Capítulo 26
El caramelo estaba encima de la línea, como un pisapapeles.
Chiara lo vio antes de ver cualquier otra cosa. Se había despertado con la mano cerrada sobre la sábana vacía y el lado de él frío, y se giró en la cama para llamarlo, y el nombre se le detuvo en la boca.
La libreta azul, abierta sobre la cómoda. En la página de la menta. Y, encima de su letra, el caramelo de rayas verdes que había pasado dieciocho días escondido entre la tapa y la primera página.
Ella no se movió.
El cuarto todavía olía a él. La almohada, la sábana, su propia piel.
La noche anterior, él había dicho su nombre dos veces contra la puerta cerrada.
Y en algún momento después de eso se había levantado, había abierto la libreta, había leído las fechas y había dejado eso ahí, ordenado, para que ella lo encontrara sola.
No la había despertado. No había gritado. Lo había ordenado.
Chiara se vistió con las manos temblando. La blusa de ayer. Esta vez la abotonó bien, botón por botón, porque necesitaba que algo saliera bien. Tomó la libreta y el caramelo y bajó.
*
Él estaba en el despacho, de pie, de espaldas a la puerta, con la frente casi apoyada en el vidrio. La camisa de la noche anterior. El mar abajo, color plomo.
—Riccardo.
Él no se volvió.
—La abogada llamó a las seis y cuarenta —dijo, al vidrio—. Los Montefusco presentaron once fotografías a medianoche. Tú saliendo de este piso descalza, con los zapatos en la mano. Cuatro mañanas.
El suelo se le hundió un poco bajo los pies.
—Tu dictamen quedó descartado. Vínculo afectivo con el tutor. —Pronunció la palabra vínculo como si la leyera de un papel—. Y la solicitud de adopción que firmé ayer está congelada.
Solo entonces se volvió.
Ella esperaba rabia. Estaba preparada para la rabia desde la escalera. Pero la cara de él estaba tranquila, lisa, vacía, y la voz era la del primer día. La voz baja que no cambiaba entre una frase y otra. La que había mandado romperle los dedos a un hombre por teléfono sin subir el tono.
Nunca la había usado con ella.
—Te lo iba a contar —dijo Chiara.
—Lo sé. Mañana.
—Riccardo...
—En el garaje, te hice una pregunta. —Él dio un paso. Uno solo—. Te la voy a hacer otra vez, porque te mereces la pregunta directa. Chiara. ¿Hay algo más que yo debería saber?
Ella lo miró. La camisa arrugada, la barba sin afeitar, la boca que la víspera había estado en su hombro. Pensó en mentir otra vez. Lo pensó durante medio segundo, y odió ese medio segundo más que ninguna otra cosa en su vida.
—Sí —dijo.
*
Lo contó todo. De pie, en medio del despacho, con la libreta apretada contra el pecho.
El cuarto que se mece, la primera semana, en la hamaca.
La sirena del ferry. El silbido de la familia de la madre, que ella relacionó la noche de la primera visita sin saber qué hacer con eso.
El olor a caramelo de menta, dicho al perro una mañana de cepillado.
El caramelo en el bolsillo de la chaqueta.
La bolsita de Filippo cerrada con el clip intacto en el salón.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque ella solo hablaba con Orso. —La voz se le alzó—.
Era el único lugar del mundo donde hablaba, Riccardo.
Si yo te daba una sola palabra de lo que ella decía, ibas a ir tras ella con doce hombres, y ella lo iba a saber.
Iba a saber que el perro lo contaba. Y iba a dejar de hablar con lo único que todavía la escuchaba.
—Dejó de hablar de todas formas. El lunes, después de la terraza.
—Y yo lo arreglé. Sola. Como dije que lo iba a arreglar.
Él no respondió. Ella siguió, porque había empezado y ya no sabía parar.
—Y la menta no es una prueba. Es un olor. Un olor, que una niña de siete años le dijo a un perro, a oscuras. ¿Qué ibas a hacer con eso?
Señaló el cajón del escritorio, el de la llave.
—Yo sé lo que ibas a hacer. Lo vi el viernes. Te pusiste la pistola en la cintura por un silbido y el gruñido de un perro. Con un olor, ni siquiera te ibas a detener en su puerta.
Aquello dio en el blanco. Ella lo vio dar, en el músculo de la mandíbula de él.
—Entonces decidiste tú —dijo él, bajo—. Por mí. Por ella. Por todos en esta casa.
—Decidí protegerla.
—De mí.
—De lo que él dijo que iba a pasar si ella hablaba. —Chiara dio un paso—. Si lo cuento, el tío Riccardo se muere. Yo lo oí a oscuras, Riccardo. Y tú ibas a hacer exactamente lo necesario para que él tuviera razón.
Por un segundo, algo le cruzó la cara. Ella lo vio. Vio al hombre del garaje, al del pasillo, al que se había arrodillado en la alfombra con la muñeca en la mano de una niña. Estaba ahí, detrás de la voz del teléfono.
Y él se cerró.
—Dieciocho días —dijo—. Filippo entró en esta casa tres veces en dieciocho días. Se sentó en mi salón. Se tomó mi café. Estuvo a veinte metros de mi sobrina, y tú sabías a qué olía.
—Yo no sabía que era él.
—Sabías lo suficiente como para esconder un caramelo en una libreta.
Ella no tuvo respuesta. Porque era verdad.
*
Él volvió detrás del escritorio. Apoyó las dos manos encima, la pose de sus hombres, la pose del primer día.
—La abogada te quiere fuera de esta casa hoy —dijo—. Sin sombras. Es la única oportunidad de que la solicitud de adopción se mueva antes de la audiencia.
Chiara se quedó inmóvil.
