la cara y se quedó abierta en la alfombra, entre los dos, sin llegar hasta él.

Él puso la suya al lado. Sin tocarla. Se durmieron así.

*

La visita fue el jueves a las cuatro, por orden del juez.

Adele vino con Bassi. Filippo, no. Un viaje a Roma, dijo el chofer, y Riccardo apretó tanto el pasamanos de la escalera que le dolieron los nudillos.

Nina no bajó.

Ni en nueve minutos, ni en veintidós. No bajó. Bassi esperó media hora en la terraza de los limoneros con el portafolios abierto y el bolígrafo quieto, y después pidió subir.

Encontraron a la niña en la alfombra del cuarto, acostada de lado, en el lugar del perro, todavía de uniforme, a las cuatro y media de la tarde. Los ojos abiertos. Vueltos hacia la puerta.

Adele se detuvo en el umbral y se llevó la mano enguantada a la boca.

—¿Dónde está el perro? —preguntó, y su voz no era la del juzgado.

—Se fue —dijo Riccardo—. Con la terapeuta.

Bassi escribió durante mucho tiempo, y Riccardo oyó cada trazo del bolígrafo en el papel como si fuera en la piel.

—Señor Celano. —Bassi cerró el portafolios a la salida, en lo alto de los escalones, y se acomodó los lentes—. Usted mismo me dijo, hace dos semanas, que ella se había sentado a su lado en una fiesta. Que desayunaba frente a usted. Hoy no se levantó del suelo.

—Se va a levantar.

—¿Con quién? —Bassi no esperó respuesta—.

La terapeuta fue despedida. Su dictamen fue retirado del expediente.

El animal con el que la niña se comunicaba ya no está en la casa.

—Se acomodó otra vez los lentes, aunque no hacía falta—.

Voy a escribir lo que vi, señor Celano. Una casa inestable, a ocho días de la audiencia.

En la puerta del auto, Adele se detuvo, sin volverse.

—Está igual que en abril —dijo. No era una acusación. Era peor. Era miedo.

*

El papel llegó el viernes, a las seis de la tarde, de manos de un oficial de justicia de traje marrón que esperó en el portón, con Tonino al lado, hasta que Riccardo bajó a firmar el acuse de recibo.

Lo leyó ahí mismo, de pie en la grava.

Los Montefusco lo habían pedido el jueves por la noche, pocas horas después de la visita. El juez había resuelto en un día. Visto el informe del asistente social, que describe inestabilidad en el entorno del tutor, y dada la inminencia de la audiencia...

Riccardo leyó dos veces la frase siguiente.

Pensó en ella. En sus dos manos cerradas sobre la muñeca de él, en el vestíbulo oscuro, contando los latidos. Ella habría sabido qué hacer con esa niña en el suelo. Ella habría sabido qué decirle a un perro para que una niña lo oyera.

Y él la había echado con la voz del teléfono.

Arriba, en el cuarto del fondo del pasillo, había una camisa doblada en medio de una cama. En el otro cuarto, una niña acostada en el suelo, a oscuras, en el lugar de un perro.

Bajó el papel. Miró el portón de hierro, el riel, la grava. El lugar exacto donde una terapeuta había bajado de un auto viejo, cinco semanas antes, y había dicho que sin el perro ella tampoco entraba.

Se concede a la familia materna la convivencia con la menor durante el fin de semana anterior a la audiencia. La entrega la realizará el tutor, personalmente, en el portón de la residencia, el sábado, a las diez horas.