Capítulo 23
—Si no te he llamado antes de la una —dijo Riccardo—, llamas a la abogada. No a la policía. A ella.
Tomó la pistola de encima de la cómoda y revisó el cargador sin mirar. Eran las nueve menos diez del sábado. Chiara estaba sentada en el borde de su cama, con la sudadera, con las manos atrapadas entre las rodillas para no hacer nada con ellas.
—¿Y si no llamas?
—Voy a llamar.
Filippo jugaba al póquer todos los sábados, en un club de Chiaia, de nueve a tres. Ciro tenía a un hombre en la puerta desde las seis. Él había dejado la puerta del despacho abierta toda la mañana, a propósito, para que ella lo oyera.
—¿Su llave está girada? —preguntó.
—Desde las ocho.
—¿Orso?
—Comió de mi mano. Nadie más tocó el cuenco.
Él fue hasta la cama. Le tomó la muñeca izquierda y le giró la mano hacia arriba, como en la cocina, la noche de la fiesta. La marca de sus dedos ya había desaparecido. Apoyó la boca en el lugar donde había estado.
—Vuelvo —dijo, contra su piel.
—A la una. —Ella retiró la muñeca, despacio—. Ni un minuto más.
Él la besó. La mano abierta en su nuca, el cuerpo inclinado sobre el de ella en el borde de la cama, el arma fría entre los dos. Ella le agarró la chaqueta por delante, como en la biblioteca, y no la soltó. Fue él quien se apartó.
—No salgas de ese pasillo —dijo.
*
El auto de Ciro apagó los faros en la última curva antes de Bacoli y bajó por el camino de tierra a oscuras, entre los pinos, a veinte por hora.
La casa de la playa de los Montefusco estaba cerrada, con las persianas bajadas. La del cuidador, cien metros más atrás, tenía un televisor encendido. Y, al final del camino, donde terminaban los pinos y empezaba la roca, había un auto estacionado que no debería haber estado ahí.
Un Fiat oscuro, con la ventanilla abierta. La brasa de un cigarrillo adentro.
—Los Varriale —dijo Ciro, en voz baja—. Vigilan lo que tiene Filippo. Para saber qué embargar.
Riccardo bajó antes de que se apagara el motor.
Rodeó por entre los pinos, fuera del alcance del retrovisor, por la arena blanda, donde los pasos no hacen ruido. El hombre tenía el celular en la mano y el codo en la ventanilla. No oyó nada. Solo sintió el cañón de la pistola detrás de la oreja.
—No —dijo Riccardo—. Ni el celular.
El hombre se congeló. El celular se le resbaló al regazo.
—Celano —dijo, sin girar la cabeza. Sabía quién era por la voz. En el puerto, todo el mundo lo sabía.
—Baja del auto despacio.
Ciro ya estaba del otro lado, con la puerta abierta. Le sacó el arma de la cintura, las llaves del contacto, el celular del regazo. Miró a Riccardo por encima del techo del auto. No hizo falta preguntar. Lo tenía escrito en la cara: resuélvelo.
—Esta noche no se muere nadie en Bacoli —dijo Riccardo—. Un disparo aquí, y la niña se va con la abuela el viernes.
Le dio un solo golpe, con la culata, detrás de la oreja. Seco, exacto, como su padre le había enseñado a los dieciséis años. El hombre se dobló sin un sonido. Ciro lo ató con sus propias bridas de plástico, lo acostó en el asiento trasero del Fiat y tiró las llaves al mar.
—Cuando se despierte, se lo va a contar a Salvatore —dijo Ciro.
—Que se lo cuente. —Riccardo guardó la pistola—. Salvatore va a saber que llegué hasta lo que él vigila y no tuve que disparar.
*
El cobertizo estaba en la punta de la roca, sobre pilotes, con el agua golpeando debajo. Una pasarela de madera unía la roca con la puerta. La cerradura era nueva, brillante, lo único de ese lugar que no estaba gris de sal.
Ciro la abrió con una palanca en once segundos.
Riccardo entró primero.
El suelo se movió.
Fue lo primero. La marea subía debajo de las tablas, y todo el cuarto respiraba con ella, despacio, hacia un lado y hacia el otro.
Él se detuvo en el medio con la linterna en la mano y sintió aquello subirle por las piernas, y pensó en una niña de siete años despertándose a oscuras con el suelo moviéndose debajo de ella.
Un cuarto que se mece.
La ventana estaba clavada por dentro, con tablas atravesadas. En un rincón, un colchón de playa, azul, desinflado. Una botella de agua vacía. Y, por todo el suelo, desparramados, envoltorios de caramelos. Transparentes, con una raya verde, retorcidos en las dos puntas. Veinte, treinta.
Ciro iluminó el colchón. Riccardo no pudo.
Ciro se quedó un segundo quieto, con la luz sobre el azul desinflado. Después dijo, bajo, sin volverse:
—Aquí, Riccardo. En una cosa así. Treinta y una horas.
—Lo sé.
Ciro apartó la luz del colchón y no dijo nada más.
Lo revisaron todo. Cada tabla, cada clavo. Ciro encontró debajo del colchón una lata de galletas, y dentro de la lata, un sobre de papel madera. Riccardo encontró el pasador.
Estaba atrapado entre dos tablas del suelo, cerca de la pared, donde una mano pequeña podía haberlo metido a propósito. De carey, con una margarita de esmalte blanco en una esquina, desportillada en un pétalo.
Se arrodilló sobre las tablas y se quedó mirándolo a la luz de la linterna. No pudo tocarlo.
Fue entonces cuando Ciro apagó la linterna.
—Un barco —susurró.
