La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 19
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Capítulo 19

Él no se volvió enseguida, y eso fue lo que la desarmó.

Chiara se quedó apoyada en la puerta cerrada, con la mano todavía en el picaporte y los ojos en la espalda de él, en medio del cuarto oscuro.

Los hombros anchos debajo de la camisa blanca.

Las manos abiertas a los costados, quietas, como las de un hombre que no sabe qué hacer con ellas. El capo que mandaba romper dedos por teléfono estaba de espaldas a ella, esperando, y ella entendió que tenía miedo de volverse y descubrir que ella había cambiado de idea.

El cuarto olía a él. Madera, jabón, y algo más hondo que ella no sabía nombrar y que había sentido en la biblioteca, en el garaje, en el muro del jardín.

La ventana estaba abierta, y las luces de la bahía entraban por la abertura de la cortina y dejaban en el suelo una franja larga, de un azul muy pálido.

Ella sabía lo que era aquella casa.

Sabía de las argollas de la perrera, del padre que adiestraba perros para morder, de los doce hombres de negro en el patio a las cuatro de la mañana.

Sabía de la voz al teléfono, el primer día, y de la mano derecha de un hombre al que nunca iba a conocer.

Sabía que el hombre que tenía de espaldas era todo eso, y que no iba a dejar de serlo.

Y sabía también de la alfombra del pasillo. De la mano levantada a la altura del hombro, en el portón verde. Del estornudo de un perro en su cara y de la dignidad del pañuelo.

Estaba eligiendo las dos cosas. No se podía elegir solo una.

Soltó el picaporte.

—Riccardo.

Él se volvió.

*

No hubo prisa.

Eso era lo que ella iba a recordar después, más que ninguna otra cosa.

Él cruzó el cuarto hasta ella y se detuvo a un palmo, sin tocarla. Le miró la cara a la luz azul, largamente, como la había mirado en la terraza, en el vestíbulo, en la cocina a la una de la mañana. Como quien lee algo escrito en un idioma que por fin empieza a entender.

—Puedes decir que no —dijo él, en voz baja—. En cualquier momento. Me detengo.

—Lo sé.

—Necesito que lo sepas.

—Lo sé, Riccardo.

Ella levantó la mano y le desabrochó el primer botón de la camisa. Después el segundo. Los dedos no le temblaban, y eso la sorprendió. El tercero. En el cuarto, apareció la cicatriz, clara a la luz azul, atravesándole las costillas del lado izquierdo, larga, con la piel tirante en los bordes.

Ella apoyó los dedos en ella.

Él dejó de respirar. Ella sintió, bajo la mano, que el pecho de él se quedaba inmóvil, y después el corazón, que latía rápido y fuerte contra su palma, como le había latido contra el pecho en el muro del jardín, en la oscuridad.

—El hombre que te hizo esto está peor que tú —dijo ella.

—Mucho peor.

—No quiero saber cuánto.

—No te lo voy a contar.

Ella dejó la mano ahí, sobre la cicatriz y el corazón, y lo miró. Fue él quien se inclinó. La besó despacio, sin nada de la rabia de la biblioteca ni de la desesperación del garaje, el beso de quien tiene tiempo y ha decidido gastarlo todo ahí.

Las manos de él subieron hasta su cara, después hasta su pelo, y le soltaron el elástico, y el pelo le cayó sobre los hombros, y él le hundió los dedos como si eso fuera lo que llevaba tres semanas queriendo hacer.

Tal vez lo era.

En la biblioteca y en el garaje, no había habido tiempo para mirar. Ahora él miraba.

Le quitó la blusa despacio, botón por botón, como ella le había abierto la camisa, y la dejó caer.

Le desabrochó el sostén por la espalda y le bajó los tirantes por los brazos con la punta de los dedos, y ella sintió que la piel se le erizaba detrás del rastro de sus dedos, del hombro hasta la muñeca.

Él se arrodilló.

Chiara contuvo la respiración. El capo de los Celano arrodillado en el suelo de su propio cuarto, en la franja de luz azul.

Le desabrochó el botón del pantalón y le bajó la tela por las piernas con las dos manos, sin prisa, como quien desenvuelve algo que no quiere rasgar.

