La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 18
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Capítulo 18

Sin Ciro, la casa se volvió más grande y más llena de caras.

Riccardo lo notó el lunes por la mañana, a las seis, cuando bajó al despacho y no había nadie de pie apoyado en el escritorio con un café en la mano y una mala noticia en la boca. Quince años.

Nunca había necesitado mirar a los hombres de su propia casa, porque Ciro los miraba por él.

Ahora los miraba solo, y los veía a todos.

Abrió el cajón donde Ciro guardaba las fichas y desparramó las carpetas sobre el escritorio. Once hombres en la casa, entre los dos turnos.

El ama de llaves. El jardinero, que venía tres veces por semana. La muchacha que ayudaba a Assunta con la limpieza, los martes y los viernes. Las leyó una por una, como había leído las cuarenta y tres hojas de Chiara.

Nombres, edades, familias, deudas, de dónde venían y quién los había recomendado.

Alguien de adentro. Alguien que sabe que el perro importa.

El jardinero tenía sesenta y ocho años y trabajaba para la familia desde los tiempos de su padre.

La muchacha de la limpieza no venía los sábados. De los once hombres, siete estaban en Secondigliano a la hora en que apareció la carne debajo del seto, o al menos estaban en los autos, esperando la hora de salir. Quedaban cuatro, los nuevos que se habían quedado en la casa.

Dos en el portón, que no se movieron del portón, y las cámaras lo mostraban. Uno en el pasillo de arriba, en la puerta de Nina.

Y el del jardín.

Riccardo sacó la ficha. Antonio Esposito, veintidós años. Barrio Sanità. Padre preso en Poggioreale, contrabando. Madre empleada de limpieza. Recomendado por Ciro, hace ocho meses.

Recomendado por Ciro.

Se quedó mirando eso un largo rato.

Después pensó en el muchacho agachado a dos metros del perro, el primer día, esperando a que Orso se acercara. En el cuenco de agua y el jamón envuelto en la servilleta.

En la chaqueta de la niña, traída del banco del jardín por si llueve. Nina no huía de él. De todos los hombres de la casa, era el único del que la niña no huía. Y Riccardo había aprendido esa semana que su sobrina sabía cosas de la gente que nadie más sabía.

Un chico de veintidós años, con la mano temblándole sobre la funda. Si hubiera puesto veneno debajo del seto, se habría ido del jardín. No habría vuelto con la linterna a preguntar si el perro estaba bien.

Riccardo cerró la carpeta.

Llamó a Tonino al despacho a las siete. El muchacho entró de uniforme, con la cara pálida de quien se ha pasado el fin de semana esperando que lo despidan, y se quedó de pie frente al escritorio sin saber dónde poner las manos.

—Tú estabas en el jardín la madrugada del sábado.

—Sí, señor. Le juro que no pasó nadie. Revisé las cámaras, hice la ronda, yo...

—Lo sé. —Riccardo lo miró—. Sigues en el turno.

Tonino abrió la boca y no dijo nada.

—La niña no huye de ti —dijo Riccardo—. Eso vale algo. A partir de hoy haces la escolta de la escuela. Segundo auto.

—Sí, señor. Gracias, señor.

El muchacho salió casi corriendo. Riccardo se quedó mirando la puerta que había cerrado, y después la carpeta cerrada sobre el escritorio, y sintió, sin saber de dónde venía, algo pequeño y frío en la nuca, como una corriente de aire en una habitación sin ventanas.

No le hizo caso. Era la falta de Ciro, pensó. Quince años con alguien que desconfiaba por él, y ahora toda la desconfianza le quedaba a él, sin dónde ponerla.

Tenía otra cosa que hacer esa mañana.

*

Nina estaba en la puerta de la cocina a las siete y veinte, de uniforme, con la mochila a la espalda y el perro al lado, cuando él salió del despacho con la llave del auto en la mano.

Se detuvo.

Ella miró la llave. Después lo miró a él.

Chiara estaba detrás de la niña, apoyada en el marco, con una taza en la mano y una expresión que no revelaba nada.

Había sido idea suya. Se lo había dicho el día anterior, al final del día, sin mirarlo: llévala tú.

Hoy. No le preguntes si quiere. Solo quédate junto al auto con la llave en la mano, y deja que ella decida.

Él se quedó junto al auto con la llave en la mano.

Los dos autos de la escolta estaban en el patio, con los motores encendidos, los hombres esperando. El auto de todas las mañanas, con el chofer de siempre, estaba detenido frente a la puerta, con la puerta trasera abierta.

Nina miró ese auto. Después el de él, su auto oscuro, al otro lado del patio.

Cruzó el patio.

No corrió. Caminó despacio, con el perro al lado, pasó junto al auto de todas las mañanas sin mirarlo y se detuvo frente a la puerta trasera del auto de Riccardo. Esperó.

Él le abrió la puerta. No dijo nada. Ella se subió, y el perro se subió detrás, sin pedir permiso, y se echó en el asiento con la cabeza en su regazo.

Riccardo cerró la puerta con cuidado, como si fuera de vidrio.

Condujo los veinte minutos hasta la escuela sin encender la radio.

Por el retrovisor veía a su sobrina en el asiento trasero, de uniforme, con la mano en el pelaje del perro y los ojos en él.

No en la ventanilla, no en el mar. En él.

En la nuca, en los hombros, en las manos sobre el volante.

A veces, cuando se detenía en un semáforo, los ojos de ella bajaban hasta su muñeca izquierda, donde estaba el reloj, y se quedaban ahí.

Contando.

Él dejó el brazo apoyado en la palanca de cambios todo el camino, con la muñeca a la vista, vuelta hacia arriba, para que ella pudiera ver las venas.

