La guardiana de la sobrina del mafioso napolitano Capítulo 15
40%

Capítulo 15

A las dos y veinte de la madrugada del sábado, Chiara seguía sentada en la cama, vestida, con la libreta azul cerrada en el regazo y el caramelo de menta adentro, entre la tapa y la primera página.

No había intentado dormir. Había oído a la casa entera prepararse desde la medianoche, y cada sonido le entraba en el cuerpo como un clavo. Pasos en el pasillo de abajo, más pesados que de costumbre.

Puertas de autos que se abrían y se cerraban en el patio de atrás. El motor de una camioneta. Voces de hombre, bajas, que no se reían. Una vez, un ruido metálico y breve que no quiso identificar y que identificó de todas formas: alguien comprobando el cargador de un arma.

Se había pasado la noche entera discutiendo consigo misma, y perdiendo por los dos lados.

Si le contaba por qué la niña no hablaba, él iba a entender la muñeca, la silla, la leche tomada en silencio.

Y le iba a preguntar quién. Y saldría a averiguarlo. Si no se lo contaba, saldría igual, a las cuatro, hacia un almacén donde había un pitbull viejo, dos hombres armados y un muchacho que ya había hecho un trabajo grande en abril.

En las dos versiones, él salía. En una, al menos, salía sabiendo que una niña de siete años le sostenía la vida con la boca cerrada.

A las dos y veinte, se rindió. Se levantó, se puso las zapatillas deportivas y bajó a buscar al perro.

Orso estaba en el cuarto de Nina, atravesado en la alfombra, como todas las noches.

Levantó la cabeza cuando ella empujó la puerta, y ella le hizo la seña con la mano, ven, sin sonido.

Él miró a la niña dormida, miró a Chiara, y vino, con la desgana de un funcionario al que despiertan fuera de turno.

La niña no se despertó. La lámpara de luna seguía encendida.

Bajaron por atrás, por la puerta de la cocina.

El jardín estaba oscuro y húmedo, todavía oliendo a la lluvia del martes, y las luces bajas del camino de piedra trazaban una línea punteada hasta el seto de laurel.

Chiara le soltó la correa. Orso siempre iba primero al seto, al mismo rincón, a olfatear las mismas hojas, a hacer las mismas cosas, con la solemnidad de siempre.

Fue. Llegó al seto, bajó el hocico y se detuvo.

Chiara conocía esa manera de detenerse. Era la de un perro que ha encontrado comida donde no debería haber ninguna.

—Orso. Déjalo.

No lo dejó. El hocico bajó más, la boca se abrió.

—¡Déjalo!

La voz le salió más fuerte de lo que quería, un latigazo en la oscuridad. Orso se congeló con la boca a un centímetro del suelo. Después retrocedió un paso, con las orejas gachas, y se sentó. La miraba con la cara ofendida de quien no entendía a qué venía ese tono.

Ella corrió. Se arrodilló en la tierra mojada a su lado y encendió la linterna del celular.

Debajo del seto, en la base del tronco, había tres bolas de carne molida del tamaño de una nuez. Cruda, fresca, sin olor a podrida. Y, pegados a la carne, decenas de granitos pequeños, de un azul verdoso demasiado brillante para ser algo que se come.

Chiara conocía ese color. Todo el que había trabajado en un hospital lo conocía. Niños que lo habían encontrado en el sótano, en el garaje, debajo del fregadero.

Veneno para ratas.

En su segundo año en el hospital, le había sostenido la mano a una madre en el pasillo de terapia intensiva mientras su hijo de cuatro años, que había encontrado un paquete igual detrás de la lavadora, se desangraba por dentro sin que nadie lo viera.

Anticoagulante. No mata en el momento. Mata en tres días, despacio, mientras todo el mundo cree que está todo bien.

*

Se quedó un rato quieta, de rodillas, con la linterna sobre la carne.

Después sacó del bolsillo del abrigo una de las bolsitas de plástico que siempre llevaba para recoger lo de Orso, le dio la vuelta en la mano y agarró las tres bolas sin tocarlas con los dedos. Le hizo un nudo. La guardó en el bolsillo de afuera, lejos de todo.

Orso se había echado a su lado, con la cabeza en las patas, sin entender nada. De vez en cuando estiraba el cuello hacia el seto, para olfatear el aire donde había estado la carne, y la miraba como preguntándole si aquello estaba de verdad prohibido.

Ella le pasó la mano por el pelaje, por la cabeza, por el hocico, y la mano le temblaba tanto que él levantó los ojos hacia ella.

Si se hubiera quedado en el cuarto diez minutos más. Si no hubiera insistido en bajar. Si él hubiera salido solo por la mañana, antes que ella, como a veces hacía, empujando la puerta de la cocina con el hocico mientras Assunta preparaba el café.

No lo pensó más. No podía.

Pensó en otra cosa. En el seto. En el rincón exacto al que él iba todas las mañanas y todas las noches. Quien había puesto eso ahí sabía adónde iba él. Conocía su rutina.

—¿Todo bien, señora?

La voz llegó desde la oscuridad del camino, y a Chiara casi se le cae el celular.

Tonino se acercó con una linterna grande en la mano, la pistola en la funda, la cara de chico fruncida de preocupación. Había doblado el turno a la noche, como los otros nuevos.

—La oí gritarle —dijo—. ¿Se comió algo?

—No. —Ella se levantó despacio, con la mano en el bolsillo donde estaba la bolsita—. Había carne debajo del seto. Con veneno para ratas.

El muchacho se puso blanco. Llevó la linterna hasta la base del seto e iluminó la tierra.

—No hay nada ahí.

