La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 16
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Capítulo 16

Riccardo no preguntó nada en el patio.

Miró a Ciro, que ya venía hacia ellos con la cara seria, y levantó una mano abierta. Ciro se detuvo a mitad de camino. Los hombres se quedaron donde estaban, unos dentro de los autos, otros con la puerta abierta, los motores encendidos, las armas debajo de los abrigos.

—Cinco minutos —dijo Riccardo, a todos.

Nadie discutió. En veinte años, nadie en ese patio había discutido una orden suya dada en ese tono. Pero él vio las miradas. Doce hombres armados a las cuatro de la mañana, viendo al jefe llevarse a la terapeuta de su sobrina a un garaje justo en la hora de salir a la guerra.

Tomó a Chiara del codo, sin fuerza, y la llevó al garaje lateral. El perro fue detrás. La puerta de metal quedó abierta detrás de ellos, y la luz de los faros entraba sesgada en el suelo de cemento, blanca, y cortaba la oscuridad en franjas.

Le soltó el codo. Se quedó frente a ella.

—Habla.

Chiara respiró hondo. Tenía tierra en las rodillas, el pelo recogido de cualquier manera, y las manos metidas en los bolsillos del abrigo, una de ellas cerrada alrededor de algo.

—El martes, en la tormenta —dijo—. Cuando se cortó la luz. Fui hasta su cuarto por la lámpara. No entré. Me quedé en el pasillo.

Él esperó.

—Estaba en el rincón, con Orso. Habló con él.

—Chiara se detuvo, y él vio que elegía cada palabra, como quien cruza un río pisando las piedras correctas—.

Dijo que el hombre que se la llevó le dijo, durante el cautiverio, que no podía contar nada.

A nadie. Que él se iba a enterar. Que él siempre se entera.

Riccardo sintió que el suelo del garaje se le movía bajo los pies.

—Y que, si ella contaba algo —siguió Chiara, más bajo—, usted se iba a morir. Igual que su padre. Igual que su madre. Igual que Gennaro.

Él no dijo nada. No podía.

—Eso fue lo que dijo, Riccardo. Palabra por palabra. Si lo cuento, el tío Riccardo se muere. Yo no quiero que se muera. —Chiara sacó la mano vacía del bolsillo y se la tendió, sin tocarlo—. Por eso no habla. No es miedo de usted. Nunca lo fue. Es para protegerlo a usted.

*

La muñeca.

Fue lo primero que le volvió. Los deditos cerrados alrededor de su muñeca, en la oscuridad, apretados sobre las venas. No era una niña asustada agarrándole la mano a un adulto. Era una niña contándole los latidos.

Después la silla de la fiesta. La leche al otro lado de la mesa, y los ojos de ella en su muñeca izquierda. El seto, y la boca que se cerraba cuando él se acercaba. Su nuca en el retrovisor, estudiada durante veinte minutos enteros. El periódico levantado delante de la cara.

Cinco meses de silencio. Cinco meses en que él se sentaba en el suelo del pasillo creyendo que el monstruo en la oscuridad era él. Y ella, del otro lado de la puerta, sola, con siete años, se callaba para que él no se muriera.

Riccardo apoyó una mano en la pared del garaje. Con la otra, se tapó los ojos.

No hizo ruido. Había aprendido de niño a no hacer ruido. Pero el cuerpo entero se le dobló hacia adelante, como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago, y se quedó así, con la frente casi en la pared de cemento y la mano tapándole los ojos. Respiraba por la boca.

Chiara no se acercó. Se quedó donde estaba. Él oyó su respiración y la del perro, y nada más.

Cuando se quitó la mano de la cara, ella seguía ahí.

—¿Quién? —preguntó. La voz le salió irreconocible—. ¿Quién le dijo eso?

—No dijo quién.

—Chiara.

—No lo dijo. —Los ojos de ella no se apartaron—. Dijo él. El hombre. Solo eso.

Él le creyó. La miró a los ojos y le creyó, porque era verdad, y él sabía reconocer una verdad dicha entera.

—Desde el martes —dijo él—. Lo sabes desde el martes.

—Lo sé.

—Y me dejaste planearlo todo durante tres días. Me dejaste salir de casa a las cuatro de la mañana.

—Le pedí que no fuera. El viernes. En el garaje. —La voz le falló, solo un poco—. Estaba intentando averiguar cómo decírselo sin que usted hiciera exactamente lo que ella teme que usted haga.