Le besó la rodilla. La cara interna del muslo, donde las marcas de sus dedos, las del garaje, todavía estaban amarillas.

Ahí se detuvo, y la besó más largamente, como quien pide perdón por algo de lo que no se arrepiente.

Después la boca de él subió.

Ella se agarró de su hombro con una mano y del borde de la cómoda con la otra.

Él la sujetaba por las caderas, firme, y no tenía ninguna prisa, y eso era lo que la desarmaba: la paciencia.

El hombre al que ella había visto revisar un cargador sin mirar estaba arrodillado a sus pies y había decidido gastar la noche entera ahí, y ella sintió que se le doblaban las rodillas y que la mano de él la sostenía antes de que cayera.

—Riccardo...

Él no se detuvo. Ella llegó ahí mismo, de pie, con la cabeza echada hacia atrás contra la pared y la mano enterrada en su pelo, y el sonido que hizo no era de nadie que ella conociera.

Él se levantó y la alzó en brazos antes de que las piernas se le rindieran del todo.

La cama. La sábana fría en la espalda de ella.

Él se quedó de pie un instante para quitarse el resto de la ropa, y ella lo miró sin ninguna vergüenza, a la luz azul: el cuerpo ancho, la cicatriz atravesándole las costillas, la manera en que él la miraba de vuelta, tendida, con la franja de luz cruzándole el vientre, y dijo su nombre una vez, como quien dice algo que no va a poder repetir.

Ella lo atrajo hacia abajo.

El peso de él vino con él, y ella tomó aire, no de miedo. De ganas del peso.

Él entró despacio, y no le quitó los ojos de encima. No hubo rabia, ni prisa, ni puerta de auto. Solo eso, hondo y lento, y la mano de él cerrada sobre la de ella encima de la almohada, con los dedos entrelazados.

—Así —dijo ella—. Así.

Él obedeció. Y fue despacio de todos modos, y lo lento era peor: despacio, ella tenía tiempo de sentirlo todo. El ritmo lento. La respiración de él contra su boca. La manera en que se hundía en ella y se quedaba, un segundo, dos, antes de volver, como si quisiera aprenderse el camino de memoria.

Ella le enroscó las piernas en la espalda. Él gimió contra su cuello, bajo, y el sonido le bajó a ella por toda la columna.

Cuando ella volvió a llegar, fue con los ojos abiertos, en los de él, porque él se lo pidió, y vio que la cara de él cambiaba al ver la suya. Él la siguió, con su nombre entero en la boca, esta vez sin intentar contener nada.

*

Se quedaron tendidos en la oscuridad mucho tiempo después.

Ella tenía la cabeza en su pecho, del lado de la cicatriz, y oía cómo el corazón de él volvía a su ritmo normal, despacio, latido a latido. Él le pasaba los dedos por el pelo, de las raíces a las puntas, siempre el mismo camino, como quien hace una cosa para no pensar en otra.

—¿En qué estás pensando? —preguntó él.

Ella no respondió enseguida.

Estaba pensando en la libreta azul, en el cajón de su cuarto, al otro lado de la casa. En el caramelo de menta entre la tapa y la primera página. En una palabra dicha en el garaje, a la luz amarilla, con los ojos en los de él. No.

—En esto —dijo ella, y le dio un golpecito con el dedo en el pecho—. Ahora late despacio.

No era mentira. Era solo la mitad.

Él se rio bajo, un sonido que ella sintió en su pecho antes de oírlo.

—Me llamó tonto —dijo él, al techo—. El sábado. No puedo dejar de pensar en eso.

—Estabas siendo tonto. Recibiste un estornudo en la cara.

—Y me quedé con la cara más seria del mundo.

—Por eso se rio.

Él se quedó callado un rato, con los dedos quietos en su pelo.

—¿Y Pippo? —preguntó—. El perro sordo. ¿Qué pasó con él?

—Se murió cuando yo tenía doce años. De viejo. Se quedó dormido en el escalón donde nos conocimos y no se despertó. —Chiara sonrió en la oscuridad—. Di un discurso en el entierro. En el patio de la vecina. Hablé veinte minutos. Mi madre lloró todo el tiempo, pero no era por el perro.

