La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿La señora Adele? —Assunta dejó de pelar la cebolla—. ¿El día del secuestro? Estaba en el hospital.

Chiara se quedó con la taza detenida a medio camino de la boca.

Era viernes, las diez de la mañana.

Nina estaba en la escuela, el señor en el puerto, y la cocina olía a salsa de tomate y a albahaca. Chiara había bajado con la excusa de buscar café y había hecho la pregunta de la manera más casual que pudo, como quien comenta algo que ha leído en el periódico.

No había dormido.

Había pasado la noche en el cuarto de Riccardo sin poder cerrar los ojos.

Se había quedado con la cabeza en su pecho y la frase de la niña dándole vueltas por dentro. El hombre silbaba igual. El de la playa. Y, encima de la frase, la imagen de Adele en el banco de la terraza, con los dos dedos en la boca, y el cuerpo entero de Nina tirándose detrás del perro.

—¿En el hospital? —repitió Chiara.

—El corazón. —Assunta se golpeó el pecho con el cuchillo, del lado izquierdo.

—La habían internado dos días antes, en el Cardarelli. Una opresión, dijeron los médicos. Salió después en los periódicos, que la abuela no sabía nada porque estaba en terapia intensiva. Cuando se lo contaron, le dio otro.

El ama de llaves se santiguó.

—Nunca se lo perdonó. No por nada que hubiera hecho. Por estar acostada en una cama mientras su nieta estaba a oscuras.

Chiara dejó la taza en el mostrador.

Subió a su cuarto y lo buscó en el celular. Tardó tres minutos.

Un periódico de Nápoles, de abril, una nota breve al pie de un reportaje sobre el secuestro: La abuela materna, Adele Montefusco, internada desde el martes en la unidad coronaria del Hospital Cardarelli, no fue informada de lo ocurrido por recomendación médica.

Debajo, una foto granulada, tomada de lejos, de una mujer en silla de ruedas en la puerta de un hospital, con la mano en la boca.

Chiara se quedó mirando la foto mucho tiempo.

Se había pasado la noche entera odiando a esa mujer.

La había mirado en la terraza, con las perlas y los dos dedos en la boca, y había visto a un monstruo.

Y el monstruo estaba en una silla de ruedas, en la puerta de un hospital, con la mano en la boca, en una foto de abril que nadie le había mostrado a la nieta.

La vergüenza le subió caliente por el cuello. Había condenado a una abuela en silencio, durante una noche entera, por dos notas que toda la familia sabía silbar.

No era Adele. Nunca lo había sido. Una mujer de sesenta y ocho años en terapia intensiva no le silba a una niña en un cuarto que se mece. Y Nina había dicho el hombre. Desde la primera noche, en la perrera, había dicho el hombre del silbido.

La niña no había huido de la abuela el día anterior. Había huido del silbido. De la llamada de la playa, que alguien había usado en la oscuridad para hacer que una niña de siete años se durmiera y se quedara callada.

Chiara abrió la libreta azul sobre la mesa. Pasó por las páginas de adiestramiento, por las anotaciones de letra apretada. C. se mece. Barco. Silbido 2 notas = llamada de la familia de la madre. Hombre del silbido = olor a caramelo de menta.

Solo quien pasó veranos en su casa de la playa.

Un hombre. De la familia. Que conocía la llamada de Bacoli. Que olía a menta.

La lista era demasiado corta. La lista tenía un solo nombre, y ella no quiso escribirlo. Cerró la libreta de golpe, como si el nombre pudiera salirse solo por los bordes de las páginas.

Venimos en paz, mamma.

Ya no intentó convencerse de lo contrario. Se había pasado tres semanas haciéndolo, y la frase de siempre ya no sostenía nada.

Se lo iba a contar a Riccardo. Esa noche, en su cuarto, con la puerta cerrada.

Le iba a contar todo, el cuarto que se mece, el barco, el olor, el silbido.

Iba a poner la libreta abierta en la cama entre los dos y dejar que él leyera las fechas. Lo había decidido a las once de la mañana, sentada a la mesa de su cuarto con la mano sobre la tapa azul, y la decisión no le trajo ningún alivio. Solo un peso distinto, más abajo.

*

Filippo llegó a las tres y media, sin avisar, en un auto con chofer que lo dejó en el portón y se fue.

Chiara estaba en el lavadero del fondo, con el cepillo en el pelaje de Orso después del baño y la puerta abierta hacia el jardín, cuando oyó el auto en el portón y la voz de Assunta en el vestíbulo. Educada, sorprendida. La voz de él, que respondía, suave como siempre.

Detuvo el cepillo en el aire.

—...solo vine a traerle esto a la niña, de parte de la mamma —lo oyó decir, y el crujido de un papel—. Y quería hablar con Riccardo, si puede. Sobre lo de ayer. La mamma no está bien. No durmió en toda la noche.

—El señor está en el puerto. Debe de llegar a las cinco.

—Lo espero. No hay problema. —Una pausa—. ¿Puedo esperar en el salón?

Chiara oyó sus pasos cruzar el vestíbulo. Oyó a Assunta decir algo sobre un café. Oyó la puerta del salón.

Se quedó inmóvil en el lavadero, con el cepillo en la mano y el perro mojado a los pies, los ojos en la puerta que daba al pasillo del fondo. El pasillo que llevaba al vestíbulo. Al salón.

