La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 22
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Capítulo 22

Ella llegó a su cuarto a las once y media, una hora antes que todas las otras noches, y no se quitó los zapatos.

Riccardo lo notó antes de que ella abriera la boca. Se había pasado la tarde entera notándolo.

Al llegar del puerto, a las cinco, Assunta le había contado que el doctor Filippo había venido y se había ido sin esperar.

En la cena, Chiara no comió. Por la noche, al pasar por la puerta del cuarto de Nina para comprobar que la llave estaba girada por dentro, ella estaba en el pasillo, quieta, con los ojos en la puerta como quien mira una caja fuerte.

Ahora estaba de pie en medio de su cuarto, con la libreta azul apretada contra el pecho, con la misma cara blanca de la tarde anterior en la terraza.

—Siéntate —dijo ella.

Él no se sentó.

—¿Qué pasó hoy?

Ella respiró hondo. Él vio que las manos de ella apretaban la libreta hasta que los dedos se le quedaron sin color. Vio que iba a decir algo enorme, que lo había ensayado, y que el ensayo no le estaba sirviendo de nada.

—El martes por la tarde —empezó—, después de nuestra primera noche. En la terraza. Nina llamó a Orso con las dos notas, el silbido de la playa. Y después le dijo al oído: El hombre silbaba igual. El de la playa.

Riccardo se quedó inmóvil.

—El hombre que se la llevó —dijo Chiara—. En el cuarto. Le silbaba la llamada de los Montefusco. La llamada que solo conoce quien pasó veranos en Bacoli.

—Adele...

—Adele estaba en terapia intensiva en el Cardarelli el día del secuestro. Salió en el periódico. Vi la foto esta mañana. —La voz no le tembló—. Y Nina dijo el hombre. Desde la primera noche, en la perrera.

Él sintió que el cuarto cambiaba de forma a su alrededor. Sabía lo que venía. Lo sabía antes de que ella lo dijera, como se sabe el siguiente escalón en la oscuridad.

—Hoy, a las cinco menos veinte, Orso se escapó del lavadero y fue hasta el vestíbulo —dijo Chiara—. Filippo estaba ahí, esperando el auto. Y llamó al perro. Con las dos notas. Igual que lo llama Nina. Igual.

El silencio del cuarto se volvió enorme.

—Orso no fue hacia él —dijo ella, más bajo—. Se detuvo a un metro. Y gruñó. Riccardo, trabajo con ese perro desde hace cuatro años. Nunca le ha gruñido a nadie.

*

El hombre de traje.

Fue lo primero que le volvió, antes que la rabia, antes que todo. La voz de Ciro en el despacho, semanas atrás, con lo que había dicho el dueño del bar del muelle. Un hombre de traje. Educado. Pagó los cafés. No era de nuestro mundo. Se notaba que nunca había sostenido un arma en su vida.

La víspera del secuestro. En el muelle de pesca. Con el cobrador de los Varriale.

Filippo, que se ganaba la vida cerrando acuerdos. Filippo, con el traje claro y la mano tendida. El único Montefusco que todavía le daba la mano a un Celano.

Que se había agachado a tres metros de su sobrina en tres visitas, contando historias de gatos y de pulpos con voces distintas.

Que había preguntado el nombre del perro.

Que había traído una bolsita de caramelos de menta, y la niña se había quedado paralizada desde el portón, y todo el mundo, él incluido, había creído que era por las visitas.

Que se había quedado en su salón, con su café en la mano, el viernes por la tarde, mientras la niña estaba en la escuela.

Se miró las manos. Las tenía cerradas, con los nudillos blancos. Las abrió, y siguieron queriendo cerrarse.

Riccardo no recordaba haberse movido. Recordó después estar frente al armario, con la puerta abierta, y la pistola en la mano, pesada, conocida. Revisó el cargador sin mirar. Se la metió en la cintura, a la espalda. Tomó la llave del auto de la mesa.

