Capítulo 17
Riccardo se sentó en el césped a las cuatro de la tarde del sábado, en jeans y con una camisa sin corbata, y a Chiara casi se le cae la taza que tenía en la mano.
Nunca lo había visto en jeans.
Nunca lo había visto sentado en el suelo de ninguna parte, salvo en la alfombra del pasillo, de madrugada, cuando creía que nadie lo veía.
Y ahora estaba ahí, en el césped debajo del limonero viejo, con las piernas cruzadas y la espalda contra el tronco, a tres metros de Nina y del perro, como si lo hiciera todos los días.
La niña también estaba sentada en el césped, con Orso panza arriba a su lado, con las cuatro patas en el aire, en un estado de completa desvergüenza.
Había visto llegar a su tío. Se le habían tensado los hombros.
Pero no había corrido, y ahora lo vigilaba de reojo, sin mover la cabeza, como lo vigilaba todo.
Chiara se quedó en la mesa de hierro de la terraza, a veinte metros. No se acercó. No era ella quien tenía que estar ahí.
No había dormido. A las cinco de la mañana, después del garaje, había subido a su cuarto y se había quedado sentada en la cama hasta que salió el sol, con la libreta azul cerrada en el regazo y una sola palabra en la cabeza, dicha mirándolo a los ojos a la luz amarilla de una bombilla vieja.
No.
Había mentido para proteger a la niña. Lo sabía. Se lo repetía como una oración desde las cinco de la mañana. Y seguía sintiendo el sabor de la palabra en la boca, metálico, como la sangre de un labio mordido.
Allá abajo, Riccardo carraspeó.
—Orso —dijo.
El perro giró la cabeza boca abajo, con las orejas caídas sobre el césped, y lo miró con un solo ojo.
Riccardo no miró a la niña. Miró al perro, con la seriedad de quien le habla a un socio.
—Necesito que me hagas un favor —dijo. La voz era baja, tranquila, la voz de las reglas, pero sin nada de las reglas por debajo—. Aquí hay alguien que anda preocupada por mí. Cree que puede pasar algo.
Nina se quedó inmóvil.
—Quiero que le digas que estoy bien. —Riccardo arrancó una brizna de césped y la enrolló entre los dedos—. Que no me voy a ninguna parte. Que me quedo aquí. En casa. Que anoche iba a salir y no salí.
Orso rodó de lado, se levantó y sacudió las orejas. Fue hasta Riccardo, le olfateó la mano, olfateó la brizna de césped y se sentó frente a él esperando el resto, como esperaba el queso.
—Y dile también —siguió Riccardo, más bajo— que soy muy difícil de matar. Muy. Ya lo intentaron. No pudieron. —Hizo una pausa—. Tengo una cicatriz aquí, en las costillas, de un hombre que lo intentó. Él está peor que yo.
Chiara contuvo la respiración.
Nina había girado la cabeza. No hacia su tío. Hacia el perro, que estaba sentado entre los dos, y después, despacio, muy despacio, hacia el lado del cuerpo de su tío donde él había puesto la mano.
—Y dile —Riccardo tragó saliva, y Chiara vio, de lejos, que la nuez le subía y le bajaba— que no tiene que cuidarme ella sola. Que sé que me cuida. Que se lo agradezco. Pero que ahora el que cuida soy yo.
Silencio en el césped. El viento moviendo el limonero. Un ferry allá abajo, en la bahía, sin hacer sonar la sirena.
Orso, que no había entendido una sola palabra, soltó un estornudo enorme justo en la cara de Riccardo.
Riccardo cerró los ojos. Sacó un pañuelo del bolsillo, con la dignidad de un hombre que acaba de recibir en la cara el estornudo de treinta kilos de perro, y se limpió despacio, sin decir nada.
Y Nina, con la cara hundida en el pelaje del lomo del perro, susurró.
No lo bastante bajo. No esta vez. Lo bastante alto como para que llegara al hombre sentado a tres metros.
—Es tonto.
*
Riccardo se quedó congelado con el pañuelo en la mano.
Chiara, en la mesa de hierro, dejó la taza en el platito sin hacer ruido, y el ruido que no hizo le resonó en todo el pecho.
Dos palabras. Dichas al perro, con la boca pegada a su pelaje. Pero dichas en voz alta. Dichas para que las oyeran. Nina sabía que su tío estaba ahí, a tres metros, y había elegido el volumen.
Riccardo no se volvió hacia su sobrina. Chiara vio que quería hacerlo. Lo vio en todo su cuerpo, en los hombros que se levantaron, en las manos que apretaron el pañuelo. Pero no se volvió. Siguió mirando al perro.
—Sí —le dijo a Orso, con la voz ronca—. Un poco.
Nina escondió la cara en el pelaje. Le temblaron los hombros. Chiara tardó un segundo entero en entender que la niña se estaba riendo, otra vez, una risa sin sonido, ahogada en la espalda de un golden retriever.
Riccardo se quedó sentado debajo del limonero. No se acercó más. No dijo nada más. Se quedó ahí, en jeans, con el pañuelo arrugado en la mano y los ojos rojos, los ojos en el perro, mientras su sobrina se reía escondida a tres metros de él.
Media hora después, Nina se levantó para volver a la casa, con el perro al lado. Pasó junto a su tío sin detenerse. Pero pasó cerca, más cerca de lo necesario, a medio metro.
Y la mano de ella, la que no sujetaba el pelaje del perro, le rozó un instante la rodilla, como quien choca sin querer con un mueble de su propia casa. Después subió los escalones de la terraza sin mirar atrás.