—La recogí.

—¿Usted está segura de que era veneno? A veces los vecinos tiran carne para los gatos del muro...

—Estoy segura.

—¿Veneno? ¿Aquí? —Miró alrededor, a la oscuridad del jardín, al muro—. Pero no pasó nadie. Estoy en el jardín desde las diez. No pasó nadie por aquí, señora, se lo juro.

—Alguien pasó.

—Por el portón, no.

Tonino sacó del bolsillo trasero una tableta pequeña, con la pantalla rajada en una esquina, y se la mostró. Cuatro recuadros de imagen en blanco y negro, las cámaras del portón principal y del de servicio.

—Mire. Las revisé hace un rato, cuando hice la ronda. Desde la medianoche, solo entró y salió gente nuestra. Los autos del jefe, la camioneta. Nadie más.

Chiara miró los recuadros. El portón cerrado, el patio vacío, el callejón de atrás sin ningún movimiento.

—¿Y las cámaras del jardín?

—El jardín no tiene cámaras, señora. —Se rascó la nuca, incómodo—. Solo los muros y los portones. El viejo señor Celano no quería cámaras adentro. Decía que adentro los que vigilaban eran los perros.

Ella se quedó mirándolo. La cara fruncida, afligida, de quien tenía miedo de cargar con la culpa.

—Voy a tener que hablar con Ciro —dijo Tonino, más bajo—. Me va a matar. Yo estaba en el jardín.

—Nadie te va a matar.

—Usted no conoce a Ciro.

Guardó la tableta. Se quedó un instante quieto, con los ojos en el bolsillo del abrigo de ella, donde estaba la bolsita.

—¿Quiere que me lo lleve? ¿Para mostrárselo a él?

—No. —Le salió demasiado rápido. Chiara sacó la mano del bolsillo y sostuvo la correa de Orso con las dos—. Se lo muestro yo misma.

*

Volvió adentro con el perro pegado a la pierna.

En la cocina, encendió la luz pequeña de la campana y se quedó apoyada en el mostrador, con el corazón golpeándole en los oídos, y las cosas empezaron a encajar, una por una, como habían encajado la noche de la tormenta.

Nadie de afuera. Ninguna cámara en el jardín. Alguien que conocía el rincón del seto. Alguien que sabía que el perro importaba.

Y, hasta el lunes, nadie fuera de esa casa sabía que el perro importaba.

Hasta el lunes, era solo un perro de terapia que una terapeuta había traído.

El lunes, a las cuatro de la tarde, en una terraza, ella había dicho en voz alta delante de un asistente social y de un hombre de traje claro: habla con el perro.

Y el hombre de traje claro había preguntado cómo se llamaba.

Chiara cerró los ojos.

Una foto de Nina en el parabrisas del auto del capo, el martes.

Un caramelo de menta en el bolsillo de la chaqueta de Nina, el jueves de la semana anterior.

Veneno para ratas en el rincón preferido del perro, el sábado.

Tres cosas que no pedían dinero, no pedían territorio, no pedían nada.

Tres cosas que decían la misma frase, cada vez más fuerte.

Quédate callada.

No eran los Varriale. Los Varriale no sabían el nombre del perro.

Le iba a contar el porqué. Solo el porqué. La frase de la niña, la amenaza, el escudo.

No le iba a contar el resto, el cuarto que se mecía, el barco, el silbido, la menta, el traje claro. El resto era de la niña, y el resto llevaba directo a un nombre, y un nombre, dicho en voz alta en ese patio lleno de hombres armados, era un disparo.

El porqué bastaba para que él no entrara en ese almacén. Tenía que bastar. No sabían que una niña de siete años se había pasado cinco meses sin hablar porque alguien la había convencido de que, si hablaba, su tío se moría.

Y su tío estaba saliendo ahora, a las cuatro de la mañana, a morirse en un almacén de los Varriale.

Afuera, en el patio, arrancó un motor. Después otro.

Chiara abrió los ojos.

No pensó en la libreta. No pensó en el informe, ni en Bassi, ni en la regla número uno, ni en lo que iba a decir o no decir. Pensó en una mano pequeña cerrada alrededor de una muñeca, que apretaba para confirmar que ahí debajo todavía latía algo.

Corrió.

Cruzó el pasillo, el vestíbulo, abrió la puerta principal con el hombro. El patio estaba lleno de faros. Tres autos y la camioneta, en fila, con los motores encendidos y hombres de negro subiéndose. Ciro, junto a la camioneta, con el celular en la oreja.

El auto de Riccardo era el primero de la fila. Él estaba de pie junto a la puerta del conductor, también de negro, con un abrigo oscuro y las manos sin guantes, y estaba a punto de subir cuando la vio.

Chiara no se detuvo en la puerta. Bajó los escalones y cruzó el patio por en medio de los faros, con el perro detrás, hasta quedar delante de su auto. Entre el parachoques y la salida.

Riccardo no se movió. Los hombres se detuvieron. Ciro bajó el celular.

A la luz de los faros, la cara de Riccardo parecía tallada en piedra. Los ojos, no.

Los ojos fueron de la cara de ella a la tierra en sus rodillas, al perro, a su mano en el bolsillo del abrigo, y volvieron a la cara.

Ella vio pasar por ellos, rápido, algo que no era rabia. Era miedo. El mismo que había visto en el muro del fondo del jardín, en la oscuridad, cuando él bajó el arma y dijo usted.

Estaba sin aliento, con la tierra del seto en las rodillas del pantalón y la bolsita de veneno en el bolsillo. Lo miró por encima del capó, a la luz blanca de los faros.

—Sé por qué no habla.