Él no tuvo respuesta para eso.

—Hay una cosa más —dijo ella, y sacó del bolsillo la mano cerrada.

La abrió. Era una bolsita de plástico, de esas para recoger los desechos del perro, con un nudo apretado. Adentro, tres bolas oscuras de carne molida, y, pegados a ellas, puntos de un azul verdoso que brillaban a la luz de los faros.

—Debajo del seto. En el rincón adonde él va todos los días. Hace media hora.

Riccardo miró la bolsita. Después al perro, echado en el cemento junto a ella, con el hocico entre las patas y los ojos en los dos. Entero.

—Veneno para ratas —dijo Chiara—. Anticoagulante. No se lo comió. Por un centímetro.

—¿Quién estaba en el jardín?

—Tonino. Dijo que no pasó nadie. Me mostró las cámaras de los portones en la tableta. No entró nadie de afuera desde la medianoche.

—Tonino es un chico —dijo Riccardo, automáticamente.

—Entonces fue alguien de adentro —dijo ella—. Alguien que sabe que el perro importa. Alguien que sabe adónde va.

Riccardo tendió la mano. Ella dudó un segundo y le puso la bolsita en la palma. Él la guardó en el bolsillo interior del abrigo, del lado opuesto al de la foto.

—A partir de hoy —dijo—, nadie le da de comer a este perro más que tú. Nadie lo saca a pasear más que tú. Duerme en el cuarto de ella, con la puerta cerrada por dentro.

—¿Y quién vigila la puerta?

—Yo.

*

Riccardo salió del garaje.

El patio seguía lleno de faros. Los hombres seguían esperando. Ciro estaba de pie a diez metros, de brazos cruzados, y lo vio llegar con una pregunta en la cara.

Riccardo se detuvo frente a él.

—Nadie sale.

Ciro se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nadie sale hoy. Apaga los autos. Manda a los hombres a su casa, menos a los de siempre. —Oyó su propia voz dar la orden, fría y clara, y supo que era la voz correcta—. Los Varriale se quedan para otro día.

—Te dejaron la foto de la niña en el auto, Riccardo.

—Sé lo que me dejaron.

—Te pasaste tres días con esto. Doce hombres. —Ciro dio un paso, bajó la voz—. ¿Qué te dijo esa mujer ahí adentro?

Riccardo lo miró. Lo miró de verdad, por primera vez esa noche.

El hombre al que conocía desde los dieciséis años.

El hombre que había visto a la niña hablar con el perro, desde la terraza, al tercer día, antes de cualquier visita, antes de cualquier juzgado.

El hombre que había insistido en la guerra desde lo del almacén, aun sabiendo, como lo sabía él, que un disparo le entregaba la custodia a la abuela.

Alguien de adentro. Alguien que sabe que el perro importa.

—Nadie sale, Ciro —repitió, y no respondió a la pregunta.

Ciro le sostuvo la mirada un largo rato.

Después se dio la vuelta y golpeó dos veces el techo del primer auto con la palma abierta.

Los motores se fueron apagando, uno por uno.

Se abrieron puertas. Los hombres bajaron en silencio, sin entender, y fueron saliendo por el portón a pie, en la oscuridad.

Riccardo se quedó mirando hasta que desapareció el último.

Después no volvió al garaje. Subió.

La casa estaba a oscuras. Cruzó el vestíbulo, subió los escalones de la entrada, dobló por el pasillo de arriba. La puerta del cuarto de Nina estaba entornada, como siempre, con la lámpara de luna encendida adentro. Sin el perro, que se había quedado abajo con Chiara, la alfombra parecía enorme.

No entró. Se detuvo en la puerta y miró.

La niña dormía de lado, acurrucada, con una mano cerrada debajo de la barbilla. Tenía la frente fruncida, como si, incluso dormida, estuviera vigilando algo.

Si lo cuento, el tío Riccardo se muere.

Cinco meses cargando con eso. Sola, en ese cuarto, con esa mano cerrada debajo de la barbilla.

Riccardo apoyó la frente en el marco y dijo, sin ningún sonido, solo con la boca, a la niña que no podía oírlo:

No me voy a morir.

Se quedó ahí hasta que pudo respirar bien. Después bajó.

*

Ella seguía ahí, apoyada en su auto, con el perro a los pies.

Él cerró la puerta de metal detrás de sí. La oscuridad se volvió casi total, solo la luz amarilla de una bombilla en el techo, débil, que nadie cambiaba desde hacía años.

