Capítulo 24
—No —dijo Chiara.
Había pasado el resto de la noche despierta con la respuesta en la boca. Se la dio a las ocho de la mañana del domingo, en el lavadero, arrodillada en el suelo con la bolsa de alimento abierta y el cuenco de Orso en la mano.
Riccardo estaba de pie en la puerta, todavía con la camisa de la noche anterior y la sal seca en el bajo del pantalón.
—No tienes que preguntarle nada —dijo él—. Hablas con el perro, como tú lo haces. Le dices que el tío está bien, que nadie se va a morir, que puede contarlo. Que hay un hombre en una sala que necesita oír lo que pasó en el cobertizo.
Ella dejó el cuenco en el suelo, cerró la bolsa de alimento y le dobló la boca dos veces, con cuidado, para que las manos tuvieran algo que hacer.
—Chiara.
—Regla número uno. —Se levantó—. Nadie le pregunta a Nina por el secuestro. Ni de forma indirecta. Ni con juguetes, ni con juegos. Lo dijiste tú. El primer día, en el despacho.
—La regla era mía. Puedo cambiarla.
Ella reconoció la frase. La perrera, la luna, los pies de la niña sucios de tierra. Él la había dicho para abrir una puerta. Ahora la usaba para abrir otra.
—Esa no.
*
—Tiene siete años —siguió, más bajo—. Se pasó cinco meses callada porque un hombre le dijo que, si hablaba, tú te morías. Y quieres que yo entre en ese cuarto y le diga que ahora tiene que hablar. En una fecha. Delante de un extraño. Porque tú lo necesitas.
—Porque ella lo necesita.
—Porque el juzgado lo necesita. ¿Sabes lo que hace el abogado de Adele con una niña ensayada? Pregunta quién le enseñó. Ella me mira a mí. Y se acabó.
—Entonces no la ensayes. Solo abre la puerta.
—La puerta es de ella, Riccardo.
Orso se había levantado y se había quedado entre los dos, con los ojos yendo de uno a otro.
Riccardo entró. El lavadero era demasiado pequeño para los dos, y se hizo más pequeño. Ella retrocedió un paso y se encontró con la lavadora a la espalda. Él se detuvo a un palmo, con las manos cerradas junto al cuerpo.
—¿Crees que no sé lo que le cuesta esto?
—La voz se le alzó—. Pasé la noche dentro del lugar donde la tuvieron.
El suelo se mueve. Hay una ventana clavada.
Hay veinte envoltorios de caramelos en el suelo.
Y el hombre que chupaba esos caramelos va a almorzar hoy en casa de su abuela, con la llave en el bolsillo.
—Lo sé.
—No lo sabes. Tú no estabas ahí.
Ella sintió que la sangre se le iba de la cara.
No estaba ahí. Estaba en la alfombra del pasillo, con la espalda contra la pared, en el lugar de él.
A las nueve y cuarto, contando los minutos de un hombre que había salido armado a la oscuridad, se había dado cuenta de que hacía exactamente lo mismo que la niña hacía al otro lado de la puerta.
Y había entendido, con las manos heladas y el celular en el regazo, que estaba enamorada de él.
No dijo nada de eso. Levantó la barbilla.
—Quieres que yo le haga lo que le hizo él —dijo—. Que yo decida por ella cuándo abre la boca.
Él dio un paso atrás como si ella lo hubiera empujado. Salió del lavadero sin responder.
*
En el almuerzo, Nina bajó.
Se comió la mitad de la pasta. Llevaba el pelo suelto, sin nada, y le caía sobre la cara a cada bocado, y a cada bocado ella se lo echaba detrás de la oreja con el dorso de la mano, como quien espanta un bicho del plato.
Chiara vio a Riccardo llevarse la mano al bolsillo interior de la chaqueta tres veces durante el almuerzo.
Sabía lo que había ahí: el pasador, que ella había dejado sobre el escritorio del despacho de madrugada, sin poder tocarlo, y que él había guardado.
Vio la mano detenerse sobre la tela y volver a la mesa, vacía, todas las veces.
Él no iba a devolver algo así por encima de un plato de pasta sin saber qué iba a recordar la niña junto con eso. Ella lo miró desde el otro lado de la mesa y, por primera vez desde el lavadero, sintió que la rabia cedía un centímetro.
*
La abogada llegó a las tres, con una carpeta de cuero y cara de cobrar el domingo al doble.
Chiara estaba en el pasillo de abajo con Orso, camino del jardín, cuando la puerta del despacho quedó entornada detrás de Assunta, que salía con la bandeja del café. No se detuvo. Aflojó el paso.
—Una solicitud de adopción presentada antes de la audiencia dice que usted no quiere la custodia —decía la abogada—. Quiere a la hija.
Silencio. Papel.
—¿Dónde firmo?
—En cuatro lugares. Los marqué con lápiz.
Chiara apoyó la mano en la pared. Orso se sentó junto a su pierna, sin que ella se lo pidiera.
La voz de la abogada otra vez, más cerca de la puerta, ya de salida:
—La terapeuta. Su informe tiene que llegarle al juez limpio, señor Celano. Sin ninguna sombra. Usted entiende lo que le estoy diciendo.
—Lo entiendo.
Chiara cruzó el vestíbulo antes de que se abriera la puerta. Salió al jardín con el perro, y el sol de las tres le dio en la cara como algo que se merecía.
Sin ninguna sombra. La sombra era ella. Y había otra, más pequeña, en el cajón de su cuarto, dentro de una libreta azul, entre la tapa y la primera página.
*
Él la encontró en la terraza de las columnas, a la puesta del sol, sentada en la balaustrada con Orso echado a sus pies.