Riccardo se quedó mirándose la rodilla como si alguien le hubiera dejado algo ahí.
Chiara abrió la libreta azul sobre la mesa de hierro. Escribió la fecha. La mano le temblaba tanto que la letra le salió torcida.
1.ª frase audible dirigida (indirectamente) al tío: «Es tonto». Risa a continuación. Él no se acercó.
Miró la línea mucho tiempo. Era lo mejor que había escrito en esa libreta en cuatro años.
Y estaba en la misma página que la mentira del día anterior, porque el día anterior no tenía página propia, no tenía ninguna anotación, solo tenía una palabra dicha en un garaje que no estaba escrita en ninguna parte.
*
Él la encontró en el vestíbulo a las seis, cuando ella bajaba a buscar la comida del perro.
Se detuvo al pie de la escalera. Ella se detuvo tres escalones más arriba. Quedaron a la misma altura, los ojos al mismo nivel, por primera vez desde que se conocían.
—Lo oíste —dijo él.
—Lo oí.
—Me llamó tonto.
—Lo llamó tonto.
Él se pasó la mano por la cara. Se había quitado los jeans y había vuelto al pantalón oscuro, pero seguía sin corbata, con el cuello abierto, y todavía tenía la cara hinchada alrededor de los ojos.
—Cinco meses —dijo—. Y lo primero que me dice es que soy tonto.
—Lo primero que le dice a usted —lo corrigió Chiara, bajito— es que usted está lo bastante vivo como para recibir en la cara el estornudo de un perro.
Él la miró. Una comisura de la boca le subió. Esta vez subió del todo, y ella vio, por primera vez, lo que había visto a punto de llegar en el pasillo la semana anterior. Una sonrisa. Pequeña, torcida, desacostumbrada, como una puerta que nadie abría desde hacía mucho tiempo.
Chiara sintió que el escalón se le volvía menos firme bajo los pies.
Él subió un escalón. Ella no retrocedió. Quedaron a dos, después a uno, y él no la tocó, pero estaba lo bastante cerca como para que ella sintiera el olor a césped en su camisa y viera, en la base del cuello, la punta de la cicatriz de la que le había hablado al perro.
—Gracias —dijo él, por segunda vez esa semana.
Ella no pudo responder. No con la palabra del garaje todavía en la boca.
Él le estaba dando las gracias. Por la niña, por el perro, por la noche anterior, por el almacén en el que no había entrado.
Y ella estaba parada en un escalón con una libreta allá arriba, en el cajón, donde la palabra menta estaba escrita con fecha, y un caramelo guardado entre la tapa y la primera página.
Él volvió a bajar el escalón que había subido. Fue como si le hubiera arrancado algo del pecho y se lo hubiera llevado.
*
Ciro salió de la casa a las nueve de la noche con una caja de cartón debajo del brazo.
Chiara estaba en el patio con Orso, el paseo de la noche, el único que ahora daba sola y con la linterna encendida todo el tiempo. Vio al hombre cruzar el vestíbulo, bajar los escalones de la entrada y detenerse junto a su auto, estacionado cerca del portón.
En la caja, pocas cosas. Un portarretratos boca abajo. Una taza. Una carpeta. Las cosas que un hombre deja en un despacho de una casa donde ha pasado quince años.
Tonino le abrió el portón. Ciro ni siquiera miró al muchacho.
Assunta se lo había contado en la cocina, una hora antes, con la voz baja de quien cuenta un entierro.
El señor había llamado a Ciro al despacho a las siete. La puerta se había quedado cerrada media hora.
Nadie oyó gritos, y eso, según Assunta, era peor. Cuando Ciro salió, tenía orden de no volver a poner un pie dentro de la villa. Seguía ocupándose de los negocios del puerto. Seguía siendo la mano derecha. Solo que ya no entraba en la casa. Ya no se acercaba a la niña.
—En quince años —había dicho Assunta, y se había santiguado—, nunca vi al señor cerrarle una puerta en la cara a Ciro.
Ciro dejó la caja en el asiento trasero. Cerró la puerta. Se quedó un instante quieto, con la mano en el techo del auto y los ojos en la fachada iluminada de la casa.
Después giró la cabeza y la vio.
Chiara no se movió. El perro, a su lado, tampoco.
Ciro cruzó el patio. Se detuvo a dos metros de ella, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, y miró primero al perro, después a ella, con una cara que no tenía ninguna rabia. Tenía cansancio. Y otra cosa, que ella tardó un instante en reconocer, porque nunca se la había visto. Preocupación.
—Consiguió lo que quería —dijo él.
—Yo no quería nada de esto.
—No. —Ciro volvió a mirar la casa—. Creo que de verdad no lo quería.
Se quedó callado un rato. Tonino, en el portón, fingía no mirarlos.
—Me mandó a la calle porque yo vi a la niña hablar con el perro antes que nadie —dijo Ciro—. Y porque yo quería la guerra. Las dos cosas son verdad. —Se encogió de hombros—. Yo lo veo todo en esta casa, doctora. Hace quince años que mi trabajo es ver.
—Le voy a decir una cosa —dijo Ciro por fin, más bajo, para que nadie más lo oyera—. Porque él no quiere escucharme, y alguien en esta casa tiene que hacerlo.
Ella esperó.
—Cree que fui yo. El veneno, la foto. No lo dijo, pero conozco a Riccardo desde los dieciséis años. —Ciro sacó una mano del bolsillo y la apoyó, un segundo, en la cabeza de Orso, que se dejó—. No fui yo. Y él está mirando hacia el lado equivocado.