—Lo canceló —dijo ella.

—Lo cancelé.

Si vas mañana, no me vuelvas a tocar. Los dos oyeron la frase en el garaje, sin que nadie la repitiera.

Él cruzó el cemento. Llegó hasta ella, le puso las dos manos en la cara y la besó.

No fue como en la biblioteca. No había rabia.

Había otra cosa, más honda y más peligrosa, cinco meses de algo, y la boca de ella se abrió bajo la suya sin ninguna resistencia.

Las manos de ella le subieron hasta las muñecas y se quedaron ahí, con los dedos cerrados alrededor, exactamente donde habían estado los de Nina.

Él lo sintió y algo dentro de él cedió del todo.

Orso se levantó del cemento, los miró a los dos con un desdén enorme y se fue a echar del otro lado del auto, de cara a la pared.

Riccardo apretó el cuerpo entero contra el de ella, contra la carrocería fría.

Ella le bajó el abrigo por los hombros hasta que cayó al suelo.

Él le quitó el abrigo a ella, después la sudadera por la cabeza, y ella no llevaba nada debajo, solo la piel erizada por el aire helado de la madrugada, y él se quedó un segundo quieto, mirándola, con las manos abiertas en su cintura.

—Frío —dijo ella.

—No por mucho tiempo.

Le puso la boca en el cuello y bajó. Ella echó la cabeza hacia atrás contra el vidrio del auto, y sus manos se le enterraron en el pelo, y el sonido que hizo resonó bajo en el cemento.

Ella le abrió el cinturón con unos dedos que ya no temblaban. Él le desabrochó el botón del pantalón, le bajó el cierre, y el pantalón se deslizó hasta las rodillas junto con el resto, y ella se lo sacó con un pie, después con el otro, sin despegar la boca de la de él.

Él la levantó. Ella le rodeó la cintura con las piernas, con la espalda contra la puerta del auto, y él entró en ella de una vez, hondo, y los dos se detuvieron.

Se quedaron así. Él dentro de ella, con la frente en la de ella, sin moverse. Sentía su propio corazón latiendo contra el pecho de ella, rápido, fuerte, vivo.

—Estás aquí —dijo ella, contra su boca. No era una pregunta.

—Estoy aquí.

Después él se movió, y ella se aferró a sus hombros, y ya no hubo nada lento.

El auto se mecía un poco con cada movimiento.

Las manos de él le sujetaban los muslos con fuerza, y ella le iba a dejar marcas en los hombros, y a ninguno de los dos le importaba.

Él oía la respiración de ella subir, cada vez más corta, y su nombre saliendo con ella, Riccardo, Riccardo, sin ningún señor.

Ella llegó con un temblor que le empezó en los muslos y le subió por el cuerpo entero, con la boca abierta en el hombro de él y los dientes en su piel. Él la siguió enseguida, con la cara hundida en su cuello y un sonido ronco que no sabía que tenía adentro.

No la bajó enseguida. Se quedó sosteniéndola. Su peso, su calor, los corazones de los dos latiendo a destiempo y después, poco a poco, al mismo ritmo.

*

Ella se vistió a la luz amarilla, despacio, de espaldas a él. Él recogió el abrigo del suelo y se lo puso sobre los hombros sin preguntar.

Afuera, el patio estaba en silencio. Doce hombres se habían ido a casa sin entender por qué, y al día siguiente la noticia iba a correr por todo el puerto: el capo de los Celano había mandado apagar los autos justo a la hora de salir. Le iba a costar caro. No le importaba.

Había algo más.

Lo sentía. Lo había sentido en la terraza, en el garaje el viernes, en el jardín con la libreta a las dos de la mañana. Algo que ella retenía detrás de los dientes, que no era lo que acababa de contarle, o no era solo eso. No sabía qué era.

Pero ella acababa de salvarle la vida. Había cruzado un patio lleno de hombres armados para eso. Y acababa de entregarse a él contra la puerta de un auto, con el cuerpo entero, sin guardarse nada. Se merecía la pregunta directa, y él se merecía la respuesta.

Le tomó la cara con las dos manos.

—Chiara. —Esperó a que ella lo mirara—. ¿Hay algo más que yo debería saber?

Ella lo miró. A la luz débil, él vio sus ojos, claros, quietos, y vio que iba a responder sin apartar la mirada.

—No.