—Firmé la solicitud de adopción —dijo él.
Ella se volvió.
—Padre. Eso es lo que dice. Sin nada tachado.
Chiara se quedó callada un largo rato. El sol bajaba detrás de Ischia y dejaba el mar del color del cobre.
—Y esta mañana quisiste que yo fuera ese hombre para ella —dijo, por fin.
—Lo sé.
—No lo sabes. —Ella bajó de la balaustrada—.
Yo pasé once meses sin hablar, Riccardo.
Mi madre me llevó con un cura que me tomó de la mano y me mandó decir «papá».
Tres veces. Yo tenía ocho años. No lo dije.
Pero durante un año entero, cada vez que alguien me tomaba de la mano, creía que iba a tener que decirlo.
Él no se movió.
—Perdóname —dijo. No era una palabra que él supiera decir. Ella vio que no sabía. La dijo de todas formas.
Ella respiró hondo.
—Hay una manera. No de hacerla hablar. De que no entre sola en esa sala.
—Miró al perro—. Pídele a la abogada que se lo pida al juez.
Orso entra con ella. Perro de terapia, certificado, cuatro años de hospital.
Hay jueces que lo permiten. Ella habla con él.
Si el juez está lo bastante cerca para oír, quizá ella lo deje.
—Quizá.
—Es el único quizá que no le pasa por encima.
Él cruzó los tres pasos. Le puso la mano abierta en la cara, y ella apoyó la mejilla en su mano, con los ojos cerrados.
*
La puerta del cuarto de él se cerró a las once y media. La de Nina estaba cerrada con llave por dentro desde las nueve, al otro lado del piso, con el perro atravesado en la alfombra.
Chiara llevaba la libreta azul bajo el brazo. Había subido decidida. Iba a dejarla sobre la cómoda, abrirla en la página de la menta y contarlo todo, antes que cualquier otra cosa.
La dejó sobre la cómoda, junto al lugar donde la pistola había pasado la noche del viernes.
—Ahí está lo que ha hecho ella —dijo—. Todo, con fecha. La primera risa, el cepillado, el «es tonto». Mañana elegimos lo que va para el juez.
Y hay algo más, iba a decir. Abrió la boca. Él esperó.
Ella la cerró.
—Mañana —dijo.
Él la besó antes de que terminara la palabra.
No fue como la primera noche, lenta y llena de preguntas.
Tenía dentro el lavadero, la rabia de la mañana, el perdón de la terraza.
Ella le desabrochó los botones de la camisa de abajo arriba, sin ninguna paciencia.
Él la levantó por la cintura, y la espalda de ella dio con la puerta cerrada, y ella se rio contra su boca, una risa corta, sin aliento, la primera de ese día.
Después ya no hubo más risa.
Él le abrió el pantalón con una mano y se lo bajó junto con la ropa interior, y ella se libró de todo con los pies, y la mano de él volvió por la cara interna del muslo, despacio, hasta encontrar lo que buscaba. Ella golpeó suavemente la cabeza contra la puerta y cerró los ojos.
—Chiara —dijo él contra su boca, y otra vez, más bajo—: Chiara. Mírame. Esta mañana no me mirabas.
Ella lo miró. Él la tocaba sin prisa, con los ojos en los de ella, y ella sentía el cuerpo entero abrirse bajo su mano, y la rabia del lavadero deshacerse en otra cosa, más caliente, que subía desde los muslos y no se detenía.
Cuando él la levantó otra vez, ella le rodeó el cuerpo con las piernas y lo sintió entrar, hondo, contra la puerta, y el aire se le escapó en un sonido que ahogó en el hombro de él.
—A la cama —dijo, sin aliento, y tiró de él por los hombros—. La puerta. Alguien va a oír.
Él la llevó a la cama sin salir de ella.
Ahí fue otra cosa. Él encima, con todo su peso, las manos de ella atrapadas en las suyas, por encima de la cabeza, y el ritmo que empezó despacio y no se quedó despacio.
La cama golpeaba suavemente contra la pared.
Ella le pasó las uñas por la cicatriz de la costilla y lo sintió estremecerse entero.
—Riccardo...
Dijo su nombre una vez, bajo, como quien pide. Él le devolvió el de ella, como quien responde, contra su boca.
Ella llegó con los ojos en los de él y le apretó los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Él llegó justo después, con la cara hundida en su pelo y el cuerpo entero temblando.
Ella se durmió primero. Con la cabeza en el pecho de él y la mano cerrada en la suya, apretada, como si todavía estuviera sosteniendo algo.
*
Se despertó una vez, sin saber la hora.
El lado de él en la cama estaba frío. Ella abrió los ojos despacio, pesados de sueño, y lo vio en el sillón junto a la ventana, donde la luz de la bahía entraba débil y azul. Estaba sin camisa, con la libreta azul abierta en el regazo.
Eligiendo lo que iba para el juez. Como habían acordado.
Ella casi sonrió. Quiso llamarlo de vuelta a la cama y no tuvo fuerzas. Los ojos se le cerraron solos, se abrieron otra vez.
Él no estaba leyendo. Estaba inmóvil, con la cabeza gacha, y se miraba la mano.
Mañana, pensó Chiara, hundiéndose ya. Mañana lo cuento todo.
Se giró de lado, hacia la ventana, hacia el lado de él, y el sueño la arrastró hacia abajo. Lo último que vio, antes de que los ojos se le cerraran del todo, fue la mano de él abierta en la luz azul, y en la palma, pequeño, retorcido en las dos puntas, algo transparente con rayas verdes.