Él estaba dentro de la casa. Solo, a veinte metros de ella, en la sala donde la bolsita de caramelos seguía cerrada con el clip intacto, junto al vestido que nadie había abierto.

Nina estaba en la escuela. Gracias a Dios, Nina estaba en la escuela.

Assunta apareció en la puerta del lavadero diez minutos después, con un sobre color crema en la mano.

—De la señora Adele, para la niña. Lo trajo el doctor Filippo. —Se lo tendió a Chiara—. ¿Se lo da usted? De usted las acepta mejor.

El sobre no estaba cerrado. Chiara no se resistió. Adentro, una tarjeta con la letra inclinada y antigua de una mujer que había aprendido a escribir con pluma estilográfica.

Mi Nina. La nonna no quería asustarte. La nonna solo quería que vinieras. Cuando tú quieras, yo espero. Sé esperar.

Chiara volvió a guardar la tarjeta en el sobre con las manos frías.

*

Por la ventana del lavadero, a las cuatro, lo vio en el jardín.

Filippo había salido del salón por la puerta de la terraza. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos y los ojos en el mar, como cualquier visita que se ha cansado de esperar sentada. Pasó junto a los limoneros. Pasó junto al muro donde se sentaba Nina.

Y fue hasta el seto de laurel.

Se detuvo en el rincón exacto. El rincón de Orso. Miró la base del tronco, la tierra, un largo rato. Después se agachó, en cuclillas, con el traje claro tirante en las rodillas, y pasó dos dedos por la tierra, como quien busca algo que se le cayó.

Chiara dejó de respirar.

Él se levantó, se limpió los dedos con un pañuelo y volvió al salón sin prisa. Silbaba algo bajito que ella, del otro lado del vidrio, no alcanzó a oír.

*

Pasó una hora. Chiara no salió del lavadero.

Terminó de cepillar al perro, después lo volvió a cepillar, después se quedó sentada en el banco de madera con la mano en su pelaje, escuchando.

A las cuatro y media, oyó otra vez la voz de él, en el vestíbulo, al teléfono.

Le decía a alguien que ya no podía esperar más, que le mandaran el auto. Después, silencio.

Tomó el celular dos veces para llamar a Riccardo. Las dos veces, se detuvo con el dedo sobre su nombre.

Si lo llamaba, él venía del puerto con dos autos. Y Nina llegaba de la escuela a las cinco.

Guardó el celular. Esa noche. En su cuarto. Con la puerta cerrada.

A las cinco menos veinte, Orso levantó la cabeza.

Chiara lo vio demasiado tarde. El perro había oído algo, u olido algo, y antes de que ella pudiera agarrarle el collar ya había salido por la puerta del pasillo del fondo, al trote, con las orejas levantadas, hacia el vestíbulo.

—¡Orso!

No gritó fuerte. No quería que nadie la oyera. Se levantó y fue detrás de él, por el pasillo, rápido, descalza sobre el suelo frío.

El pasillo del fondo hacía una curva antes de llegar al vestíbulo. Estaba en la curva cuando lo oyó.

Dos notas.

Bajas, largas. La segunda más grave que la primera.

Chiara se detuvo.

No era Nina. Nina silbaba agudo, como una niña.

No era Adele. Adele silbaba temblorosa, como una vieja.

Ese silbido era grave, firme, de hombre.

Seguro de sí. Un silbido aprendido en una veranda, al atardecer, y repetido mil veces, que salía sin ningún esfuerzo, como le sale a la gente lo que carga desde niña.

El hombre silbaba igual.

Del otro lado de la curva, oyó las uñas de Orso en el mármol. El perro había respondido. Claro que había respondido. Era su llamada, la llamada con la que Nina lo hacía volver del seto todas las mañanas.

Chiara dio dos pasos más y salió de la curva.

El vestíbulo estaba lleno de la luz dorada de la tarde que entraba por las ventanas altas. Filippo estaba de pie cerca de la puerta principal, de traje claro, con el celular en una mano y la otra tendida hacia el perro, que se había detenido a un metro de él, con la cola quieta, sin acercarse más.

Del fondo de la garganta del perro salía un sonido bajo, continuo, que Chiara nunca le había oído en cuatro años de pasillos de hospital. No era un ladrido. Era una advertencia.

Orso no movía la cola. Orso, que le movía la cola al cartero, al jardinero, a Tonino, a cualquier ser humano que tuviera un bolsillo. Estaba quieto, con el cuerpo bajo, los ojos en ese hombre.

Y Filippo todavía tenía la boca fruncida por el silbido. Movía algo en ella, despacio, de un lado a otro, con la lengua. Algo pequeño y duro, que chasqueó contra los dientes cuando él giró la cabeza.

El olor le llegó antes de que lo entendiera. Dulce, fresco, frío.

Menta.

El cepillo se le resbaló de los dedos y golpeó el mármol con un ruido seco.

Él la vio.

Dejó de silbar. Dejó de mover el caramelo en la boca. Se quedó mirándola, de pie a la salida del pasillo, descalza, pálida, con el cepillo del perro todavía olvidado en la mano.

Durante un segundo, su cara no tuvo ninguna expresión. Ninguna. Ni la simpatía de las visitas, ni la tristeza del día anterior, ni la amabilidad de quien traía rompecabezas. Solo una cara vacía, lisa, la de un hombre haciendo una cuenta rápida.

Después sonrió.