—Riccardo.

No respondió. Pasó junto a ella y abrió la puerta del cuarto.

—Riccardo, espera.

El pasillo de su ala estaba a oscuras. Lo cruzó a zancadas, sin hacer ruido, como había aprendido a andar por casas ajenas a las cuatro de la mañana, y dobló en la unión con el pasillo de arriba. La silla del guardia estaba vacía otra vez. Ni la vio.

Vio la puerta del cuarto de Nina.

Y se detuvo.

No porque quisiera detenerse. El cuerpo se le detuvo solo, como se había detenido en esa puerta todas las noches durante cinco meses.

Por la rendija de abajo, la luz débil de la lámpara de luna.

Del otro lado de la madera, el suspiro largo del perro.

Y, por debajo del suspiro, una respiración pequeña, lenta, regular.

Chiara llegó detrás de él. No lo tocó. Se quedó a un paso, en la sombra.

—Si vas a su casa esta noche —dijo, muy bajo, para no despertar a la niña—, mañana por la mañana el abogado de Adele llama al juez.

—No voy a dejar ninguna prueba.

—No necesita pruebas. Un Montefusco muerto, una semana después de una visita en la que él y el tutor estuvieron en la misma sala. El juez no necesita nada más. —Dio un paso—. Y Nina se va con la abuela.

—Entonces se va con la abuela. Viva. Lejos de él.

—Riccardo. —La voz se le quebró—. La casa de la abuela es la casa de la madre de él. Entra cuando quiere. Almuerza ahí todos los domingos. Tiene llave. Si matas a Filippo le entregas a Nina a su familia. Si él no está solo en esto, le entregas a la niña a quien esté con él.

Riccardo apoyó la frente en la puerta del cuarto de su sobrina.

La madera estaba fría. Del otro lado, la respiración pequeña seguía, lenta, regular. Una niña de siete años que se había pasado cinco meses callada para que él no se muriera.

Si lo cuento, el tío Riccardo se muere.

Y él estaba ahí, a las doce menos veinte de la noche, con una pistola en la cintura, camino de hacer exactamente lo que el hombre del silbido le había dicho a ella que iba a pasar. No morirse.

Pero desaparecer igual. Preso, o lejos, o del lado equivocado de una sentencia, con la niña entregada a la casa donde el hombre tenía llave.

El hombre lo sabía. Había contado con eso desde el principio. La foto en el parabrisas. El veneno. El adelanto de la audiencia. Todo empujaba hacia el mismo lugar: a que Riccardo hiciera lo que Riccardo sabía hacer.

Se sacó la pistola de la cintura. Se quedó mirándola en la mano, a la luz débil que salía de la rendija.

Después se volvió hacia Chiara y se la puso en la mano.

Ella sostuvo el arma con las dos manos, como quien sostiene un animal que puede morder, y no dijo nada.

—Necesito una prueba —dijo él—. Una prueba que un juez acepte.

—Lo sé.

—Yo no sé hacer eso. —Era verdad, y le dolió decirlo—. Sé hacerlo de la otra manera. No de esta.

—Lo sé —repitió ella, más bajo.

Él sacó el celular del bolsillo. Se quedó mirando la pantalla un largo rato. Había un nombre al que no llamaba desde el sábado por la noche, desde una caja de cartón y un portarretratos boca abajo.

Llamó.

Ciro contestó al primer tono. Como contestaba desde hacía quince años, a cualquier hora. Incluso ahora.

—Tenías razón —dijo Riccardo, antes de que el otro hablara—. Estaba mirando hacia el lado equivocado.

Del otro lado, un silencio breve. Después la voz de Ciro, sin ningún triunfo, solo cansancio.

—¿Quién es?

Riccardo miró la puerta del cuarto de su sobrina.

—Filippo.

Ciro no preguntó cómo lo sabía. No preguntó nada.

—Dame tres horas —dijo.