Por la rendija de las tablas de la ventana, una luz blanca barría el agua. Un motor bajo, lento, que venía de la punta del cabo. Podía ser un pesquero. Podía ser la guardia costera. Podía ser el Varriale del cambio de turno, que llegaba por mar.
Se quedaron a oscuras.
Cuarenta minutos. Riccardo los contó. Arrodillado en el suelo que se movía, con el pasador delante de las rodillas y el olor a menta vieja subiendo de las tablas, en la oscuridad completa donde una niña había pasado treinta y una horas.
La luz del barco pasó por las rendijas una vez, dos, y él sintió el corazón golpeándole en las sienes.
Después, desde muy lejos, la sirena del ferry de Pozzuoli.
Entró por la madera como si viniera de adentro de las tablas. Grave, larga. Riccardo la sintió en el pecho y entendió, de golpe, por qué su sobrina le tenía pánico a una sirena. Se quedó de rodillas hasta que el barco se alejó, con los puños cerrados sobre los muslos, sin poder abrirlos.
*
Salieron por la roca, con el agua hasta las rodillas, para no volver por el camino. El agua estaba helada. Él no la sintió.
En el auto, Riccardo tomó el celular a la una menos diez e intentó escribir. La mano no se le quedaba quieta. Los dedos se equivocaban de letra. Ciro conducía callado y lo miraba de reojo en cada curva.
Lo consiguió a la una y seis.
Saliendo. Entero.
Llamó a la abogada a la una y media. Ella fue breve: una prueba obtenida por allanamiento no valía nada. Peor. El abogado de los Montefusco iba a preguntar quién garantizaba que no había sido el propio tutor quien había llevado el pasador a ese cobertizo.
Colgó sin responder.
*
El portón se abrió a la una y cuarenta.
Riccardo bajó del auto en el patio y levantó los ojos hacia la fachada, hacia la ventana del segundo piso, porque no pudo no levantarlos.
La luz de la lámpara de luna estaba encendida. Y, detrás del vidrio, en pijama, de pie en la silla de la ventana, estaba Nina.
Había oído el motor. No se había metido debajo de la cama. Había ido a la ventana.
La niña apoyó la mano abierta en el vidrio.
Él levantó la suya. No saludó. Dejó la mano abierta en el aire, a la luz de los faros, como en el portón verde de la escuela, y se quedó así hasta que ella se bajó de la silla y desapareció.
Detrás de ella, en el umbral del cuarto, vio por un segundo la silueta de Chiara. Después la puerta se cerró.
Ella lo encontró en el vestíbulo oscuro, al pie de la escalera. Había bajado los escalones casi corriendo.
No dijo nada. Le tomó la muñeca con las dos manos, se la giró hacia arriba y apretó los dedos sobre las venas, con fuerza, como una niña de siete años había hecho una noche de pesadilla.
Riccardo le miró las manos. Y entendió lo que ella hacía, y por qué.
La apoyó contra la pared fría y la besó, con la boca salada y el pantalón mojado contra las piernas de ella. Necesitaba tocar algo vivo. Ella lo dejó.
—Seis minutos —dijo ella, contra su boca—. Me dejaste seis minutos con el número de la abogada en la pantalla.
—La mano no se me quedaba quieta.
—¿Y ahora?
—Ahora la tienes tú. —Él giró la mano dentro de las de ella—. Es el único lugar donde se queda quieta.
Los pasos de Ciro en la grava, afuera. Él se apartó un palmo. No más.
—Al despacho —dijo—. Hay algo que tienes que ver.
*
Dejó el pasador sobre el escritorio, dentro de una bolsita de plástico.
—Estaba entre dos tablas del suelo.
—¿Es de ella? —preguntó Chiara.
—Era de Giulia. Nina lo usaba todos los días desde el entierro. Cuando volvió, ya no lo tenía. Lo buscó por toda la casa una semana entera.
—¿Cómo es ahí adentro?
—Un cuarto encima del agua. Cuando sube la marea, el suelo se mueve. —Apoyó los dedos en el borde del escritorio, como si todavía lo sintiera—. Y se oyen los ferris de Pozzuoli. La sirena entra por la madera.
Chiara se agarró del respaldo de la silla. Se puso blanca. Él creyó que era el cuarto, la niña a oscuras, y quiso cruzar el escritorio hasta ella.
—El suelo estaba lleno de envoltorios de caramelos —dijo Ciro, desde la puerta—. Transparentes, con una raya verde.
Ella no dijo nada. Su silencio ocupó el despacho entero, y Riccardo no supo leer ese silencio. Lo sabría después.
Abrió el sobre. Veintitrés fotografías de su casa, tomadas desde dentro del muro, desde el suelo del jardín, donde no había cámaras.
Orso en el seto a las seis de la mañana.
Nina en el muro. El banco de los limoneros con la chaqueta clara doblada encima.
Dos de ellas con fecha del martes y del miércoles.
Ciro ya no entraba en esa casa desde el sábado.
—Yo ya no estaba aquí —dijo Ciro. Sin triunfo. Solo cansancio.
—Lo sé.
—Entonces hay alguien más. Todavía. Ahí adentro.
Riccardo sintió que la mano se le cerraba sobre el escritorio.
El capo entero estaba ahí, en ese puño: el hombre que había pasado tres horas a veinte metros de la casa de la playa de quien le había hecho eso a su sobrina, y no había ido hasta Chiaia a arrancar a Filippo de una mesa de póquer.
Se quedó mirando su propio puño. Después lo abrió, dedo por dedo, porque eligió abrirlo.
Empujó la bolsita con el pasador por el escritorio hasta ella.
—Solo ella puede acabar con esto, Chiara. Su voz, delante del juez. —Los ojos de él no se apartaron de los de ella—. Faltan doce días. Tú la vas a preparar para que hable.