Interludio III
La terapeuta lo había mirado como quien reconoce una llamada.
Él lo vio en el instante en que ella salió del pasillo.
No le hizo falta nada más. Se había pasado la vida leyendo a la gente en salas de reuniones, en notarías, en mesas de cenas familiares, y conocía la cara de quien acaba de juntar dos cosas que no debería haber juntado.
Ella tenía esa cara. Blanca, descalza, con un cepillo de perro en la mano y los ojos en su boca.
Fue el silbido. Le había salido solo.
Treinta años sin pensar en eso. Dos notas que su madre silbaba desde la veranda de la casa de Bacoli cuando el sol bajaba y los niños seguían en el agua.
Él y su hermana salían corriendo de la playa, mojados, peleándose por ver quién llegaba primero.
Su hermana siempre ganaba. Le había enseñado la llamada a su hija.
Y él había usado esa misma llamada en un cuarto que se mecía, en la oscuridad, para que su sobrina dejara de llorar. Había funcionado. Dejó de llorar. En ese momento, le pareció una buena idea.
Hoy, en el vestíbulo, el perro había aparecido en la curva del pasillo, y su boca había hecho lo que hacía desde niño. Sin pedir permiso.
Y el perro había venido. Y se había detenido a un metro, sin mover la cola, con los ojos en él, como si supiera.
El perro que no se había comido la carne.
Le sonrió a la terapeuta, y ella no le devolvió la sonrisa. No dijo nada. Se quedó ahí hasta que llegó el auto, y él subió al auto sintiendo los ojos de ella en la nuca hasta la curva de la carretera.
Se había acabado el tiempo. Lo sabía desde el jueves de la semana anterior, cuando los hombres de Salvatore le mandaron decir que su paciencia tenía fecha.
Vencía antes de la audiencia. La audiencia, que él mismo había ayudado a adelantar para apretar al capo, ahora le apretaba también la garganta a él.
Si la terapeuta le contaba al capo lo que había oído, el capo vendría. No con un abogado. Con doce hombres y cuatro autos, como habría ido por los Varriale.
Pero el capo no podía venir. Ese era el detalle bonito. Un disparo, y perdía a la niña. Un hombre en el hospital, y perdía a la niña. El capo estaba atado por el mismo juzgado al que la mamma había acudido para quedarse con la niña, y ni siquiera lo sabía.
La terapeuta, sola, no probaba nada. Un silbido. Un olor a caramelo. La palabra de una mujer que, tarde o temprano el juez lo iba a descubrir, dormía en la cama del hombre sobre el que escribía un informe.
Él tenía fotos de eso. Tenía, dentro de esa casa, a quien las tomara.
Pensó en la niña. No como sobrina; hacía tiempo que había dejado de pensar en ella así. Pensó en ella como la única cosa sobre la mesa que todavía valía algo. La herencia de su padre, en manos del capo. La deuda. Los hombres de Salvatore.
Lo decidió en un semáforo en rojo, antes de llegar a casa.
El primer sábado que pudiera, se llevaría a la niña. Con o sin el juzgado.