Riccardo colgó. Se quedó de pie en el pasillo, de espaldas a la puerta de Nina, con el celular en la mano, y después se deslizó hasta el suelo, despacio, con la espalda contra la pared. En el mismo lugar de la alfombra donde se sentaba todas las noches.

Chiara se sentó al otro lado del pasillo. No cerca. Frente a él, con la espalda en la pared de enfrente y la pistola en el regazo, apoyada sobre la manta que había sacado de su cuarto sin darse cuenta.

—Yo confiaba en él —dijo Riccardo—. De toda esa familia, era el único.

—Quería que confiaras en él.

—Lo sé. —Cerró los ojos—. Eso es lo que no perdono. Ni a él. Ni a mí.

Se quedaron ahí hasta que la puerta del cuarto de la niña dejó de parecer una caja fuerte y volvió a ser una puerta.

*

Ciro volvió a llamar a las tres y diez de la mañana.

Riccardo estaba en el despacho, sentado a oscuras, sin la pistola, que seguía en el cuarto, donde Chiara la había dejado, sobre la cómoda, sin saber qué más hacer con ella. Ella estaba en el sillón del rincón, envuelta en una manta, despierta. No había ido a su propio cuarto. No había dormido.

Una hora antes, él le había preguntado, sin mirarla:

—¿Desde cuándo sospechabas de él?

Y ella había respondido, sin mirarlo:

—Desde esta tarde.

Él le creyó. Le había visto la cara en la terraza, el jueves, blanca como el papel. Le había visto la cara al entrar en el cuarto esa noche. Era la cara de alguien que había descubierto algo ese mismo día.

Riccardo puso el celular en altavoz.

—Dos cosas —dijo Ciro, sin saludar. Su voz venía de un auto en marcha, con el ruido de la carretera por debajo—.

Primera. Los Montefusco tienen la casa de la playa en Bacoli desde el abuelo de Adele.

Casa, playa, y un cobertizo de botes en la punta de la propiedad, sobre el agua.

Hace diez años que nadie de la familia usa el cobertizo.

Adele ni siquiera sabe que sigue en pie.

—¿Y?

—El cobertizo está a nombre de Filippo. Pasó a él hace dos años, en un reparto de herencia.

—El ruido de la carretera cambió—. El cuidador dice que el doctor Filippo apareció por ahí en marzo, después de diez años sin pisar Bacoli.

Mandó cambiar la cerradura. Y pidió que nadie volviera a ir.

—Otra pausa—. Y hay más. Le mostré una foto suya al dueño del bar del muelle.

La saqué de la página web del bufete de abogados.

—Ciro hizo una pausa—. La miró diez segundos y dijo que era ese. El del traje. El de los cafés.

Chiara, en el sillón, se había enderezado. Riccardo le vio los ojos en la oscuridad, muy abiertos. Ella murmuró algo que él no entendió, una sola palabra.

Se mece.

—Segunda —dijo Ciro—. Filippo juega. Desde hace años.

Póquer, caballos, casino en Montecarlo. Perdió su parte de la herencia del padre y siguió jugando.

Le debe dinero a Salvatore Varriale, Riccardo.

Mucho dinero. Más del que tiene, más del que tiene Adele.

Hace un año que los hombres de Salvatore le cobran.

El que me lo contó dice que Salvatore le puso fecha a dejar de cobrar y empezar a hacer otra cosa.

Riccardo miró a Chiara en la oscuridad. Ella ya lo estaba mirando, envuelta en la manta, con la mano cerrada en el borde de la tela.

Doce hombres, cuatro autos, un almacén en Secondigliano. Se había pasado cinco meses buscando el dinero en el lado equivocado de la ciudad. Y el hombre que debía ese dinero se había sentado en su salón, con una taza de su café en la mano.

—¿Qué fecha? —preguntó.

Del otro lado, el ruido de la carretera. El tictac de una luz de giro.

—El jueves de la semana que viene —dijo Ciro—. La víspera de tu audiencia.