—¿Esto es el juzgado echándome —preguntó— o eres tú?
—¿Importa?
—A mí sí.
Él la miró un largo rato. Los ojos le bajaron a la boca de ella, una vez, y volvieron, y ella vio lo que eso le costó. Lo vio y no sirvió de nada.
—Tu contrato era de ocho semanas —dijo él—. El juzgado acaba de decir que tu dictamen no vale. Ya no hay trabajo para ti aquí.
No respondió a la pregunta. Ella entendió que esa era la respuesta.
—¿Y Orso?
Por primera vez, la voz de él vaciló. No cambió de tono. Solo tardó.
—Alguien en esta casa sacó once fotos en mi pasillo. Alguien puso veneno en el seto. —Miró hacia la ventana, hacia el jardín, hacia el rincón del laurel—. Tú misma lo dijiste. Solo tú le das de comer. Solo tú lo paseas. Si se queda aquí sin ti, no sé quién llena ese cuenco.
—Ella se va a quedar sola.
—Se va a quedar viva. Y él también.
Chiara abrió la boca. La cerró. Él tenía razón, y ella odiaba que la tuviera, y esta vez ninguno de los dos dijo yo también.
—Tú no sabes hacer las cosas a medias —dijo ella, por fin—. Eso fue lo que dijiste en la terraza.
—No sé.
Ella dejó la libreta sobre el escritorio, delante de él. El caramelo encima.
—Entonces quédate con esto entero.
Fue hasta la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte, de espaldas a él, como él se había detenido el primer día.
Había una cosa más. Una que tampoco había contado, que no estaba escrita en ninguna libreta. La había descubierto sentada en la alfombra del pasillo, a las nueve y cuarto del sábado, contando los minutos de él.
No iba a decirla ahora. No en esa sala, con esa voz al otro lado del escritorio. No para que él la guardara en un cajón con las demás pruebas.
—Chiara —dijo él, detrás de ella.
Ella esperó. Un segundo. Dos.
Él no dijo nada más.
Y ella salió.
*
Tardó media hora en recogerlo todo.
En su cuarto, la cama estaba intacta, sin nadie desde hacía una semana. La camisa de él colgaba del respaldo de la silla, la que él le había puesto sobre los hombros una madrugada fría de miércoles, para cruzar el pasillo, y que ella nunca le devolvió.
Chiara la dobló. La dejó sobre la cama, justo en el medio, como Assunta había dejado el formulario de la escuela. No se la llevó. Había llegado con una maleta y un perro, y se iba con una maleta y un perro, y parecía que la casa entera se le había metido en la maleta.
Assunta la esperaba en el vestíbulo, con el trapo de cocina al hombro y los ojos rojos. No dijo nada. Le puso en las manos un paquete de papel todavía caliente, pan dulce de domingo en un lunes, y le hizo la señal de la cruz, rápido, en la frente, como quien bendice a una niña que se va de viaje.
Orso la siguió hasta la puerta principal y se detuvo.
Miró hacia atrás. Hacia la escalera.
Nina estaba en lo alto de los escalones, de uniforme, con la mochila en una mano y el pelo suelto cayéndole sobre la cara. Había bajado a desayunar, como todas las mañanas de esa semana, y se había detenido en el último escalón, con los ojos en la maleta.
Chiara sintió que el pecho se le partía.
No podía prometerle nada. No podía decirle vuelvo pronto, porque no sabía si volvía. No podía decirle adiós, porque una niña que lo ha perdido todo no aprende nada de esa palabra, salvo que existe.
Se arrodilló en el mármol, junto al perro, de frente a la escalera, y le habló a él. Solo a él.
—Ahora ella va a cuidar al tío, Orso —dijo, bajo—. Sola. Como lo cuidó todos estos meses. Y él la va a cuidar a ella. Él sabe. Yo le enseñé.
La voz le falló al final. Se levantó antes de que le fallara otra vez.
Nina no se movió. Se quedó en el escalón, con la mochila colgando, los ojos en el perro.
Riccardo apareció en la puerta del despacho. No se acercó. Se quedó al otro lado del vestíbulo, de pie, con las manos en los bolsillos, como se había quedado en la puerta de la terraza en la primera visita. Donde podía quedarse.
Chiara no lo miró. Tomó la correa de Orso y salió.
*
El auto viejo estaba en el patio, donde había estado desde el primer día. Ella metió la maleta en el maletero. Abrió la puerta de atrás, y Orso subió despacio, con los ojos en la casa, y se echó en el asiento con el hocico contra el vidrio.
Tonino abrió el portón sin que nadie se lo ordenara.
Ella giró la llave. El motor tosió y arrancó. Metió primera y bajó la rampa de piedra, despacio, porque las manos no estaban lo bastante firmes para ir más rápido.
En el retrovisor, la fachada. La puerta principal abierta. Riccardo en lo alto de los escalones, quieto, ya con las manos fuera de los bolsillos, abiertas junto al cuerpo.
Y entonces algo pequeño, de uniforme azul, pasó junto a él corriendo.
Nina bajó los escalones sin tocar el pasamanos. Cruzó el patio. Salió de la grava al césped, porque por el césped el camino hasta el portón era más corto, y corrió. El pelo suelto al viento, la mochila tirada en algún lugar atrás, los zapatos negros de la escuela hundiéndose en el césped mojado.
En el asiento de atrás, Orso se levantó y puso las patas en el vidrio.
Chiara levantó el pie del acelerador. No pudo frenar. No pudo acelerar. El auto se quedó arrastrándose por la rampa, y en el retrovisor la niña corría tras él, por el medio del césped, con los brazos abiertos para no perder el equilibrio, con la boca abierta.
Abierta, y en silencio. Sin un grito, sin un nombre, sin ningún sonido.