Él le besó la coronilla y no preguntó nada más. Ella se quedó despierta hasta que él se durmió, con el corazón de él bajo el oído, y sintió, por primera vez en tres semanas, que lo que guardaba en el cajón pesaba más de lo que ella podía cargar sola.

Mañana, pensó. O después de la audiencia. Él mismo lo había dicho.

*

Salió de su cuarto a las seis menos veinte, descalza, con los zapatos en la mano y la blusa del día anterior mal abotonada.

El pasillo de su ala estaba gris de madrugada. Caminó pegada a la pared hasta la unión con el pasillo de arriba, donde estaba la silla del guardia de noche.

La silla ya no estaba vacía.

Tonino estaba sentado en ella, con la pistola en la funda y un vaso de café en la mano, y levantó los ojos cuando ella apareció en la curva. Se puso colorado hasta las orejas. Desvió la mirada hacia la pared, rápido, con la vergüenza educada de un muchacho criado por una madre que limpiaba casas.

En el regazo, boca abajo sobre el muslo, tenía el celular. Tapó la pantalla con la mano cuando ella pasó, en un gesto automático, como quien esconde una tontería.

—Buenos días, señora —dijo, a la pared.

—Buenos días, Tonino.

Chiara pasó junto a él sin detenerse, con la cara ardiendo, y entró en su propio cuarto, y cerró la puerta, y se quedó apoyada en ella hasta que el corazón le volvió a su sitio.

Un muchacho de veintidós años. No se lo iba a contar a nadie. Quizá a Assunta, que le contaba todo a todo el mundo, pero Assunta, desde el primer día, la miraba a ella y al señor como quien ya conocía el final de la historia.

Pensó, por un segundo, en el celular boca abajo sobre su muslo, en la mano que tapó la pantalla. Un muchacho de veintidós años escribiéndose con la novia a las cinco de la mañana, al final de un turno. No pensó más en eso.

Se bañó. Se cambió la blusa. Bajó a buscar al perro.

En la cocina, Assunta le puso el café delante sin decir nada, como todas las mañanas. Pero le puso también, junto a la taza, un bollo dulce relleno de crema, de los que solo hacía los domingos, y volvió a los fogones de espaldas, con una sonrisa pequeña que no volvió para que nadie la viera.

Chiara se quedó mirando el bollo y sintió que la cara le ardía otra vez.

*

A las dos de la tarde, después de la escuela, estaba en la terraza de los limoneros con Nina y Orso, y el mundo parecía haber sido lavado durante la noche.

La niña estaba en el muro. Había desayunado en la cocina por la mañana, frente a su tío, y después el tío se había ido al puerto, y ella no había corrido cuando su auto cruzó el portón. Se había quedado mirando, desde la ventana de la cocina, hasta que el auto desapareció en la curva.

Chiara estaba en la mesa de hierro, con la libreta azul abierta y el bolígrafo quieto. No podía escribir. Miraba la página y veía una franja de luz azul cruzando un cuarto oscuro. Todavía sentía, en la palma de la mano, el relieve de la cicatriz.

El perro había ido a olfatear el seto de laurel, lejos, en el rincón de siempre, que ahora ella revisaba todas las mañanas antes de dejarlo ir, y tardaba en volver.

En la libreta, dos páginas antes, estaba la línea que había escrito la noche del limón, con letra apretada. silbido 2 notas = llamada de la familia de la madre (playa, Bacoli). ¿«hombre del silbido»? Con un signo de interrogación que nunca había tenido el valor de borrar.

Nina se llevó dos dedos a la boca y silbó.

Dos notas. Bajas, largas, la segunda más grave. La llamada de la playa. Orso salió del seto a toda carrera, con las orejas al viento, y se detuvo frente a ella con la lengua afuera.

Chiara conocía ese sonido ahora. Lo había oído la primera semana y en la visita, y cada vez había sentido lo mismo bajarle por la espalda.

La niña bajó del muro y se arrodilló en el césped. Tomó la cabeza del perro con las dos manos y le acercó la boca a la oreja. Chiara, a ocho metros, se quedó inmóvil, con el bolígrafo en el aire.

Nina no habló fuerte. Pero la tarde estaba quieta, sin viento, sin ferry en la bahía, y Chiara oyó cada palabra.

—El hombre silbaba igual —susurró la niña, con los ojos cerrados—. El de la playa.