En el portón de la escuela, bajó y abrió la puerta de atrás. Nina bajó. El perro bajó detrás de ella y se quedó sentado en la acera, porque no podía entrar, y ella se agachó y apoyó la frente en su cabeza un segundo.

Después se enderezó y miró a su tío.

Riccardo se quedó de pie junto al auto. No se agachó, no la tocó, no dijo adiós ni hasta luego ni ninguna de las cosas que los padres de alrededor les decían a sus hijos. Solo se quedó ahí.

Nina cruzó el portón verde. Dio cinco pasos por el patio. Y se volvió.

Lo miró por encima del hombro, con la mochila a la espalda y la cara seria, como quien comprueba una última vez algo antes de salir de casa. Él levantó una mano abierta, a la altura del hombro. Se quedó con ella en el aire.

La niña miró la mano levantada un instante. Después se dio la vuelta y entró en el edificio.

En el segundo auto de la escolta, detenido detrás del suyo, Tonino había bajado la ventanilla. Saludó a la niña cuando pasó, con dos dedos en la frente, como hacía con Chiara. Nina no le devolvió el saludo. Pero tampoco corrió.

Riccardo bajó la mano despacio. Se quedó de pie en la acera hasta que se cerró la puerta del edificio, con el perro sentado junto a sus pies, con los ojos en el mismo lugar.

Era el mismo portón verde. El portón donde tendría que haber estado un jueves de abril, a las cuatro y media.

Había llegado. Con cinco meses de retraso, pero había llegado.

*

La encontró en la terraza de arriba esa noche, a las once, donde había empezado todo y donde él le había dicho no a un dedo de su boca.

Ella estaba en la balaustrada, sin abrigo, con los brazos cruzados por el frío. Oyó sus pasos y no se volvió.

—Miró hacia atrás —dijo él.

—Lo sé. Tonino se lo contó a Assunta, y Assunta me lo contó a mí.

—En esta casa todo el mundo le cuenta todo a todo el mundo.

—Casi todo —dijo ella, y algo en su voz se quedó colgado en el aire.

Él se detuvo a su lado. No a un palmo. Pegado, el brazo contra el brazo de ella, en la piedra fría de la balaustrada. Ella no se apartó.

Se quedaron mirando la bahía un rato. Las luces de Nápoles.

El ferry de las once cruzando hacia Ischia, con las ventanas encendidas y la estela blanca detrás.

El calor del brazo de ella le atravesaba la manga de la camisa, y él no recordaba la última vez que se había quedado tan quieto junto a alguien sin tener que vigilar nada.

—Quédate —dijo él.

Chiara giró la cabeza.

—Esta noche. —Él no la miró, miró el mar—. Quédate conmigo esta noche.

—El informe.

—Sé lo del informe. Lo dije aquí, en este mismo lugar. —Respiró hondo—. Y dos veces te he tenido como quien roba. En una biblioteca cerrada con llave. Contra la puerta de un auto, con el patio todavía caliente por los motores de doce hombres armados. Rápido, a escondidas, como si fuera un delito.

Chiara no respondió. Él vio que la cara se le encendía a la luz débil de la bahía.

—Esta noche quiero la noche entera —dijo él—. En mi cama. Con la puerta cerrada y sin ninguna prisa. Hasta la mañana.

—¿Y si alguien se entera?

—Nadie en esta casa sube a mi piso sin que lo llamen. La audiencia es dentro de tres semanas. Después, me da igual que se entere el mundo entero. —Se volvió hacia ella—. Y si alguien se entera antes, entonces habré elegido mal. Pero habré elegido.

Ella se quedó callada. El viento trajo el olor de los limoneros desde abajo, y ella cerró los ojos un instante, como si el olor le doliera.

—No es por Nina —dijo él, más bajo—. No es porque me hayas contado por qué no habla, ni porque hoy miró hacia atrás. Las otras veces pasaron. Esta la estoy eligiendo.

Puso la mano abierta sobre la balaustrada, entre los dos, con la palma hacia arriba. El mismo gesto que ella había hecho en esa terraza, la primera noche.

—La estoy eligiendo, Chiara.

—¿Y si yo no puedo elegir? —La voz le salió casi sin sonido—. ¿Y si tengo... cosas que todavía no sé cómo...?

No terminó.

—Entonces me las cuentas mañana —dijo él—. O después. O después de la audiencia. Hoy solo te estoy preguntando una cosa.

Ella miró su mano un largo rato. Él vio pasar algo por su cara, rápido, una sombra, como si hubiera recordado algo que no quería recordar. Vio la sombra y no supo qué era.

Después ella puso la mano en la suya.

Subieron sin decir nada.

Antes, él pasó por la puerta de Nina.

Estaba cerrada, como él había ordenado, con la llave girada por dentro.

Del otro lado, el suspiro largo del perro, y la luz débil de la lámpara de luna por la rendija de abajo. Al final del pasillo, en la unión con su ala, la silla del guardia de noche estaba vacía. El hombre debía de estar haciendo la ronda del piso de abajo.

Riccardo notó la silla vacía y, por primera vez en veinte años, no se detuvo a preguntar por qué.

El pasillo de su ala estaba a oscuras.

La mano de ella, en la suya, estaba fría y no temblaba.

Él sentía que los dedos de ella le apretaban los suyos a cada paso, un poco más, como quien se agarra de un pasamanos en una oscuridad que conoce mal.

Abrió la puerta del cuarto y se hizo a un lado para dejarla pasar, sin soltarle la mano, y ella pasó.

Riccardo se quedó de pie en medio del cuarto, de espaldas a la puerta, sin valor para volverse.

Oyó que los pasos de ella se detenían. Oyó el aire que ella soltó, largo.

Y oyó, detrás de él, que la puerta del cuarto se cerraba despacio, empujada por la mano de ella.